20/1/2018
Análisis

Los cálculos ante unas nuevas elecciones

Llegar a un acuerdo de investidura con la distribución de escaños que nos dejó el 20 de diciembre es complicado. En un reciente artículo académico (“The Basic Arithmetic of Legislative Decisions”, American Journal of Political Science, 59(2), 2015), Michael Laver y Kenneth Benoit desarrollan una tipología de los diferentes escenarios parlamentarios posibles en los sistemas multipartidistas, mostrando cómo cada una de los tipos que identifican está asociado a diferentes grados de dificultad para formar gobierno, y a mayor o menor estabilidad de estos gobiernos una vez formados. Una de estas tipologías, la que ellos llaman “sistemas de partidos de top-2”, que es la que se da cuando la única coalición ganadora posible de dos partidos es entre los dos partidos más grandes, está asociada a una mayor duración de las negociaciones para formar gobierno, a una mayor tendencia a la formación de gobiernos supermayoritarios (es decir, que incorporan a más fuerzas de las necesarias para sumar una mayoría de diputados) y a una mayor fragilidad de los nuevos ejecutivos. De hecho, Laver y Benoit muestran que es un escenario susceptible de desembocar en unas nuevas elecciones, como en Grecia en mayo de 2012. Aunque en puridad en nuestro contexto actual sería aritméticamente posible una coalición entre el primero (PP) y el tercero (Podemos), el hecho de que sea inviable en términos políticos hace que sea este tipo el que mejor refleja el reparto de escaños resultantes del 20-D. Digámoslo pues una vez más: no nos cuesta formar gobierno porque nuestra “cultura política” nos incapacite para el pacto y el compromiso. Nos cuesta porque con la actual distribución de fuerzas parlamentarias, alcanzar un acuerdo de investidura es objetivamente difícil.

En todo caso, la decisión de ir a nuevas elecciones es fruto de la suma de las decisiones individuales de los partidos en liza. ¿Qué incentivo tiene cada uno de ellos para facilitar la formación de un gobierno que las evite? Las expectativas de lo que sucederá en una eventual nueva elección es un elemento central. ¿Qué resultados obtendría cada formación? A día de hoy, antes de celebrarse la campaña y de activarse las dinámicas de competición asociadas a ella, el escenario que dibujan las encuestas es de relativa estabilidad desde diciembre. Algunas de estas encuestas apuntan a una mejora de los partidos que apoyaron el acuerdo para la investidura de Sánchez (especialmente Ciudadanos) y de Izquierda Unida-Unidad Popular, y un ligero retroceso de Podemos y del PP. Pero las diferencias entre las estimaciones y el resultado del 20-D en la mayor parte de los casos son muy pequeñas, dentro incluso del margen de error de las propias encuestas. Quizá más importante que las subidas o bajadas de cada formación es el hecho de que es poco probable que se produzca un vuelco que altere el panorama de coaliciones viables e inviables. Es cierto que un cambio importante en el nivel de participación (previsiblemente más baja) podría generar resultados menos previsibles, pero parece improbable que tras unos nuevos comicios PP y Ciudadanos puedan prescindir del PSOE, menos aún que PSOE y C’s sean mayoría, ni tampoco que lo sean PSOE más Podemos, con lo que las coaliciones que generen mayorías parlamentarias es previsible que sean en esencia las mismas que ahora.

No nos cuesta formar gobierno porque estemos incapacitados para el pacto sino porque es difícil

Con estas expectativas en caso de celebrarse unas nuevas elecciones en junio, podemos intuir cuál es el cálculo de costes y beneficios para cada partido. El PP es quien mejor ve la celebración de nuevos comicios, no tanto porque aspire a obtener más representación, sino porque cree que la presión para evitar unos terceros pueda hacer que el PSOE adopte una postura más conciliadora con ellos.

Aunque las encuestas les muestren hoy como los principales beneficiarios desde el 20-D, unas nuevas elecciones implican para Ciudadanos, y sobre todo para el PSOE, algunos riesgos considerables. Pueden ser “premiados” por aquellos electores que valoren su intento de llegar a un acuerdo para formar gobierno, pero la polarización de la campaña puede hacer que sufran abandonos “ideológicos” de aquellos votantes que quieran evitar que el PSOE pacte “hacia la derecha”, y que C’s lo haga “hacia la izquierda”. Ciudadanos tiene quizás menos que perder (serían necesarios en las mismas mayorías que ahora), pero la posición central del PSOE le pone en una tesitura complicada: ¿cómo garantizará a sus votantes que, de repetirse los resultados, no pactará con el PP o con los soberanistas para evitar unos terceros comicios?

Unas nuevas elecciones implican riesgos para C’s y para el PSOE, pese a lo que dicen hoy los sondeos

¿Y Podemos? Permitir un gobierno de Sánchez puede no ser tan mala opción para esta formación. Parece evidente que las desavenencias entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias impiden que formen hoy parte de un mismo gobierno, pero Podemos puede evitar un nuevo gobierno del PP iniciando una legislatura en la que sus votos pueden ser claves en determinadas votaciones, intentando ocupar el espacio de “oposición de izquierda” del nuevo ejecutivo. (Es importante señalar que un obstáculo para que se produzca este escenario es que, a menos que IU-UP, Compromís y PNV voten sí junto a PSOE y C’s, la abstención de Podemos y sus aliados es insuficiente para investir a Sánchez; es necesario su voto afirmativo, que le costará más ceder sin alguna contraprestación). Por otra parte, si en caso de repetirse las elecciones los resultados obligan a las otras tres fuerzas políticas a llegar a algún tipo de acuerdo para evitar unas terceras elecciones, Podemos podrá reclamar su ansiado papel de principal partido de la oposición. Nótese que este escenario es relativamente independiente de la existencia o no del sorpasso: lo que hace falta es que la distribución de escaños obligue a que PP, C’s y PSOE se pongan de acuerdo para la investidura.

Y para el país en conjunto, ¿qué consecuencias tendrían unas nuevas elecciones? Sin duda la dilatación en el tiempo de un Gobierno en funciones tiene costes: las políticas son provisionales, no se pueden adoptar políticas con implicaciones para el medio y largo plazo y nuestra posición en las negociaciones internacionales es más débil. Pero no deberíamos dramatizar en exceso. Nuestro país está preparado para soportar un largo periodo de interinidad gubernamental y no seríamos la primera democracia parlamentaria que se ve obligada a repetir unos comicios como consecuencia de un resultado incierto.