24/4/2018
Europa

Reflexiones sobre el futuro de Europa

Aunque genere mucha preocupación, el Brexit puede servir de revulsivo para relanzar la UE

Joaquín Almunia - 01/07/2016 - Número 40
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Reflexiones sobre el futuro de Europa
Un funcionario de la Comisión retira la bandera británica durante la cumbre en Bruselas. THIERRY CHARLIER / AFP / Getty
Los resultados de los referéndums no siempre cierran definitivamente la cuestión planteada. Escocia votó hace menos de dos años seguir perteneciendo a Reino Unido, pero tras el Brexit ya se habla de convocar una nueva consulta para separarse de Londres y adherirse a la Unión Europea. Irlanda ha repetido en dos ocasiones referéndums sobre cuestiones relacionadas con la UE para corregir los resultados iniciales. Dinamarca también lo hizo. En las tres ocasiones se modificó el sentido del voto original. Pero no siempre sucede. Francia y Holanda solamente necesitaron una consulta para rechazar en 2005 la Constitución Europea, y entonces nadie planteó utilizar la moviola. Tampoco creo que se utilice en Gran Bretaña. “Brexit es Brexit”. Es curioso que quienes se pronuncian a favor de asumir el veredicto con más convicción son los europeístas del continente, contrarios a él, mientras que al otro lado del Canal se están recogiendo firmas para lanzar una nueva consulta.

Desde Bruselas, Berlín o París se exige acabar pronto con la incertidumbre. La negociación basada en el artículo 50 del Tratado de la Unión debe comenzar sin dilación. La UE necesita concentrarse cuanto antes en sus problemas internos y en los múltiples desafíos que están esperando
Ahora resulta que las supuestas ventajas económicas ligadas a la salida de la UE eran eslóganes electorales
respuesta: la crisis de los refugiados, el reforzamiento de la Unión Económica y Monetaria, el desarrollo del mercado interior, la estrategia común en materia de seguridad y defensa, la recuperación de la legitimidad democrática de las instituciones comunes. Solamente una UE segura de sí misma y de su proyecto de futuro puede volver a resultar atractiva ante millones de ciudadanos tentados de dejarse llevar por los mensajes populistas. La firmeza y determinación de los líderes europeos es condición necesaria para cerrar las vías de agua que amenazan con la desintegración de lo ya conseguido.

La cruda realidad

Mientras tanto, los británicos están despertando de su sueño y vuelven a la cruda realidad. Ahora resulta que las supuestas ventajas económicas ligadas a la salida de la UE eran eslóganes electorales imposibles de alcanzar, según Nigel Farage. Las amenazas de una inmigración sin control ya no son tales, según Boris Johnson. La defensa inequívoca de la soberanía del Parlamento, una de las banderas de los partidarios del Brexit, se traduce en que una mayoría de sus miembros —elegidos hace poco más de un año— se encuentran en el lado opuesto al derivado del recuento de votos el 23 de junio. La integridad de Reino Unido es puesta en cuestión, no solo en Escocia sino también por el Sinn Féin en Irlanda. Y para completar el cuadro, muchos ejecutivos de la City y algunos estados mayores de grandes empresas con inversiones en Gran Bretaña se plantean la posibilidad de emprender el viaje hacia Fráncfort, París u otras ciudades europeas. A corto plazo perdemos todos. Los mercados se han empezado a agitar con la histeria propia de las grandes crisis. Políticamente, a la inestabilidad británica se une el mazazo recibido por la UE como contrapunto a la alegría mostrada por los populismos antieuropeos: Marine Le Pen, Gert Wilders, Donald Trump o Vladimir Putin. Si levantamos la mirada y escrutamos el horizonte, lo que vaya a suceder a partir de ahora depende en buena medida de la estrategia y las decisiones que se adopten.

Confusión en Londres

En el caso británico, el nuevo gobierno que se forme en octubre tendrá que optar por qué camino seguir a partir de la confusión que ha reinado en el bloque de los partidarios de la salida de la UE. Sus principales portavoces han defendido opciones contradictorias. Hay quien ha defendido salirse completamente del mercado interior, liberándose así de todos y cada uno de los compromisos adquiridos al integrar la legislación europea, pero otros han asegurado que seguirán siendo parte de ese mercado interior como si nada hubiera pasado. Unos se han declarado partidarios del modelo noruego —todo el mercado interior, pero sin derecho al voto—; otros, del modelo canadiense —un acuerdo de libre cambio pero sin libre circulación—; incluso Michael Gove, ministro del Gobierno Cameron, se pronunció a favor de aspirar a la misma posición que Albania (sic). Al final, Reino Unido deberá decidir qué posición defiende en las negociaciones: si quiere estar lo más cerca posible del mercado interior, deberá renunciar a buena parte de la soberanía que han pretendido recuperar con el Brexit. Y viceversa. Y una vez tomada la decisión, deberán explicarla a sus votantes.

Firmeza en Bruselas

Desde el lado comunitario, la prioridad es doble. De una parte, evitar que los británicos sigan gozando de todas las ventajas que les ha reportado su pertenencia a la UE, que son muchas, sin asumir su responsabilidad como miembro de la Unión. Eso exige firmeza negociadora y cohesión entre los estados miembros en el respaldo de sus representantes en la mesa de discusión. Y de otra, desincentivar cualquier tentación de seguir ejemplos como el mostrado por la desastrosa iniciativa de Cameron. Cualquier ventaja a favor de quienes han decidido irse creará más partidarios de seguir su ejemplo. Pero las tareas de los responsables de la UE —Consejo, Comisión y Parlamento— no acaba ahí.

Los portavoces de los partidarios de abandonar la Unión han defendido opciones contradictorias

No todos los problemas que aquejan a la UE se van a resolver con el paso del tiempo ni con el éxito al final del proceso que lleve al desenganche de los británicos. La distancia entre los ciudadanos europeos y sus representantes ha aumentado hasta niveles preocupantes. Con independencia de cuál sea la pregunta —sobre temas europeos o nacionales—, la mayoría de los líderes políticos y de los partidos “tradicionales” corren serio riesgo de ser derrotados en los referéndums que convoquen. Y la demanda de lanzar consultas de este tipo crece en proporción directa a la desconfianza del electorado respecto de las instituciones representativas. No solo peligra el apoyo a nuevas cesiones de soberanía para compartirla a nivel de la UE, como hemos comprobado en bastantes ocasiones durante las dos últimas décadas. También se está abriendo una brecha respecto de la democracia liberal tal como la hemos conocido hasta ahora.

Encontrar soluciones

El contrato social sobre el que se ha ido construyendo el Estado del bienestar hace aguas. Se extiende la percepción de que la globalización, la robotización y los excesos del sistema financiero están teniendo un fuerte impacto negativo sobre los niveles salariales, la cantidad y calidad del empleo y el aumento de las desigualdades. Los populismos añaden a todo ello las amenazas que representan los flujos migratorios y la necesidad de recuperar todas las parcelas de soberanía que ha ido cediendo el Estado-nación ante el avance de la integración europea. Desde la combinación de las políticas europeas y nacionales, hay que poner en marcha estrategias capaces de aportar soluciones viables al bajo crecimiento, al paro, a la sostenibilidad del modelo social y a la recuperación de una visión optimista de las oportunidades que se ofrecen a los jóvenes.

El Brexit nos ha generado mucha preocupación. Las próximas semanas y meses van a estar dominados por la incertidumbre, y quizás también por la desorientación. Pero de cara al futuro, podremos encontrarle aspectos positivos si nos sirve de revulsivo para volver a poner a la Unión Europea sobre carriles bien orientados hacia el futuro, y si ayuda a recomponer la cohesión social y a fortalecer nuestras democracias.