19/4/2018
Ciencia

El museo escondido

Fuera del escrutinio público, los investigadores del Museo Nacional de Ciencias Naturales estudian la evolución de la biodiversidad y su conservación

Arantza Prádanos - 15/07/2016 - Número 42
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El museo escondido
El ‘fantasma’ esquivo del océano. Maqueta a tamaño real del calamar gigante. En el centro, reflejado, el ejemplar real en líquido conservante. A. Prádanos
La penumbra les sienta bien a los objetos de edad avanzada. Las luces tenues de mantenimiento y el silencio, sobre todo el silencio, confieren cierto aire extraterrestre muy adecuado a los fósiles, a animales que una vez habitaron este planeta y ya no están o a ejemplares naturalizados de especies que aún siguen aquí, esperemos que por mucho tiempo. Es lunes y, más que nunca, el calamar gigante asoma como una visión fantasmal de las profundidades marinas. Y la osamenta voladora de un gran rorcual confronta tonelaje con el elefante africano, un tú a tú quimérico entre el coloso del océano y el señor de la tierra.

Los lunes no hay público en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) y quizá sea el día más propicio para mirarlo con otros ojos, cuando desaparece el escaparate de las exposiciones y se puede observar a través del espejo lo que bulle dentro.

Como en un iceberg, la porción visible del museo es apenas una mínima parte del todo, y no solo porque la clamorosa falta de espacio obligue a sus responsables a dejar almacenados el grueso de sus fondos.

Del Real Gabinete al museo

El MNCN es uno de los mejores institutos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) para el estudio de la biodiversidad y la evolución, la conservación natural y el cambio climático. Y es, sobre todo, el depositario de algunas de las mejores colecciones de especímenes de fauna y flora del país —y según los casos, de Europa—, destinadas al estudio especializado. “Esa es nuestra razón de ser, para lo que nace como Real Gabinete de Historia Natural en el siglo XVIII, igual que otros museos semejantes, Londres, París, Nueva York…”, recuerda Josefina Barreiro, conservadora de la colección de aves.

El MNCN alberga varias de las mejores colecciones científicas de especímenes de fauna y botánica del país

Desde los tiempos de Pedro Franco Dávila, su primer director, se han acumulado en sus bodegas unos 8 millones de ejemplares de todos los grupos animales, amén de muestras botánicas, geológicas y restos fósiles. Una buena parte de ellos recolectados durante las grandes expediciones científicas por todo el mundo desde el siglo XVIII.

Las colecciones son instrumentos de estudio fundamentales en el área de la biodiversidad y la evolución. En decenas de miles de cajas, frascos y recipientes, en estanterías y archivadores, reposan ejemplares de mamíferos, anfibios, aves, reptiles, insectos, peces, moluscos, invertebrados, muestras botánicas y geológicas, fósiles humanos… Las más recientes son el banco colectivo de tejidos y germoplasma, así como una fonoteca zoológica con más de 55.000 registros sonoros de casi 12.000 especies.

Cada ejemplar custodiado es una unidad valiosa de información no solo sobre anatomía y fisiología de su especie, vigente o extinta. También cuenta un relato sobre su trayecto evolutivo y las circunstancias concretas de su hábitat, incluida la influencia del ser humano, el clima, etc. en el momento de la colecta. Este patrimonio es la base para cualquier estudio de biodiversidad actual o pretérita. Y no es raro descubrir entre los fondos de las colecciones ejemplares de especies no descritas por la ciencia.

Cambio de siglo

Sumergirse en las tripas del MNCN supone cambiar varias veces de siglo. Arriba y abajo, de los espacios decimonónicos y la madera crujiente de los suelos, a la asepsia y la moderna tecnología de los laboratorios de ADN. El recorrido es intrincado. Se trata de un edificio histórico lleno de recovecos que, además, el museo se ve obligado a compartir absurdamente con la Escuela Superior de Ingenieros Industriales de Madrid. Por el camino se observa al personal trasegando cajas que salen de los depósitos para un envío de muestras, o vuelven después de haber sido estudiadas por los expertos de España o del extranjero que las hubieran solicitado.

Cada ejemplar cuenta un relato sobre su trayecto evolutivo y las circunstancias concretas de su hábitat

Para entrar en el depósito refrigerado de las colecciones de aves hay que echarse encima un forro polar. En el exterior el verano madrileño castiga la calle con sus buenos 35 grados. Sin embargo, lo más chocante dentro es el olor. Resulta difícil de descifrar y a uno se le antoja, quizá por afinidad, que así deben de oler las momias. El olor de la vida que fue, preservada aquí en aras del saber científico. Se abre uno de los armarios y media docena de enormes buitres leonados yacen en sus respectivos nichos mortuorios. Cerca, en las bandejas apilables, se alinean entre especies más pequeñas unas urracas cuyas etiquetas informativas las fechan en 1915. Se trata de ejemplares eviscerados, conocidos como “pieles” en el argot.

“Cómo se conservan los ejemplares, en seco o en alcohol, depende de para qué se quieran, si para analizar su morfología, la fisiología o el nivel celular. O si se quieren para exposición”, describe Barreiro. De los 31.000 ejemplares de la colección de aves, prácticamente todo el catálogo ibérico y regiones cercanas, menos de 2.000, se exhiben al público.

Como sucede con la pintura y demás patrimonio artístico, la conservación natural exige una atención constante a la temperatura adecuada, estable, y también a los materiales empleados, que no acidifiquen el pH ni degraden los tejidos o los huesos. En la conservación en húmedo, el etanol ha desplazado al formol porque este fija las dos hélices del ADN y lo invalida para el estudio.

No se tira nada

El problema en la colección de insectos, la mejor del país y una de las grandes de Europa, es de aluvión. Los entomólogos, profesionales o aficionados, son gente muy entregada que recolecta insectos allá donde va. La conservadora Mercedes París calcula en unos cuatro millones el número de coleópteros, himenópteros, lepidópteros, ortópteros y demás que duermen en los almacenes, pero es una mera estimación. Como corresponde al grupo de animales más numerosos del planeta, las cifras del departamento de entomología marean. En un espacio de más de 200m2 se ubican 210 armarios que contienen unas 28.000 cajas en las que, según el tamaño de las especies —algunas muy inferiores a la hormiga más pequeña—, pueden guardarse hasta 300 ejemplares, identificados con los datos taxonómicos y de colecta disponibles.

Sus fondos tienen una antigüedad de casi 200 años y mantienen ejemplares recogidos por numerosos especialistas de referencia internacional en sus respectivos campos, como Ignacio Bolívar, uno de los grandes de la historia de las ciencias naturales de España, director del Real Jardín Botánico y del propio MNCN hasta su exilio en México en 1939.

“Guardar las colecciones en urnas no tiene sentido. Es conocimiento”, dice París, conservadora

“Aquí no se tira nada. Incluso los que están rotos o vienen sin información pueden valer para talleres didácticos o exposición”, señala París. “Y —añade— nunca se puede decir que hay repetidos. Se están descubriendo lo que llaman especies crípticas, que morfológicamente se parecen a otras muy conocidas, pero en cuanto se analiza el ADN se ve que son diferentes”, a menudo fruto de procesos recientes de separación evolutiva. “Uno nunca sabe”, apostilla.

Los que se guardan en seco a la manera tradicional, con su correspondiente alfiler entomológico —la mitad de la colección—, tienen un grado de catalogación razonable. La pesadilla, admite París, son las colectas mediante botes-trampa de alcohol “en los que cae todo tipo de especies y nos las traen tal cual”. No hay ni personal ni tiempo para discriminar. “Hay familias enteras de las que solo sabemos que están ahí y poco más.”
 

Mientras hablamos llega un nuevo inquilino a la colección. Un joven aparece con un envase de plástico como una flanera y, dentro, un coleóptero, vulgo escarabajo, de buen tamaño. Lo encontró muerto la víspera. Todavía guarda la flexibilidad necesaria para pincharlo. En la manipulación se le desprende una pata, que le será reintegrada después con pegamento hidrosoluble.

Si las entradas de nuevos ejemplares son constantes —muchas en forma de donaciones y legados testamentarios—, también lo son los préstamos al exterior. Entre 2008 y 2014 el departamento de Entomología atendió más de 400 peticiones llegadas de 31 países. “Guardar las colecciones en urnas no tiene sentido. Todo esto es conocimiento y tiene que moverse”, apostilla su responsable.

Desarrollan varias líneas de investigación sobre el cambio climático, conservación o paleobiología

Además de su condición de biblioteca natural, la investigación directa es la otra pata que convierte al MNCN en más que un mero conjunto de reliquias naturales expuestas al público en las salas nobles. En esta faceta, poco visible fuera de círculos especializados, “somos uno de los centros más productivos en revistas científicas y cada vez tenemos repercusión más allá”, dice Annie Machordom, investigadora del área de Biodiversidad y Biología Evolutiva.

Su equipo trabaja sobre los patrones de especiación, el flujo de genes y la distribución de invertebrados marinos en peligro de extinción. Forma parte del centenar de científicos y técnicos de plantilla que desarrollan distintas líneas de investigación multidisciplinar sobre el cambio climático, conservación o paleobiología y paleontología, entre otras. Precisamente paleoantropólogos del MNCN participaron en la identificación en 2015 del Homo naledi, una nueva especie de homínido africano.

El nombre de la cosa

Arantza Prádanos
Taxónomo: dícese del especialista que identifica, describe y clasifica de manera jerárquica y sistemática a los seres vivos, y les asigna un nombre.

La taxonomía es una de las grandes construcciones teóricas del ser humano para aproximarnos al mundo natural del que somos parte. De la misma manera que lo que no se nombra no existe (Steiner dixit), no puede protegerse lo desconocido. Y en biología, lo que se conoce es gracias a la labor capital de los taxónomos, que tienen en los museos como el MNCN su hábitat preferente.

Las colecciones con millones de especímenes de cualquier clase son un filón inagotable. Es imposible dar abasto. Se almacenan, clasifican y poco más. El retrato taxonómico tiene que esperar años, décadas o para siempre. “Se acumulan a un ritmo muy superior al que se puede investigar. Para estudiar según qué grupos de animales necesiatrías no salir de aquí en la vida. Los cajones están llenos de sorpresas”, afirma Ignacio de la Riva, del departamento de Biodiversidad y Biología Evolutiva. 

Sin embargo, el taxónomo ratón de biblioteca cuenta ahora con herramientas más sofisticadas. Los organismos, las especies ya no se clasifican atendiendo solo a rasgos morfológicos. La biología molecular, los registros acústicos, incluso las matemáticas aportan nuevas vías de descripción y análisis que, paradójicamente, complican la vida a los taxónomos.

Un ejemplo. En 2015 se descubrió mediante análisis genético que las tortugas de la isla de Santa Cruz, en las Galápagos, no formaban una sola especie con diferencias morfológicas, sino dos. Lo habitual es el caso contrario, la sinonimia, nombrar y describir una misma especie de varias formas distintas. Ocurre tan a menudo —“a veces se ha catalogado de manera muy superficial o directamente errónea y ahí queda hasta que llega otro y lo arregla”, señala De la Riva— que los taxónomos pasan más tiempo deshaciendo entuertos incluso de siglos atrás que identificando nuevas especies.

El inventario universal de las especies le debe mucho a la nomenclatura binomial (género + especie) latina que perfiló Linneo en el siglo XVIII, pero además de no ser perfecto ni garantizar la concordancia, es una gota en el océano de lo desconocido. Se han descrito menos de dos millones de especies, unas 17.000 nuevas al año, en su mayoría de zonas tropicales. Cada día decenas de especies se pierden sin haber salido del anonimato. La crisis de biodiversidad desencadenada por la acción humana y el cambio global convierte la labor del taxónomo de imprescindible en urgente. La sexta gran extinción en marcha parece afectarles también a ellos. Es el impedimento taxonómico. “No hay relevo. Se jubilan y no se forman nuevos especialistas. Pasa incluso en grandes instituciones, el Smithsonian, el Museo de Historia Natural de Londres…”, refrenda De la Riva, que resume también las causas: “Como investigación básica tiene poco brillo, el índice de publicación es bajo y es difícil encontrar financiación”.

Historia de un maltrato

Arantza Prádanos
“A día de hoy no hay soluciones claras en el horizonte. Es una lástima que un museo con la solera del Nacional de Ciencias Naturales, con más de 240 años de historia, no reciba la atención necesaria.” Habla el director del MNCN, Santiago Merino, sobre la ampliación que nunca llega. Desde hace más de medio siglo el MNCN es un invitado en su propia casa —el palacio proyectado por Federico Villalba a finales del XIX—, cada vez más incómodo a medida que crecen también sus fondos, las colecciones de estudio y la relevancia de las investigaciones de sus científicos. Dos son multitud cuando el otro, la Escuela Superior de Ingenieros Industriales, ocupa dos tercios de la parte noble de un edificio histórico que no responde a sus propias necesidades docentes y, en cambio, ofrece el marco idóneo para exhibir el ingente patrimonio natural acumulado por el MNCN desde su creación como Real Gabinete de Historia Natural por orden de Carlos III en 1771.

En la actualidad no se expone ni el 3% de los fondos del museo por falta de espacio en las dos alas inconexas de que dispone, la actividad investigadora se realiza en precario —con laboratorios instalados en huecos baldíos— y una parte del personal científico ha tenido que mudarse a otras dependencias del CSIC.

El proyecto de recuperar el edificio íntegro para el museo es antiguo. Las legislaturas van pasando y nada se ha movido. También ha decaído la propuesta de construir en la zona ajardinada posterior un edificio de nueva planta para laboratorios. El traslado de la Escuela de Ingenieros a un campus universitario requeriría, además del plácet de sus responsables, un acuerdo entre las administraciones central, autonómica y municipal que “en las condiciones actuales parece realmente difícil. Por el bien de todos ojalá que se consiga pronto”, resalta.

En las últimas décadas la sensación de agravio ha crecido. Los otros grandes museos nacionales de la capital han ampliado y/o renovado instalaciones. El último, el Arqueológico, pero antes fueron el Reina Sofía y el Prado. La sede principal de este último, el edificio Villanueva, se construyó en origen para albergar el Gabinete de Historia Natural. Ese fue solo el comienzo de una historia de tropiezos y maltrato. Durante la invasión napoleónica los franceses expoliaron lo mejor de las colecciones reales, recuperadas en parte, aunque no para el Museo de Ciencias Naturales. El palacete que hoy acoge el Ministerio de Agricultura en la glorieta de Atocha también le fue destinado y tampoco pudo ocuparlo. Tras la Guerra Civil llegó la diáspora de muchos científicos, se desmanteló el complejo de la antigua Junta de Ampliación de Estudios y de la Residencia de Estudiantes contiguos al museo, cuyas dependencias se segregaron para hacer hueco a la Escuela de Ingenieros Industriales según el reparto aún vigente.

La plataforma Change.org recoge firmas para que el Ministerio de Economía y Competitividad, del que depende el CSIC y por tanto el museo, active el traslado de la Escuela de Ingenieros y la ampliación del MNCN. Se trata —dicen los promotores de la iniciativa— de potenciar la capacidad del museo como centro investigador y divulgador de las ciencias de la biodiversidad y de situarlo a la altura de grandes centros homólogos como los de Londres, Nueva York o París, que atraen cada año cientos de miles de visitantes de todo el mundo.