13/11/2019
Análisis

Venezuela: sin diálogo no hay salida

La oposición necesita el referéndum que el chavismo le niega y debe ofrecer garantías para hacer política en democracia

Isabella Picón - 20/05/2016 - Número 34
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Venezuela: sin diálogo no hay salida
La policía impide a los manifestantes llegar hasta la sede del Consejo Nacional Electoral, el 11 de mayo en Caracas. FEDERICO PARRA / AFP / GETTY
En Venezuela se cierra una etapa pero no termina de abrirse otra. El abismo de la transición actual hace que la incertidumbre y la contingencia sean los sentimientos que mejor describen la vida de los venezolanos, ya sea dentro o fuera del país. La transición es inevitable, pero no queda claro cómo ni cuándo será. No existe aún un detonante, aunque algunos analistas creen que será un estallido social como el Caracazo de 1989.

Para la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), la victoria en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre significó un mandato con legitimidad democrática para activar el mecanismo constitucional que logre el cambio político, el referéndum revocatorio. Si  se lleva a cabo antes del 10 de enero de 2017, fecha que marca la mitad del periodo presidencial, una victoria de la oposición en ese plebiscito conduciría a elecciones presidenciales en 30 días. Es decir, a una transición controlada principalmente por la oposición al régimen chavista. Pero si el referéndum es después de esa fecha, sería controlada por el chavismo. En los últimos meses las acciones del presidente Nicolás Maduro y del tinglado institucional que lo sostiene —Tribunal Supremo de Justicia , Fuerzas Armadas, Consejo Nacional Electoral—  se han reducido a bloquear cualquier legislación propuesta por la oposición desde la Asamblea Nacional y a retrasar el procedimiento de activación del referéndum a través del CNE.

La transición es inevitable, pero no existe todavía un detonante como el Caracazo de 1989

La etapa que está cerrando Venezuela no comenzó con el ascenso de Chávez al poder en 1998, sino con las protestas y saqueos masivos que ocurrieron en Caracas el 27 de febrero de 1989, con casi 400 muertos, 1.000 heridos y miles de detenidos. En ese momento, el gobierno de Carlos Andrés Pérez intentaba llevar a cabo el mismo tipo de reformas económicas que el país necesita hoy. La diferencia de aquella con la Venezuela de 2016 es que esta vez el estallido social ocurre a cámara lenta. El Ejecutivo de Maduro se debate entre retrasar los tiempos del cambio político para que este pueda ser conducido por el chavismo y poner en macha mecanismos de control social que eviten el estallido total antes de ese momento.

Puede que debido al coste político asociado a las protestas masivas organizadas por la oposición en las calles, a la presión internacional o a la insostenible situación social sea imposible para Maduro detener el referéndum antes de que acabe  2016. En este caso, preferirá una salida violenta, la culminación del estallido social —ya a cámara rápida— que justifique la escenificación de un golpe de Estado. Sí, una escenificación, porque realmente sería orquestado por él mismo y quienes lo acompañan: les daría una salida más digna que la del voto popular, una “narrativa Allende”.

La oposición y su jugada final

Para la oposición venezolana es crucial capitalizar el momento de más vulnerabilidad de Maduro y hacer su jugada final: aumentar al máximo —dentro de una estrategia de lucha democrática— el coste político de impedir un referéndum en 2016. Por eso está finalmente unida en torno a la consulta, por eso los reiterados llamamientos de Henrique Capriles, acompañado del resto de los partidos en pleno, a las protestas contra el CNE y por eso el desafío de la Asamblea Nacional al Decreto de Estado de Excepción que Maduro activó el 15 de mayo: otra forma más de añadir discrecionalidad a su poder.

Hay quien dice que la oposición no se puede pasar de intransigente, que debe apoyar un referéndum en 2017 si la autoridad electoral llegase a confirmar lo que han repetido varios portavoces del Gobierno: los tiempos no dan para que sea en 2016. Alegan que si la oposición realmente quisiera un referéndum, habría hecho la petición en enero. La verdad es que si se hubiera hecho en ese momento, el CNE hubiese argumentado que no se podía porque el tercer año de Maduro no se cumplía hasta abril, cuando efectivamente se hizo la solicitud que el CNE tardó en tramitar.

Potenciar el referéndum como mecanismo inaplazable de solución a la crisis política es una cuestión táctica para la oposición. La viabilidad de la MUD como alternativa real de poder depende en gran parte de que demuestre haber hecho todo lo posible y presionado al máximo por solventar la crisis cuanto antes, pero constitucional, democrática y electoralmente. Esta urgencia de la MUD se basa en primer lugar en que ganaron las elecciones parlamentarias con la promesa de solucionar la crisis económica.

Desde 2013, pero especialmente este año, Maduro ha demostrado que no tiene ni la voluntad, ni el capital político dentro del chavismo que sí hubiese tenido Chávez, ni la legitimidad para llevar a cabo reformas económicas que acaben con la inflación y la escasez. Además, el problema nunca fue la caída de los precios del petróleo o el modelo estatista. Aunque en el chavismo se están dando cambios para que a Maduro le suceda una figura capaz de realizar esas reformas, no hay garantías de que ese sucesor tenga un compromiso real de construir una democracia plena. Más allá de Maduro, el miedo del chavismo es que todo este proceso esté haciendo inviable al PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela) como proyecto político a medio y largo plazo. Por eso la única opción de Maduro para unir a su partido en esta crisis es postergando la transición con el propósito de darle tiempo al propio chavismo a reestructurarse.

El futuro del chavismo

Ya advirtió de que las elecciones de gobernadores pautadas para este año podrían ser aplazadas, ya que celebrar estos comicios antes de solucionar la crisis política acabaría con la presencia del PSUV en el territorio nacional, lo cual haría mucho más difícil la recuperación del chavismo post-Maduro. Además de las propuestas institucionales y de desafiar al régimen en la calle, la oposición tiene que sentar las bases para un diálogo en el país. Y no lo tiene que hacer solo porque Venezuela lleva demasiado tiempo en un juego político de suma cero, donde cada parte busca la aniquilación del otro. Lo tiene que hacer porque en este momento el referéndum revocatorio sigue siendo el fin del mundo para el chavismo. La oposición tiene que ofrecer garantías a quienes quieren hacer política en democracia, especialmente a esas facciones del chavismo que no apoyan a Maduro pero temen un gobierno de la MUD.

Sorprende que aún no se hayan dado las condiciones para el diálogo. La crisis va más rápido que la política

Sorprende que aún no se hayan dado las condiciones para el diálogo: la crisis va más rápido que el tiempo en que nuestras atrofiadas instituciones dirimen este conflicto. Y el tiempo político es más lento que el institucional, porque no todos los actores terminan de entender que el fin de la crisis pasa por concertar. El trabajo de la MUD es conseguir que el chavismo entienda que el diálogo es la única manera de seguir adelante. El  diálogo real, más allá de un pacto entre las élites, es inamovible e indispensable si Venezuela quiere lograr más que una transición política, una transición democrática con acuerdos para prevenir otra crisis sistémica como la que vive hoy.