23/4/2017
Cine

Oleg Karavaichuk. El temblor de la música

Andrés Duque redefine el retrato documental en Oleg y las raras artes, aproximación al irreductible pianista fallecido el pasado 13 de junio

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Oleg Karavaichuk. El temblor de la música
Oleg Karavaichuk en el documental de Andrés Duque. Intropía Media / Estudi Playtime / TV3 / ARTE
En una de las muchas suntuosas habitaciones que conforman el Hermitage de San Petersburgo, Oleg Karavaichuk (1927 - 2016) toca el piano que perteneció al último zar de Rusia, Nicolás II. Menudo y parapetado tras una boina roja y una media melena con flequillo, va agitándose poco a poco a medida que la composición se anima y sus manos, ágiles incluso cuando golpea con el puño las teclas del piano, parecen desbordarse por el movimiento de la música. Ese piano no es solo el piano del museo del Hermitage o el de Nicolás II, sino el instrumento que en los últimos 30 años ha ayudado a que Karavaichuk pudiera continuar desarrollando su “divina rítmica”, su “yo pianístico”, tal y como explica en Oleg y las artes raras, retrato del pianista y último trabajo documental del cineasta Andrés Duque (Caracas, 1972).

Karavaichuk, niño prodigio del piano, protegido en cierto momento de Stalin y luego repudiado por el régimen, a quien se prohibió tocar en público hasta bien entrada la década de los años 80, acabó prestando su talento a la industria cinematográfica soviética y llegó a componer cerca de 200 bandas sonoras para maestros como Kira Muratova, Sergei Parajanov, Vasily Shukshin o Ilya Averbakh. También hizo del Hermitage su fortaleza creativa, un refugio que le concedía el privilegio de ser la única persona del mundo que podía tocar el piano que fue de los zares. El documental de Duque arranca en uno de los pasillos del museo, con  Karavaichuk caminando hacia la cámara. No tarda en detener su andar errático para ofrecer un monólogo sobre la calidez que siente entre los muros de la pinacoteca erigida por la emperatriz Catalina la Grande, “la vagina del universo”, quizás la última gran mecenas de la historia, parece pensar el protagonista. “En el 250 aniversario del Hermitage, el asiento que tenía que haber ocupado el continuador de Catalina, Vladimir Putin, estaba vacío. ¿Qué puede haber más importante en el mundo que contemplar el horizonte de la historia desde una sala del museo?”, se lamenta en esa perorata introductoria.

Karavaichuk fue niño prodigio del piano, protegido de Stalin y luego repudiado por el régimen

No solo la presencia o las palabras de Karavaichuk le delatan como un rara avis de lo contemporáneo, dotado de una sensibilidad de otra época, tal y como subraya ese autoaislamiento que con tanta sutileza capta Duque con su cámara cuando sigue al protagonista por las calles desiertas del asentamiento del Komarovo, hogar de muchas figuras de la intelligentsia soviética durante los años del estalinismo, mientras va enumerando qué artista vivió en tal u otra casa. Tampoco es la primera vez que el cineasta catalán de origen venezolano se detiene en los claroscuros de la sensibilidad artística desorbitada. Ya en Iván Z (2004), emotivo retrato de Iván Zulueta por el que Duque llegó a las nominaciones de los premios Goya, explora el genio artístico como una cuestión irreductible. A primera vista no podría haber dos creadores más diferentes que Karavaichuk y Zulueta, y sin embargo los vasos comunicantes entre ambos personajes no son pocos: encerrados en sus atalayas de los peligros del mundo corriente, tanto uno como el otro son criaturas que se niegan a crecer y a ceder, y que entienden el acto creativo como un hecho desbocado, como un temblor afectivo del que es imposible salir ileso. También se trata de unos perfiles a menudo incomprendidos. “Mis melodías son incómodas pero son geniales. ¿Para qué necesita la música clásica melodías incómodas?”, se pregunta entre la melancolía y la queja Karavaichuk, en una suerte de reproche hacia la dirección que está tomando el mundo de la música clásica en la actualidad y en la que el heterodoxo pianista, quien frente al público toca siempre según el azar de la improvisación, parece no encajar.

Y, del mismo modo que sucedía en el documental sobre Zulueta, también en Oleg y las raras artes Duque apuesta por acercarse al retratado bajo ninguna norma, dejándose llevar por el irresistible magnetismo de un personaje capaz de llenar por sí solo la película. No importa que el filme obvie datos o se aleje de la hagiografía convencional, porque lo que se busca es que sea el protagonista quien revele, de modo inesperado, en la aparente rigidez del plano fijo largo que caracteriza este último trabajo, las peculiaridades y las contradicciones de su personalidad vitriólica.

Palabras y coreografía

Oleg y las raras artes es una película escurridiza, un documental musical que al mismo tiempo es un filme sobre la palabra como herramienta de la memoria —toda la serie de pensamientos, reflexiones, análisis, exabruptos o frases sueltas que va lanzando Karavaichuk en su deambular frente a la cámara de Andrés Duque— y un largometraje que se fascina ante la extraña coreografía del cuerpo del músico en sintonía con la música. “Un cuerpo dice la verdad. No siempre, ni a la primera, pero siempre es el cuerpo el que la dice”, afirma J. M. Coetzee en su relato “Esperando a los bárbaros”, y aunque el contexto en que el escritor sudafricano utiliza estas palabras es diametralmente opuesto al que plantea Duque en su filme, sí sirven para pensar esa verdad acerca del cuerpo propulsado por la música, o tal vez a la inversa: se pone en juego cada vez que el artista comienza a tocar el piano en pantalla.

Duque apuesta por acercarse al retratado dejándose llevar por el irresistible magnetismo del personaje

Cuando Duque lo observa tocando en el espacio íntimo, curvado, tenso como una columna barroca, o practicando solo a contraluz con el movimiento de sus manos, con una gesticulación a ratos dislocada, se reconoce una manera de entender lo musical que está lejos de todo academicismo, una manera en la que en el cuerpo arqueado de Oleg resuena el temblor de la música, como si él mismo fuera una suerte de caja de resonancia. “La música influye en tu mucosa, incluso en tus fluidos”, dice en un momento del filme el pianista. “Las manos se mueven solas como una agonía. No las muevo yo”, confiesa un poco más adelante.

El movimiento que da lugar a la creación y los gestos a contracorriente del artista son asimismo constantes en la cinematografía de Andrés Duque, que ya sea en perfiles documentales, como el mencionado Iván Z, o en trabajos de corte autoficcional y de vanguardia, como el cortometraje Paralelo 10 (2005) o los largometrajes Color perro que huye (2011) y Ensayo final para utopía (2012), ha indagado en las posibilidades plásticas del cuerpo en movimiento, en sus rimas, vibraciones y modulaciones. Sobre esta inquietud también pivota Oleg y las raras artes, que tal vez ofrece una mirada más perspicaz acerca de la mística materialista del genio que las anteriores incursiones del director en este concepto. Porque el impulso del genio, nos dice el músico y así lo registra Duque, pasa indudablemente por el cuerpo, aunque Karavaichuk asegura una y otra vez que no se reconoce en esa acepción: “Ya no hay genios hoy en día porque lo que quieren es ganar mucho dinero, cuando lo que de verdad necesitan es una camisa blanca”. Una última salida de tono de un virtuoso tan excéntrico como íntegro, “una criatura sentimental”, en sus propias palabras.
 

Oleg y las raras artes
Oleg y las raras artes

Un documental de Andrés Duque sobre Oleg Karavaichuk. En cartelera