19/10/2021
Análisis

Lunes de reflexión

En EE.UU. son muchos los estados que ya en el siglo XIX establecieron la jornada de abstinencia en vísperas electorales, prohibiendo la venta de alcohol para evitar episodios de violencia entre seguidores de los distintos partidos y dificultar que fueran llevados a votar en estado de embriaguez e inducidos a hacerlo a favor del partido del que había pagado la bebida. Aquí, al restaurarse la democracia, no se llegó a tanto. No se prohibió la venta ni el consumo de alcohol. Tan solo se prohibió la propaganda electoral y se nos recomendó a todos que reflexionáramos con sosiego lo que deberíamos votar al día siguiente, aunque lo cierto es que en esa jornada de reflexión casi todo el mundo sabe ya lo que va a votar.

La verdadera jornada de reflexión es la del lunes. Tras las precipitadas valoraciones de los candidatos la noche electoral y su glosa reiterada una y otra vez en los platós, los dirigentes políticos se reúnen para analizar qué fue lo que pasó el domingo, por qué y con qué consecuencias para el país, para los partidos y para sus líderes. Lo que pasó es relativamente fácil de comprobar: quiénes avanzaron o retrocedieron, cuánto, dónde, respecto al pasado o a las expectativas. Algo más complicado es el acuerdo acerca del porqué o de los porqués. Sobre todo, si los resultados no fueron buenos y si se abren grandes divergencias sobre las causas, es más que probable un debate diabólico sobre las consecuencias, es decir, y ahora qué.

El PP podría preguntarse: ¿adónde habríamos llegado sin los casos de corrupción o con un líder más valorado?

Eso es lo que empezaron a hacer el pasado lunes todos los partidos ante unos resultados difíciles de entender para cualquiera, incluidos ellos mismos, sorprendidos en unos casos, como el del  PP, por haber sobrepasado sus expectativas, y en otros por verlas dramáticamente defraudadas, como ocurrió a Unidos Podemos, sin que en esta ocasión pudieran culpar al sistema electoral. Todo el mundo tiene derecho a preguntarse si pasó lo que tenía que pasar o qué habría pasado si se hubieran tomado o dejado de tomar algunas decisiones o si se hubieran producido o se hubieran dejado de producir hechos o circunstancias más o menos imprevistas, como en su día los atentados de Atocha o ahora el Brexit.

Algunos ejemplos servirán para ilustrarlo. Tras digerir la satisfacción del éxito, en el PP podrían preguntarse: ¿adónde habríamos llegado sin la avalancha de casos de corrupción y escándalos de estos meses o con un líder mejor valorado o más querido? O los de Unidos Podemos: ¿habríamos tenido mejor suerte yendo por separado o bajo la dirección de un líder con una imagen menos deteriorada y más coherente? Seguro que los dirigentes de Ciudadanos se habrán preguntado si no les habría ido mejor si hubieran logrado que cuajara su proyecto de regeneración de la vida política y hubieran convencido a los más renuentes de que no tenía sentido volver a votar a un partido tan salpicado por la corrupción política y económica.

En cierto modo, el 26-J no ganó nadie ni quedó definitivamente zanjada la cuestión de quién, cómo, en qué condiciones y por cuánto tiempo gobernará en España, y no digamos acerca de su eventual autoridad para afrontar con buen criterio y con eficacia los graves problemas de política económica, social, territorial e internacional que el país tiene pendientes. Por eso es lógico que todas y cada una de las principales formaciones se pregunte qué habría pasado si lo hubieran hecho mejor, si hubieran dado prioridad a los intereses generales o no hubieran cometido algunos de los errores en que incurrieron. Uno en el que no cayeron ni el PP ni Ciudadanos fue el de las divisiones internas. 

¿Cómo le habría ido al PSOE si los barones y baronesas no hubieran debilitado la autoridad de Sánchez?

Es obvio que no se puede decir lo mismo ni de Podemos ni del PSOE, cuyas estrategias, tras las elecciones del 20-D, fueron objeto de importantes tensiones internas. Con una diferencia, y es que en el primer caso Iglesias zanjó las divergencias destituyendo al hombre de Errejón e imponiendo la coalición-absorción de IU, mientras en el PSOE las voces de barones y baronesas limitaron los márgenes de maniobra de su candidato e incluso debilitaron su autoridad poniendo en tela de juicio su continuidad al frente del partido tras el próximo congreso. No está claro si les habría ido algo mejor a los socialistas el domingo si eso no hubiera ocurrido. En todo caso, y cualquiera que sea la respuesta, no estaría de más hacerse la pregunta.

Lo mismo vale de cara al futuro. En el PP y en Ciudadanos han sido Rajoy y Rivera los que han anunciado el criterio de sus grupos respecto a la formación de gobierno. En Unidos Podemos ha sido Echenique, el secretario de organización, y en el PSOE, César Luena, su homólogo. En estos últimos casos sus líderes no saldrán hasta que los órganos correspondientes hayan fijado la posición. Entre tanto, a la espera, el silencio de los demás será quizá su mayor acierto.