25/6/2019
Opinión

Pensar en español en clave cervantina

Lo que está en juego es cómo pensar en castellano de forma que no se ahonde el olvido de las lenguas nutricionales y se recuperen las raíces que nos hemos empeñado en negar

Reyes Mate - 15/04/2016 - Número 29
  • A
  • a
Pensar en español en clave cervantina
Fede Yankelevich
Cervantes no puede contar, en el capítulo octavo de la primera parte del Quijote cómo acaba la pelea entre el manchego y el vizcaíno porque “no halló más escrito de estas hazañas de Don Quijote”. El lector descubre de repente que lo que está leyendo en español es una traducción o traslación de otro texto previo que sirve de guía al autor de las andanzas del famoso hidalgo. Como no quiere dejar al lector en vilo, se va, cuenta en el capítulo siguiente, a Toledo, donde en un barrio de dudosa reputación, La Alcaná, poblado de moriscos y marranos, se trafica con papeles, a ver si encuentra lo que le falta. Un joven le ofrece unos en arábigo que Cervantes no entiende y pide que se los traduzca. Allí está narrado el final del duelo y también consta el autor del texto original, un tal Cide Hamete.

Al lector actual la cosa le puede resultar divertida, una salida ingeniosa, una más, de Miguel de Cervantes. Para el lector contemporáneo del escritor, sin embargo, la noticia tenía su trascendencia. No olvidemos que en el momento de la aparición del Quijote, 1605, el árabe era ya una lengua proscrita y solo faltaban cuatro años para que se perpetrara la expulsión de los moriscos. Esa remisión de un texto en castellano a un original en árabe era un gesto de resistencia contra una política basada en la uniformidad cultural y de solidaridad con las lenguas excluidas, por más que al autor cervantino no le hiciera ninguna gracia “pensar que el autor era moro”.

El gesto de Cervantes es muy significativo. Es como si dijera al lector de las andanzas del hidalgo manchego “no olvides que este libro que tanto celebras es la traducción de un original escrito en una lengua prohibida y por un autor maldito”.  O, dicho de otra manera, nos recuerda que la lengua que hablamos tiene una oscura trama tras de sí. Ha llegado ciertamente hasta nosotros, y eso es un mérito, pero después de asistir al entierro de otras, como el árabe o el hebreo, con las que había convivido durante siglos en el mismo espacio geográfico.

Esa memoria debería conllevar un cambio de actitud respecto a las lenguas y culturas árabes y judías

Quien ha captado el alcance de esta lengua ha sido Gabriel García Márquez en Cien años de soledad. Ahí se cuenta la historia de Macondo, que representa al Nuevo Mundo. Nos dice que sus habitantes nacían enfermos, víctimas de una peste especial, la del olvido, pues no recordaban de dónde venían. Esa amnesia es una forma metafórica de nombrar la política del conquistador español que se presenta en el Nuevo Mundo con la cruz y la espada como representantes de la civilización más avanzada del mundo, diciendo a los indígenas: si queréis entrar en la historia tenéis que olvidaros de lo que habéis sido y seguirnos, es decir, tenéis que renunciar a vuestra lengua, a vuestros dioses, a vuestra cultura. Nosotros somos la historia y vosotros la prehistoria. La prehistoria se presenta como una etapa en la que el Homo sapiens está más cerca de la animalidad que de la racionalidad, por eso dice que “los hijos nacían con cola de cerdo”. La historia que trae el conquistador viene grávida, por el contrario, de promesas de felicidad.

Pero las promesas no se cumplen. El olvido que el invasor impone a los pueblos conquistados es la causa de esa cadena de violentos fracasos que encarnan las seis generaciones de los Buendía, afanados en aplicar en Macondo las recetas que ha ido fabricando occidente: la católica, la progresista, la liberal, la marxista, la tecnológica… Todas fracasan, por eso el proceso de animalización sigue adelante. Las últimas mujeres de la estirpe de los Buendía llevan nombres de animales (Úrsula Iguarán y Teresa Ternera, que dará a luz un hijo “con cola de cerdo que será devorado por las hormigas”).

El mensaje del Quijote es el mismo que el de Macondo. Si Cervantes nos dice que la memoria salva —salva el sentido—, pues la memoria del texto originario nos permite entender cómo acaba el duelo; lo que García Márquez nos transmite es que el olvido mata, por eso los habitantes de Macondo acabarán con sus desgracias cuando consigan saber de dónde vienen. Los hablantes en español estamos obligados, por coherencia lingüística, a tener en cuenta los silenciamientos que ha generado y también la violencia que la acompaña.

Ni Cervantes ni García Márquez renuncian, sin embargo, al castellano o español. Hay que estar agradecidos a la lengua que nos acoge. Lo que está en juego es cómo pensar en esa lengua de forma que no se ahonde el olvido de las lenguas nutricionales y se recuperen las raíces que nos hemos empeñado en negar. En este mundo globalizado que habla y piensa en una sola lengua, el inglés del imperio, no parece ocioso preguntarse cómo pensar en español. La respuesta pasa, en primer lugar, por hacer valer la riqueza experiencial de la lengua que hablamos. El español ha sido hablado por señores y esclavos, por dominadores y dominados. Todas las experiencias están en el lenguaje y están ávidas de interpelar, pendientes de respuestas. Pensar en español es poner al habla esas voces. El resultado no será un pensamiento de consensos sino un modo nuevo responsable y respetuoso, de relacionarnos entre nosotros, los que hablamos la misma lengua, pero también con los herederos de las que perdimos en el camino. Este modo interpelante de pensar poco tendría que ver con los modos llamados discursivos o deliberativos que nos ha impuesto la industria cultural en inglés. ¡Como si entre la víctima y el verdugo la respuesta fuera el consenso y no la pregunta! Somos un pensamiento dependiente, por eso valoramos más un mal libro en inglés o alemán que uno bueno en español. Solo nos liberaremos de esa situación colonial si explosionan las experiencias contradictorias que alberga la lengua común.

Todas las experiencias están en el lenguaje y están ávidas de interpelar, pendientes de respuestas

Y algo más. El triunfo del castellano supuso el sacrificio de otras lenguas y culturas que, si hablamos de España, habían conformado durante 700 años la geografía española. Esa memoria debería conllevar un cambio de actitud respecto a las lenguas y culturas árabes y judías, cuyas huellas encontramos en nuestra geografía y en nuestra lengua, pero no en nuestra conciencia. Las huellas del arte mudéjar, en efecto, remiten a un pasado morisco. Restos judaicos tenemos en la literatura mística de los conversos, llámense Teresa de Ahumada o fray Luis de León, o en el humanismo erasmista de Cervantes, pero no parece que la memoria de ese pasado tenga algo que ver con nuestro tiempo. Lo que conseguimos de esta guisa es privar a nuestro pensamiento de la riqueza de la lengua. Una lengua así, desexperienciada, es presa fácil para cualquier idea que se presente con buena publicidad. Mejor sería hacer caso a Américo Castro cuando, dirigiéndose a los jóvenes, les decía que las claves de la malvivencia entre españoles “derivan de motivos muy lejanos mal explicados en los libros”. Por otro lado, el pasado convulso de nuestra lengua debería inmunizar contra cualquier uso nacionalista o patrimonialista. Es ciertamente la lengua que hablamos, pero solo podemos decir que es “propia” o “natural” si cerramos los ojos a la historia. El español es la lengua que nos ha acogido y, como demuestra García Márquez, tiene la generosidad de verbalizar sus propios abusos. Solo falta que quien piense en español escuche todas sus voces.