24/4/2018
Libros

Simon Leys. Pasión por la literatura

La antología reúne ensayos del escritor belga en los que habla de sus grandes amores: la literatura y la cultura china

Francesc Arroyo - 16/09/2016 - Número 51
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Simon Leys. Pasión por la literatura
Pierre Ryckmans, nombre real de Simon Leys. Ray Strange / Newspix
Todo el mundo conoce la utilidad de lo que es útil, pero pocos conocen la utilidad de lo inútil.” El autor de la frase es Zhuang Zi, filósofo chino del siglo III a.C., y la recuerda Simon Leys (Bruselas, 1935 – Canberra, 2014) en Breviario de saberes inútiles. Es un libro apasionado en el que Leys habla de sus grandes amores: la literatura y la cultura china. Al final añade una breve pero intensa reflexión sobre el papel de la universidad y los motivos por los que decidió dejarla tras años de dedicación. Ilustra la decisión con la historia de un famoso catedrático de patafísica. La patafísica es “la ciencia mediante la cual se observan los movimientos de la colas de las vacas por la mañana con el fin de prever si lloverá por la tarde”. El catedrático era un gran experto, pero uno de los reformadores universitarios creyó que ese trabajo lo desempeñaría mucho mejor un ciego que, eso sí, sabía escribir a máquina con los dedos de los pies. Algunos rectores, decanos y ministros de Educación no apreciarán la ironía; otros, en cambio, pueden descubrir que en su propia universidad hay casos similares.

El volumen de Leys recoge textos de procedencia diversa pero con un hilo común: la relación entre cultura, literatura y lenguaje. Y de todo ello con la vida. La de quien escribe y la de quien lee.

Simon Leys utiliza a menudo las notas a pie de página. Algunas remiten al libro que comenta o cita; otras no son tan académicas. Leys debía de ser consciente de la importancia de estos escritos en letra de menor cuerpo porque a mitad del libro se pregunta: “¿Quién de nosotros no soñaría que pudiera decirse de su obra de toda una vida: escribió unas cuantas buenas notas al pie?”. La suyas son espléndidas. Por ejemplo, apostilla a un comentario sobre un texto de Edward Said: “Algunos lectores pueden considerar correctamente que mi enfoque de este tema serio es selectivo, arbitrario, incoherente y poco serio. No podría estar más de acuerdo con ese parecer; solo intentaba imitar el método de Said”. En otra, en cambio, reproduce un poema que, en su opinión, es la mejor exposición de lo que él pretende explicar.

Ver lo positivo y lo negativo

El volumen, además de proporcionar gusto y provecho, tiene una gran virtud: en tiempos en los que el debate cultural, cuando lo hay, se mueve entre el elogio al amigo o la descalificación del enemigo, Leys es capaz de ver lo positivo y lo negativo. No le arredra la estatura del autor que comenta. Pueden ser Victor Hugo, Simenon (de ambos dice que escribieron demasiado) o Malraux, a quien califica de “farsante”, aunque nunca mediocre. Menos misericorde se muestra con Roland Barthes, capaz de “hablar para no decir nada”. Y añade que la decencia común está basada en “la sencillez, la honestidad y el valor: Barthes tenía sin duda cualidades, pero no estas”.

Leys entrevera biografía y obra para hablar de la función del lenguaje, del estilo, de la narración

Que Leys no usa la escritura para hacer amigos queda claro cuando habla de algunos sinólogos. Señala que la ensayista Han Suyin, “que conoce China a fondo, raras veces deja que su inteligencia, su experiencia y su información interfieran en sus escritos”. Explica que cuando le propusieron comentar la biografía de Mao firmada por Ross Terrill declinó inicialmente la propuesta: “Me parecía que el libro en sí no merecía ningún comentario”.

Leys escribe con pasión. Para lo malo y para lo bueno. Entre lo malo, Mao, a quien consideraba incapaz de ayudar a una anciana a cruzar la calle. Entre lo bueno, Chesterton, Conrad, Gide, Hugo, Orwell, Waugh, Simenon, Balzac. Y su capacidad de creación.

Leys entrevera biografía y obra para hablar sobre la función del lenguaje, del estilo, de la narración, de la imitación mutua entre literatura y vida. La vida del escritor es importante; de todas formas, si alguien tuviera por vecino a Tolstoi, ¿preferiría ir a charlar con él o leer sus novelas?, se pregunta.

“La gente que no lee ficción ni poesía está en peligro permanente de chocar con los hechos”, escribe

“La gente que no lee ficción ni poesía está en peligro permanente de chocar con los hechos y de verse aplastada por la realidad”, sostiene, para añadir de inmediato que la distinción entre géneros no deja de ser un artificio: “Se trata de clasificaciones convencionales, útiles en general para libreros y bibliotecarios”. El “lector perspicaz”, en cambio, descubrirá que “la gran novela de Proust es en realidad un ensayo filosófico” porque, después de todo, “los novelistas son los historiadores del presente; los historiadores son los novelistas del pasado”. Cierra la reflexión con una cita de Mario Vargas Llosa: “La vida es una tormenta de mierda, en la que el arte es nuestro único paraguas”.

(Paréntesis: la traducción del libro es magnífica y Leys ha puesto el techo alto con la historia de Lin Shu (1852 - 1954), quien “sin conocer una sola palabra de ninguna lengua extranjera tradujo casi doscientas novelas europeas”. El método era el siguiente: un amigo le relataba la trama y Lin Shu la vertía al chino. Esto afirma Leys de alguna de sus traducciones: “Es inmensamente superior al original: a pesar de ser escrupulosamente fiel a la narración”.)

Decir lo que nadie ha dicho

Para Leys, que fue durante años profesor de estudios orientales en Canberra, la tradición china se basa en la noción de armonía. Pero se trata de una tradición diferente a la occidental en el sentido de que no siempre se conservan las obras en el tiempo. El pasado de China es literario, compuesto “de palabras, no de piedras”, y a veces ni siquiera es relevante que exista la obra que sirve como inspiración al nuevo creador. El artista chino (que nunca deja de lado la perspectiva moral) asume la tradición reinventándola. En una cultura en la que caligrafía (escritura), pintura, poesía y música se superponen, “la categoría estética suprema” es la “naturalidad”, que se alcanza cuando el calígrafo puede olvidar todas las reglas, pero no llega a ser capaz de olvidarlas hasta que no ha logrado un dominio completo de todas ellas”. Se podría equiparar esta afirmación con la de quienes sostienen que el arte real es siempre un cruce entre tradición e innovación. O para decirlo con Gide, citado por Leys: “No nacimos para repetir simplemente lo que ya se ha dicho, sino para exponer lo que nadie ha expresado antes que nosotros”.

Breviario de saberes inútiles
Breviario de saberes inútiles
Simon Leys
Traducción de José Manuel Álvarez-Flórez y José Ramón Monreal
Acantilado, Barcelona, 2016, 576 págs.