Opinión

La vicepresidenta nos quiere confundir

Editorial - 05/08/2016 - Número 45
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Durante años, Soraya Sáenz de Santamaría nos ha querido gobernar reteniendo todo el poder como ministra de la Presidencia, portavoz, presidenta de la Comisión de Secretarios de Estado y Subsecretarios y de todas las comisiones interministeriales, responsable del Centro Nacional de Inteligencia, del Centro de Investigaciones Sociológicas, de la CORA (Comisión de Reforma de las Administraciones Públicas), encargada del ébola, de Junqueras, de sofocar los incendios forestales, de rebajar tensiones con Angela Merkel, de rogar a los bancos acreedores de los periódicos que se apiaden transformando la deuda en capital o de cualquier otra cuestión sobrevenida que fuera menester.

Para el análisis de semejante concentración de poder hay dos escuelas de pensamiento. La primera considera que resulta de la comodidad abstencionista del presidente Mariano Rajoy y del horror vacui. La segunda estima que nace de la ambición ilimitada de la vicepresidenta, que supera antecedentes como el de María Teresa Fernández de la Vega. Sea como fuere, el afán de controlarlo todo ha acompañado a Soraya Sáenz de Santamaría desde el primer momento. De ahí que exigiera al formarse el primer gobierno Rajoy el 21 de diciembre de 2011 que su Vicepresidencia fuera única. La eliminación de una segunda de carácter económico, como había sido norma en los gobiernos de Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo-Sotelo, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero, e incluso la falta de prelación entre los ministros de Economía y Hacienda, que al menos estuvo bien fijada en los de Felipe González, dejaba descabezada la Comisión Delegada de Asuntos Económicos.

El caso es que preguntado al respecto Mariano Rajoy cuando daba cuenta de la composición de su gobierno precisó que sería él mismo quien presidiría la citada Comisión Delegada, una solución sin precedentes poco operativa en la práctica porque, con harta frecuencia, el inquilino de La Moncloa queda impedido de asistir debido a compromisos ineludibles de su agenda. El reconocimiento de esa realidad ha inducido la modificación a la virulé, en un real decreto ajeno a la cuestión, de los integrantes de dicha Comisión Delegada, añadiendo a la vicepresidenta con la encomienda, ça va sans dire,de que la presida en el caso de ausencia de su titular. 

Se diría que para Sáenz de Santamaría la única tarea que incumbe a todos los grupos políticos es apoyar  a Rajoy

Esa misma entrega, más de mil veces probada a la multitarea de gobernarlo todo, la está aplicando de manera denodada la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría al último encargo: el de confundirnos. El objetivo y modus operandi son los que ella misma y el equipo a sus órdenes ha diseñado. En definitiva, se trata de impedir la visibilidad de normas claras y distintas como las fijadas tanto en el artículo 99 de la Constitución como en el 170 del Reglamento del Congreso, difundiendo niebla artificial. El resultado es oscurecer y anular la percepción por el público de los deberes prescritos de manera terminante a quien el rey propusiere como candidato a la Presidencia. Es decir, los de exponer ante el Congreso de los Diputados el programa político del gobierno que pretenda formar y solicitar su confianza. Al mismo tiempo que difuminar los que incumben a la presidenta de la Cámara, quien, según reza el citado precepto reglamentario, una vez recibida la propuesta del rey, “convocará el Pleno”. 

A recordar que en febrero pasado, cuando el candidato propuesto era el socialista Pedro Sánchez y el presidente del Congreso Patxi López, se exigía desde el PP la convocatoria al instante del Pleno de investidura, mientras que ahora, tratándose de Mariano Rajoy y Ana Pastor, se merecen disponer de todo el tiempo del mundo e, incluso, habría de reconocérsele al señor Rajoy, receptor del encargo del rey, la facultad de dar la espantada y rehusar si considerara dudosos los apoyos. Todo un ejemplo de la ley del embudo que quiere imponerse desde las vicesecretarías peperas, servidas por  jóvenes con ceguera sectaria. Superpuesto a ellas aparece el portavoz parlamentario Rafael Hernando, bien adiestrado en el oficio de tinieblas, y encima la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría.

Esta última tiene reservadas en exclusiva unas coordenadas espacio temporales de privilegio: las de la rueda de prensa que sigue al Consejo de Ministros. Por ejemplo, en la correspondiente al viernes día 28 de julio, durante 40 minutos se le preguntó hasta por seis veces consecutivas sobre las obligaciones constitucionales de quien ha aceptado el encargo del rey de ser candidato a la investidura. La vicepresidenta respondió con otras tantas evasivas, impregnadas de advertencias conminatorias a las demás fuerzas políticas.

Se diría así que para Sáenz de Santamaría la única tarea que incumbe a todos los grupos políticos con representación parlamentaria se reduciría a emular los fervores del mes de mayo. En efecto, se trataría de que transmutaran el “venid y vamos todos con flores a María, que madre nuestra es” por el “venid y vamos todos con votos a Mariano, que padre nuestro es”. En todo caso, el despliegue de las artes suasorias de la vicepresidenta en la rueda de prensa de La Moncloa compone un espectáculo degenerado, una tomadura de pelo que sería insoportable seguir escuchando con la mansurronería propia del ganado lanar.