17/9/2019
Historia

Mujeres en guerra

La guerra ha sido contada casi siempre desde el punto de vista masculino. Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura 2015, y Lee Miller, una de las fotógrafas más importantes del siglo XX, han tratado de contar y mostrar el papel de las mujeres durante los conflictos bélicos. Pero no son los únicos testimonios

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Mujeres en guerra
Máscaras de incendio, Downshire Hill, Londres, 1941. Lee Miller Archives
En La guerra no tiene rostro de mujer Svetlana Alexiévich escribe que ha habido miles de guerras, conocidas y desconocidas, y cientos de libros que hablan sobre ellas, pero que siempre han sido los hombres los que han tenido la oportunidad de contarlas. Casi todo lo que sabemos de la guerra, lo sabemos por ellos. Existe poca información acerca de la vida de las mujeres en época de conflicto bélico. Durante años se les ha dicho que su versión no contaba. Alexiévich se pregunta: “¿Por qué, después de haberse hecho un lugar en un mundo que era del todo masculino, las mujeres no han sido capaces de defender su historia, sus palabras, sus sentimientos? Falta de confianza”.

Alexiévich confiesa que  su “objetivo es conseguir la verdad de aquellos años. De aquellos días. Sin que la falsedad de los sentimientos la enturbie […] Yo quiero escribir la historia de esta guerra. La historia de las mujeres”. Recuperar las voces de las mujeres y sus testimonios sirve para reconstruir dos de los episodios más graves del siglo XX (la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial) y cubrir algunos huecos que la historia ha dejado.

Mujeres en la guerra española

Concepción de la Mora, que fue censora comunista de la Oficina de Prensa Extranjera, describió en Doble esplendor sus reacciones ante la guerra: “Los bombardeos se sucedían sin interrupción y de todos los rincones de la España leal llegaban gritos de angustia de las mujeres y niños destrozados por las bombas […] las mujeres de Madrid que, con el enemigo acercándose a sus puertas, levantaban barricadas y ayudaban a los hombres en la defensa de la capital y no había quien las moviera de allí”.

En Recuerdos de la resistencia Shirley Mangini recoge fragmentos de autobiografías escritas durante la guerra y también testimonios de mujeres que ella misma entrevistó en los años 80. Cuenta que cuando visitó Sevilla para intentar hablar con algunas de las supervivientes de la represión, conoció a Ana María Martín Rubio. Cada vez que Ana María abría la puerta de su casa veía los cuerpos ensangrentados de amigos y vecinos, esparcidos por la calle. Cuando las tropas de Queipo de Llano entraron en Sevilla, las mujeres sindicadas fueron advertidas de que si no regresaban a sus casas, serían asesinadas. Ana María no se atrevió a volver a la plaza del pueblo hasta la muerte de Franco en diciembre de 1975.

Dulce del Moral, política y feminista cordobesa, pasó encarcelada ocho años después de la guerra, debido a su afiliación a la organización Juventud Socialista Unificada: “Llegó el 18 de julio;… estaba planchando;… empezaron los tiros, quería irme, pero Manolo [su marido] no; la gente iba inmediatamente a poner barricadas en las calles; yo sobreviví por lotería, pero me daba mucha pena ver a mis amigos jóvenes muertos; había constantes denuncias; incluso las monjas denunciaban”. 

La investigadora Angelina Puig i Valls, autora de Las mujeres y la guerra civil española, indagó sobre las mujeres activistas de Granada y constató el hecho de que “se borró a las mujeres de la historia porque habían cruzado la frontera del decoro femenino, entrando en el foro público designado solamente a los hombres”. Cuando Puig i Valls preguntó a una mujer la razón por la cual nunca se habla de la organización Mujeres Antifascistas en su pueblo, ella respondió que esas mujeres era “poco limpias” y que eran “agentes malignos del posible desenfreno sexual de las conductas de los hombres”.
 
Los relatos de las mujeres sirven para reconstruir los episodios bélicos más graves del siglo XX 
Nieves Torres era una adolescente que trabajaba en el taller de costura Pasionaria que se dedicaba a la producción de ropa para las tropas. Así describe el momento en que se escuchó en todo Madrid el grito de Dolores Ibárruri: “No teníamos comida, ni leña, ni cerillas, ni nada. ¡Qué desastre! Entonces Dolores gritó: ‘¡No pasarán!’. Lo dijo a los soldados, a la retaguardia, a todos. Y todos se levantaron y dijeron: ‘No, no, no pasarán. ¡Tenemos que defender Madrid con uñas y dientes!’. Todos aceptamos el desafío. Los hombres que todavía no habían ido al frente se fueron al combate. Nosotras, las mujeres, nos apresuramos a la producción —tejiendo, cosiendo, todo lo que podíamos—. Algunas se incorporaron al frente como soldados, pero sobre todo como enfermeras. Las mujeres entraron en las fábricas y los talleres, tomando el lugar de los hombres”.

Matilde de la Torre, escritora y política socialista, describe en Mares en la sombra a las mujeres que habían ido a trabajar a las fábricas de Asturias, donde ella desarrolló una intensa actividad política durante la guerra: “Estas muchachas trabajan en el manejo de una sustancia estruendosamente mortífera. Si esto estallase ahora mismo, como puede estallar (y no se comprende bien por qué no estalla) todas estas muchachas,  y nosotros, y cualquiera que aquí esté, y los que están fuera, las paredes, y los tejados, y las casas próximas y aun las lejanas…, mortales, y del edificio solo quedaría un inmenso agujero, y los pájaros del aire morirían golpeados por la tromba mortal”.

Soledad Real fue una militante comunista que pasó 30 años en prisión. En una entrevista que le hizo Mangini describe el heroísmo de las mujeres que trabajaban en las fábricas de armamento de Barcelona: “Tenían derecho a un vaso de leche diaria para desintoxicarse. Pero en lugar de beberlo, lo guardaban para los niños de la guardería […]. Yo fui a una fábrica de armas y vi a las mujeres con el blanco de los ojos del color de la yema de huevo —y su piel también era de un amarillo asqueroso—. Estaba desconcertada hasta que vi los carteles que decían: ‘¡Compañeras, no tenemos máscaras, pero nuestros compañeros necesitan armas!’. A las mujeres siempre se les ha obligado por costumbre y educación a practicar la abnegación. En este caso, tan exagerada que pienso que cuando se compara esto con el heroísmo de enfrentarse al enemigo, el valor del segundo disminuye”.

Rosario la Dinamitera, a quien Miguel Hernández dedicó un romance en Vientos del pueblo, tenía 17 años cuando se hizo miliciana: “Mientras estaba estudiando, estalló la guerra y llegaron algunos de los chicos, desesperadamente solicitando voluntarios porque la República estaba en grave peligro, y los militares querían destruir la Constitución. Aunque sabía que estaban hablando a los chicos de nuestro grupo, y no a las chicas, sentí tanto peligro en lo que decían, tanta necesidad de ayuda, que se me ocurrió preguntar con una voz tímida; ‘¿Y las chicas? ¿Las mujeres podemos ir también?’. Una voz fuerte me contestó: ‘Claro que sí’. Respondí: ‘Pues apúntame en la lista’”.

Juana Doña fue una política comunista y escritora que reunió en Desde la noche y la niebla su propio testimonio y el de otras mujeres que pasaron media vida en las cárceles franquistas: “Cuando en el 67 escribí este relato, aún mantenía muy vivo el recuerdo de mis años de prisión, el de las mujeres que vi sacar a fusilar, de aquellas otras que murieron a mi lado, de las que sobrevivimos a todas las penalidades y la amargura de pensar en las que aún quedaban en las cárceles sufriendo lo que yo ya había dejado atrás”.

Todas las guerras

Svetlana Alexiévich recuerda un detalle muy importante que podría pasar desapercibido: los que recuerdan antes eran jóvenes y ahora son viejos. En una ocasión, una mujer que había sido piloto de aviación le negó una entrevista que terminó formando parte de su libro: “No puedo… No quiero recordar. Pasé tres años en la guerra… Y durante esos tres años no me sentí mujer. Mi organismo quedó muerto. No tuve menstruaciones, casi no sentía deseos de una mujer”.

Cuando estuvo  buscando en la planta de producción de tractores de Minsk a una mujer que había sido una famosa francotiradora, sus compañeros le dijeron “que si no me bastaba con los hombres. ‘¿Para qué quiere todas esas historias de mujeres? Esas fantasías femeninas… ’. Los hombres temían que las mujeres contaran otra guerra, una guerra distinta”.

Una vez entrevistó a un matrimonio. Él era tirador de ametralladora y ella hacía de enlace. Se conocieron en el frente y se casaron la víspera del combate. Ella le confesó haberse hecho el vestido de novia con la tela blanca de un paracaídas alemán: “Tuve que insistir, pero el marido finalmente cedió su sitio a su mujer. Antes de irse le recordó: ‘Cuéntalo tal como te he enseñado. Sin lágrimas y naderías de mujeres: Yo quería ser guapa… Lloré cuando me cortaron la trenza…’ Más tarde, en susurros, ella me confesó: ‘Se ha pasado toda la noche haciéndome estudiar el volumen de La historia de la Gran Guerra Patria. Se preocupa por mí. Y ahora seguro que está sufriendo porque acabaré recordando algo que no debo’”.

Lola Ajmétova fue soldado y tiradora: “Para mí, lo más terrible de la guerra era tener que llevar calzones de hombre. Un auténtico horror. Es que… […] ¡Dios mío! En invierno y en verano. Durante los cuatro años. Cruzamos la frontera soviética… Cerca del primer pueblo polaco nos entregaron los nuevos uniformes y… ¿Y? ¿Y? ¡Por primera vez nos entregaron bragas de mujer y sostenes! Por primera vez en toda la guerra. Ja ja… ¿Lo entiendes?... Por fin veíamos la ropa interior femenina de siempre…”.

Mujeres en la II Guerra Mundial

Existe un testimonio de los últimos días de la Segunda Guerra Mundial en Berlín que por su crudeza ha atravesado las fronteras de Europa. Una mujer en Berlín reúne las anotaciones que una periodista alemana anónima hizo en su diario entre el 20 de abril y el 22 de junio de 1945. Tres cuadernos de notas y algunos trozos de papel más ayudaron a esta mujer a mantener la cordura en un mundo devastado por la guerra y la falta de valores morales. En estas 121 páginas, la autora recoge algunas de las violaciones a las que las mujeres fueron sometidas por los soldados rusos: “A Ilse la pillaron una vez en el refugio. Las otras veces fue en la primera planta, en un piso vacío en el que la introdujeron a empujones y a golpes de culata en la espalda. Uno —sigue contando— se quiso acostar con ella con el fusil. Entonces a ella le entró miedo y le dejó bien claro con gestos que tenía que dejar el fusil a un lado”.
 
Una mujer en Berlín reúne las notas que una periodista alemana hizo en su diario entre abril y junio de 1945
La escritora Alaine Polcz  se casó pocos días antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial. Su libro más conocido es Una mujer en el frente, publicado recientemente en España por la editorial Periférica. En él relata algunos de los horrores que soportó en la guerra: “Era horrible cuando sangrábamos mucho y no podíamos cambiarnos las bragas. Durante el trabajo en las trincheras la sangre se congelaba, y por la noche se derretía, luego se secaba, y las bragas nos hacían daño en los muslos, y continuamente teníamos la sensación de oler a sangre”. Se publicó en 1991 rompiendo 40 años de silencio de más de 200.000 mujeres que habían sido violadas por el ejército soviético.

Estas voces de la guerra son algo más que fragmentos y piezas, una pequeña porción de todas las mujeres que sufrieron durante la guerra y que siguen haciéndolo en otros conflictos. Si algo caracteriza los testimonios es que tienen la vocación de seguir construyendo la memoria colectiva. Como escribe Alexiévich, la historia está allí fuera, entre la multitud, en cada uno hay un pedacito de historia. La historia de las mujeres también es la historia de la guerra.