21/8/2019
Análisis

Rajoy, inevitable

Lo que hará presidente del gobierno, de nuevo, a Mariano Rajoy Brey no será tanto el resultado de las elecciones generales del 26-J, aunque también, sino una convergencia de circunstancias que el político gallego ha sabido optimizar. Lo que está ocurriendo en los primeros compases de esta XII Legislatura no es otra cosa que la consecuencia directa de lo que sucedió durante los pocos meses de la anterior. Pablo Iglesias tendrá que asumir en lo sucesivo no pocas responsabilidades. No solo la de haber convertido la sesión constitutiva del Congreso en el mes de enero en un espectáculo circense, que la opinión pública española no ha llegado todavía a metabolizar, sino también la de haber provocado entre Podemos y el PSOE un distanciamiento insalvable, que culminó en la fallida sesión de investidura de Pedro Sánchez el 8 de marzo. Aquellas desmesuras verbales y tácticas de Podemos y la división interna en el socialismo español han sido —además de otras circunstancias adversas— las que disminuyeron el 26-J los efectivos de la izquierda y, sobre todo, las que propician que tras los comicios ese espacio ideológico se presente cuarteado y dividido. Tanto lo está que los partidos nacionalistas e independentistas —CDC, PNV, ERC— teóricamente más proclives a las tesis comprensivas del PSOE y los morados remitieron un mensaje claro de aversión hacia ellos al abstenerse y propiciar, sin intentar alternativa alguna, la elección de Ana Pastor como presidenta de las Cortes, premiando con 10 votos adicionales, por si fuera poco, a Ignacio Prendes y a Rosa Romero en su correspondiente elección de vicepresidentes primero y tercera de la Cámara Baja.

La inevitabilidad de un nuevo gobierno de Rajoy consiste, en consecuencia, en la ausencia total y sin paliativos de una alternativa al Partido Popular. Si ya era brumosa
La inevitabilidad de un nuevo gobierno de Rajoy se basa en la ausencia total de una alternativa al PP
su existencia tras la jornada electoral, el comportamiento de los partidos vascos y catalanes el pasado martes en la constitución del Congreso convirtió en inviable, incluso, el mero ejercicio de tantear lo que se denomina un “gobierno del cambio”. De manera que si el PSOE persiste en no abstenerse e impedir así que gobierne Rajoy, habrá unas terceras elecciones y su celebración será responsabilidad íntegra —resulte la atribución justa o injusta— de los socialistas que, incapaces de tejer una alternativa a los conservadores, tampoco lo serían de permitir que el país se desbloquee políticamente. Mariano Rajoy, por lo tanto, se convierte en un presidente inevitable a un coste que ha administrado razonablemente: ha seducido a los exconvergentes catalanes con la garantía de que dispondrán de un grupo parlamentario propio y ha ablandado al PNV cediéndole protagonismo en el Senado. Al tiempo, ha ido recorriendo un camino de lenta colaboración con Ciudadanos, que, si las cosas se apuran en agosto, podrían convertir su abstención en una afirmación a Rajoy, presionando adicionalmente al PSOE si falta hiciera que tal cosa sucediese.


Rajoy lo ha vuelto a conseguir: con mínimos movimientos —algunos tan ventajistas como la explotación de las perentoriedades independentistas catalanas— y con la jugada de situar a una de las dirigentes del PP más reputadas —Ana Pastor— en el escaparate de la presidencia de las Cortes —haciendo como que descartaba a los que nunca estuvieron en su mente para que ocupasen tal función, fueran García Margallo, María Dolores de Cospedal, Jesús Posadas o Jorge Fernández Díaz— logra adentrarse en un terreno estratégico que la izquierda no le ha disputado ni un solo minuto. Otra vez la quietud del personaje y la disciplina férrea de su partido han dado resultado frente a la movilidad errática de sus adversarios y el disenso interno en sus organizaciones. El Rajoy que se hace inevitable en esta canícula como presiente del gobierno —otra vez— no es mejor que el anterior. Es el mismo del 20-D y del 26-J. Lo que han variado en su favor han sido las circunstancias angustiosas de una izquierda —PSOE y Podemos— que hasta a los partidos antisistema, por independentistas, les resultan abrasivas para cualquier colaboración o iniciativa común.

El PP, transido por tramas de corrupción, ha optado por regenerarse en el poder bajo la presión de Ciudadanos

La inevitabilidad de Rajoy podría no ser inmediata, pero lo será mediata. Podría no ser investido presidente en agosto, pero lo sería en septiembre. Porque aunque el PSOE se resista ahora —y es posible que lo haga— no seguirá haciéndolo cuando avance el curso y el veredicto de unas terceras elecciones se presente ante el análisis de Ferraz como el Waterloo del socialismo español. El PSOE y Podemos son fuerzas políticas con mal diagnóstico a corto plazo y solo reservado a medio. El PP, transido por tramas de corrupción, entiende la política con espíritu gladiador y ha optado por regenerarse en el poder bajo la presión —importante pero no asfixiante— de Rivera y su partido. Por si hubiera dudas, Rajoy ya ha admitido lo irremediable: gobernar en minoría con acuerdos puntuales y geometría variable. Las piezas del puzle encajan para una legislatura corta y con dos Presupuestos Generales del Estado.