14/10/2019
Literatura

Un conflicto llamado Anne Carson

Su poesía es difícilmente clasificable y en ocasiones cuesta entenderla porque no se acomoda en lo predecible

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Un conflicto llamado Anne Carson
Anne Carson en Islandia, en 2010. EINAR FALUR INGOLFSSON
Escribe: “Quiero ser insoportable”. Y lo ha conseguido: Anne Carson es insoportable. Porque no es soportable quien no atiende a las cosas como las cosas quieren ser atendidas, no es soportable alguien que no quiere soportar lo que nos sostiene. Es insoportable alguien que escribe poesía para esquivar la poesía, poesía que no solo huye de la emoción como apuntaba T. S. Eliot, sino que la detesta. Anne Carson es francamente insoportable, pero cuánta falta hace en poesía, y en todo lo demás, alguien que incomode y que no acomode en lo predecible, que vaya más allá de una simpática arquitectura a través del lenguaje: “Mi actitud es que, por muy dura que sea la vida, lo que importa es hacer algo interesante con ella. Y esto tiene mucho que ver con el mundo físico, con mirar las cosas, la nieve y la luz y el olor de la puerta y de todo aquello que constituya a cada instante tu existencia fenoménica”.

Poeta de verso tosco

Esta poesía difícilmente clasificable, y a ratos incomprensible o casi fallida, exige un lector bien armado que pueda valorar la tradición, porque muchas veces es básicamente tradición camuflada lo que por aquí asoma. La propia poeta acepta su falta de flexibilidad lírica, de agudeza sentimental (“No soy una persona con oído musical. A veces hago versos con cierta gracia, pero en general tienden a ser bastante toscos. […] Nunca seré una persona que escriba hermosos sonetos musicales”), y asume lo abrupto que sostiene su poesía para darle otra forma y otro destino, cuyos baches acompañados de una magnífica personalidad de corte punk hacen de ella la cabecilla de una estirpe de poetas que están predestinados a la renovación, o convulsión en su defecto, de la poesía contemporánea. Y así se la celebra en España, con más expectativas que comprensión.

No vive el conflicto entre la dimensión académica y la posible dimensión artística o creativa

La canadiense ha aterrizado definitivamente en la geografía literaria española con las publicaciones (y acertadísimas traducciones de Jordi Doce, Jeanette Clariond, Jorge Esquinca o Inmaculada C. Pérez Parra) de algunos de sus trabajos más destacados que tuvieron, y siguen teniendo, una magnífica acogida. Desde que en 2007 la editorial Pretextos publicase Hombres en sus horas libres —libro que cierra con un artefacto en forma de entrevista donde se explica y casi se disculpa—, el auge de esta poeta solitaria y áspera no ha dejado de crecer.

La editorial Dioptrías publicó el ensayo Eros: poética de un deseo, donde ahonda en el conflicto de los límites que afrontan las cosas que amamos, y las que no amamos demasiado, para así completar la identidad personal desde el deseo y sus paradójicos vértices. Algunos meses más tarde la editorial Vaso Roto publicó Albertine. Rutina de ejercicios, un ácido recorrido por los entresijos de la gran literatura de la mano del personaje principal de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Pero antes de todo, lo fundamental es saber quién es esta Anne Carson que siempre aparece y de la que casi nadie sabe demasiado, quién es esta mujer que tiene a críticos, periodistas y colegas mendigando pistas para entender hacia dónde va. No es fácil dar respuesta a esto porque Carson quiere ser ante todo ausencia, o, en su defecto, personaje estrictamente privado. Y cuando cree que no llega a nada de eso entonces se vuelve insoportable.

Enseñanza y creación

“Anne Carson nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo”, a esas pocas palabras limita su biografía. Puede resultar paródico o excéntrico, pero sustenta lo que la impulsa a la escritura y el resultado de la misma: arrancar desde la tradición grecolatina para así difuminarla en algo que linda con lo posmoderno (aunque la etiqueta ya sea demasiado incómoda hasta para el más posmoderno), y de ahí al irracionalismo último que funciona con solvencia en su poética. Pero Carson, la poeta que no rehuye de la mística y la religión, que va a misa para buscar pensamiento y no iluminación, enseña griego antiguo porque “una vez que lo descubres ya no tiene sentido hacer otra cosa”.

Hoy es una prestigiosa profesora reclamada por universidades de medio mundo, y de ahí brota su mejor literatura, y, sobre todo, su cordura. Ella no vive el conflicto entre la dimensión académica y la posible dimensión artística o creativa. No es el caso de Carson: en ella lo académico comparte espacio, lugar y forma con su vida, y de ahí alimenta la intertextualidad que dota muchos de sus poemas de las intensidades hipnóticas de las que hablaba Susan Sontag. 

Anne Carson nació y creció en Canadá pero muy pronto tuvo que acostumbrarse a la movilidad y las mudanzas dadas las labores financieras de su familia. Se doctoró y dio con una Frank Lloyd Wright en Michigan, y en esa casa se quedó, no tanto por su trabajo docente —que ahora ejerce por temporadas en diferentes ciudades—, sino por encontrar el sitio desde donde puede captar con mayor nitidez lo que está al otro lado de la ventana. Para ella el espacio es seductor, y la poesía es seducción, imaginación. Sigue en Michigan, tan localizable como inabordable.

Del deseo y las grandes obras

Ese gusto por la tradición clásica queda magistralmente plasmado en Eros, donde Platón, Aristófanes, Safo, Arquíloco o Pitágoras, entre otros, son convocados para desentrañar las distintas fases del deseo y su relación radical con el entorno para así intentar dominar al eros. ¿Cuándo comienza el deseo? ¿Cómo podríamos bloquear el preciso momento en que brota el amor? “Cuando te deseo parte de mí desaparece: mi deseo por ti forma parte de mí. Así razona el amante en los límites de Eros. La presencia del deseo despierta en él la nostalgia de la totalidad.” Carson traza un manual de supervivencia sobre la otredad, una hoja de ruta para —intentar— no enloquecer sin dejar de sentir.

En Albertine, un libro muy poético supuestamente de poesía, va más allá. ¿Quiere usted escribir un clásico? Seguro que sí. Atienda. No parece que exista manera más ágil y directa para escribir una obra maestra que partir, revisar o descomponer una obra maestra. Si la cosa funciona, ya se tiene un nuevo libro generacional, un nuevo trabajo de culto. Si su remake no es machacado o secuestrado por ningún heredero ya habrá entrado en los anales canónicos de la literatura universal.

Crítica, estudio y creación se interrumpen en su obra como deformación profesional

El pequeño detalle es que este trabajo, el de construir algo sólido desde algo formidable, es casi más difícil que hipotecar una vida para labrar la gran obra, por lo que será mejor que se limite a la honradez a la hora de escribir y se olvide de lo demás. No se sabe si esta sería la intención de Anne Carson, pero, independientemente de esto, sí que ha construido un libro generacional quien solo estaba destinada a la incomprensión de todas las generaciones. Aquí replantea las incertidumbres que la literatura mayúscula debe plantear, continuando esa deconstrucción ya iniciada que ahora completa con la teoría de la transposición: “Entre algunos críticos, incluyendo a André Gide, existe la creencia de que Albertine es una versión disfrazada de Alfred Agostinelli, el chófer de Proust”. Esa fórmula sustenta el resto de los 59 fragmentos y otros tantos apéndices que la autora despliega en este libro para poner de nuevo sobre la mesa los límites de la imaginación y el deseo.

Zarandear al lector

Crítica, estudio y creación se interrumpen en la obra de Carson como defecto profesional que le permite dotar a su escritura de un tono que un poeta encerrado y peleándose con las musas y las facturas no podría afrontar. La lucidez necesita ventilación, y la canadiense lo sabe: “Su fascinación continúa”, escribe en el párrafo 20. “Cualquier crítico concienzudo que se ha visto en la obligación de reseñar un nuevo libro de poemas en un espacio limitado sabe que el único proceder honesto sería ofrecer una serie de citas sin comentario.” Esta frase de W. H. Auden, usada como pórtico en la entrevista que Anne Carson ofrece en Hombres en sus horas libres, tendría que ser el mecanismo inexorable para tratar de explicar a una escritora que solo pretende buscar un equilibrio entre lo fundamental y lo económico que la aleje de un desorden mayor.

“Actúa para que el centro no sirva de nada.” Dice que esta cita de Gertrude Stein es la que intenta enseñar a sus estudiantes. Pero cuando dice estudiantes quiere en realidad decir lectores, y el centro es ella, la misma que zarandea al lector desde ese punto que no sirve de nada y que sin quererlo le hace la vida insoportable. Y tan atractiva.

Albertine. Rutina de ejercicios
Albertine. Rutina de ejercicios
Anne Carson
Traducción de
Jorge Esquinca
Vaso roto,
Madrid, 2016,
88 págs.
Eros. Poética del deseo
Eros. Poética del deseo
Anne Carson
Traducción de Inmaculada
C. Pérez Parra
Dioptrías,
Madrid, 2015,
240 págs.