24/1/2019
Libros

Agatha Christie. Misterio, crueldad y sordidez humana

La escritora más vendida de todos los tiempos creó a su remilgado detective Hércules Poirot hace 100 años

Joaquín Torán - 22/07/2016 - Número 43
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Agatha Christie. Misterio, crueldad y sordidez humana
Agatha Christie, en su casa, Greenway House, en 1946. AFP / Getty Images
En las novelas policíacas de Agatha Christie (Torquay, 1890 - Winterbrook, Oxfordshire, 1976) el asesino casi nunca es el mayordomo. La escritora británica fue poco amante de lugares comunes y soluciones fáciles, como se percibe en su ingente obra, formada, solo en el ámbito de lo detectivesco, por 66 novelas, 14 antologías de relatos y numerosas adaptaciones teatrales.

Está considerada la gran dama de la literatura policíaca. Como sostiene el especialista Manuel Valle, autor del ensayo Agatha Christie. Historias sin historia de la naturaleza humana (Comares, 2006), que forma parte a su vez de un estudio que abarca también las literaturas de Arthur Conan Doyle, Dashiell Hammett y Raymond Chandler, la clave del éxito de la británica está en “la maestría para la construcción de la intriga, la capacidad para crear tramas complicadísimas y perfectas, la habilidad para la sorpresa y el engaño sin faltar el respeto a la inteligencia del lector”. Sus tramas, por ejemplo, han sentado cátedra entre contemporáneos, herederos e imitadores. Christie se atrevió a dinamitar varias convenciones del género: en El asesinato de Rogelio Ackroyd (1926, su primer gran triunfo editorial) convirtió al narrador y ayudante del detective Hércules Poirot en el asesino; en Asesinato en el Orient Express (1934) diluyó la autoría del crimen, volviéndola coral y convirtiéndola en una conspiración de 12 personas movidas por la venganza; en Navidades trágicas (1939) hizo criminal al policía investigador; por último, en Diez negritos (1939), una sórdida visión sobre la justicia, logró el hito de matar violentamente a una decena de personas sin que mediara asesino aparente.

Además, Christie es la escritora más vendida de todos los tiempos: hasta la fecha, sus obras han rebasado los 2.000 millones de copias. Su producción es la tercera más publicada en la historia de la literatura, solo superada por las impresiones de la Biblia y por los trabajos del dramaturgo inglés William Shakespeare. Sus libros han sido traducidos a 103 idiomas y continúan publicándose en nuevas ediciones. Ante estas cifras, se comprende que el ex primer ministro británico, y premio Nobel de Literatura, Winston Churchill dijera de ella que “era la mujer que ha sacado más partido al crimen desde Lucrecia Borgia”.

Los orígenes

Agatha Mary Clarissa Miller nació en el seno de una familia adinerada de clase media, como la tercera y última hija del matrimonio formado por Frederick Christie, un estadounidense manirroto y amante de la buena vida, y Clara Boehmer, una irlandesa lánguida pero con talento para contar historias. El padre, educado en Suiza, hacía negocios en Estados Unidos y en Reino Unido; en Torquay, por ejemplo, tenía un próspero negocio de alquiler de alojamientos. Por esa razón, abundan en la obra de Christie rentistas y realquilados.

Fue poco amante de lugares comunes y dinamitó varias convenciones del género

Los padres dispensaron a su hija menor una educación doméstica (Agatha Christie no asistió ni a la escuela ni a la universidad), le transmitieron una visión conservadora del mundo, que mantuvo durante toda su vida, y una percepción laxa de la religión. Los Miller tenían creencias esotéricas: los hijos estaban convencidos de las dotes adivinatorias de su madre, a la que creían provista de una segunda visión. La presencia del espiritismo en la obra de Christie es abundante. En algunas de sus novelas, como El testigo mudo (1937), incluso determinante: los artificios de una sesión espiritista darán las claves a Hércules Poirot para el esclarecimiento del misterio.

Lectora autodidacta y voraz, a los 5 años la niña se reveló poetisa precoz. Curiosamente, ya en edad adulta, apenas escribió poesía. Hasta los 11 años, su infancia transcurrió entre Devon, región meridional británica, Ealing (en el oeste de Londres) y Francia, donde aprendió de manera errática la lengua oficial, que le sirvió, ya metida en faenas literarias, para dar algo de verosimilitud a su detective belga. A esa edad terminó su etapa infantil con el fallecimiento de su padre, enfermo crónico. La muerte afectó sobremanera a la familia, además de dejarla en una precaria situación económica. Mientras sus dos hermanos mayores, Magde, de importancia capital en su carrera como escritora, y Louis, se buscaban la vida, la primera con su nuevo marido y el segundo como militar en la segunda guerra bóer (1899 - 1902), Agatha Mary se quedó con su madre. Hasta los 15 años vivió con ella de pensión en pensión. Por esas fechas tomó lecciones de mandolina, canto y piano: llegó a dominar muy bien este último instrumento, aunque fue una ejecutora extremadamente tímida. Asimismo, durante tres intensos meses de 1910 vivió en Egipto, país que estuvo muy presente tanto en su vida como en su obra.

En 1912 conoció a Archie Christie, un joven aviador que acababa de presentar solicitud al Royal Flying Corp. El día de Navidad de 1914 contrajeron matrimonio. La unión, plagada de constantes infidelidades por parte del marido, duró hasta 1926. La petición de divorcio del esposo desencadenó un drama que aún hoy sigue envuelto en penumbra: la escritora, ya consagrada por El asesinato de Rogelio Ackroyd, desapareció durante 11 días. La noticia copó titulares de prensa e incluso motivó la intervención en las pesquisas de Arthur Conan Doyle y de una médium. Agatha Christie apareció, con evidentes síntomas de confusión, en un hotel, inscrita bajo el nombre de la amante de su esposo. A raíz de este suceso, nunca aclarado por la escritora, inició tratamiento psiquiátrico. En 1930 contrajo matrimonio con el arqueólogo Max Mallowan, de 25 años, a quien conoció en Bagdad, y con quien vio mundo: sus viajes inspiraron numerosas novelas y relatos.

La experta en venenos

Al tiempo que el entonces prometido Archie Christie cumplía como piloto durante la Primera Guerra Mundial, Agatha Christie se presentó como enfermera voluntaria en un hospital de su natal Torquay; fue seleccionada para trabajar en la farmacia. La formación que recibió en el dispensario será crucial para su obra literaria, pues la convirtió en una experta en todo tipo de venenos y sustancias tóxicas. Los remedios que se les suministraban a los pacientes no venían encapsulados como ahora, sino que cada píldora, poción o tónico debía ser elaborado a mano. El cianuro y la ricina, por entonces usados como insecticidas, podían conseguirse sin grandes explicaciones.

Este privilegiado conocimiento toxicológico se aprecia en El misterioso caso de Styles, su primera obra, escrita en 1916 pero publicada cuatro años más tarde. La escribió para combatir el tedio de su monótono trabajo en la Cruz Roja, y sobre todo azuzada por el desafío de su hermana Magde de componer una novela policíaca. Tras su publicación, este libro fue objeto de un honor inesperado: la prestigiosa revista The Pharmaceutical Journal le dedicó una elogiosa reseña.

El misterioso caso de Styles supuso un dilema para Christie. En los albores de su carrera, el género estaba monopolizado por un prototipo detectivesco instaurado por Edgar Allan Poe (con su caballero Auguste Dupin en los relatos “Los crímenes de la Rue Morgue”, “El misterio de Marie Rogêt” y “La carta robada”, aparecidos entre 1841 y 1844), continuado por Arthur Conan Doyle con Sherlock Holmes y perpetuado por otros seguidores como Maurice Leblanc (Arsenio Lupin) o Gaston Lerroux (hoy afortunadamente desfasado, ya que sus novelas son soporíferas antiguallas). Todos estos escritores establecieron unas normas inalterables dentro del género: la novela-enigma que ambientaba la acción en un recinto cerrado de difícil acceso para el investigador y de imposible escapatoria para el criminal o asesino; el carácter racional de los detectives, que basaban el resultado de sus conclusiones en la deducción (y raramente, como en el caso del doctor Conan Doyle, en la ciencia); la omnipresencia del investigador como centro de la trama, ante el que se desdibujaban personajes y hasta delincuentes.

El detective Hércules Poirot

En el siglo XIX ya se habían creado los primeros cuerpos estatales de policía en las áreas metropolitanas: no tardaron en tener mala reputación porque no sabían hacer frente a los numerosos problemas de inseguridad. Por ello, los policías estaban, en general, mal considerados. Esta pobre impresión se trasladó en primera instancia a la literatura policíaca: los detectives eran superiores a sus denostados colegas policiales en sagacidad y altura intelectual. El detective, ante todo un “caballero” (de exquisita ética y moral), jamás entraba en la policía. La literatura policíaca recogió, asimismo, otros avances decimonónicos como el desarrollo de la ciencia criminalística o el fin de la tortura como medio para obtener confesiones de culpabilidad. Ahora, para probar un delito, había que reunir, cotejar y ordenar pruebas.

En esta tesitura se encontró Agatha Christie en sus inicios. La literatura policíaca estaba muy mediatizada por el icono Sherlock Holmes. Cuando empezó su andadura, Christie, inconscientemente, tuvo claro que Holmes era único e inimitable. Y por esa razón creó en El misterioso caso de Styles a un detective que es la antítesis del célebre inquilino del 221-B de Baker Street. “La aparición del personaje de Hércules Poirot —afirma Valle— abrió para el género de misterio la posibilidad de escribir al margen de la figura de Sherlock Holmes. En 1916 el personaje de Conan Doyle proyectaba una sombra tan enorme e intensa sobre el género que resultaba en cierto modo castradora y paralizante: era imposible concebir un personaje a su altura por su extremada cualificación científica, su capacidad analítica, deportiva, física... La astucia de Agatha Christie consistió en evitar a Holmes, y crear un personaje que renunciaba a competir con él: un detective belga, plebeyo, anticuado en sus modales, físicamente poco atractivo y con un carácter puntilloso.”

Churchill dijo de ella que “era la mujer que ha sacado más partido al crimen desde Lucrecia Borgia”

Hércules Poirot nació a partir de un referente histórico real: en 1916 se produjo en Reino Unido un éxodo numeroso de inmigrantes belgas. Christie conoció a varios, entre los que destacaba un exoficial de la policía bruselense. Fue él quien le sirvió de modelo a la hora de pergeñar a su detective. Poirot, bajito, de cabeza ovalada, con un gran mostacho ondulado que es símbolo de su vanidad, firme defensor de sus células grises (epítome de su cerebralidad), de modales pulcros e histriónicos, caricaturesco de principio a fin y monstruosamente inteligente, raro hombre de acción (en un pasaje de El asesinato de Rogelio Ackroyd casi puede oírsele jadear al haber corrido para comprobar una coartada). Con esas características ejemplifica el triunfo de la práctica investigadora. Para Manuel Valle, “es un personaje que impide la identificación y la simpatía y provoca un distanciamiento del lector”. Poirot, el detective-espectador, el observador incisivo, protagonizó 33 novelas y 54 historias cortas y su arrollador éxito resultó impredecible. Cada vez más harta de su remilgada estrella, Agatha Christie decidió matarla en Telón, novela que se publicó en 1974, pero que escribió en la década de los 40. Tal fue el impacto de la muerte de Hércules Poirot que el New York Times le dedicó un obituario. Poirot continúa siendo el único personaje de ficción que ha merecido una necrológica.

En Telón, Christie convirtió a su vez a Poirot en asesino. Reafirmó así una de las constantes de su obra: la desconfianza total hacia el género humano. En sus novelas y cuentos, todos los personajes son sospechosos y hasta culpables de algún delito, o portadores de algún secreto turbio. El presunto almibaramiento de sus tramas esconde una desesperanza feroz. Sus criaturas son crueles con el prójimo, egoístas, buscan medrar socialmente a través de la violencia. En cada novela hay asesinos en potencia y asesinos en acto. Christie castiga —pues fue una abierta defensora de que el crimen debía de pagarse incluso con la muerte— solo a quienes tienen la oportunidad de consumar sus pulsiones, pero no salva a nadie. Todas sus obras son juegos de poder en los que se desarrolla una especie de “guerra civil (un todos contra todos) por la propiedad”, en palabras de Manuel Valle. Por eso, los personajes se alinean en dos bandos: los potentados, que son quienes tienen posesiones, y los dependientes, que son quienes no tienen nada pero que aspiran a convertirse en potentados.

La vesania y maldad más manifiesta de sus tipos humanos se observa, no obstante, en las obras protagonizadas por la solterona detective Miss Marple, del ficticio pueblo de St. Mary Mead. Marple nació a imagen y semejanza de una familiar de Christie, en 1927, y fue personaje principal de un total de 12 novelas y 20 historias cortas. A través de ella, la novelista ofrece una radiografía del Reino Unido del Brexit, plagado de jubilados, ancianos y rentistas (no generadores de producción económica). El escenario de estas historias, aparentemente idílico y totalmente anticuado, permite incidir en una de las dinámicas de su literatura: el conocimiento de la naturaleza humana, de las pulsiones de los individuos. Será este saber, fruto de la observación y de la desconfianza hacia el otro, el que condicionará las investigaciones de Miss Marple, pero también de Poirot o de otros detectives puntuales como el matrimonio Tommy y Tuppence Beresford (protagonistas de cinco libros).

Agatha Christie escribió sobre la falibilidad humana. Como buena observadora, declaró en su Autobiografía de 1977: “Hago aquello para lo que yo estoy capacitada, no lo que me gustaría hacer”. Su capacidad para sacar los entresijos más ocultos del ser humano la llevó a divertirse a costa de las sombras que anidan en su interior.

Otras damas del crimen

Joaquín Torán
En sus orígenes, el género policíaco estaba considerado baja literatura. Por esta percepción de categoría ligera, las mujeres fueron aceptadas desde el principio como autoras de pleno derecho.

“Una buena novela negra —sostiene Ofelia Grande, editora de Siruela—, además de una radiografía social, es una radiografía humana.” Las mujeres han observado con atención las interioridades del ser humano. Agatha Christie señaló en su Autobiografía la importancia que tuvo para su carrera The Leavenworth Case (1878), —verdadero bestseller de la época— de la escritora estadounidense Anna Katharine Green. Una mujer anticipó a Sherlock Holmes: la baronesa húngara Emma de Orczy triunfó publicando en la revista londinense The Royal Magazine las investigaciones del Viejo del Rincón, un detective anciano que resolvía misterios sin moverse de su sillón mientras se atiborraba de tartas y vasos de leche. Mary Roberts Rinehart y Ethel Lina White perfeccionaron un tipo de intriga conocida como Had I But Known: sus tramas se alimentaban de tragedias anticipadas por minúsculos errores o torpezas.

En la edad de oro de la novela de misterio publicaron con enorme éxito Josephine Tey, que mezclaba literatura policíaca e histórica; la sofisticada neozelandesa Ngaio Marsh; la intelectual y socialmente comprometida Margery Allingham, y la medievalista, académica y lingüista Dorothy L. Sayers.

A otra generación posterior pertenecieron Patricia Highsmith, nominada al premio Nobel de Literatura por la hondura psicológica de sus personajes y argumentos; P. D. James, heredera del enigma al estilo Christie; Ellis Peters, anticipadora en varios años del misterio policíaco medieval, y Margaret Millar, reconocida por las complicadas motivaciones de sus personajes.

Entre las escritoras recientes destacan Sue Grafton, autora de un alfabeto del crimen (una novela titulada con cada letra del abecedario); Patricia Cornwell, que combina medicina forense e intriga policial; la estadounidense Donna Leon o a la francesa Fred Vargas.