18/11/2019
Internacional

Refugiados: el negocio de la desesperación

En la ciudad turca de Esmirna ha florecido un negocio multimillonario a costa de los refugiados que buscan llegar a la UE a través de Grecia

Boštjan Videmšek - 30/10/2015 - Número 7
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Refugiados: el negocio de la desesperación
Un refugiado sirio de Daraa, que perdió la pierna en un bombardeo del régimen, negocia la compra de un chaleco salvavidas en EsmAlice Martins
La plaza Basmane, situada frente a la estación de ferrocarril de Esmirna, es la capital oficiosa de Europa para los refugiados y los que tratan de sacar provecho de su odisea. Desde enero, 500.000 personas han entrado en Grecia a través de Turquía. En su camino hacia las islas Egeas del sur, la mayoría ha tenido que parar en Esmirna, la tercera ciudad más grande del país. Cada noche, la plaza se convierte en el mayor bazar del mundo del desplazamiento humano. Miles de refugiados llegados allí en autobús, camioneta o taxi pasan la noche en un estado de inquieta espera. Puede que hayan escapado de los estragos de la guerra, pero este es solo el principio de su largo y complicado viaje hasta Europa a través de la ruta balcánica. La mayoría procede de Siria, aunque muchos son afganos, paquistaníes, iraquíes o kurdos. Los traficantes caminan libremente entre ellos. Están buscando constantemente a los recién llegados.

Casi todos los refugiados toman contacto con sus contrabandistas desde Siria. En los últimos meses las redes de traficantes han crecido rápidamente. Según Europol, unas 30.000 personas forman parte de ellas. Sus tentáculos alcanzan todas las ciudades relevantes de Siria. Los que quieren huir inician sus planes en su ciudad de origen. Son los traficantes locales quienes, por medio de un sistema de sobornos, se aseguran de que los refugiados puedan cruzar determinados puntos de control. La ideología no significa demasiado. El negocios es el negocio, y los miembros de Estado Islámico no son distintos.

“Una vez cruzas la frontera tienes algunas posibilidades”, dice Nazir, que tiene 26 años y es de Latakia, una ciudad siria en la costa mediterránea, y que viaja con dos amigos. “El dinero para llegar a Grecia a través de Turquía puede entregarse en Estambul o Esmirna. A veces también en otros lugares. Aquí en Esmirna, los tres fuimos a una oficina especial llamada ‘la aseguradora’. Cada uno pagó 1.200 dólares para comprar un pasaje seguro a Grecia. El precio estaba fijado por adelantado, no hubo negociación. Después nos dieron los ‘códigos’ como prueba de que habíamos pagado esa cantidad. Estamos esperando a que un contrabandista nos avise y nos diga cuándo nos vamos. Espero que todo salga de acuerdo con el plan. He hablado con tanta gente a la que los contrabandistas han engañado”, continúa. Nazir es un joven reservado que habla un poco de inglés y de ruso. Estudió Medicina seis años en Rusia. Después de licenciarse, volvió a su tierra: siempre había sentido que su vocación era salvar vidas. Pero debido a su posición abiertamente contraria a la guerra, no tardó en verse obligado a huir del país. Su familia le ayudó consiguiendo el dinero necesario —3.000 dólares— para llegar a Alemania.

La red de traficantes

Cuando el refugiado deposita la suma necesaria en la llamada aseguradora, normalmente le dan un pedazo de papel con un número para que se identifique ante el contrabandista a cargo de su caso. El siguiente paso del traficante consiste en llamar a sus superiores y recibir su pago. Los contrabandistas en lo más bajo de la cadena suelen ser también refugiados. La mayoría procede de Siria y Pakistán. Para algunos de ellos, esa es solamente la manera de ahorrar para su viaje a Europa. Algunos están pagando su deuda con los contrabandistas que ocupan puestos más altos de la jerarquía. Otros solo intentan salir adelante, y otros son vendedores natos. Para algunos pocos el objetivo principal es ayudar a sus compatriotas.
Una vez el contrabandista ha llamado a la aseguradora en Esmirna, Bodrum o Estambul, se empieza a poner en marcha otro negocio. ¡Y qué negocio! Solo en septiembre, más de 153.000 refugiados llegaron a Grecia a través de Turquía; de media, más de 5.000 personas cruzaron el mar Egeo cada día.

La industria del contrabando

Como los traficantes logran meter  hasta 50 o 60 personas en pequeños botes de goma diseñados para dar acomodo a una docena, la suma asciende a cerca de un centenar de botes al día. Los beneficios son astronómicos. A 1.200 dólares por adulto y 600 por niño, los contrabandistas suman hasta 60.000 dólares por bote; seis millones de ingresos diarios libres de impuestos. Los conductores de autobús y taxi, las operadoras de móviles, los vendedores y los hoteleros también consiguen beneficios altísimos. Muchos de los hoteles y hostales que rodean la plaza Basmane están ahora tan llenos que los refugiados duermen en los pasillos. Naturalmente, las ventas de botes usados también se han disparado, como lo han hecho las de motores fueraborda, casi todos de fabricación china.

Los traficantes que están en lo más bajo de la cadena suelen ser refugiados, la mayoría de Siria y Pakistán

En su informe de este año, Frontex, la agencia europea para la gestión de la cooperación operativa en las fronteras de la UE, describió la industria del contrabando turca como “un negocio de muchos millones de euros” que “probablemente se replicará en otros países de salida”. A pesar del inicio del otoño, con sus condiciones climáticas mucho menos favorables, la industria sigue operando a su máxima capacidad. El mar seguirá relativamente tranquilo durante una o dos semanas, como mucho. Entonces toda la operación se interrumpirá de repente. Millones de personas se quedarán en los pueblos costeros turcos sin tener adónde ir. Muchas de ellas ya están en esa situación. En Esmirna, 70.000 personas están registradas como refugiados. El gobernador, Mustafa Toprak, dijo recientemente que las autoridades no saben qué hacer con las masas concentradas en la costa. Es muy probable que la mayoría de esa gente no pueda permitirse seguir hasta la UE.

El testimonio de un traficante

“No, no me considero un criminal. No estoy haciendo nada que pueda hacerle daño a alguien. Estoy ayudando a mi gente y ganando un poco de dinero”, dice sonriendo un hombre menudo al que llamaré Abu Ahmad. Hablando con él en una de las calles opresivamente estrechas detrás de la plaza Basmane, descubro que se unió a esta red de traficantes la pasada primavera. Había llegado a Turquía como refugiado desde Siria hace dos años. Antes de la guerra trabajaba en un taller mecánico de coches. Después de la rebelión de 2011 contra el régimen de Al Asad, no dudó en sumarse al Ejército Libre Sirio y después escapó a Turquía. Durante un tiempo vivió en Estambul encadenando trabajos ocasionales. 

A finales del pasado abril hizo su primer intento serio de llegar a Europa. Dio a los traficantes la cantidad de dólares requerida para llegar a Lesbos. Pero como su bote se venció y se hundió, no logró llegar a su destino. Por suerte, el naufragio ocurrió cerca de la costa turca y todos los ocupantes de la embarcación lograron llegar a tierra a nado. Pero ninguno de ellos recibió el dinero de vuelta. Los contrabandistas —muchos de ellos armados— los amenazaron con matarlos de un tiro. Eso no sería ni mucho menos raro. En los últimos meses he hablado con muchos refugiados que han compartido el destino de Abu Ahmad. O uno peor.

Abu Ahmad volvió a Esmirna y encontró alojamiento en un piso compartido con otros 15 refugiados. Un conocido le puso en contacto con uno de los grupos de traficantes. Sus nuevos jefes le prometieron que le ayudarían. Y, en efecto, Abu Ahmad tiene un trabajo: reclutar recién llegados que se apilan en la plaza de Basmane. Se ha convertido en un importante agente de los traficantes. Se niega a decirme cuánto le pagan por cada refugiado que deje en tierra, pero sí reconoce que en los últimos tres meses ha ganado lo suficiente para poder instalarse en un hotel barato.

“Cada día salgo a la calle. La gente viene a Esmirna sin información. Mi trabajo es decirles lo que necesitan saber. Todos queremos seguir adelante, encontrar algún lugar donde llevar una vida mejor. Nunca me he aprovechado de ninguno de los otros refugiados. No quiero que pasen por lo que pasé yo”, me dice Abu Ahmad durante nuestro paseo nocturno por la “pequeña Siria”.

Todos los restaurantes cercanos a la estación de ferrocarril están llenos. Delante de los hoteles, grandes grupos de refugiados esperan pacientemente la trascendental llamada. Todas las tiendas están abiertas. Los traficantes hacen negocios a la vista de todos. Las calles nocturnas, repletas de ansiedad, ven la llegada ocasional de alguna patrulla de policía, pero los contrabandistas no parecen prestarles atención. Ni siquiera las agencias de viajes locales ocultan su implicación en el negocio del tráfico.

“Normalmente, la policía de Esmirna no nos da ningún problema. Cuando se toman la molestia, se ponen duros sobre todo con los pobres desgraciados y dejan a los jefes en paz. El Estado turco considera que lo que más le puede interesar es que el mayor número de refugiados se marche cuanto antes. Así que no hay motivo para que la policía monte alboroto. Aquí no hay incidentes. Alguna que otra vez me han pedido los papeles, pero nunca me han detenido. Vale, las cosas han cambiado un poco después de la muerte del pequeño Aylan Kurdi en Bodrum. Han detenido a mucha gente. Esa es en parte la razón por la que ahora va más gente a Lesbos que a Kos”, dice Abu Ahmad para terminar nuestra conversación.

La medianoche se acerca rápidamente. Es el momento en el que muchos de los sirios que merodean angustiados en Esmirna reciben la orden de ponerse en pie y dirigirse a los puntos de embarque para la siguiente —y particularmente peligrosa— etapa de su viaje. Desde las playas y  las apartadas calas del norte, la mayoría de ellos parten hacia la isla de Lesbos. Algunos prefieren dirigirse hacia Bodrum, donde saben que menos de 10 kilómetros les separarán de Kos, pero Lesbos sigue siendo la elección más popular, a pesar de que las condiciones se han deteriorado más rápidamente ahí que en otras islas griegas. Los traficantes turcos que se dedican a cruzar hasta allí tienen la reputación de ser experimentados y competentes. Varios de ellos me aseguran que la presencia de la Guardia Costera turca ahí es laxa.

Ante la mirada de los policías turcos, que mantienen una actitud activamente pasiva, los taxis y minibuses se llenan rápidamente. Algunos llevan los logotipos de las agencias de viaje locales. Los hombres fuman nerviosamente, perfeccionando sus planes de viaje y comprobando por enésima vez su equipaje. Sentadas en el frío pavimento, las mujeres dan de comer a sus hijos y tratan de dormir a sus bebés a pesar del ruido. Entre los refugiados hay muchos ancianos y discapacitados. En silencio, visiblemente exhaustos, siguen hundidos en sus sillas de ruedas.

Entre la gente avanzan vendedores de chalecos salvavidas. “¡Yamaha, original, 45 liras turcas!”, grita uno de ellos, mostrando su selección de chalecos naranjas que también pueden comprarse en muchas tiendas cerca de la estación de ferrocarril. Los hay de varios tamaños y formas. Incluso unos especiales de color rosa para las niñas. Además del descuento, algunos vendedores ofrecen aletas de buceo y manguitos. En cualquier parte puede uno hacerse con la parte interior e hinchable de un neumático de coche.
Como la demanda es tan alta, la oferta no puede suplirla y los chalecos salvavidas originales —es decir, seguros— se acaban enseguida. En las tiendas, en las calles y en los cuerpos de los refugiados son rápidamente sustituidos por imitaciones poco fiables y peligrosas, que, según nuestras fuentes, se han fabricado rápidamente aquí en Turquía.

Chalecos salvavidas falsos

“¿Es un chaleco original?”, pregunto a un vendedor. Me mira boquiabierto, con inocencia. “¡Por supuesto! —Sonríe—. ¡Resistente al agua! ¡Cien por cien!”. Compro el chaleco y me paso la mayor parte de la mañana siguiente empapándolo completamente en el baño de mi hotel. Acaba pesando tanto que arrastraría hacia abajo a un elefante. Al partirlo en dos me doy cuenta de que en su interior hay un relleno que absorbe el agua. 

Llego a Bodrum desde Esmirna en una de las líneas de autobús regulares. Comparto el vehículo con 15 tipos de Afganistán y Pakistán que no tenían dinero suficiente para llegar a las islas griegas. Decidieron que pasarían el invierno en Bodrum, donde quizá puedan encontrar trabajo. Los traficantes les dijeron que podían hacerles un fuerte descuento en el viaje a Kos en los días siguientes… Esos tratos con frecuencia acaban en desastre.

Los hombres con los que viajo en el autobús son un blanco fácil para cualquier versión imaginable de matón callejero. Saben perfectamente que Europa no los quiere. Son incapaces de encontrar trabajo en Turquía. Para muchos la única opción en el menú es unirse a una de las redes de traficantes. Por la noche veo a dos miembros del grupo llamando la atención de recién llegados. Son hábiles abriéndose paso entre los turistas europeos, que pagarían 15 euros por el breve viaje en barco a Kos. Por ese mismo trayecto a través del mar Egeo, los refugiados tienen que pagar casi 100 veces más. Excepto los 300 que, en lo que va de año, han tenido que pagar con sus vidas.

Traducción de Luisa Bonilla