14/12/2018
Literatura

Tracey Emin. Una poética de la vulnerabilidad

Strangeland es la autobiografía de la controvertida artista británica cuyas obras reflejan la continuidad entre vida y arte

Ana Llurba - 08/04/2016 - Número 28
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Tracey Emin. Una poética de la vulnerabilidad
Tracey Emin en su exposición ‘My Last Great Adventure is You’, Londres, 2014. BEN STANSALL / AFP / Getty
Tracey Emin (Surrey, 1963) pertenece a una tradición que arranca con el dadaísmo y Duchamp, pasa por el onirismo autobiográfico de Frida Kahlo y también por las manifestaciones más oscuras y desafiantes del expresionismo de Egon Schiele o el arte pop de Robert Rauschemberg, hasta llegar al exhibicionismo conceptual de Sophie Calle. La controvertida obra de la artista británica es una ejecución visceral y contundente de la continuidad entre vida y arte que alentó las vanguardias del siglo XX. En sus trabajos más conocidos —My Bed o Everyone I Have Ever Slept With 1963 - 1995, la autobiografía más procaz— la promiscuidad sexual y los excesos con el alcohol y las drogas son los elementos que confluyen para hacer de la intimidad un espectáculo, convirtiendo al espectador en involuntario voyeur de su arte confesional.

La sordidez y la ternura conviven con las iniciaciones y los miedos de la infancia y la primera juventud

Sin embargo, no se trata simplemente de la explotación de su vida, porque en Emin todo aparece presentado con un particular lirismo, con una poética propia de la vulnerabilidad que se evidencia en la mayoría de los títulos de sus obras, como You Forgot to Kiss My Soul, Every Part of Me is Bleeding, Sobasex: My Cunt is Wet with Fear, I Need Art like I Need God o There’s No Still Life with Bowl of Apples, as far as we know. Y una prolongación de esta sutil poética está presente en su libro Strangeland. Emin ya había experimentado antes con la escritura, pero en este caso el texto no es el complemento de otro trabajo (como lo fue Exploration of The Soul, las 32 páginas que leyó en público en un viaje de costa a costa en Estados Unidos) sino una obra en sí misma.

Pequeñas epifanías

 

Estas memorias tampoco son una narración autobiográfica lineal al uso, con derrames de nombres de famosos aquí o allá. Al contrario: salvo algunas escuetas referencias a los Young British Artists, es tan autorreflexiva como el resto de su obra. Strangeland tiene un ritmo desenfrenado, con breves capítulos que son como ráfagas, retazos, anécdotas vitales que adquieren la consistencia de pequeñas epifanías. Algunas son luminosas, como la amistad que de niña entabló con los okupas que vivían al lado de su casa, y otras más oscuras, como los recurrentes abusos sexuales de los que fue víctima, pero todos tienen la misma eficacia narrativa.

El libro está dividido en tres apartados. El primero, “Motherland”, habla de su infancia y adolescencia en Margate, un pueblo costero en Kent, al sureste de Gran Bretaña. La sordidez y la ternura conviven con las iniciaciones y los miedos de la infancia y la primera juventud, así como Emin expone el rechazo social que sufrió debido a sus orígenes multiculturales (su madre es inglesa y su padre, turco-chipriota; nunca se casaron), los problemas económicos y el total desamparo vital. En el segundo, “Fatherland”, las escenas de una estancia en Turquía, un romance en la playa y las estampas de tranquilidad y sosiego funcionan como un intermezzo en el que aflora una Emin contemplativa. En el último apartado, “Traceyland”, aparece la voz de una artista consagrada, una mujer que desde su madurez vivisecciona sus logros y fracasos siendo muy consciente de la posteridad de su obra, pero sin caer en las mieles de la autocomplacencia.

Emin hizo suya, antes de la era del selfie, la exhibición de la intimidad como espectáculo

La vigencia de la obra de Emin es indiscutible si pensamos que, antes de la era del selfie y la explosión de las redes sociales, hizo suya la exhibición de la intimidad como espectáculo y que de ella aprendieron artistas contemporáneas como Zoë Buckman o las jovencísimas Wasted Rita y Grace Miceli. Además, gracias a su la impudicia desbocada a la hora de hacer referencia a su sexualidad, a la manera en que expone la soledad, el fracaso sentimental y la alienación por el éxito, participa del feminismo radical en el arte de una manera única y contradictoria. Por eso mismo es también de una gran productividad teórica, en una época donde los mandatos de la corrección política corren el velo del silencio sobre la complejidad. La trascendencia de su obra podría contemplarse desde las palabras de la también artista y escritora Chris Kraus en esa boutade contra el mundo del arte que es Amo a Dick (Alpha Decay, 2013): “¿Por qué pensamos que cuando una mujer expone su humillación está siendo humillada?”. La publicación de Strangeland llega poco después de que se hayanmontado en España tres grandes retrospectivas internacionales de artistas y colectivos de vital importancia para el feminismo contemporáneo y el arte en general, como Modus Vivendi de Sophie Calle en La Virreina, la muestra de Niki de Saint Phalle en el Guggenheim de Bilbao o la de las Guerrilla Girls en Matadero de Madrid.

Strangeland
Strangeland
Tracey Emin
Traducción de Ismael Attrache,
Alpha Decay, Barcelona, 2016, 240 págs.