18/11/2019
Análisis

Venezuela, una implosión económica más que anunciada

Francisco Toro - 27/05/2016 - Número 35
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Venezuela, una implosión económica más que anunciada
Una mujer protesta frente a una línea de policías antidisturbios en Caracas. FEDERICO PARRA / AFP / Getty
Desde hace tiempo los diarios llegan cargados de terribles relatos del colapso económico que vive Venezuela. Historias de ancianos apostados a las puertas de un mercado desde las 2 o las 3 de la mañana para hacer 10 horas de fila y poder adquirir los alimentos más básicos. Relatos del hambre y la desesperación desatadas por el ruidoso colapso económico y social que está padeciendo el país con las mayores reservas de petróleo del planeta.

Explicarse esa paradoja puede parecer complejo. No lo es. Afortunadamente, para entender los problemas económicos de Venezuela no hay que adentrarse demasiado en un manual de microeconomía. En la mayoría de ellos, entre el primer y el segundo capítulo se explica en detalle cómo se derivan las curvas de la oferta y la demanda y se demuestra con rigurosidad matemática por qué los controles de precios siempre e indefectiblemente llevan a episodios de escasez.

El precio “justo”

En Venezuela, un burócrata sentado detrás de un escritorio en el centro de Caracas decide unilateralmente el precio “justo” de cada uno de los productos que el Gobierno considera de primera necesidad. Para manternerlos al alcance del pueblo, los precios se fijan bajos, muy bajos, muchas veces por debajo de los costes de producción. Tal y como predicen los manuales de economía, y como dicta el sentido común, el resultado puede ser uno solo: la demanda supera con creces a la oferta y algún mecanismo de racionamiento tiene que intervenir para equipararlos. En el caso venezolano, el mecanismo que se ha impuesto es el tiempo... y la paciencia. El acceso a los productos básicos depende de cuánto tiempo de su vida cada uno esté dispuesto a sacrificar haciendo cola.

El acceso a los productos básicos depende del tiempo que se esté dispuesto a sacrificar haciendo cola

Lo perverso es que a la escasez de prácticamente todos los productos de primera necesidad se le une la inflación más alta del planeta, proyectada para 720% este año y hasta 2.200% el año próximo. Así como no hace falta adentrarse mucho en los textos de microeconomía para entender el porqué de la escasez, basta la más mínima instrucción en macroeconomía para entender el problema inflacionario.

Venezuela corre desde hace años con déficits fiscales enormes, inmanejables. Aunque los datos son escasos (como todo), para este año se estima en hasta el 15% o el 20% del PIB. Un déficit de esa escala es difícil de financiar, ¿quién va a querer prestarle dinero a un Gobierno que no entiende ni el primer capítulo de los manuales de economía? Así las cosas, el Ejecutivo se ha dejado tentar por la más antigua y más destructiva de las tentaciones: monetizar la deuda. O, dicho más sencillo, mandar al banco central imprimir, de la nada, la diferencia entre los bolívares que entran y los que se gastan.

Que tal maniobra tienda a desembocar en una espiral inflacionaria inmanejable es uno de los resultados menos sorprendentes de la economía moderna. El rol de la monetización de los déficits en la inflación está bien establecido desde la época de la República de Weimar. Es difícil hoy conseguir algún economista que dude de esta relación… a menos que se lo busque en el Banco Central de Venezuela, dónde sí pululan en cantidad.

Un gran subsidio cruzado

Venezuela tiene, además de la escasez y la inflación, muchos otros problemas económicos, problemas igualmente predecibles para quien tenga la más mínima base de conocimientos económicos. Su enorme sector estatal está compuesto de centenares de empresas que dan pérdidas —vendiendo de todo, desde semillas y cuartos de hotel hasta productos petroquímicos y acero— y un gran total de una que da ganancias, PDVSA, la petrolera estatal. El Estado venezolano se ha convertido cada vez más en un único y enorme subsidio cruzado, en el que las ganancias que da el petróleo se usan para cubrir las pérdidas que da todo lo demás. Como manera de gestionar una economía moderna siempre fue una locura, solo que cuando los precios del crudo estaban por encima de los 100 dólares por barril quizás no se notaba tanto como ahora.

Hoy por hoy, con el precio promedio de exportación venezolana por debajo de los 40 dólares por barril, la renta petrolera sencillamente no basta. Eso no sería tan grave si, como aconsejan todos los manuales de economía (así como el más mínimo sentido común), el Gobierno se hubiese encargado de ahorrar parte de la bonanza del boom petrolero (2004-2014) en un Fondo de Estabilización Macroeconómica, tal y como lo ordena la constitución venezolana. ¡Oh, sorpresa!, eso tampoco sucedió, a pesar de que los riesgos estaban tan bien comprendidos como las maniobras necesarias para sortearlos.

Y no es solo que no se ahorró, sino que, por el contrario, durante los años de bonanza el Ejecutivo contrajo una nueva y enorme deuda externa: no solamente gastaron el total de lo entrante, sino aún más. Hoy en día la deuda externa se estima (únicamente “se estima”, porque los datos oficiales no se publican) en unos 122.000 millones de dólares, cuatro veces la existente al inicio del boom petrolero.

Creo que se va entendiendo ya lo que los venezolanos llamamos “el meollo del asunto” —el problema medular—: Venezuela es, sencillamente, la economía peor manejada del mundo. Más que política económica hemos tenido una comedia de errores gestionada por una clase dirigente cuya incompetencia y torpeza rebasa una y otra vez los límites de la credulidad.

De hecho, lo curioso que tiene la tragedia venezolana es justamente lo previsible que ha sido. Los errores en materia de política económica no han sido sobre algún punto recóndito o algún tema donde exista una controversia viva y real entre distintas escuelas de pensamiento económico. Han sido, más bien, las consecuencias de la contumacia a la hora de negar el razonamiento económico como tal.

Suspenso en epistemología

Por eso yo creo que el problema en Venezuela ha sido casi más epistemológico que económico. No tiene tanto que ver con cómo el chavismo cree que se debe regir la economía sino con la manera en que el Gobierno llega al conocimiento que cree tener sobre la realidad económica.

La manera más fácil de ilustrar esta hipótesis es con el ejemplo del cambio climático. Lo que ha ocurrido en Venezuela con la economía se le parece considerablemente. Así como ciertos extremistas de derecha en Estados Unidos se cierran herméticamente ante cualquier razonamiento científico sobre el efecto invernadero y el calentamiento global antropogénico, el chavismo rechaza de plano la ciencia económica y el razonamiento económico, considerándolos sospechosos de servir sencillamente de coartada para las pretensiones imperiales de sus enemigos ideológicos.

El problema de fondo es más epistemológico que económico: un Gobierno que no sabe aprender no puede corregir

Lo curioso de todo esto es que, como buena secta que es, el chavismo tiene mecanismos a prueba de todo para proteger a su ideología de los envistes de una realidad despiadada. El Gobierno propone un control de precios, el 100% de los economistas de todas las tendencias le dicen que eso causará escasez, el Gobierno los acusa de conspiradores y aplica la medida igualmente. Al cabo de un par de años, la escasez vuelve un caos la vida de los venezolanos y el Ejecutivo, lejos de aceptar que las advertencias estaban en lo cierto, reacciona diciendo “¿no les dije yo que había una sarta de golpistas conspirando para desacreditar a la revolución?”.

El mismo patrón se ve una y otra vez, culminando en la retórica de la “guerra económica” aplicada por la CIA y la burguesía local que, según la perorata repetida una y otra vez por la propaganda del Estado, es la verdadera responsable del descalabro económico.

Intentar explicarle a un chavista lo absurdo de tal posición resulta ser una tarea en vano: 17 años de adoctrinamiento ideológico han segado a una generación entera de militantes socialistas de dinámicas económicas que para el resto de la humanidad resultan evidentes.

Y ese es, en última instancia, el verdadero problema económico de base en Venezuela. No se trata ni de la escasez ni de la inflación ni de los controles de precios ni de la monetización del déficit.

El problema de fondo es la escandalosa incapacidad del Gobierno de extraer lecciones mínimamente lógicas de los errores que comete, y de rectificar a partir de ellas. En el fondo, el problema no es de economía sino de epistemología: un Gobierno que no sabe aprender no puede corregir. Un Ejecutivo que reacciona a cada desastre renovando su empeño por profundizarlo no puede sino llevar un país a un barranco.