13/11/2019
Ciencia

El lince ibérico se recupera

Las cifras de los últimos años animan al optimismo y, si todo va bien, en 2022 dejará de estar en peligro de extinción

José Bejarano - 06/05/2016 - Número 32
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El lince ibérico se recupera
Lince ibérico en el Parque Nacional de Doñana. Camera press / Gavin Smith
El lince ibérico, durante 15 años considerada la especie de felino más amenazada del planeta, conquista nuevos territorios. Si nada se tuerce, pronto habrá tantos ejemplares en los campos de Andalucía, Castilla-La Mancha, Extremadura y Portugal que en 2017 empezará la cuenta atrás para salir del catálogo de “especie en peligro de extinción” y pasar en 2022 a ser solo “especie vulnerable”. En 2012 dejó de ostentar el título de “especie en peligro crítico de extinción” establecido por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

El último censo oficial fija en más de 400 el número de linces ibéricos, Lynx Pardinus, concentrados principalmente en los montes de Sierra Morena y las proximidades de Doñana, aunque con extensiones también en el valle del Guadiana, en el río Matachel y en los Montes de Toledo. Precisamente en los Montes de Toledo acaban de nacer los ocho primeros cachorros, cuatro fruto de la camada de Keres y los otros cuatro de la de Kuna, dos hembras procedentes de la cría en cautividad. La mejora es evidente: en 2002 había apenas 94 linces y estaban solo en Andalucía. Quedaban tan pocos que era casi imposible ver uno incluso en los alrededores del río Jándula (Jaén) o en Doñana (Huelva), los territorios donde resistieron los últimos supervivientes de la especie.

Persisten las amenazas y, lo que es peor, algunos errores en la estrategia de recuperación

Eran tan escasos que los incrédulos se preguntaban si el lince no era un fantasma, una entelequia alimentada por el sueño conservacionista de unos locos. Para otros, intentar salvarlo era poco menos que imposible. Hoy se ha extendido un “turismo lincero” con observatorios concurridos en determinadas pistas forestales de Andújar, santuario también del águila imperial, del quebrantahuesos y de la cigüeña negra.

¿Significa esto que se lo puede considerar salvado? No, ni mucho menos. Ni que haya sido fácil remontar la situación. De hecho, persisten las amenazas y, lo que es peor, algunos errores en la estrategia de recuperación. Las dos principales amenazas siguen siendo la escasez de conejos, su alimento casi exclusivo, y los atropellos, la principal causa de muerte. Al contrario que años atrás, los expertos ya no culpan de forma tan directa a la alteración del hábitat por la mano del hombre. Miguel Ángel Simón, director del programa de recuperación del lince, cree que este felino dispone de suficiente territorio para criar sin sufrir el acoso humano. El territorio del lince se reducía a 32.000 hectáreas en 2002. Ahora asciende a 180.000 hectáreas y el objetivo es ampliarlo a 300.000 en cinco años.

Escasez de conejos

El principal obstáculo es que al lince no le resulta fácil encontrar comida y eso lo obliga a aumentar el perímetro de sus desplazamientos para cazar, con el consiguiente peligro de atropello. El origen de la escasez de conejos es la epidemia de neumonía hemorrágico vírica (EHVb) y las sucesivas mutaciones del virus que la ocasiona. La segunda, detectada en 2012, ha reducido la población de conejos a menos de uno por hectárea en algunas de las zonas. En Andújar-Cardeña, por ejemplo, había una media de tres conejos por hectárea y un total de 202 linces en 2011, antes del rebrote de la neumonía. En 2014 la cifra retrocedió a 161 ejemplares en 2014, con una leve mejoría en 2015 (176).

El lince se ve obligado a asumir más riesgos para conseguir alimento y a ajustar su capacidad de reproducción. En Andújar se mantienen las 50 hembras que había antes de la llegada de la nueva variante de la enfermedad, pero en 2015 pasaron de criar 50 cachorros a solo 15. Una hembra adulta necesita un territorio de 400 hectáreas para procrear, y al menos una media de 1,5 conejos por hectárea.

Doñana ha estado tradicionalmente poco poblado de conejos, de ahí que 90 linces sea la cifra más destacada en ese espacio. Se alcanzó en 2012. En este momento, por las mismas razones que en Andújar, la población de Doñana-Aljarafe se ha reducido a 76. De los 404 linces del último censo, 361 están en Andalucía, otros 16 en Badajoz, 10 en Mértola (Portugal), 9 en Ciudad Real y 8 en los Montes de Toledo, a los que habría que sumar los ocho nuevos cachorros. A estos habría que sumar al “díscolo” Khan, que atravesó la frontera con Portugal para instalarse en el Algarve, y a Kentaro, que impulsado por el gen viajero ha recorrido media España y después de pasar por Ourense se asentó en El Bierzo leonés.

La ecuación es sencilla: sin conejos, su principal alimento, no hay linces, y a más conejos, más linces

Los linces más perjudicados por la escasez de conejos son los que viven en el perímetro de Doñana y en Andújar-Cardeña, porque partían con menor densidad que las otras regiones. Esto ha obligado a volver a construir cercados de alimentación, donde se sueltan conejos traídos de zonas donde todavía abundan, como la sierra de Cádiz, y no hay linces. La epidemia afecta también a las fincas que suministran estos conejos. Se trata de ganar tiempo para ver si algún científico descubre la manera de acabar con la EHVb. ¿Qué pasaría si la neumonía acabara por completo con los conejos? El lince entraría de nuevo en un proceso grave de regresión. La ecuación es sencilla: sin conejos no hay linces, y a más conejos, más linces.

El gran error de los momentos iniciales, que se prolongó hasta 2004, fue el excesivo énfasis en la investigación de laboratorio. Ahora, en cambio, todo se deja al albur del manejo de campo. Para colmo de males, la situación de España es una excepción: en el resto del mundo se ha trabajado históricamente sobre cómo atajar la sobreabundancia de conejos. Algunas de las enfermedades más mortíferas, como en los años 50 la mixomatosis y en los 80 la hemorrágico vírica, son fruto de decisiones en esa dirección. El introductor en Europa de la mixomatosis, procedente de Australia, el médico francés Armand-Delille, se convirtió en 1952 en el gran héroe de los agricultores de su país, pero a costa de que en España casi exterminara la especie que había quitado más hambre durante la posguerra.

En otros lugares se crean plagas que pronto llegan aquí, en este caso con consecuencias desastrosas para una especie que viene a ser el placton del bosque mediterráneo y el alimento por excelencia tanto del lince como del águila imperial. Precisamente destaca el contraste en la evolución de estas especies. Hace 15 años ambas partían de posiciones similares, con un bajo número de ejemplares, una dependencia absoluta de la disponibilidad de conejos y un alto índice de mortalidad, los linces principalmente por atropellos y las águilas, electrocutadas en los tendidos eléctricos. En toda España no quedaban más de 100 parejas, de las que 42 estaban en Andalucía. Hoy son más de 500 las parejas en el país, de las que 110 están en esa región. Miguel Ferrer, delegado institucional del CSIC en Andalucía y director del programa del águila, explica la diferencia: “Nosotros optamos desde el principio por la reintroducción y el manejo de campo y ellos tuvieron que vencer primero las resistencias de los que no querían arriesgarse a las críticas de un posible fracaso”.

No fueron pocos los científicos que se apuntaron a salvar el lince como forma de lograr financiación para sus proyectos de investigación. Miguel Ferrer destaca la paradoja de que: “En aquellos años había en los campos suficientes conejos como para haber recuperado la especie, pero todo se centró en la investigación teórica. Algún experto se negó a soltar linces nacidos en cautividad por miedo al desprestigio que hubiese supuesto que murieran. Y ahora que solo hay manejo de campo no quedan conejos, ni se investiga cómo acabar con la EHVb”.

Cría para repoblar

El éxito de la cría en cautividad ha hecho posible repoblar territorios donde históricamente hubo linces y se perdieron. A este éxito contribuyó de forma destacada la veterinaria y bióloga Astrid Vargas, que regresaba de Estados Unidos con la aureola de haber contribuido a salvar el turón de patas negras de Madagascar y del sifaka de corona dorada. Desde 1992 hasta su llegada en 2004 nadie se había tomado en serio la cría en cautividad y se destinaban a ello los peores ejemplares, heridos o viejos. Vargas logró juntar parejas jóvenes y fuertes, lo que desembocó en el nacimiento de los tres primeros linces en cautividad.

El paso lógico siguiente era entrenarlos para la repoblación (que temieran al ser humano y que supieran cazar conejos de campo), pero entonces chocó con la resistencia de los científicos. Algunos entendían la cría en cautividad como un medio de tener una “reserva biológica” que evitara su extinción total en caso de morir todos los ejemplares sueltos. Estaban convencidos de que eso era lo que iba a ocurrir. También hubo desencuentros entre la Junta de Andalucía y el Ministerio de Medio Ambiente. Ambas administraciones siempre han querido apropiarse al mediático lince ibérico.

En 2005 había linces cautivos en los centros del Acebuche (Doñana) y en el zoológico de Jerez. El éxito de la cría en cautividad dejó sin argumentos a los científicos contrarios a la repoblación, que fueron desplazados en la toma de decisiones a favor de los que primaban el manejo de campo. Miguel Ángel Simón fue el primer experto en dirigir el programa de conservación del lince. Hasta entonces siempre lo había hecho alguien vinculado a la Estación Biológica de Doñana, como Miguel Delibes o Alejandro Rodríguez, que en los años 80 hicieron la primera estimación del número de ejemplares.

El éxito de la cría en cautividad ha permitido repoblar territorios donde históricamente hubo linces

Se equivocaron, o eso sostienen todos, porque calcularon que había unos 1.100, cuando en realidad quedaban menos de la mitad. A partir de finales de los años 90 cundió el pánico. Si no se ponía solución al problema, España podía alzarse con el triste título de ser el primer país en el que se extinguiera un felino desde la desaparición del tigre de dientes de sable. En aquel momento la catástrofe era inminente, porque el censo más fiable cifró el número real en 94 ejemplares, ubicados en Jaén y Doñana. Presionadas por el movimiento ecologista y las organizaciones internacionales de conservación de la naturaleza, las administraciones tuvieron que ponerse manos a la obra y dejar de lado el afán de protagonismo.

Un felino que crea empleo

En el capítulo económico, salvar al lince ha costado hasta ahora unos 70 millones de euros, principalmente de fondos europeos. Y aún no está del todo a salvo. El último programa Iberlince, que finaliza en 2017, cuenta con 34 millones, el 60% aportado por la UE y el resto por un total de 23 socios, principalmente las administraciones públicas. El lince crea empleo. Un total de 120 personas trabajan para salvarlo, 80 en el campo y 40 en los cuatro centros de cría en cautividad de Acebuche (Doñana), Olivilla (Jaén), Granadilla (Cáceres) y Silves (Portugal).

Las primeras sueltas de ejemplares tuvieron lugar en los ríos Guadalmellato (en 2010) y Guarrizas (en 2011). Un hito fue reintroducir en 2014 linces en territorio portugués, concretamente en el valle del Guadiana. En el 85% de los casos se emplearon para ello ejemplares nacidos en cautividad, previo entrenamiento para que fueran capaces de cazar en la naturaleza, temieran al ser humano y se relacionaran con otros individuos de su misma especie. El otro 15% corresponda a ejemplares capturados en la naturaleza y trasladados a otros territorios con la finalidad de mejorar la variabilidad genética.

Distintos territorios

Otra consecuencia de que se haya reducido tanto el número de linces es que ahora todos son, si no hermanos de sangre, al menos primos. Quedaron pocos y aislados en dos territorios sin conexión posible, Doñana y Sierra Morena. La variabilidad genética fue uno de los primeros problemas a abordar para aumentar su capacidad reproductiva. La gravedad de la situación de Doñana aconsejó trasladar seis ejemplares de Sierra Morena. De los 20 cachorros nacidos en 2011, al menos 16 ya eran hijos de uno de los traídos de Jaén. Han nacido cachorros de tercera generación y la mezcla ha permitido mejorar la variabilidad genética y, con ello, aumentar la resistencia y la capacidad de reproducción.

Salvar la especie ha costado hasta ahora unos 70 millones de euros, principalmente de fondos europeos

También se ha tratado de conectar los distintos territorios de repoblación partiendo de la mayor concentración de Jaén. En 2009 se soltaron los primeros ejemplares en el Guadalmellato. Ahora hay una población estable que prolonga la presencia de linces hacia el oeste, en la provincia de Córdoba. La suelta de ejemplares de Guarrizas ha prolongado el territorio del lince hacia el este, con una población estable en Ciudad Real. Desde las proximidades de Doñana, los linces se han expandido hacia el este, especialmente en Aznalcázar, pero no más allá del Aljarafe, debido al gran muro que representa la concentración urbana del entorno de la capital sevillana. Un sueño sería conectar el entorno de Doñana con Badajoz y Córdoba a través del valle del Guadiamar.

La situación actual es bastante mejor que al principio, pero la evolución es demasiado lenta y se enfrenta a muchas incertidumbres. La población de 404 ejemplares de 2015, frente a los 327 de 2014 y sobre todo a los 94 de principios de siglo, mueve al optimismo. También la extensión del territorio. Pero la escasez de alimentos genera una regresión en Doñana y Andújar-Cardeña, los dos núcleos más poblados y origen de la “refundación” de la especie. Esto se ha visto compensado por las repoblaciones hechas en Portugal, Castilla-La Mancha y Extremadura. Con todo, lo importante es que salvar al lince ibérico ha dejado de ser un sueño imposible.

Los atropellos, la gran amenaza

José Bejarano
Desde que se atajaron la caza furtiva y el trampeo, las carreteras han sido la principal sangría para la supervivencia del lince. Desde 2002 han muerto 187 linces, el 44% por atropellos. En 2011 fueron atropellados 4, el siguiente 9. En 2013 fueron 14, otros 21 en 2014 y 10 en 2015.

El año pasado nacieron 53 en cautividad y en 2014 murieron 28 atropellados. Con todo, es un síntoma de mejoría porque la causa principal es el aumento del número de ejemplares, lo que obliga a los más jóvenes a dispersarse en busca de un territorio propio. La escasez de alimento los empuja a mayores desplazamientos para encontrar los escasos conejos.

Antes los atropellos se producían sobre todo en dos carreteras próximas a Doñana, la que va de Almonte al Rocío y la que une Matalascañas con Mazagón. Los pasos subterráneos y las señalizaciones han reducido las muertes en estos puntos negros, pero ahora los atropellos tienen lugar en la zona del Aljarafe porque la mayoría de los linces ya no estn en Doñana, sino en los alrededores. Sobre todo en Aznalcázar, La Palma del Condado y La Puebla del Río. En Jaén se ha creado un nuevo punto negro en la A4 a la altura de Andújar y Bailén.

Menos protección, mejor hábitat

José Bejarano
Doñana y lince, lince y Doñana, han ido de la mano desde que el conservacionismo descubrió el valor insustituible del espacio natural de la desembocadura del Guadalquivir.

Sin embargo, hace tiempo que los linces han ido abandonando la zona de mayor protección del Parque Nacional de Doñana, hasta el punto de que en el núcleo de la reserva biológica, el territorio de máxima protección, no queda ni uno. En la parte del parque nacional puede que entre y salga esporádicamente alguno, pero casi todos están en el perímetro exterior, extrañamente buscando los campos próximos a urbanizaciones de Aznalcázar, La Puebla del Río y La Palma del Condado.

Nadie se atreve a dar una explicación al abandono del entorno más protegido, pero la ausencia de conejos puede tener algo que ver con el fenómeno. En Doñana no hay conejos porque, además de los estragos de la neumonía hemorrágico vírica, la reserva biológica se ha negado siempre o ha puesto muchas trabas a cualquier manejo humano.

Vista general de la Pajarera de Doñana. edUARDO ABAD / EFE

Bajo el principio de que la reserva debe evolucionar libremente sin intervención externa, no se autorizan los desbroces que facilitarían la vida de los conejos ni las repoblaciones. En este espacio se superponen las competencias de tres administraciones, tradicionalmente enfrentadas. Por una parte, el espacio de máxima protección, denominado Reserva Biológica de Doñana, es competencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Alrededor de ella se ciñe el parque nacional, competencia del Ministerio de Medio Ambiente. Por último, el segundo anillo lo forma el parque natural, en manos de la Junta de Andalucía.

Fiel a su cometido, el CSIC concentra en la investigación toda la actividad de la reserva biológica. Pero el lince necesita manejo más que observación. Sobre todo, necesita un alimento que escasea en Doñana. Lo mismo que en el resto del territorio hasta ahora más poblado. La paradoja de este momento es que la población de linces encuentra mejor hábitat en los territorios menos protegidos por la legislación ambiental.