21/7/2019
Viajes

Seis destinos del Caribe. (I) Barbados: En el país del pez volador

La pequeña Inglaterra celebra 50 años de independencia convertida en uno de los países más prósperos de la región

Arantza Prádanos - 22/07/2016 - Número 43
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Seis destinos del Caribe. (I) Barbados: En el país del pez volador
Barco de turistas en Bridgetown, en 2012. JEWEL SAMAD / AFP / Getty

Barbados vibra de música, como todos los veranos, y de ardor patrio como solo es posible en las efemérides sentidas muy adentro; por ejemplo, el aniversario de la liberación del yugo colonial. Envueltos en azul y oro, los colores de su bandera omnipresente, los bajans queman estos días al ritmo de las tuk bands, de la soca, calipso, raga, reggae y otros mil sones calientes los penúltimos compases del Crop Over anual. Este macrofestival es el gran evento del año y se alarga más en cada edición —ya va por los dos meses y medio—, convertido en un imán infalible para turistas, que encuentran en esta isla mínima lo que se espera del paraíso tropical: jolgorio y sol, cocoteros, ron y un mar topacio que lo abarca todo. Bailar, beber, comer y lo que se tercie, quintaesencia pura del Caribe.

Aquí la fiesta se suda. Bueno, se suda todo el tiempo. El calor, la humedad, los diluvios furiosos y pasajeros de la estación lluviosa crean una atmósfera densa que apisona al recién llegado pero no hace mella en los locales. Será el hábito, o puede que sea el plus energético que les da este año una celebración adicional, la del 50 aniversario de su independencia de Reino Unido. Desde enero, el gobierno, organizaciones cívicas, entidades económicas y demás fuerzas vivas han armado un completo programa de actos de reafirmación patriótica a la barbadense: recreaciones históricas, conferencias, espectáculos musicales, ferias gastronómicas y un sinfín de competiciones deportivas a las que son tan aficionados.

Su gastronomía de mestizaje amerindio, africano y europeo ha evolucionado a partir del rancho para esclavos

El día épico señalado en el calendario de la emancipación es el 30 de noviembre. La cuenta atrás está en marcha, pero ahora mismo el Crop Over —literalmente, fin de la cosecha— lo llena todo, a pesar de que el festival perdió hace tiempo su sentido original. La organización corona todos los años como rey y reina a los mejores cortadores de caña de una zafra que es solo testimonial; ni se corta a brazo partido ni queda mucho de la industria azucarera que encumbró a Barbados como la posesión más valiosa del imperio británico entre los siglos XVII y XVIII. Es una reinvención moderna —de 1974— que los bajans presentan como tarjeta de visita ante el mundo, un reclamo que los distingue de otras islas vecinas con parecidos atractivos de serie: aguas turquesas, playas de ensueño, clima ideal y buena música.

La reina de la isla

Hoy la celebración es más conocida por las imágenes de Rihanna dándolo todo, (des)vestida como un ave del paraíso en el Grand Kadooment, el desfile por las calles de Bridgetown que cierra siempre el festival la primera semana de agosto. La diva pop disputa a Isabel II de Inglaterra el título de reina de Barbados. Esta es la jefa de estado en tanto que cabeza de la Commonwealth; la cantante ha puesto en el mapamundi a este islote de 34 kilómetros de largo por 23 de ancho, poco mayor que el área urbana de Madrid. Sus paisanos la han nombrado hija predilecta y las muestras de apego se perciben en la calle, en una escena cualquiera. En la atronadora radio de un autobús suenan unos acordes. Varios adolescentes con uniforme escolar saltan como alcanzados por una descarga y entonan a voz en cuello la letra macarra de uno de sus grandes éxitos: “Zorra, mejor que tengas mi dinero. / Págame lo que me debes, no hagas como que lo has olvidado. / Zorra, con quién crees que te estás enfrentando. / ¡Mejor que tengas mi dinero!…”, y así hasta el final. Cuando termina se sientan modosos y no pían más el resto del viaje.

Aquí abrazan con fervor sus símbolos. Incluso se los comen. El pez volador es el emblema acuñado en el dólar barbadense y además el plato típico de la cocina local. En todas las cartas y menús hay hueco para el flying fish, al que se profesa tanta devoción como sobrepesca, hasta el punto de provocar conflictos con las islas vecinas. Tradicionalmente se acompaña de cou cou, un puré espeso de harina de maíz y okra, vegetal de origen africano.

El turismo y la banca offshore han tomado el relevo de la caña de azúcar como principal fuente de riqueza

La dieta de este país refleja su pasado doloroso. Es una gastronomía de mestizaje amerindio, africano y toques europeos que ha evolucionado a partir del rancho básico para los esclavos. Varios de sus ingredientes tienen detrás anécdotas reveladoras. Cuando los hombres de la Bounty se amotinaron, su capitán, William Bligh, cumplía el encargo de buscar en Tahití el árbol del pan para proveer a los plantadores del Caribe de un alimento “de negros”. Su fruto insípido y rico en carbohidratos está presente en distintos platos de la cocina barbadense y caribeña en general. O el bacalao —inexistente en estas aguas— llegado como producto de intercambio en el infame “comercio triangular” entre Europa, África y las colonias americanas, que durante cuatro siglos trasegó por el Atlántico cantidades ingentes de azúcar, ron y seres humanos.

Barbados es una isla singular por diferentes motivos. La más oriental de las Antillas Menores de Barlovento está desgajada del arco principal que baja desde la península de Florida, y esa posición poco visible la mantuvo mucho tiempo fuera del radar. Marinos portugueses desembarcaron en el siglo XVI y luego siguieron viaje a Brasil, no sin antes bautizarla en honor a los ficus de raíces aéreas como barbas colgantesos barbados— de los que hoy no queda ni rastro. Los ingleses se establecieron en 1627 y ya no se marcharon hasta la independencia total, en 1966. Ninguna otra isla del Caribe se mantuvo en manos de una única potencia colonial.  

Azúcar, discreción y petróleo

Cinco décadas después la pequeña Inglaterra se ha hecho mayor. Aparte de una población descendiente de los esclavos arrancados de otro continente, el Barbados actual tiene poco que ver con aquel que abanderó la revolución del azúcar y exportó un modelo de plantación negrera al resto de las Antillas y Norteamérica. Hoy el apreciado azúcar local apenas da para fabricar el aún más célebre ron barbadense; las destiladoras tienen que importar parte de la melaza necesaria. El turismo es la primera industria del país. Y la “discreción” —como se llama aquí a lo que se parece mucho al secreto bancario— hace de los servicios financieros offshore otro puntal de la economía. Barbados tiene petróleo. En conjunto, es el país más próspero del Caribe Oriental. Uno de sus mejores rasgos es la apuesta por la educación; la escuela es universal y gratuita, y el índice de alfabetización roza el 99%.

Los bajans festejan su independencia sin renunciar al legado colonial, en un envidiable punto de fusión entre presente y pasado. Hablan inglés, conducen por la izquierda, el críquet levanta pasiones como deporte nacional y la estatua de Nelson aún se yergue frente al Parlamento. No obstante, hace unos años se tomó una decisión cargada de simbolismo: girarlo de espaldas a la vía principal, privado de las mejores vistas sobre sus antiguos dominios.

El licor “matadiablos” que nació de la basura

Arantza Prádanos
“Está en nuestra sangre y en nuestra alma. Nació aquí, ¿sabe usted? Otras islas también producen pero no encontrará otro mejor.” Faltaría más. Habla un trabajador de Mount Gay, la casa ronera más antigua del mundo. Si hay un elemento, aparte del sol y el mar, que une a todos los Caribes, sean de influjo español, inglés, francés, holandés, americano… es el ron. Si hay algo que genera disputas nacionalistas es el ron.

Nadie discute la condición de Barbados como cuna de la bebida. Aquí están los primeros registros históricos sobre un destilado bronco y apestoso hecho de residuos, “con las espumas de los calderos de cobre donde se hierve el azúcar”. En su crónica sobre el despegue económico de Barbados a mediados del XVII, Richard Ligon consignó el primer sobrenombre del brebaje, kill devil —matadiablo—, “infinitamente fuerte y de sabor no muy agradable”.

Desde el principio nació como bebida para la chusma: siervos blancos, esclavos negros y los marineros siempre sedientos. Los señores bebían licores de importación europea hasta que se perfeccionó su destilación en el siglo XVIII.

En Barbados el ron es una religión. Hay varias destilerías, aunque donde se le rinde culto de verdad es en las rum shops, cantinas típicas de colores vibrantes repartidas por toda la isla. Se calcula que quedan unas 2.000, pero fueron muchas más. Aquí también se deja sentir el peso de la tradición. Según un viejo dicho de los tiempos de la colonia, cuando los españoles conquistaban nuevas tierras erigían iglesias; los holandeses, fuertes y los ingleses, tabernas.

Detilería de ron. a. p.