25/4/2017
Cine

'Después de la tormenta'. La punzante levedad

El último trabajo del japonés Kore-eda es un drama familiar a medio camino entre lo ligero y lo profundo

Irene de Lucas - 30/09/2016 - Número 53
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'Después de la tormenta'. La punzante levedad
Hiroshi Abe, Taiyô Yoshizawa y Yoko Maki en ‘Después de la tormenta’.
A veces aparece un filme que hace fácil lo complejo, raramente ocurre, pero si hablamos de Hirokazu Kore-eda (Nerima, Tokio, 1962) es ya tan frecuente que define su forma de hacer cine. Su obra más reciente, Después de la tormenta (2016), se ha estrenado en España en la sección Perlas del Festival de San Sebastián y a punto ha estado de alzarse con el Premio del Público por tercera vez, como ya hizo en 2013 con De tal padre, tal hijo y el año pasado con Nuestra hermana pequeña (2015). Kore-eda convence y conmueve, seduce al espectador con su perfecto equilibrio entre la distensión de la comedia y la melancolía de la realidad. A medio camino entre lo ligero y lo profundo, la dulzura con la que introduce al espectador en un drama familiar sobre los sueños frustrados, propios de la condición de humana, vuelve a cautivarnos en su nueva oda a la vida cotidiana.

Abe Hiroshi interpreta con finura a Ryota, un escritor divorciado que vive a la sombra del éxito de su primera novela y sin futuro familiar, truncado por su adicción al juego. Incapaz de aceptar ni de enmendar sus errores, se esconde en el pasado armado de un sinfín de excusas para justificar que su vida no se parezca a lo que había imaginado. La muerte de su padre le lleva a enfrentarse con la realidad. Si en Caminando (2008) se dejaba sentir la influencia de Yasujiro Ozu, en esta ocasión el director se hace eco de los shonin-geki, los dramas de la clase trabajadora de Mikio Naruse, algo que Kore-eda sabe resumir en una sola imagen: “Los personajes viven encorvados”. Todos ellos se resisten a aceptar aquello en lo que se han convertido: “Están abrumados por una realidad sin esperanza, pero son incapaces de deshacerse de sus sueños. Por eso no consiguen alcanzar la felicidad”, explica Kore-eda. Incluso el complejo residencial Asahigaoka en el que vive Yoshiko, la madre del protagonista, no llegó a ser lo que esperaba, envejecida su estructura y también sus habitantes. La tristeza de los personajes se mezcla con la nostalgia del espacio que habitan, testigo y símbolo de sus aspiraciones irrealizables, de su miedo a parecerse a sus padres, a repetir sus mismos errores.

La importancia de la levedad

El último guion de Kore-eda es exquisito. No hay una coma de más. Los diálogos fluyen con asombrosa naturalidad, cargados de verdades punzantes y simbología que el director sabe esconder en toda clase de objetos para no forzarlas en boca de sus protagonistas. El mandarino
Su maestría está en suavizar el tratamiento de sus argumentos más duros y en recurrir a la comicidad
que no florece ni da frutos aunque se riegue a diario, la comida caduca —como los recuerdos— que no por ello deja de ser sabrosa, bolas de arroz rebajadas por ser defectuosas como las personas, billetes de lotería que salen volando y reaparecen como sus sueños ilusorios y esa mariposa azul en la que Yoshiko teme que se haya reencarnado su difunto marido para amargarle la felicidad de los años que le quedan sin él, como hizo en vida. La maestría de Kore-eda reside no solo en saber suavizar el tratamiento de sus argumentos más duros, sino en recurrir constantemente a la comicidad, que en este filme roza el humor negro, para diluir la tensión dramática que concentra en oleadas intermitentes. La vida puede ser sencilla si nos desprendemos de todo lo que pesa, su cine también lo es. Y es que él, como su excelente reparto, especialmente la maravillosa Kirin Kiki, sabe hacer drama y comedia con muy poco: una réplica, un objeto, un gesto. Los detalles, la levedad, son imprescindibles en su obra: “Para poder trasladar un sentido profundo de tristeza necesitas levedad. Creo que esto no solo es cierto para la narración sino también para la interpretación. Por ejemplo, Kirin Kiki, que interpreta a la abuela en Después de la tormenta, sabe expresar estos valores a través de sus gestos […] No hago comedias ni tragedias, incluso cuando hay elementos trágicos en mis filmes. La condición humana tiene lugar entre las fronteras del amor y la tristeza; eso es lo que somos. Todos vivimos en ese espacio intermedio. Esto es algo de lo que también soy muy consciente cuando escribo mis guiones—no hacerlos demasiado cómicos o demasiado tristes—. Si retratas una historia seria de manera seria, nadie la escuchará ni la verá”.

A la sobria factura visual del filme, con planos de extrema belleza en su simplicidad, se añade la deliciosa sutileza de la banda sonora de Hanaregumi, apenas un silbido y unos acordes para aligerar la pesadumbre de una realidad llena de reproches en la que, como dice Yoshiko, uno debe ser capaz de desprenderse de muchas cosas para encontrar la felicidad. Después de la tormenta es el filme más autobiográfico de Kore-eda. De niño vivió en el complejo de fincas de la película, la reciente muerte de su padre le inspiró las mismas reflexiones que plantea, el protagonista se enfrenta a los mismos demonios que el director, incluso las gafas que lleva Kirin Kiki son una copia de las de la madre del director por deseo expreso de la actriz. “Quizá sea la película que más lleva de mí. Cuando muera, si debo ir ante dios o el juez del más allá y me pregunta por lo que hice en la tierra, creo que lo primero que le enseñaré será Después de la tormenta.” Generosa en extremo en su observación de la realidad y la belleza que aun en la frustración depara, como tantas de sus obras, Después de la tormenta habla de la necesidad de encontrar paz en la aceptación, lo reza una línea de su canción final: “Me despido del que era yo ayer, y puede que al final no haya perdido nada”.

Después de la tormenta
Después de la tormenta
Escrita y dirigida por Hirokazu
Kore-eda
Estreno próximamente.