7/12/2019
Ciencia

Animales domésticos. En compañía de otros

El Homo sapiens empezó a vivir con perros a su lado hace al menos 15.000 años

Arantza Prádanos - 10/06/2016 - Número 37
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Animales domésticos. En compañía de otros
Un lobo gris se acerca furtivo a los restos de comida de un campamento de cazadores prehistóricos, en algún momento a finales del pleistoceno. Imaginemos que no es el más fuerte, ni el dominante, puede que sea viejo o débil para cazar, o una hembra con cachorros, y encuentre en este carroñeo oportunista una manera cómoda de alimentarse. Imaginemos que la conducta se repite y, vistas sus ventajas, cunde entre otros miembros de la manada hasta convertirse en hábito. El roce sostenido estrecha el vínculo entre dos especies superdepredadoras que poco a poco unen sus destinos.

Esta interacción biológica en la que una parte
La domesticación ha transformado el planeta y ha condicionado la evolución del Homo sapiens
obtiene recursos de otra sin perjudicarla se denomina comensalismo y bien podría estar en el origen de la domesticación del lobo y el nacimiento del perro como especie diferenciada, asociada íntimamente a los humanos hasta hoy. Aunque falten pruebas contrastables, la aproximación inducida por el animal es una hipótesis —válida también para otras especies como el cerdo y el gato— con sólidos defensores entre los biólogos evolutivos y añade matices inesperados, menos antropocéntricos, al conjunto de la domesticación animal a lo largo de los últimos milenios. Es un proceso que ha transformado el planeta, condicionado la propia evolución del Homo sapiens y que, según recientes estudios paleogenéticos, acaeció con mayor frecuencia y en más escenarios de lo que se suponía. 

Discusión y contradicciones

Aquel acercamiento iniciático fue la primera domesticación de la historia y sucedió mucho antes de que el hombre se embarcara, hace unos 12.000 años, en la empresa que nos ha traído hasta aquí: la revolución agrícola y ganadera del neolítico. Antes de abandonar el nomadismo, de sembrar plantas o apacentar ganado, nuestra especie ya criaba a su vera perros, herederos genéticos de algunos lobos fundadores. En general se asume que ocurrió hace unos 15.000 años al menos, porque de esa fecha datan los primeros fósiles incuestionablemente perrunos, “aunque hay huesos más antiguos dudosos”, subraya Carles Vilà. Biólogo y genetista de la Estación Biológica de Doñana (CSIC), Vilà cree, además de otros expertos internacionales, que hay indicios suficientes para pensar que “esa conversión fue bastante anterior, de hace unos 30.000 o 40.000 años”, pero “hay —admite— mucha discusión y trabajos muy contradictorios”.

Según recientes estudios, sucedió con más frecuencia y en más escenarios de lo que se suponía

La controversia es una constante en las investigaciones sobre el origen del primer compañero de fatigas del hombre. No solo sobre las fechas de la domesticación inicial. Equipos de investigadores de todo el mundo disputan desde hace décadas si pasó en Europa, en China o en África, si fue un evento único —el criterio mayoritario hasta ahora—, o bien en varios escenarios a la vez. Un macroestudio internacional sobre ADN perruno moderno y antiguo publicado hace unos días por la revista Science defiende que fueron dos las regiones donde el perro se domesticó de forma independiente: Europa y Lejano Oriente, hace al menos 12.000 años y a partir de distintas poblaciones de lobos localizadas en ambos extremos del continente eurasiático.

El trabajo, liderado por la Universidad de Oxford, ofrece el mayor número de muestras antiguas analizadas hasta la fecha. Ha secuenciado por primera vez el genoma de un hueso de hace 4.800 años del yacimiento arqueológico irlandés de Newgrange, y el ADN mitocondrial de otros 59 ejemplares con una antigüedad datada entre 14.000 y 3.000 años, comparándolas con la ficha genética de más de 2.500 perros modernos. Los resultados avalan ese doble evento y muestran también que, en algún momento posterior, una migración de este a oeste mezcló los genes de canes asiáticos con los de los europeos, de modo que estos son hoy un cruce genético de ambas procedencias. Es una de las razones por las que estudios previos resultaron menos concluyentes, pero indagar sobre la domesticación del perro tropieza con obstáculos adicionales.

Con cada nuevo hallazgo, se revela una foto más nítida y también más compleja del proceso

“En los yacimientos, con los huesos de ovejas y de cabras hay un momento en el que se ven ciertos patrones que indican que no son animales cazados sino domésticos: los huesos jóvenes son de machos, que se consumían antes, mientras que los huesos adultos son de hembras porque las dejaban reproducirse. Con los perros no se puede ver porque no se comen, y por otro lado existe el lobo y la pregunta de hasta cuándo ese hueso es de lobo o si ha pasado ya a ser perro”, explica Vilà, que no participa en el estudio de Science

Realidad poliédrica

Desde hace unos años los modernos métodos de análisis molecular han venido en auxilio de la zooarqueología para intentar responder a esa y a otras cuestiones. El material genético de fósiles antiguos llega hasta nuestros días desmenuzado, con poca información válida o difícil de procesar, pero los laboratorios empiezan a superar esas limitaciones. Y así, con cada nuevo hallazgo, se revela una foto más nítida y también más compleja de la domesticación.

Se sospecha que hubo múltiples pulsos de convivencia, registrados en regiones distintas del globo

Tanto si hablamos de animales como de plantas, una especie doméstica es aquella que no existe como tal en poblaciones silvestres en la naturaleza. Todo su desarrollo vital, de principio a fin, discurre en cautividad, en espacios acotados y depende del manejo planificado del hombre, que modela sus rasgos y características a su conveniencia por selección y cruce. Con la excepción del perro, este proceso se ha desarrollado en los 12 últimos milenios y “ha transformado de forma significativa la biosfera del planeta, afectando al tamaño de la población humana y alterando nuestra propia evolución”, escribían Dorian Q. Fuller y Greger Larson —uno de los mayores expertos mundiales— en el número de 2014 de The Annual Review of Ecology, Evolution and Systematics.

Hasta hace poco la mayor parte de los eventos de domesticación se consideraban únicos. Sucesos extraordinarios que acaecían una vez en un momento del tiempo, en un ámbito geográfico concreto y casi siempre fruto de la voluntad consciente del hombre. Parece que la cosa no fue así; los socios del ser humano no evolucionaron por turnos, ordenadamente, cada uno en su rincón particular. Todo apunta a una realidad más poliédrica. Hoy se sospecha que existieron múltiples pulsos de domesticación, registrados en regiones distintas del globo. Y, para complicarlo aún más, a estos episodios les siguieron fenómenos constantes de introgresión o intercambio genético entre individuos salvajes y sus congéneres domésticos.

 

Las especies de la cabaña ganadera con más pedigrí surgieron entre 8.000 y 11.000 años atrás, casi simultáneas al arranque de la agricultura en el llamado Creciente Fértil —la franja en forma de media luna comprendida entre los ríos Nilo, Tigris y Éufrates— y áreas próximas. Lo más probable es que en un principio nuestros antecesores solo pretendieran almacenar animales salvajes vivos para concentrar el esfuerzo de la caza o, incluso, asegurarse el suministro en momentos de escasez cinegética. Con el tiempo, la cría en cautividad se impuso de manera lógica. El registro fósil señala a la cabra como la primera variedad comestible domesticada a partir de un progenitor salvaje (Capra aegragus). Después llegarían la oveja (descendiente del musmón asiático), el cerdo (de distintas subespecies del jabalí, Sus scrofa) y los diferentes linajes bovinos repartidos por todo el continente asiático.

De las 150 especies no carnívoras que pesan más de 45 kilos solo se han domesticado 15 a lo largo de la historia

El del cerdo (Sus scrofa domesticus) es un buen ejemplo de las dificultades de identificar el minuto uno de la domesticación. Como en el caso del lobo, el jabalí salvaje tenía un rango de distribución enorme por Eurasia y China. También era una especie oportunista, omnívora y proclive a rondar en busca de alimento cerca de los humanos; otro comensal, en suma. Y, al igual que entre perros y lobos, se hibridó repetidamente a lo largo de la historia con su nuevo pariente doméstico, especialmente en Europa. Las evidencias arqueológicas más precisas hasta la fecha han identificado al menos dos focos independientes de domesticación del cerdo, hace unos 9.000 años, en el valle del Mekong (China) y en la Anatolia turca. Además, los gorrinos europeos del presente exhiben un mosaico genético peculiar, solo atribuible a hibridaciones adicionales con algún grupo ancestral extinto o procedente de Eurasia central, más la aportación que, a partir del siglo XIX, hicieron los cerdos asiáticos importados para mejorar la productividad de las razas comerciales.

El constante flujo genético entre el este y el oeste, y entre animales domesticados y silvestres, es también evidente en especies como el caballo, oriundo de linajes salvajes de las estepas de Kazajistán ya extinguidos, y con varios probables escenarios de domesticación. De momento se asume que los camélidos, tanto del Viejo —dromedarios, camellos— como del Nuevo Mundo —llama y alpaca— tuvieron orígenes únicos, respectivamente.

“Son procesos muy complejos, que van y vienen, porque en los primeros momentos no es que una especie animal se domesticara y ya, sino que seguiría teniendo contacto de una forma u otra con la especie primigenia”, resume Miguel Pérez Enciso, biólogo de la Institución Catalana de Investigación y Estudios Avanzados (ICREA-UAB).

La ciencia no ha logrado dilucidar aún qué genes fueron responsables de diferenciar a aquellas primeras poblaciones domésticas de sus parientes originales, “qué variantes del ADN influyen en qué caracteres y hacen que un animal se comporte de forma distinta a otros, o crezca más o menos, porque no hay una sola causa, hay muchísimos responsables dentro del genoma”, destaca. También es una incógnita por qué, a pesar de esa pertinaz promiscuidad histórica entre linajes silvestres y domésticos, la descendencia híbrida no recuperaba rasgos o conductas salvajes.

Una rareza

Al rompecabezas le brotan nuevas piezas a diario, pero el fenómeno de la domesticación en sí es una rareza. De las casi 150 especies no carnívoras que pesan más de 45 kilos solo se han domesticado 15 a lo largo de la historia, como recuerda Jared Diamond en su célebre ensayo Armas, gérmenes y acero (Debate, 1998). De ellas, 12 en Europa y Asia, dos en Sudamérica y una, el burro, a medio camino entre África y la península Arábiga. En aves la proporción es aún menor, apenas una docena de las más de 10.000 existentes, excluidas las reclutadas con fines ornamentales. Sumados insectos —abejas y gusanos de seda— y especies piscícolas, no llegan al medio centenar. “La mayor parte de las especies no son domesticables porque no reúnen todas las características necesarias”, subraya Pérez-Enciso.

Las 350 razas de perro registradas llevan escrito en sus genes el rastro de los lobos de hace unos 15.000 años

Falta de agresividad, cierta estructura jerárquica que permita al humano ejercer de líder, reproducción y crecimiento rápidos, así como rentabilidad productiva son los rasgos que distinguen a las especies domesticables de las que no lo son. Siempre se citan como ejemplos de fracaso la cebra, frente a su pariente el caballo; el búfalo africano, refractario a cualquier intento de estabulación, así como gacelas y órices. La línea para distinguir la domesticación de la doma, el amansamiento o la semicautividad de algunas especies que también conviven con el hombre es clara: si está en una granja o criadero es doméstica, si está en un circo, no lo es. Salvo carnívoros convertidos en mascotas como perros y gatos, los herbívoros, y luego las aves de corral, fueron desde un principio la opción lógica: transforman alimentos inservibles para el ser humano —pasto, herbáceas, semillas, insectos, etc.— en proteínas, es decir, energía de primera calidad. Y en el caso de équidos y camélidos, además, estaban sus prestaciones para el transporte y carga.

Como resultado de milenios de cría selectiva y cruces dirigidos en busca de estirpes más manejables, resistentes y productivas, hoy existen en torno a 7.616 razas de ganado, según la FAO (2007). Y oficialmente hay registradas decenas de razas de gatos y casi 350 de canes. Del gran danés al chihuahua, todos llevan escrito en sus genes el rastro de aquellos lobos de hace 15.000 o más años. La pregunta de cuándo dejaron el bosque para seguir al hombre tendrá respuesta tarde o temprano. Pero lo de verdad intrigante, concluye Carles Vilà, es “por qué esas culturas nómadas estuvieron tan interesadas en tener perros” y se hicieron acompañar por ellos a lo ancho de Eurasia y hasta Norteamérica. Por qué lobos y humanos, que competían por el territorio y la comida, acabaron alumbrando juntos una nueva especie, hija biológica de uno y modelada a voluntad del otro. Mientras llega una explicación más precisa y seguro más prosaica, podemos especular con la idea hermosa de que ninguno de los dos quiso recorrer el largo camino en soledad.

 

El coste de domesticar

Arantza Prádanos
Fue Darwin quien constató primero —en La variación en los animales y plantas domesticados (1868)— que los animales domésticos presentaban una serie de cambios morfológicos acusados. Al cabo de un tiempo de crianza dirigida, aparecían en sus fenotipos unos rasgos comunes no buscados ex profeso por sus propietarios. Pelaje de color desigual, manchas blancas, orejas caídas, alteraciones en la forma craneal —el escalón en el arranque del hocico de los perros en contraste con el morro continuo del lobo—, apiñamiento dental o reducción general de talla forman parte del catálogo de variaciones que sucede también entre las plantas cultivadas y que se conoce como síndrome de la domesticación. “Son cambios físicos colaterales que no tienen que ver con el comportamiento, pero que han ido asociados por añadidura, y generación tras generación”, afirma Carles Vilà, de la Estación Biológica de Doñana.

Los experimentos de Dmitri Beliáyev en los años 50 con zorros cautivos recrearon de forma evidente ese fenómeno. Seleccionó primero los individuos menos agresivos, los dejó reproducirse y al cabo de varias generaciones la transformación física espontánea era evidente. Los descendientes de aquellos zorros tranquilos tenían el hocico más corto, el rabo hacia arriba, orejas gachas, parches blancos en el manto y otros rasgos no inducidos mediante selecciones ulteriores, e inexistentes entre los homólogos silvestres.

Aún se desconocen muchas de las claves moleculares que dan pie a esas transformaciones en el fenotipo de animales domesticados. Lo que sí se sabe es que la domesticación conlleva un coste genético. Hace año y medio un trabajo sobre la biología evolutiva del caballo puso de manifiesto que su doma y cría a lo largo de los últimos seis milenios ha modificado el genoma del animal. La selección de rasgos deseados para su uso como instrumento de trabajo y transporte  ha provocado también mutaciones negativas. Los caballos modernos son menos resistentes y más vulnerables a enfermedades que los linajes primigenios de los que descienden.