13/11/2019
Análisis

A la Casa Blanca, por la izquierda

Si los demócratas se imponen podría abrirse otra oportunidad para los progresistas en Europa

  • A
  • a
A la Casa Blanca, por la izquierda
Hillary Clinton y Bernie Sanders el 12 de julio en Portsmouth, New Hampshire. JUSTIN SAGLIO / AFP / Getty
La estrategia demócrata de ir a la Casa Blanca por el camino de la izquierda es muy arriesgada, pero posiblemente no hay otra opción mejor. Primero hay que unificar el partido y luego intentar arrebatar votos al bando republicano a través de la campaña del miedo a su candidato, Donald Trump: la estrategia de empobrecer electoralmente a tu vecino gracias al trasvase de votos principalmente de trabajadores blancos y de los moderados.

Si bien las encuestas reflejan muchas dudas sobre la candidata demócrata Hillary Clinton, la balanza se va inclinando de su lado gracias a las torpezas de Trump. Aunque no hay que confiarse. En un debate cuerpo a cuerpo —y ellos tendrán tres: el 26 de septiembre, el 9 y el 19 de octubre—, el magnate podría hacer mucho daño a su rival. Es irónico que esta conversión la encabecen precisamente veteranos demócratas como Hillary y su compañero de fórmula, Tim Kaine. Aunque, bien mirado, ¿quién si no Hillary sería capaz de poner fin al clintonismo? La incansable y camaleónica estadista, la amiga de Wall Street, un halcón en política exterior derrotada por Obama y convertida luego en su secretaria de Estado, es un gran enigma. ¿Quién es Hillary realmente?

¿Será la primera mujer presidente en la historia de EE.UU., más capaz en su cargo que su marido Bill o que el propio Barack Obama, como él mismo declaró durante la convención demócrata en Filadelfia el pasado julio? Nadie con más tesón que ella para encabezar la causa de los inmigrantes ilegales, el aborto, el gran gobierno y el gasto público, la sanidad, las infraestructuras o la educación. Si es cierto que la esencia de EE.UU. es el melting pot, nadie mejor que ella para canalizar las energías positivas de millones de mujeres, de las minorías afroamericana y latina, de los millennials. Es decir, de todo aquello que conforma el nuevo electorado que transformará el país en las próximas décadas.

Traducido en clave española sería como tener una especie de Podemos trabajando desde dentro del PSOE

Hoy los demócratas se parecen más a EE.UU. que la desbandada de los republicanos. Posiblemente Hillary merezca una última oportunidad para demostrar quién es. La convención demócrata resultó un éxito a pesar de las turbulencias internas. Y el partido se sitúa ahora en la línea de salida de la carrera final más fuerte y  unido de lo que estaba hasta entonces frente al elefante republicano. Al final no hubo choque de trenes entre el movimiento populista de Bernie Sanders y el mainstream encabezado por Hillary. La necesidad manda y el enemigo común, Trump, ha cohesionado lo que parecía difícil de juntar. Gracias a la buena fe de ambas partes pudo solventarse el escándalo de los e-mails de miembros del partido dirigidos a sabotear la candidatura de Sanders y evitar una declaración de guerra de sus seguidores. La presidenta del Comité Nacional Demócrata, Debbie Wasserman-Schultze, que ya había trucado las cartas con las reglas de las primarias, dimitió por orden de Hillary. Nueva presidenta, Donna Brazille, y arreglado. De momento.

“Nuestra revolución”

En Filadelfia hubo un debate del tipo que necesita EE.UU.: cuestionarlo y repensarlo todo. Claro está que las convenciones no determinan el resultado final, pero son como esos segundos iniciales de las carreras de 100 metros que definen la dinámica de los contendientes. Las huestes de Sanders —una marea de trabajadores blancos y de jóvenes— son imprescindibles para ganar las elecciones. El día D, el 8 de noviembre, muchos progresistas e independientes votarán mirando a Trump y menos a Hillary, cruzando los dedos para que esta cumpla sus promesas de regeneración y cambio. Sanders, el senador de Vermont, podría convertir su derrota en una gran victoria si al final se elimina al enemigo principal, Trump, y si se fuerzan desde dentro los cambios de contenidos y organización del Partido Demócrata.

De momento ha creado una organización de base (Our Revolution) para identificar candidatos progresistas a las elecciones federales, estatales y locales. Traducido en clave española sería algo así como tener una especie de Podemos trabajando desde dentro del PSOE: un curioso híbrido de lo nuevo y lo viejo interactuando. E pluribus unum (unidad en la diversidad). De hecho, los partidarios de Sanders lograron ya antes de la convención marcar la dirección del programa oficial demócrata para las elecciones. Y ese programa con el que Hillary y su candidato a vicepresidente concurrirán a las elecciones es uno de los más a la izquierda de los tiempos recientes. Por contraste, la atípica convención republicana de Cleveland, definida por las ausencias de
Mitt Romney y los Bush, por los abucheos a los críticos como Ted Cruz o las burlas hacia los Khan, los padres musulmanes de un soldado muerto en Irak que acudieron a la convención demócrata, dejaron una sensación de partido roto.

Esta vez ha ocurrido  lo contrario de lo que otro Clinton, Bill, hizo en los 90, llevando a los demócratas al centro

Los demócratas proponen a los electores estadounidenses asuntos como una lucha sin cuartel contra los abusos de las grandes corporaciones, el fin de la anarquía financiera de los bancos, un salario mínimo federal de 15 dólares, vivienda y cobertura sanitaria para todos o acabar con los paraísos fiscales. Proponen hasta una enmienda constitucional para revertir el fallo del Tribunal Supremo en el caso Ciudadanos Unidos contra la Comisión de Elecciones Federales, por el que se abrió la puerta a las donaciones ilimitadas en las campañas. Y no solo eso: en el nuevo credo demócrata, el libre comercio es un anatema si no va acompañado de “mejora del empleo, de los salarios y de la seguridad del país”.

Al contrario que Trump

Hillary y Kaine han renegado del TPP de Obama (Acuerdo Transpacífico de Asociación Económica), si bien no está claro qué pasará en las votaciones en el Congreso entre noviembre y enero. En suma, esta vez ha ocurrido exactamente lo opuesto a lo que otro Clinton, Bill, hizo en los 90, llevando el partido al centro, al terreno de los ricos de Wall Street y de los grandes donantes. ¿Se quedará en papel mojado? Veremos, pero por encima de todo es un programa hecho “al contrario que Trump”, dedicado a desmentir una por una las sandeces de aquel acerca de todos los asuntos imaginables: los impuestos, la sanidad universal, la transición a las energías limpias, los derechos de las minorías, la OTAN o las relaciones con México, China o Rusia.

Los protagonistas de la campaña no serán Hillary ni Sanders, ni siquiera los republicanos,  a los que apenas se les nombra, sino el magnate pelirrojo. Hay una revolución en la política estadounidense más allá de estas elecciones. Los dos partidos hegemónicos, azul y rojo, están cambiando profundamente. Nuevas líneas de fractura perdurarán después de Sanders y de Trump. Tendrán que venir una Hillary II, un nuevo Partido Demócrata, tal vez una nueva mayoría en las cámaras. Es el próximo gran capítulo de la democracia de EE.UU. Si este momento cristaliza, y si el frente demócrata se impone en noviembre, podría abrirse una nueva oportunidad después de Obama para los progresistas en Europa.