25/2/2020
Cine

Tocar el cielo del melodrama

Carol retrata el amor lésbico en los represivos años 50 con hondura emocional

Carlos Reviriego - 12/02/2016 - Número 21
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Tocar el cielo del melodrama
Cate Blanchett en ‘Carol’. Film4 / Killer Films / Number 9 Films
Es Navidad en Nueva York, año 1951. Todo empieza con unos guantes. Deliberadamente, Carol (Cate Blanchett) se los deja en el mostrador de la tienda, donde ha comprado un tren eléctrico para su hija. La joven dependienta, Therese (Rooney Mara), irá a su casa a devolvérselos. Y así el espectador entra en “la dulce ciencia del magnetismo”, como ha convenido en llamarlo A. O. Scott, crítico de The New York Times, pues el gran misterio de Carol, de Todd Haynes, reside en filmar los mecanismos del deseo, los hechizos del amor prohibido, todos esos gestos y miradas que forman el catálogo de los desvelos amorosos. Y capturarlos además con la clase de sensibilidad y alquimia romántica que solo los más grandes han fijado en una pantalla.

Carta de una desconocida (1948), de Max Ophüls, es considerada hoy unas de las más altas cumbres del melodrama. Por entonces estas películas recibían el sobrenombre de women pictures, no solo porque trataban sobre mujeres, sino porque al parecer iban dirigidas a ellas. El mismo rotativo neoyorquino que hoy se rinde ante Carol —como lo ha hecho prácticamente toda la crítica desde su presentación en Cannes— consideró entonces que el filme de Ophüls no era más que un febril discurso amoroso “ahogado de retórica y tontería” (Bosley Crowther, abril de 1948).

Todd Haynes siempre ha adorado las women pictures. El melodrama clásico forma parte de su código genético como cineasta. Con Lejos del cielo (2002) trascendió el mero ejercicio de estilo o el pastiche nostálgico. Más adelante, Haynes revisitó de nuevo el melodrama de época con la magnífica miniserie Mildred Pierce (HBO, 2011), donde profundizó en la reescritura y los códigos de un género que parece cobijar en su interior los secretos del gran cine.

Es un género esquivo, del que los cineastas más conscientes suelen huir, pues los riesgos de quedarse a mitad de camino (es decir, en el ridículo telefilm) son muy altos. Pero no hay cineasta sin ambición, de Chaplin a Kubrick, que no lo haya intentado, consciente también de que la raíz del melodrama es la raíz del cine. Pero el melodrama con pedigrí ya ha pasado a mejores tiempos, cuando en Hollywood importaba eso tan esquivo y etéreo como es el glamour, y en este siglo XXI parece un género reservado a las genialidades o excentricidades de Wong Kar-Wai (In the Mood for Love), de Terrence Davies (The Deep Blue Sea), de Pedro Almodóvar (Hable con ella), de Richard Linklater (Antes del atardecer), de Paul Thomas Anderson (Punch-Drunk Love), etc.

Todd Haynes trasciende la sombra de sus maestros y culmina con Carol su exploración, como si no fuera posible llevarla más lejos. Es una de las grandes cumbres del melodrama, destinada a ingresar en el mismo linaje de obras como Tú y yo (Leo McCarey, 1939), Madame de… (Max Ophüls, 1953) o Breve encuentro (David Lean, 1945), de la que de hecho toma prestada su estructura circular como vehículo catártico del romance. El punto de partida es la novela semiautobiográfica El precio de la sal (1952), que una jovencísima Patricia Highsmith publicó bajo seudónimo para evitar ser rotulada como una “escritora lesbiana”, pues relataba un romance por entonces poco convencional y escandaloso: la joven y humilde Therese se enamora perdidamente de la adinerada y adulta Carol, en proceso de divorcio.

Hace dos años, el francés Abdellatif Kechiche fue galardonado con la Palma de Oro en Cannes por La vida de Adéle (2013), donde armonizaba la pasión lésbica con el deseo carnal explícito. Haynes hace exactamente lo opuesto. Si Kechiche consideraba al espectador un “voyeur consentido” que asistía de frente al éxtasis de las amantes mediante largas y arrebatadas secuencias de sexo, Haynes lo trata como a un “voyeur clandestino”, en consonancia con la época de represiones y prohibiciones que retrata. Lo que para Kechiche era pulsión documental, para Haynes es pura estilización. Así, además de mantener la tensión sexual en suspenso durante gran parte del metraje (manteniéndolo incluso fuera de plano), Carol desnuda el deseo de sus protagonistas sin alardes ni enfásis, observándolas a través de escaparates, reflejadas en espejos, en retratos esquinados, filtrados, velados.

El filme mantiene el punto de vista de la joven interpretada por una magnífica Rooney Mara (premio a la Mejor Actriz en Cannes), pero añade respecto a la novela la propia perspectiva de Carol, retratada casi como el fantasma de una semidiosa. Mediante esta doble exposición del proceso de enamoramiento, Haynes pone en escena un verdadero juego de espejos, la perfecta traslación plástica de la realidad interior de las protagonistas y la percepción social de su romance. A través del prisma de eros, entramos en el territorio prohibido al que los EE.UU. de Eisenhower arrinconó la homosexualidad, el divorcio, el adulterio. El espectro del clasicismo que recorre la película se transforma así, entre la serenidad y la elegancia, en una declaración política.

Carol
Carol
Dirigida por Todd Haynes
Escrita por Phyllis Nagy 
Basada en una novela de Patricia Highsmith
En cartelera