15/10/2019
Análisis

Pablo Manuel y Albert, los nuevos tribunos

Sus intervenciones en los debates de investidura evidenciaron sus distintos estilos parlamentarios

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Pablo Manuel y Albert, los nuevos tribunos
efe
Alcanzado el límite de la paciencia y desalojado el gobierno socialista de ZP y su ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, con Esperanza Aguirre presidenta y vecina en la Real Casa de Correos, sede de la Comunidad de Madrid, se procedía al desalojo y limpieza de la Puerta del Sol, donde estaban acampados los del
15-M. Aborrecían de erigir líderes tergiversadores y nunca invistieron a ninguno, ni siquiera como portavoz. Se sentaban en círculos concéntricos y pasaban horas de debate inaugurando gestos nuevos que hacían hablar a sus manos como si jugaran a los cinco lobitos. Algunos hacían así sus primeras armas, su bautismo de combate, deseosos de impregnarse de una marca generacional. Emulaban el Mayo del 68 de tantas resonancias, al que muchos de sus mayores se habían arrimado a toro pasado. Luego, dispersados, volvían a agruparse en plazas periféricas y se convocaban para otras operaciones como la de “rodea el Congreso”. El Roto escribió en la leyenda de una viñeta: “‘¡A la puta calle!’ nos dijeron y eso hicimos”.

Había que brindar una salida y se les decía que en caso de reclamación tenían las urnas abiertas para expresarse. Por contigüidad, pero sin alzarse con el santo y la limosna, se iba formando Podemos al calor de los programas de debate, con el entrenamiento de La tuerka, bajo patrocinios que ahora se discuten. En las urnas andaluzas del 22 de marzo se hacían mayores. En las europeas del 25 de mayo daban la sorpresa. Luego, templaban resultados en las municipales y autonómicas del 24 de mayo. Se apuntaban al ten con ten en las catalanas del 27 de septiembre. Obnubilaban a los encuestadores del CIS y en las generales del 20 de diciembre irrumpían con fuerza en tiempo récord, pero muy lejos del asalto  a los cielos y a distancia considerable del sorpasso a los socialistas.

Había que brindar una salida al 15-M y se les decía que tenían las urnas abiertas para expresarse

Sonaba la hora del estreno en la tribuna de oradores del Congreso el miércoles 2 de marzo cuando eran poco más de las 10 de la mañana y llevábamos más de 60 minutos dedicados a la intervención del representante del Partido Popular, Mariano Rajoy, y a las réplicas y contrarréplicas del candidato socialista a la investidura, Pedro Sánchez. Era el turno de Pablo Manuel Iglesias por el Grupo Parlamentario Podemos-En Comú Podem-En Marea. Saludos de buenos días también en gallego, vasco y catalán. Empezaba dirigiéndose a la gente que pudiera seguirle por los medios de comunicación. Enseguida, reconocimiento a quienes lucharon por la libertad y se enfrentaron a la dictadura, con mención a Salvador Puig Antich y a los trabajadores de Vitoria asesinados hace 40 años. Impugnaba la elección del cuadro El abrazo de Genovés como fondo del acuerdo PSOE-Ciudadanos al que hubiera convenido mejor Las lanzas de Velázquez. Quería ocupar una posición moral y prohibírsela a todos los demás. Mencionaba a los poderes fácticos económicos y su odio al cambio.

Pablo Manuel Iglesias quería ocupar una posición moral y prohibírsela a todos los demás

Declaraba la globalización contraria a la libertad, igualdad y fraternidad, gobierno títere. Traía a escena a David y Goliat. Exaltaba el 15-M. Avergonzaba al PP por la corrupción y los orígenes franquistas. Mencionaba a Lakoff y a Maquiavelo. Auguraba el triunfo de Rivera a costa de Sánchez. Señalaba que quien se orienta hacia el poder termina de marioneta de los poderosos. Dibujaba dos almas del PSOE: la del enriqueceos, el tráfico de influencias, la cal viva y el crimen de Estado y la de la lucha y la ilusión. Hacía un brindis a los profesionales de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que han de costearse los chalecos antibalas, quería un gobierno que protegiera los derechos de quienes nos protegen, incluido el de sindicación de la Guardia Civil. Pablo Manuel se exaltaba hasta decir “yo no traiciono a mi gente”. Pero el uso del pronombre posesivo “mi” le traiciona a él. Cita errónea a Tip y Coll que procede de Hermano Lobo. Concluía con otra del fundador del PSOE, según la cual “merecer el odio de los que envenenan al pueblo deberá ser una honra”. Se identificaba con la gente que muchas veces no lleva chaqueta y corbata. Recuperaba la incompatibilidad de las ideologías de derecha e izquierda, que había abolido un año antes, y se olvidaba de la casta.

Así llegábamos a la tarde del viernes día 4. Ocasión para que Pablo Manuel se autoelogiara como perturbador mayor del Reino por el beso en la boca que se había dado el miércoles anterior con el señor Domènech Sempere de En Comú Podem. También mencionaba a La Sexta para decir que una diputada del PP, Andrea Levy, bebía los vientos por el diputado de Podemos Miguel Vila y ponía a disposición de ambos su despacho por si quisieran conocerse mejor. Gran hazaña. Se sentía orgulloso de suscitar preocupación. Sostenía que las discusiones más agrias preceden a los momentos más dulces y culminaba su momento lírico diciendo que ojalá el acuerdo al que llegara con Pedro Sánchez pudiera llamarse el acuerdo del beso.

La escuela de Albert Rivera huía del tremendismo y se alineaba con el toreo clásico rondeño

El otro diestro, “nuevo en esta plaza” del Congreso, era Albert Rivera. Sus intervenciones seguían a las de Pablo Manuel Iglesias conforme al orden que marcaba el número de escaños obtenidos por sus formaciones. Su escuela huía del tremendismo y se alineaba con el toreo clásico rondeño. Sin papeles, hablaba de la historia de España, invocaba los precedentes mejores de la Transición que había permitido regresar a los derrotados del exilio, aparcar los conflictos y llegar a una Constitución para todos. Quería que los nuevos diputados se parecieran a aquellos de 1977 y 79. Deploraba que algunos se empeñaran en dar lecciones de democracia y hacerse con la exclusiva en la expedición de carnets de demócratas. Encomiaba la oportunidad que se ofrecía en medio de las dificultades. Estaba orgulloso de representar a gente valerosa decidida a trabajar por los españoles. Planteaba rehacer un proyecto común, relanzar el sueño de la convivencia entre distintos pero iguales ante la ley. Ponderaba el acuerdo a que había llegado Ciudadanos con el PSOE. Quería evitar que hubiera vencedores y vencidos, que se diera paso a una mejor democracia. Insistió en que a los diputados les pagaban el sueldo para solucionar problemas a los españoles. Con ademanes contenidos y renuncia al efectismo populista marcaba una senda formal esperanzadora que sabía de verdad a “nueva política”, sin trucos ni aspavientos para el tendido de sol. Sabía que lo de sol y moscas lo dijo alguien que estaba en la sombra. Si encontrara el sitio y la distancia podría vaticinarse su conversión en una de esas figuras que devuelven la afición y llenan las plazas. Atentos.