31/3/2020
Análisis

Límites del modelo energético español

El desarrollo basado en el conocimiento es clave para reducir el consumo de energía determinado por el modelo productivo

Félix Ynduráin - 26/02/2016 - Número 23
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Límites del modelo energético español
Trabajos de instalación de una línea de alta tensión entre España y Francia. RAYMOND ROIG/AFP/GETTY IMAGES
El desarrollo en las sociedades modernas está relacionado con el consumo energético. A nadie se le oculta el enorme aumento del uso de carbón que necesitó la revolución industrial para alimentar tanto la máquina de vapor como los hornos de la siderurgia. Posteriormente, el transporte de mercancías y de personas ha sido, y es, un gran consumidor de energía. Desde el punto de vista del bienestar, no hace falta recordar la utilidad del gas o la electricidad para el confort del día a día en el mundo desarrollado. En este sentido, se correlaciona el consumo de energía per cápita con el producto interior bruto (PIB) de los distintos países. Así, mientras el consumo per cápita en Estados Unidos en 2012 fue de 8,07 millones de toneladas equivalentes de petróleo (MTOE, por su acrónimo en inglés), en Brasil fue de 1,03. El consumo en España (3,27) en ese mismo año fue comparable con los de Alemania (3,99) y Francia (4,36). En el otro extremo, se debe recordar que todavía hay 1.200 millones de personas en el mundo que no tienen acceso a la electricidad.

A nivel global el consumo de energía ha aumentado de forma considerable y, previsiblemente, seguirá haciéndolo conforme países menos desarrollados (China e India, sobre todo) se vayan incorporando al modo de vida de los más desarrollados. Aunque las fuentes de energía son variadas, los combustible fósiles (carbón, petróleo, gas) son los más usados. Representan cerca del 80% de la energía consumida en el mundo y así va a continuar en los próximos años, con las consiguientes consecuencias para el medioambiente.

Los recursos de petróleo y gas no solo no disminuyen, sino que están aumentando a  nivel global

Que los recursos energéticos son finitos es una obviedad. Sin embargo, a pesar de las predicciones agoreras realizadas bajo la psicosis de las diversas crisis, las existencias de petróleo y gas no solo no disminuyen a nivel global, sino que aumentan y se distribuyen en el mundo de una manera más homogénea. Las nuevas tecnologías de detección y extracción han permitido que, por ejemplo, Estados Unidos haya pasado a ser un país exportador de petróleo. En las ingentes cantidades de metano almacenado en el fondo del mar, atrapado a altas presiones por los hielos, se piensa que podría haber más reservas que todas las demás reservas conocidas a nivel mundial, y antes o después se desarrollarán técnicas para su extracción.

En España, el consumo de energía y su distribución es parecida a la de los países de nuestro entorno. España no tiene importantes recursos de combustibles fósiles si exceptuamos, en cierta medida, el carbón (que en muchos casos resulta más barato importarlo que usar el doméstico, de peor calidad). El consumo de energía primaria en el año 2014 se distribuyó de la siguiente manera: 42,7% de petróleo, 19,9% de gas natural, 12,6% nuclear, 10,1% de carbón, 6,4% de energía eólica y solar, 5,3% de biomasa y residuos y 2,8% de hidráulica.

¿Un ‘mix’ razonable?

El uso de esta energía se distribuye, grosso modo, en un 37% para transporte, un 34% para industria y un 29% destinado a consumo residencial, comercio, servicios, etc. Mientras el petróleo, que España importa prácticamente al 100%, es la principal fuente de energía usada para el transporte, para la generación de electricidad la distribución entre diversas fuentes es bastante equilibrada.

Esta distribución (mix en la jerga del sector) parece muy razonable. Sin embargo, sería conveniente apuntar lo siguiente:

La electricidad de origen hidráulico en España hace ya tiempo que ha alcanzado su techo. No es previsible que en el futuro se construyan nuevos pantanos en nuestro país. Hay que indicar que la producción indicada para el año 2015 (9,6%) es muy baja debido a las pocas lluvias registradas ese año. En 2014, por ejemplo, la aportación de las fuentes hidráulicas fue del 16%.

La contribución de la energía nuclear a la generación de electricidad en España ha sido constante a lo largo de los años. El funcionamiento de las centrales nucleares es continuo, solo interrumpido por las recargas de combustible que se realizan cada 18 o 24 meses según la central. A pesar de la fiabilidad y seguridad de las centrales actuales, la energía nuclear en España tiene un importante rechazo social. Este rechazo contrasta con la actividad a nivel mundial: actualmente, según los datos de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (IAEA), hay 442 reactores comerciales operando en el mundo y se están construyendo 66 nuevos. El rechazo, en mi opinión, no está justificado. La percepción social en relación con la energía nuclear lleva a situaciones absurdas como las dificultades para construir en España un almacén temporal centralizado para acopiar los residuos nucleares de alta actividad producidos en las centrales nucleares de nuestro país.

El carbón es, junto al uranio, el único combustible que tenemos en España. El carbón español es de mala calidad y su uso como fuente de energía contribuye de una manera muy importante a las emisiones de gases de efecto invernadero. Lo razonable sería ir disminuyendo gradualmente la producción de electricidad a partir del carbón. Curiosamente, el consumo de este combustible en España aumentó el año pasado respecto del anterior.

El ciclo combinado de gas tiene, además de las emisiones de gases de efecto invernadero (aunque menor que las del carbono), el inconveniente de que España carece de recursos propios.

Fuentes alternativas

La energía eólica ha dado un paso muy importante y sostenido a lo largo de los últimos 20 años. Es abundante en nuestro país y limpia. Su gestión no es sencilla al ser intermitente, pero alivia sin duda la factura eléctrica. Es posible que esté empezando a saturarse su capacidad en España. Por supuesto, hay todavía emplazamientos no utilizados, pero la intermitencia obliga a tener otras instalaciones convencionales en parada cuando la eólica está operativa dispuestas a entrar en operación en ausencia de viento. La vía de expansión de la energía eólica parecen ser las instalaciones off-shore, donde los vientos son más uniformes y fuertes que en tierra. Sin embargo, la plataforma continental en España cae muy bruscamente, por lo que estas instalaciones son más dudosas que en, por ejemplo, el mar del Norte.

La energía solar fotovoltaica tiene, sin duda, grandes ventajas, aunque es difícil que suministre electricidad de forma masiva. En cualquier caso, hay que notar que los materiales fotovoltaicos están evolucionando muy deprisa, dejando obsoletos los incontables paneles de silicio instalados en España al amparo de las primas al sector.

La energía solar termoeléctrica se ha desarrollado mucho últimamente, siendo España un país puntero en esta tecnología debido tanto al apoyo desde los centros de investigación públicos (cabe destacar la Plataforma Solar de Almería del CIEMAT) como desde el mundo empresarial. Sin embargo, es difícil que en España sea una fuente masiva de energía debido a la necesidad de amplios espacios para su instalación y la necesidad de una radiación solar directa que solo se da en algunas regiones del país. Una estrategia promovida en su momento por Alemania y otros países es la instalación de estas plantas en el norte de África y el posterior transporte de la electricidad a Europa.

Otras formas de producir electricidad, como la mareomotriz o la geotérmica, son puramente testimoniales. Y no hay más. Estas son las fuentes de energía para producir electricidad conocidas y utilizadas comercialmente.

Energía de las estrellas

Como vemos, para la generación de electricidad hay alternativas que se irán imponiendo unas frente a otras en función de los diversos costes y las políticas reguladoras e incentivadoras.  Si realmente se incluyeran los costes medioambientales en los precios, el panorama sería muy distinto. Vale la pena indicar que el consumo de energía depende mucho del modelo productivo del país. Por ejemplo, un análisis de los últimos 20 años indica que el PIB per cápita en California ha crecido mucho más que la media de Estados Unidos, mientras que el consumo de energía se ha contraído, a diferencia del aumento en el conjunto del país. Sin duda, el desarrollo basado en el conocimiento (liderado por Silicon Valley) es responsable de este comportamiento.

A diferencia de la producción de electricidad, para el transporte particular no tenemos alternativas a la gasolina. Los coches eléctricos parecen la opción más razonable de cara al futuro (pasando por los híbridos), pero todavía hace falta una mejora y abaratamiento sustancial de las baterías. Se habla del hidrógeno, pero se olvida que el hidrógeno no existe en la naturaleza y no es una fuente de energía.

Las instalaciones en alta mar parecen ser la vía de expansión de la energía eólica, con vientos más fuertes que en tierra

No se puede acabar sin mencionar la fusión. El principio de la fusión es conocido —es el origen de la energía de las estrellas— y se ha demostrado en el laboratorio. De ahí a tener una instalación comercial hay un gran trecho. Baste recordar que el proyecto multinacional ITER que se desarrolla en Cadarache (Francia) es un primer paso para comprobar las distintas tecnologías. Una vez este haya funcionado, deberá construirse una instalación demo y, si esta tiene éxito, se abordaría la construcción de una planta comercial. El primer plasma de ITER se espera para 2025, aunque el diseño final del reactor no está definido. Es evidente que, de momento, no podemos contar con la fusión como fuente de energía.