27/10/2020
Análisis

Vaya tropa

Manuel Cruz - 13/11/2015 - Número 9
  • A
  • a
Si algo ha quedado meridianamente claro tras la deriva que han tomado los acontecimientos políticos en Cataluña en los últimos tiempos es que aquel mantra, tan del gusto del soberanismo, según el cual el procés no era algo inducido por los partidos políticos, o promovido por determinadas élites, constituía una radical falsedad. Es cierto que sobre todo los primeros habían encontrado en el mantra en cuestión un magnífico argumento exculpatorio. No somos responsables de nada, venían a decir, sino que nos limitamos a “acompañar al pueblo de Cataluña” en sus reivindicaciones, por utilizar una expresión muy cara a Artur Mas. Al margen de que no parece que la tarea para la que los ciudadanos eligen a sus representantes sea para que se limiten a eso (¿votarían ustedes a alguien que les pidiera su voto únicamente para acompañarles?) y no para formular propuestas atractivas o para resolver sus problemas más acuciantes, lo cierto es que, si nos fijamos en uno de los protagonistas más destacados del proceso, el mencionado Mas, constataremos que su trayectoria acredita más bien una querencia extremadamente intensa hacia el personalismo y el viejo politiqueo de camarillas, habiéndose ajustado su conducta política a dichos patrones en múltiples ocasiones en el pasado.

Resulta difícil encontrar ejemplo más claro de vacío programático que las renuncias de Mas para seguir siendo president

 
Pero dejemos ahora de lado este segundo aspecto (del que sus pactos bajo cuerda con Zapatero para negociar el Estatut, cuando todavía estaba en la oposición, a cambio de la cabeza de Pasqual Maragall y de que el PSC aceptara que la presidencia de la Generalitat correspondiera a la lista más votada, o su reunión en secreto con la  CUP hace pocos días para intentar desatascar las negociaciones con Junts pel Sí para su investidura constituirían una buena muestra) para poner el énfasis en lo primero, en su querencia hacia un liderazgo con aspiraciones a  ser carismático.
 
No se puede decir que dicha querencia sea ajena a él, le haya sido atribuida por sus seguidores o excusas parecidas. Bastará con recordar el cartel de las elecciones del otoño de 2012, evocando la figura del Moisés que conduce a su pueblo a la tierra prometida. O, si con tan rotundo ejemplo no bastara, la radical soledad en la que los medios de comunicación afines se han encargado de airear que ha ido tomando algunas decisiones trascendentales serviría como ilustración. Suya fue, según esta publicitada versión, la redacción de la pregunta finalmente sometida a votación el 9-N, a nadie comunicó el contenido de la propuesta de lista única que iba a presentar en la conferencia posterior de finales de noviembre del pasado año o su iniciativa, finalmente exitosa, de involucrar a la ANC y Omnium Cultural en una candidatura conjunta.
 
Todo esto casa mal, ciertamente, con la retórica (tirando a farisaica en boca de según quién) del protagonismo de la sociedad catalana, de la subordinación de las fuerzas políticas a los designios espontáneos del pueblo de Cataluña, etc. La contradicción entre dicha retórica y la voluntad de construir un hiperliderazgo susceptible de ser rentabilizado políticamente (entre otras cosas porque permitiría sacudirse la gravosa herencia pujolista identificada con las siglas del viejo partido nacionalista) ha sido demasiado flagrante como para que pueda pasar inadvertida. Va a ser muy difícil que la ciudadanía catalana no saque, tras el espectáculo en el que andaremos entretenidos unas cuantas semanas a cuenta de quién será el próximo presidente de la Generalitat, la conclusión de que finalmente lo que se está dilucidando es una lucha por el poder, precisamente por parte de quienes se disfrazaban con ropajes en algún momento casi antipolíticos.
 
En realidad, lo que viene ocurriendo en Cataluña de un tiempo a esta parte es en buena medida el resultado de la combinación del ansia de poder personal y la ausencia de unos objetivos políticos a largo plazo, que da lugar a lo que, por defecto, se suele denominar tacticismo. Resultaría difícil encontrar ejemplo más claro de vacío programático que el

Me resisto  a aceptar que la política quede reducida al conjunto de estratagemas para alcanzar y luego permanecer en el poder

volumen de renuncias a las que se está mostrando dispuesto Mas (en cierto modo sintetizadas en la iniciativa votada en el Parlament el pasado lunes) con tal de no perder la presidencia del gobierno de la Generalitat. Pero importa señalar que el tacticismo es el efecto (de la ausencia de proyecto), y no la causa. Como importa subrayar que política sin proyecto no es política, sino mera politiquería, terreno en el que se encuentra instalado Artur Mas desde hace mucho. Por eso no mentía al reconocer que para él la principal virtud del político es la astucia. Y, en efecto, lo es, si se entiende la política tal como él lo hace.

Pero en el ámbito de la politiquería, ningún desenlace es descartable. Así, si en el particular pulso que Artur Mas ha intentado echarle a Mariano Rajoy al final resulta que, por un lado, aquel se ve superado en las elecciones generales por Oriol Junqueras (cayendo CDC a niveles nunca antes conocidos) y, por otro, el último órdago soberanista le permite al líder del PP despertarse de su larga siesta y tomar las iniciativas políticas frente al soberanismo que le llevan a obtener un buen resultado el 20-D, el balance global no podrá haber sido peor para Mas. En tal caso, una pregunta iba a quedar, inevitablemente, flotando en el aire: en último término, ¿quién ha sido el astuto?
 
Si quieren que les diga la verdad, no estoy particularmente interesado en la respuesta, porque me resisto a aceptar que la política quede reducida al conjunto de estratagemas para alcanzar y luego permanecer en el poder. Hay demasiadas muestras de a dónde conduce dicha concepción de la política para que, a estas alturas, podamos ser indulgentes con quienes la practican. En todo caso, resulta difícil en estos tiempos no evocar la famosa frase que en su momento pronunció el conde de Romanones para referirse a los miembros de la Real Academia Española de la Lengua, aplicándola ahora a nuestros políticos locales. ¿Recuerdan? Sí, exacto, esa: “Vaya tropa”.