22/7/2017
Opinión

Un novato entra en La Moncloa

Insatisfecho con la tomadura de pelo, un periodista tuvo la impertinencia de aducir que la vicepresidenta no le había contestado. Entonces se le descalificó por novato

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Un novato entra en La Moncloa
diego mir

La vicepresidenta ensaya el lanzamiento de señuelos y detalles irrelevantes para desorientar mejor

Érase que se era, la cita habitual con la prensa tras la reunión semanal del Consejo de Ministros iba a ser a la una del mediodía. La cita venía siendo utilizada como campo de maniobras por la vicepresidenta, ministra de la Presidencia, portavoz del Gobierno, principio y fin de todos los poderes. Era en esa plataforma donde Soraya Sáenz de Santamaría ensayaba el lanzamiento de señuelos para distraer la atención y se encelaba dando cuenta de detalles irrelevantes para desorientarnos mejor. El lema de la vice, “por la precisión a la confusión”, hubiera podido servir de mote heráldico a su escudo de armas. Pero, antes de entrar en materia, convendrían algunas notas de ambiente.

La convocatoria estaba fijada para la una del mediodía; el lugar era una sala ad hoc del complejo de La Moncloa, el ritual exhalaba un perfume retro y solo se ofrecía reserva de plaza a los sospechosos acreditados. Sobre esas bambalinas, la señora Soraya Sáenz de Santamaría ejercía de primera vedete. Según aconsejara la ocasión, elegía al ministro más afín entre los que tuvieran ese día algún punto de tangencia con la actualidad, para sentarlo a su izquierda como animal de compañía. Por eso, a quien quisiera saber la nómina de sus preferidos y de sus detestados le hubiera bastado consultar la frecuencia con que los titulares de los departamentos ministeriales habían sido llamados a esos estrados (véase “Los favoritos de la vicepresidenta” en el nº 5 de AHORA, correspondiente al 10 de octubre de 2015).

De vuelta a la sala de prensa, en el centro de la primera fila podía verse a sus asesoras áulicas: Carmen Martínez Castro, secretaria de Estado de Comunicación; María Pico, directora del Gabinete; y Consuelo Sánchez Vicente, directora general. Su función, en especial la de María Pico, era prestarle ayuda gestual para animarla confirmando sus aciertos expresivos o advertirla sobre la necesidad de redoblar las cautelas. La “vice” ejerciendo de portavoz era quien fungía de telonera, con ráfagas calcadas del ministro franquista de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, recuperadas de la segunda mitad de los 60. Por ejemplo, el viernes 29 de julio parecía que estuviéramos en el “decíamos ayer” de fray Luis de León, porque la vicepresidenta, nada más sentarse y saludar, emprendía durante 14 minutos la lectura de un manojo de folios con los acuerdos adoptados por el Gobierno sobre asuntos tan variados como excéntricos. Como Manoliño, Soraya Sáenz de Santamaría no perdonaba detalle innecesario, ya fuere sobre la forma en que se ha corregido la transposición de una directiva de la Unión Europea referente al cómputo del máximo de horas nocturnas a que puede obligarse a un trabajador o respecto al acuerdo para la ejecución de los planes de seguros agrarios combinados en el ejercicio presupuestario 2016.

En el primer caso, aclaraba que España no había transpuesto el límite absoluto de ocho horas para el trabajo nocturno cuando implique riesgos especiales o tensiones importantes, previsto en el artículo 8 de una directiva comunitaria de 2003, si bien nuestra legislación ya establece para los trabajadores nocturnos un límite de ocho horas diarias de trabajo, si bien de promedio en un periodo máximo de 15 días. En el segundo, ponderaba que se hubiera autorizado la suscripción de una adenda al Convenido de colaboración suscrito entre la Entidad Estatal de Seguros Agrarios (ENESA) y la Agrupación Española de Entidades Aseguradoras de los Seguros Agrarios Combinados, S.A. (AGROSEGUROS) para la ejecución de los planes de seguros agrarios combinados en el ejercicio presupuestario 2016.

Llegados aquí, la vicepresidenta señalaba que este incremento respondía a las necesidades del sector agropecuario, que, con un otoño especialmente seco, un invierno muy cálido y un elevado volumen de cosecha para los cultivos herbáceos extensivos, habían  inducido una mayor percepción del riesgo, e insistía en que los agricultores y ganaderos habían confiado más que nunca en el sólido sistema español de seguros agrarios, de forma que se había  incrementado un 22% la contratación respecto de la pasada campaña, además de superarse por primera vez en la historia del seguro agrario español los doce mil millones de euros de capital asegurado. Saciadas estas apasionantes curiosidades por las que nadie se había interesado y señalados nuevos hitos históricos para la colección, quedaba cumplido el ejercicio de sadismo perpetrado contra la mesnada periodística que —impasible el ademán— encajaba el golpe sin gesto alguno descifrable. Todo ello cuando en aras de disipar la imagen de parvulario que impregnaba la sala de prensa hubiera sido aconsejable entregar por adelantado la referencia de los acuerdos del Consejo, evitando la penosidad acústica de oír su lectura y dejando libertad para que los informadores procedieran a leerlos o descartarlos. Después, el rito de los viernes a mediodía continuaba con la intervención del ministro invitado, que vendía su producto con aseo, subrayando algún que otro logro de esos nunca vistos, conseguidos por primera vez en España como los números que anunciaba el Circo Americano, que una y otra vez nos ponen en cabeza de la Unión Europea para asombro de propios y extraños.

El momento estaba protagonizado por Luis de Guindos, quien procedía a proyectar su escenario macroeconómico después de señalar los supuestos de sus previsiones. Su intervención concluía  con la evolución del PIB y del saldo de la cuenta corriente de la balanza de pagos, una variable que bate y batirá récords impensables. También cifraba las previsiones de empleo y del paro de la Encuesta de Población Activa (EPA) y dejaba a todos con la miel en los labios, pensando hasta dónde podríamos llegar si nos fuera dado seguir contando con la fortuna del presidente Rajoy.  

El turno de preguntas, convertido en una reiteración de trucos dedicados a encubrir el escaqueo de Rajoy

A partir de ahí, el cuento de La Moncloa seguía con el turno de preguntas desgranado durante 40 minutos, convertido en una reiteración de trucos dedicados a encubrir el aparatoso escaqueo del encargado de comparecer como candidato. Porque ni Rajoy ni sus exégetas aclaran si se presentará al Pleno de investidura, ni cuándo lo haría. Insatisfecho con la tomadura de pelo, un periodista tuvo la impertinencia de aducir que la vicepresidenta no le había contestado. Entonces se le descalificó por novato. Veremos.