23/4/2017
Internacional

“Whites only” en casa de los Trump

Seis de cada 10 afroamericanos viven todavía hoy en barrios segregados creados desde el Estado

AHORA / Noelia Sastre - 07/10/2016 - Número 54
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“Whites only” en casa de los Trump
Trump y su padre en sus viviendas de Coney Island en 1973.B. Silverman / TNYT
“Acabar con los barrios segregados es lo más importante que podemos hacer en la lucha contra la desigualdad, porque si los blancos no tienen contacto con los negros y al contrario, los problemas continuarán”, señala a AHORA Richard Rothstein, investigador del Economic Policy Institute y experto en segregación residencial. “La principal causa de la violencia policial es que los afroamericanos están aislados en guetos por nuestra historia de casi un siglo de política federal que apostaba por segregar al país por razas. Hasta que no estén integrados, las relaciones con la policía seguirán siendo hostiles porque son fuerzas de ocupación.” 

Seis de cada diez afroamericanos viven todavía hoy en barrios segregados. “Son zonas peligrosas, pero los policías no están entrenados para respetar a la población civil. Es un problema de entrenamiento, pero sobre todo de concentración de desventajas. Los negros están aislados porque les han sido negadas las oportunidades para vivir en zonas integradas por culpa de políticas federales, estatales y locales.” La segregación perpetúa los problemas raciales: educación, pobreza, crimen, salud, desiertos alimentarios... 

El investigador cree que no se puede higienizar la forma en la que el gobierno de EE.UU. creó los guetos. Ni seguir alimentando el mito de que la segregación fue idea de la iniciativa privada o elección de la gente. “Las políticas gubernamentales crearon los guetos para separar por razas las zonas metropolitanas. Nuestra segregación fue por ley, regulación y políticas públicas”, insiste. Su origen está en el programa federal de vivienda pública que comenzó en los años 30. “Ese programa creó los projects segregados donde antes había barrios habitados por negros e inmigrantes blancos europeos.”

Además, a finales de esa década la Federal Housing Administration daba créditos a los constructores para que los blancos se mudaran a las afueras de las ciudades, pero solo con la condición de que no vendieran esas casas a afroamericanos. Si lo hacían perdían las ayudas del gobierno. “Estas dos políticas, la primera para concentrar a los negros en el centro de las ciudades y la segunda para llevar a los blancos a las afueras, crearon el paisaje metropolitano que hoy conocemos.” Rothstein recuerda la historia de esclavitud de EE.UU. y los comportamientos heredados de quienes estaban en el poder en los años 30, 40 y 50. En 1968 se aprobó la Fair Housing Act, que permitía denunciar a quienes se negaban a vender o alquilar casas a negros. “También había subsidios. Pero si esa ayuda solo sirve para alquilar apartamentos en barrios pobres, la segregación se perpetúa.” Y no basta con prohibir la discriminación. 

“Necesitamos políticas tan agresivas para acabar con la segregación como lo fueron las que la crearon.” Pero falta voluntad política. “Obama no ha sido más sensible que sus antecesores. Todo lo contrario: ha sido especialmente cuidadoso en no meterse demasiado en asuntos raciales. Y si en noviembre gana Donald Trump, que apoya la política de ‘stop and frisk’ a nivel nacional, todo será mucho más difícil.”

Trump y su padre Fred dirigían una compañía inmobiliaria que rechazaba a los inquilinos negros. En 1973, el Departamento de Justicia los demandó por discriminación. Ambos declararon como acusados y el asunto llegó a la primera página de los periódicos. Fue el debut de Donald Trump en la arena pública. The New York Times denuncia la larga historia de prejuicios raciales en las propiedades familiares: en 1964 les obligaron a admitir a una afroamericana que durante 10 años fue la única de su raza en el edificio. En 1967, investigadores del estado de Nueva York descubrieron que de los 3.700 apartamentos de Trump Village en Coney Island, solo siete estaban ocupados por familias negras. Sabían que los Trump no querían a gente “de color” en sus edificios. Siempre las mismas quejas. “Algunos managers eran directamente segregacionistas, otros solo seguían órdenes”, dice la activista Ellis James al diario neoyorquino. Órdenes como añadir un papel con la letra “C” a las solicitudes de afroamericanos.     

#BLM, el nuevo activismo

David López
Todo surgió con un hashtag en las redes sociales: Black Lives Matter (las vidas negras importan). Era el verano de 2013 y un jurado absolvía a George Zimmerman por haber matado en febrero de 2012 a Trayvon Martin, un adolescente negro desarmado, en una urbanización de Florida. Tres activistas nacidas en los 80, Alicia Garza, Patrisse Cullors y Opal Tometi, lanzaron aquel eslogan con el que empezó a fraguarse este movimiento contra las injusticias sociales que hoy cuenta con delegaciones en 40 ciudades de EE.UU. y en Toronto y con miles de simpatizantes. Influenciado por la lucha de los derechos civiles de los 60, por el feminismo de los 80, el activismo LGTB de los 2000 e inspirado también por Occupy Wall Street y su uso de las redes sociales, Black Lives Matter ha logrado convertirse, como lo define The New York Times, en “el primer movimiento por los derechos civiles del siglo XXI”. En solo tres años ha vivido un ascenso fulgurante, llamando a la acción pacífica en las calles, canalizado sobre todo a través de internet y las redes sociales, pero también secundado y amplificado desde los medios tradicionales. De hecho, ha sido el eco que han provocado sus acciones en medios como Politico, The Guardian o The Washington Post lo que ha permitido a BLM llegar a influenciar el debate político en Estados Unidos y obligar a los candidatos de las primarias republicanas y demócratas a pronunciarse sobre algunos de los temas que reclaman en su agenda.