11/12/2019
Política

Los que quieren una Cataluña monolingüe

El manifiesto que considera que el catalán está perseguido coloca a la Generalitat y a los partidos nacionalistas ante sus propias contradicciones

Francesc Arroyo - 08/04/2016 - Número 28
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El Gobierno catalán no tiene un momento de paz. Aún no recuperado de las acusaciones del ministro de Economía (en funciones), Cristóbal Montoro, de ser el principal causante del incremento del déficit, le llueven las presiones por otro lado: la CUP le insta a dar pasos hacia la desobediencia a la legislación “española” y un grupo de escritores y filólogos, agrupados en el colectivo Koiné, emite un manifiesto en el que reclama que en la república catalana la lengua oficial y única sea el catalán. Entre los dos centenares de firmantes hay escritores notables como Jaume Cabré y Maria Barbal y otros muy conocidos en su domicilio privado. La mayor parte de ellos, sin embargo, tiene algo en común: una nómina pública.

La tesis del manifiesto es clara: la situación de la lengua catalana es crítica, casi nadie lo utiliza de forma espontánea para dirigirse a un desconocido y las encuestas de organismos públicos que sostienen lo contrario están encargadas para que presenten esos resultados. Entre los firmantes hay dos exconsejeras de Enseñanza (Carme Laura Gil e Irene Rigau), pese a que el texto señala que la política de inmersión, que debiera hacer que todos los estudiantes catalanes terminen la enseñanza reglada dominando el catalán, ha sido un fracaso estrepitoso.

La propuesta de una Cataluña monolingüe ha incomodado especialmente a Esquerra, cuyo primer candidato a las últimas generales, Gabriel Rufián, procede de Súmate, un colectivo formado por independentistas castellanohablantes. Rufián y su compañero Joan Tardà fueron los primeros en descalificar el manifiesto. A continuación lo hizo ERC en bloque, aunque entre quienes lo firman hay exdirigentes del partido como Josep Lluís Carod-Rovira. ERC tiene como objetivo penetrar en el área metropolitana de Barcelona, tradicionalmente votante del PSC e ICV y con mayoría de origen castellanohablante, y es consciente de que la lengua es uno de los asuntos más espinosos, dada su carga emotiva.

También lo saben los promotores del manifiesto y de ahí que sostengan: “Es imprescindible que todo el mundo entienda que uno de los grandes problemas de estado de la nueva república, quizás el más importante, será el problema lingüístico, porque afecta a la base misma de la cohesión social”. Pero la solución que proponen, la imposición del catalán a toda la población, difiere radicalmente de la defendida durante años por la izquierda e incluso por la derecha.

ERC ha descalificado la propuesta, pese a que la firma Carod-Rovira, y Convergència ni la condena ni la suscribe

Si Esquerra ha reaccionado con contundencia al desmarcarse de las posiciones de Koiné, igual que lo han hecho el PSC o ICV, Convergència ha optado por los paños calientes. Inmerso el partido en averiguar su propia identidad, ha optado por no condenar el manifiesto ni suscribirlo. Es, ha dicho Jordi Turull, hombre de confianza de Artur Mas, algo a tener en consideración. La postura choca frontalmente con la actitud de CDC durante los años en que estuvo dirigida por Jordi Pujol. El expresidente afirmaba que es catalán “todo el que vive y trabaja en Cataluña”. Es cierto que en el fondo latía la cuestión de la lengua, puesta de manifiesto, por ejemplo, en que la cultura gubernamental consideraba propia la que se expresaba en lengua catalana y veía con recelo la de expresión castellana. Autores como Juan Marsé, los hermanos Goytisolo, Manuel Vázquez Montalbán, Eduardo Mendoza y, desde luego, Félix de Azúa nunca gozaron del aprecio del pujolismo. El poeta José María Valverde, consciente de ello, no dudó en matizar la frase de Pujol: “Es catalán todo aquel que vive y trabaja en Cataluña, con tal de que no escriba en castellano”. El colectivo Koiné añade ahora un nuevo requerimiento: que se hable en catalán.

Koiné es claramente pancatalanista, es decir, entiende que su proyecto trasciende las cuatro provincias catalanas y abarca todos los territorios en los que en mayor o menor medida se emplea el catalán: Comunidad Valenciana, Baleares, franja oriental aragonesa y el sur de Francia. En todos ellos, a su juicio, el catalán está siendo perseguido y así seguirá hasta que se extinga. El origen de esta persecución, en cambio, varía. En Francia empezó en 1659; en Valencia, en 1707; en Cataluña, en 1714 y un año más tarde en Baleares, salvo en Menorca, que, al estar ocupada por los ingleses, no sufrió el imperialismo castellanista hasta 1802. El pasado difiere, pero el presente es en todas partes catastrófico: tanto en Cataluña, donde el catalán es lengua vehicular en las escuelas y los docentes tienen la obligación de conocerla, como en el sur de Francia, donde la enseñanza en catalán recibe ayuda financiera de la Generalitat.

La aparición del manifiesto coincide con la publicación de un libro, Perles catalanes, firmado por varios autores, en el que se denuncia a los “colaboracionistas”. En él aparecen desde historiadores como Jaume Vicens Vives, a quien se califica de “filonazi”, hasta comerciantes de esclavos, como Antonio López. Entre los vivos se cita a Albert Boadella, Félix de Azúa, Miquel Roca, Josep Antoni Duran i Lleida y Carme Chacón.