21/2/2019
Opinión

Por un pacto para la ciencia

Precisamos cambiar la enseñanza y crear y potenciar equipos de investigación multidisciplinares que fomenten el intercambio de ideas

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Por un pacto para la ciencia
álvaro valiño
La sanidad y las prestaciones sociales son los  servicios básicos que un Estado debe de garantizar a sus ciudadanos. Un país avanzado ha de cuidar con especial cariño y atención la educación infantil. Es ahí donde se define la riqueza humana y la capacidad de respuesta a los retos globales de nuestra sociedad. Una educación de calidad permite a los ciudadanos igualdad de oportunidades y es sin duda la base de la democracia moderna. Como decía Nelson Mandela, “la educación es el instrumento más poderoso que tenemos para cambiar el mundo”.

Los profesores universitarios somos unos privilegiados, porque la sociedad nos confía lo más valioso de su juventud para hacer lo que nos gusta: formar licenciados, ingenieros y doctores altamente cualificados para, juntos, aprender e inventar el futuro. Debemos ser personas agradecidas e intentar devolver a la sociedad un poco de lo mucho que nos da. Nos corresponde convencer, animar y vigilar a nuestras instituciones para que garanticen una educación enfocada a la excelencia que se alcanza mediante el esfuerzo, la tenacidad y la responsabilidad. Así como con los debidos incentivos a la creatividad, la curiosidad, la crítica constructiva, la iniciativa y la asunción de riesgos en la “aventura de aprender y aprender a aceptar que pueden equivocarse”.

La buena investigación debe ser capaz de convertir el dinero invertido en ideas y conocimiento

La investigación es uno de los principales motores que tiene un país para crear riqueza. Sin investigación, no hay ideas. Sin ideas no hay empresas competitivas y, sin ellas, un país difícilmente puede producir los medios para una buena educación, una sanidad excelente y justas prestaciones sociales a sus ciudadanos. La investigación también ofrece respuestas a la compleja situación a la que se enfrenta nuestra sociedad. En definitiva, necesitamos cuidar y mimar la investigación. Como dijo Louis Pasteur, “la Ciencia es el alma de la prosperidad de las naciones, y la fuente de todo progreso”.

Pero para investigar y crear buenas ideas, se necesita un ecosistema —un entorno— adecuado. Es necesario que las administraciones, las empresas y los investigadores vayamos en la misma dirección y a velocidades adecuadas. Que sumemos y no restemos. En mi campo, las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, algunos países, como Estados Unidos, crearon ese entorno hace casi 100 años y hoy dominan el mercado. Supieron generar y patentar las ideas básicas que son los pilares de los productos electrónicos que usa hoy la sociedad: internet, teléfonos, computadores personales, supercomputadores… Hace unos pocos años, países como China, India y otros del sudeste asiático siguieron también este camino y ya están recogiendo sus primeros frutos. Se cumple aquello de que “no es que los países más ricos dediquen más dinero hoy a la investigación, sino que hoy son más ricos, porque hace tiempo dedicaron más dinero a la investigación”.

La buena investigación debe ser capaz de convertir el dinero invertido en ideas y conocimiento, en excelencia investigadora. Pero si nuestra investigación solo busca la excelencia, estamos generando ideas gratuitas para que otros las puedan utilizar y rentabilizar. Tan importante como la excelencia es la relevancia. Conseguir que nuestras ideas hagan el recorrido inverso: “Convertirse en prosperidad para el país y sus gentes”. Y este camino inverso no es solo responsabilidad de los investigadores, sino, entre otros, de la transferencia de la tecnología, de la valoración de la propiedad intelectual, de la creación e incubación de empresas, del aporte de fondos de capital riesgo al sistema, de las leyes de mecenazgo y de la colaboración entre investigadores y empresas. Y en este aspecto, el de convertir las ideas en dinero, es donde hemos de avanzar todavía muchísimo en España.

Sería fundamental que entre todos fuéramos capaces de tejer un pacto para la ciencia sólido y durable. Las sociedades avanzadas deben ser capaces de hacer acuerdos en temas básicos, bajo el liderazgo de nuestras instituciones. Pactos que nos impliquen a todos y que se puedan mantener más allá de los condicionantes y vaivenes políticos. Que sean un compromiso a largo plazo para seleccionar los temas en que  queremos ser líderes y optimizar la gestión de recursos. Precisamos cambiar la enseñanza que impartimos a nuestros jóvenes y crear y potenciar equipos de investigación multidisciplinares, capaces de desarrollar el software en un ecosistema que fomente el intercambio libre de ideas y de conocimientos.

Al aparecer las primeras máquinas muchos países vieron que el uso de los supercomputadores era estratégico e hicieron suya la máxima de que “un país que no computa, no compite”.  Otros, como en el caso español, llegamos un poco más tarde a esa conclusión. En 2004, el gobierno español, el de Cataluña y la UPC (Universidad Politécnica de Cataluña) decidieron crear el Barcelona Supercomputing Center-Centro Nacional de Supercomputación (BSC-CNS). La creación del BSC se basó en la experiencia que un grupo de profesores e investigadores de la UPC habíamos ido adquiriendo desde finales de los 70. Disponíamos del grupo más potente a nivel europeo en Arquitectura de Computadores y Programación Paralela. Había comenzado a nacer un equipo que hasta hoy ha formado más de 800 doctores, muchos de los cuales son profesores de universidad o investigadores en empresas relevantes del sector, como IBM, Intel, Google y Microsoft.

El BSC se formó con el objetivo de ser excelente y relevante, tanto en I+D como en apoyo de supercomputación para la comunidad científica y empresarial españolas. Después de 10 años, se ha visto que los recursos públicos asignados han dado sus frutos. A nivel de servicios, se ha creado la Red Española de Supercomputación, donde diferentes supercomputadores ubicados en diferentes ciudades y conectados a través de la red IRIS ofrecen sus servicios a todos los investigadores de España, y también formamos parte del nodo principal de la Red Europea PRACE, que ofrece horas de cálculo a los investigadores europeos.

Tenemos recursos y capacidades para competir y un capital humano educado como nunca pudimos soñar

Pensado inicialmente para tener 50 personas, el BSC cuenta hoy con más de 450, el 40% de ellos procedentes de otros países. En los últimos 6 años de crisis global, hemos sido capaces de duplicar nuestra plantilla. Esta generación de puestos de trabajo ha sido posible porque por cada euro que hemos recibido de nuestros patronos para realizar investigación, hemos logrado obtener más de 6 euros procedentes de proyectos con empresas o compitiendo por los fondos de investigación de la Comisión Europea. Con acciones como el BSC, España se ha colocado en el grupo de países al que se refería recientemente el secretario de Estado de Energía de EE.UU. al anunciar más fondos para su programa de supercomputación: “Los países con las capacidades de computación más fuertes serán los que realizarán los futuros descubrimientos científicos”.

La investigación, el desarrollo y la innovación están cambiando el mundo a una velocidad impresionante. La conocida afirmación de Heráclito sobre “la impermanencia y el cambio” es más cierta que nunca. Hoy viven y trabajan en nuestro pequeño planeta más investigadores que todos los investigadores de toda la historia de la humanidad que nos han precedido. El mundo que conocemos cambiará más en los próximos 25 años que en los anteriores 2.000, y la investigación debe ayudar a elegir la dirección correcta, aumentando la calidad de vida de los ciudadanos, cuidando el entorno que vamos a legar a las siguientes generaciones. En España tenemos recursos y capacidades para competir en este mundo cambiante y un capital humano educado como nunca pudimos soñar.  Nos falta mejorar el marco legislativo adecuado para la ciencia, la capacidad de priorizar la asignación de los recursos y asumir riesgos. Pero el futuro solo depende de nosotros, y espero que, como sociedad avanzada y libre que somos, luchemos por no ser meros espectadores pasivos del futuro.

Reflexiones del autor al ser investido doctor honoris causa por la Universidad de Granada el pasado 20 de mayo. Mateo Valero Cortés es catedrático de la Universidad Politécnica de Cataluña y director del Centro Nacional de Supercomputación BCS-CNS.