27/6/2019
Internacional

La ultraderecha impone su ley en los territorios ocupados

Grupos violentos de orientación mesiánica  desafían al Ejército de Israel amparados por los ministros más radicales del Gobierno

Ramy Wurgaft - 12/02/2016 - Número 21
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La ultraderecha impone su ley en los territorios ocupados
Un colono judío grita a un soldado israelí que intenta detenerlo por confiscar un burro cargado de árboles para las tierras de los agricultores palestinos junto al asentamiento de Susia, en Cisjordania. HAZEM BADER / AFP / Getty
Al oír las detonaciones, el jeep con la divisa del Ejército israelí frena bruscamente en un recodo del camino. Los soldados se parapetan tras unas rocas y tan pronto como llegan los refuerzos, el oficial a cargo de la patrulla toma el megáfono y ordena a los autores de los disparos que se acerquen lentamente, con los brazos en alto.

La sorpresa del destacamento al ver a un individuo de barba tupida tocado con una kipá, el gorro de los judíos religiosos, fue mayúscula. Detrás apareció un enjambre de chiquillos sudorosos. Con los brazos en jarra, el adulto encaró a la patrulla. ¿A qué venía tanto escándalo? ¿Acaso los judíos no tienen derecho a practicar tiro al blanco  para defenderse de las hordas palestinas? Con un gesto de desdén, el instructor indicó a sus pupilos que entregaran las armas  —15 fusiles de asalto del tipo M-16—  y que recogieran del claro del bosque las acribilladas figuras de cartón, que representaban esquemáticamente a terroristas palestinos embozados en sus kefías (pañuelos árabes).

Concluido el incidente, la mayoría de los muchachos arrastraron los pies en dirección a Esh Kodesh, un asentamiento judío no autorizado por el Gobierno que se alza desafiante en la cima de una colina. Según el testimonio que entregó  uno de los soldados al diario Maariv, un chico de unos 14 años soltó un sonoro escupitajo. Y encogiéndose de  hombros masculló: “Que dios compadezca a estos soldaditos, lacayos de los palestinos”. Era sin duda una imprecación que había aprendido de sus mayores.

Según Eyal Rotem, exsargento de paracaidistas y actual profesor de Ciencias Sociales de la Universidad de Beerseba, entre los colonos de Cisjordania —en especial los menores de 30 años— es cada vez mayor la hostilidad y el desprecio hacia el Ejército israelí. “Pese a que los soldados, sus compatriotas,  están allí para proteger sus vidas, ellos los perciben como un obstáculo para ajustar cuentas a su manera con los palestinos. En cierto modo comparten con los palestinos el sentimiento de que se trata de una fuerza de ocupación.”

El instructor fue identificado como Itamar Slonim, profesor de Talmud (obra que interpreta las leyes del Judaísmo) y fundador de Mishmeret Yesha (la guardia de Judea y Samaria), un grupo que prepara a niños y mujeres para una guerra apocalíptica contra el mundo árabe. De acuerdo con el citado militar, el talmudista alegó que en Judea y Samaria —que es como los israelíes denominan a Cisjordania— no tiene validez la legislación que rige en Tel Aviv. “Aquí lo que cuenta son los mandatos de la Torá (las leyes de Moisés y de sus exégetas)”, sentenció. El interrogatorio apenas comenzaba cuando sonó el teléfono: alguien en las altas esferas se había enterado de la situación de Slonim y ordenaba su inmediata liberación.

Episodios de esta índole ocurren con frecuencia en los territorios ocupados de Cisjordania, donde aparte de los 130 asentamientos judíos autorizados por los sucesivos gobiernos, existen 99 enclaves ilegales como el de Esh Kodesh, donde la mayoría de los pobladores son desempleados y matrimonios jóvenes que subsisten con la ayuda de sus familiares. Todos estos asentamientos en miniatura son obra de la Juventud de las Colinas, un movimiento formado por los hijos o nietos de los colonos veteranos, aquellos que comenzaron a afincarse en Cisjordania en los 70.

La organización Shin Bet se ha propuesto mantener la pureza del pueblo judío mediante la segregación 

Dado que la mayor parte de los enclaves se encuentran en terrenos pertenecientes a palestinos, los enfrentamientos entre los colonos rebeldes y sus vecinos son diarios. En sus dos últimos mandatos, el primer ministro Netanyahu ha encargado al Ejército el desmantelamiento de seis de estos enclaves. Azarosa misión, ya que antes de que aparezcan los soldados se corre la voz y los militantes de la Juventud de las Colinas se movilizan para oponer feroz resistencia. Ninguno de los insurgentes ha sido privado de su libertad por agredir a los uniformados. “Si un palestino se resiste a la demolición  de un corral de ovejas no autorizado, se le encierra por varios meses. Por delitos más graves los colonos israelíes reciben una amonestación y se les deja ir”, señala Ori Nahum, de la ONG Shalom Ajshav (Paz Ahora). 

De forma simultánea a la toma de las colinas, pero en un plano más agresivo, actúa la organización Tag Mehir (Etiqueta de Precio). Cada vez que las autoridades anuncian el desalojo de un enclave o la reanudación de las conversaciones diplomáticas con los palestinos, Tag Mehir se cobra el precio de la “afrenta” prendiendo fuego a los trigales u olivares de las aldeas palestinas del entorno. En los últimos años el Servicio de Seguridad General —conocido como Shin Bet— ha detectado la aparición de grupos tanto o más peligrosos que los ya mencionados. Tal es el caso de Mered (Rebelión), una facción que se escindió de la Juventud de las Colinas con el propósito de “purificar la tierra de Israel” mediante la expulsión de los gentiles (no judíos), sean musulmanes o cristianos, nacidos en el país. Mered fue clasificada como organización terrorista después de que su líder, Meir Etinguer, y sus seguidores provocaran cuantiosos daños a la iglesia de la Multiplicación de los Panes y los Peces, uno de los santuarios vinculados al ministerio de Jesús, a orillas del lago de Galilea.

Etinguer es nieto del asesinado rabino norteamericano Meir Kahane, considerado como el padre de la militancia judía de extrema derecha. En un acto poco habitual, el Shin Bet puso a Etinguer bajo arresto administrativo, que permite recluirlo hasta seis meses sin someterlo a juicio. El rabino Daniel Orbaj, guía espiritual del recluso, proclamó el mismo día que detuvieron a su pupilo: “El objetivo primordial del grupo es el desmantelamiento del moderno Estado de Israel para levantar sobre sus ruinas un reino judío sagrado” dirigido por un Sanedrín, un consejo de sacerdotes como el que gobernaba a los judíos antes de la destrucción del Segundo Templo en el 70 a.C.

En un manifiesto que hizo circular por los asentamientos de Cisjordania y Jerusalén Este, Orbaj vaticinó que “antes del año 2020 los fieles habrán borrado hasta el último vestigio pagano de la faz de Israel”, en referencia a las mezquitas e iglesias de Tierra Santa. Otra de las organizaciones de la ultraderecha religiosa tachada de terrorista por el Shin Bet es Lehavá (Llamarada), que bajo la batuta del rabino Benzi Gopstein se ha propuesto mantener la pureza del pueblo judío mediante la  segregación.

Agresiones a parejas mixtas

Gopstein y los suyos no solo hostigan a los empleadores judíos que contratan a palestinos, sino que amenazan e incluso agreden físicamente a las parejas mixtas. “En la Biblia, nuestros patriarcas y profetas prohibían a los judíos mezclarse con las naciones paganas del entorno. ¿Cómo podemos tolerar tales abominaciones?”, sentenció Gopstein al ser detenido durante unas horas tras moler a golpes al novio palestino de una chica judía de la ciudad de Bat Yam. En declaraciones al diario The New York Times, el sociólogo de la Universidad Hebrea Shlomo Fischer calificó a Meir Etinguer, Benzi Gopstein y Moshé Orbaj de exponentes de un movimiento mesiánico en pleno auge, cuyos integrantes creen poseer un carisma divino y una autoridad profética. “Estos radicales no acatan los dictámenes del Tribunal Supremo de Justicia y no dudarán en alzarse en armas si se firma un acuerdo de paz que contemple la evacuación de un centímetro cuadrado de Cisjordania”, opina Fisher. 

Estos grupos no habrían proliferado sin la complicidad y activa colaboración de los políticos ultras

Si hubo en Israel un individuo dotado de visión profética, aun siendo laico, fue el malogrado Isaac Rabin. En un documental titulado Rabin en sus propias palabras, estrenado al cumplirse el vigésimo aniversario de su asesinato, se emiten las declaraciones off the record que el entonces primer ministro hizo a un canal de televisión. La grabación data de principios de 1976, poco después de que Rabin tuviera que ceder a la presión de los halcones de su propio gabinete —principalmente de Simon Peres, entonces ministro de Defensa que más tarde se tornaría pacifista—, que aprobaron la demanda del movimiento religioso-nacionalista Gush Emunim para transformar la base militar de Kdumim en un asentamiento civil, el primero que se levantó en Cisjordania, el 8 de diciembre de 1975.

“Estos personajes, los colonos, son una amenaza para la democracia. Veremos cómo se toman la ley por su mano, se radicalizan hasta convertirse en un cáncer para el tejido social de Israel y en un elemento perturbador de la calma, en pugna con los palestinos”, vaticinó Rabin, protagonista del documental, con la voz grave que lo caracterizaba. Lo que el político no pudo anticipar fue que él mismo terminaría siendo víctima del fanatismo que los rabinos nacionalistas inculcaron en la mente de Igal Amir, el joven religioso que le disparó a quemarropa el 4 de noviembre de 1995.

Karmi Guilón, que tras el magnicidio renunció al cargo de jefe del Shin Bet (encargado entre otras tareas de la custodia del primer ministro), confiesa en el apasionante documental Los Guardianes del Umbral que hasta el día de hoy le atormenta que ninguno de los rabinos extremistas fuese juzgado como cómplice intelectual del asesinato por señalar a Rabin como “el peor traidor en la historia judía”.

Rabinos como Dov Lior y Yosef Dayán no pararon de maldecirlo desde que estampó su firma en los tratados de Oslo (1993) que garantizaban la creación de un Estado palestino en las tierras que, según los nacionalistas radicales, dios consagró como herencia sagrada e indivisible del pueblo judío. Tanto Lior como Dayán son considerados como luminarias en las academias donde instruyen a jóvenes seminaristas.

En un artículo publicado en Haaretz, el columnista Nahum Barnea sostiene que estas organizaciones judías no habrían proliferado hasta el extremo de poner en jaque a la democracia israelí sin la complicidad e incluso la colaboración activa de los políticos de ultraderecha, sobre todo los del partido Habait Hayehudí (La Casa Judía), a quienes Benjamin Netanyahu asignó tres ministerios al asumir el poder en el 2015.

Romper el ‘statu quo’

Destaca por sus incesantes provocaciones Uri Ariel, ministro de Agricultura que el pasado 12 de noviembre ingresó en la Explanada de las Mezquitas para rezar en compañía de un grupo de acólitos, a sabiendas de que la aún vigente ola de violencia  se desató por la sospecha de los musulmanes de que Israel pretende romper el statu quo alcanzado en 1967, que prohíbe a los judíos celebrar sus ritos en ese espacio.

“Ya es hora de acabar con esos ridículos convencionalismos y de elevar nuestras plegarias no solo desde el Muro de las Lamentaciones, sino desde cualquier lugar en los confines de la tierra de Israel. Sería conveniente construir una sinagoga junto a las mezquitas”, opinó el ministro, confirmando las sospechas de los palestinos al tiempo que desafiaba el llamamiento del propio Netanyahu a la moderación, un concepto que no figura en el ideario del ala ultra radical de su Gobierno.

Isaac Hertzog, líder de Majané Tzioní (Campamento Sionista), la alianza opositora del Congreso, pidió en 2013 la destitución de Uri Ariel, entonces ministro de Vivienda, cuando se supo que los servicios de inteligencia habían interceptado llamadas en las que Ariel suministraba información privilegiada a la Juventud de las Colinas sobre los movimientos de las tropas israelíes en Cisjordania. El objetivo es que pudieran llevar a cabo sus acciones sin interferencias. Temeroso de provocar una crisis que precipitara la caída de su Gobierno, Benjamin Netanyahu mantuvo al supuesto informador en el cargo.

Para no ser menos que su correligionario, Naftali Bennett, jefe del partido La Casa Judía y actual ministro de Educación, se precia de haber hallado la fórmula que pondría término al conflicto palestino-israelí con sus interminables erupciones de violencia. “Debemos ser francos con los palestinos y hacerles entender que no hay cabida para un Estado suyo en la tierra de Israel (en referencia a Cisjordania y Gaza). Veréis qué pronto asimilan la idea y se acaba el problema.”

Ayelet Shaked, titular de la cartera de Justicia que completa la troika de La Casa Judía en el gabinete, es una figura solicitada por los medios de comunicación por sus atrevidas declaraciones. Sobre la ola de violencia que comenzó el pasado octubre, Shaked dijo a los periodistas: “Esta no es una guerra contra la Autoridad Nacional Palestina (ANP) ni contra el terrorismo. Es una guerra total entre dos pueblos. ¿Quien es el enemigo? Todos los palestinos, pues ellos  iniciaron el conflicto. ¿La solución? Anexionar formalmente todo la región de Judea y Samaria (Cisjordania) a Israel. A mí me trae sin cuidado lo que piense la comunidad internacional”.

Crece el apoyo al asesino de Rabin

Ramy Wurgaft
La cárcel de máxima seguridad de Shita, al norte de Israel, parece una fortaleza de las películas de ciencia ficción. Pese al espesor de las murallas de hormigón armado, Yigal Amir percibe en su celda las consignas que transmiten los altavoces desde fuera: “¡Libertad para Yigal! Amnistía para el mártir”. Según cuenta uno de los guardias, el asesino de Rabin entorna los ojos y mece el cuerpo como en un trance místico. Al principio solo sus padres y un puñado de familiares se reunían a las puertas de la cárcel, soportando los insultos de los  transeúntes. En 2007, la familia formó el llamado Comité por la Democracia, que al aproximarse la fecha del asesinato congrega a un creciente número de manifestantes. Ariel Zilber, un popular músico de rock, se ha sumado a los que quieren ver a Amir en libertad. 

Al otro lado del mapa político, una multitud acude cada año al acto que organizan grupos pacifistas y partidos de centro-izquierda en la plaza Rabin de Tel Aviv. Es una ceremonia emotiva en la que el público enciende velas y entona el mismo himno por la paz que Rabin cantó minutos antes de morir. Pero por más que los oradores se empeñen en levantar los ánimos con sus discursos, una atmósfera lúgubre gravita sobre la plaza. Tzipi Livni, diputada que abandonó el partido Likud para sumarse a la oposición, admite que las fuerzas de la ultraderecha religiosa han ido ganando terreno al imponer su proyecto mesiánico en la agenda del Gobierno. “Debemos redoblar los esfuerzos para que la cordura no se extinga como la luz de una vela en medio de la tormenta”, concluye Livni.