14/10/2019
Análisis

Claves para cambiar el modelo productivo

La reducida dimensión de las empresas españolas afecta a la productividad media de los empleados

Rafael Myro - 12/02/2016 - Número 21
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El cambio de modelo productivo que necesita la economía española no consiste tanto en producir bienes y servicios diferentes, sino en producir de otra manera (aunque a medio plazo esto último conduzca a lo primero). Más que en la variedad de productos, la transformación debe enfocarse en la calidad y la exclusividad que esos productos poseen, es decir, en su grado de diferenciación con respecto a los que ofrecen las empresas de otros países. Tal transformación requiere dotar al sistema productivo de un mayor capital humano y aumentar el esfuerzo innovador. Ese cambio en la forma de producir también incluye el hacerlo en compañías de mayor dimensión, escapando de un predominio excesivo de las pequeñas empresas. 

La empresa española se concentra en los tamaños más pequeños, particularmente en el de menos de 10 trabajadores, con una escasez relativa de compañías de gran dimensión (por encima de 500 empleados). Entre los autónomos y las firmas de menos de 10 trabajadores se cuenta casi el 96% de las empresas, mientras que las de más de 500 empleados solo suponen el 0,05% del total, esto es, 1.691 de las más de tres millones registradas en España (ver gráfico 1). 
 

 

Esta estructura es aún más acusada en las actividades de construcción y de servicios y es menos característica de la industria manufacturera, donde las firmas de menos de 10 empleados son solo el 80%. Por otra parte, el elevado peso de las microempresas en todos los sectores es más ostensible cuando se compara con Alemania y Reino Unido y resulta más moderado en la comparación con Francia. En Italia, por el contrario, el peso de las empresas pequeñas es mayor que en España.

La baja productividad en España remite a las deficiencias en el capital humano y tecnológico acumulados

Esto significa que España tiene un problema de dimensión empresarial, pero también que no se trata de un problema tan grave como a menudo quiere pintarse, o cuando menos, no más severo que otros que dificultan el crecimiento regular y sostenido de la economía española, como la calidad de la educación o la escasez de innovación. Para valorar mejor la posición comparada de España, el gráfico de la página 13 muestra la relación que existe entre dimensión empresarial media y renta per cápita en diferentes países, una relación conocida y poco sensible a las diferentes formas en que puede medirse el tamaño de la empresa (es más fuerte si se cuentan los autónomos como empresas). Pues bien, la dimensión media de la empresa española se sitúa por debajo del rango que correspondería al nivel de renta per cápita alcanzado por nuestro país. Como señalan Emilio Huerta y Vicente Salas en un espléndido trabajo sobre este tema (Mediterráneo Económico, nº 25), del que se toman los datos de este gráfico, la relación positiva entre tamaño de la empresa y PIB per cápita es probablemente un primer indicador de que ambos factores poseen algunos determinantes comunes. Pero el que esta relación no sea más intensa también parece evidenciar que hay otros factores que influyen en el tamaño medio de la empresa.

Efectos y causas

La menor dimensión empresarial aparece siempre unida a una menor productividad del trabajo (un menor salario), una inferior intensidad exportadora, un esfuerzo tecnológico más bajo, una baja dotación de capital humano y un menor gasto en formación. La razón es que un reducido tamaño de la empresa limita las economías de escala que pueden conseguirse en la producción e impide hacer frente a los costes fijos que conlleva la exportación y el esfuerzo tecnológico. Por otra parte, el menor tamaño encarece la obtención del capital, poniendo límites al endeudamiento externo. El gráfico 2 muestra la relación entre tamaño empresarial y productividad para España y la UE-28. De él se deduce que el predominio de pequeñas empresas en España conduce a una menor productividad media de los empleados. Y como esta última es la clave del aumento del PIB per cápita a largo plazo, se confirma la relación positiva ya comentada entre dimensión empresarial y renta por persona. Pero hay algo más, porque la productividad media de los empleados españoles se ve también negativamente afectada por la menor productividad comparada de las empresas más pequeñas. De manera que no solo hay un problema de dimensión media de las empresas, sino también un problema de productividad. Este último no remite tanto a deficiencias en el capital físico utilizado por trabajador, que es bastante elevado ya en España, como a deficiencias en el capital humano y tecnológico acumulados.

De lo anteriormente expuesto, muchos analistas, políticos y gestores deducen que la baja dimensión empresarial es la causa de los déficits de productividad, internacionalización y esfuerzo tecnológico que poseen las empresas y la economía española. Pero no necesariamente es así, pues la reducida dimensión de las empresas puede obedecer a otras causas últimas, que sean también las que explican el bajo esfuerzo tecnológico y de internacionalización. Esto es lo que apuntan Emilio Huerta y Vicente Salas en el trabajo ya mencionado, en el que identifican la baja calidad de la gestión empresarial como causa última de los diversos déficits que muestra la empresa española, comenzando por la pequeña dimensión.

Una baja calidad de la gestión—que limitaría la ambición empresarial y la capacidad del equipo dirigente para definir y abordar planes de expansión e internacionalización e implicar en ellos a los trabajadores— remite a un problema de profesionalización, capacitación y cualificación de los equipos, de dificultad para combinar el liderazgo con la delegación de tareas y los esquemas de participación y motivación de los trabajadores. Y los problemas para delegar tareas e integrar a los trabajadores en la toma de decisiones no serían sino una interiorización en el ámbito de la empresa de la falta de confianza en los otros que caracteriza a la población española, en concordancia con un resultado obtenido en algunos análisis realizados: la relación positiva entre la confianza que depositan los ciudadanos de un país en sus vecinos y la dimensión de sus empresas.

Otros factores que limitan el tamaño empresarial pueden desempeñar un papel relevante en el caso de España, aunque ello no queda claro en los pocos  análisis realizados hasta ahora. Entre estos factores se encuentran la falta de competencia en los mercados, la escasa flexibilidad del mercado laboral —en la contratación y despido en concreto— o los incentivos fiscales y de otro orden al pequeño tamaño: menores tipos impositivos, menores exigencias sindicales, de auditoría o de inspección fiscal. Miguel Almunia y Daniel López Rodríguez han demostrado que las empresas evitan alcanzar en sus declaraciones tributarias el ingreso de 6 millones de euros, a partir del cual se pone en marcha la inspección fiscal de la Unidad de Grandes Contribuyentes. Sin embargo, este interesante resultado solo tiene relieve para empresas con más de  50 trabajadores, que no constituyen el principal problema. Por otra parte, de él no se infiere que las empresas se resistan a aumentar de tamaño exclusivamente por razones fiscales, aunque sí parecen ralentizar su expansión.

Siete líneas de cambio

No se trata tanto de engrosar el tramo de empresas de mayor dimensión, sino el de las compañías medianas, entre 50 y 200 trabajadores. Una primera línea de avance reside en tomarse la educación mucho más en serio, desde las etapas más tempranas, aumentando su calidad y fomentando las habilidades creativas de los alumnos. La segunda consiste en la eliminación de la dualidad de contratación en el mercado de trabajo, suprimiendo los contratos temporales sin causa clara y potenciando los gastos de formación de las empresas. En tercer lugar, la desaparición de aquellos aspectos que favorecen el bajo tamaño empresarial, reformando la regulación y fiscalidad de las empresas para hacerla menor, más sencilla, ágil y transparente.

La poca calidad de la gestión empresarial genera los diversos déficits que muestra la empresa española

Una cuarta línea de cambio sería el fomento de formas de financiación más proclives a la asunción de riesgos de lo que es la bancaria. La quinta consistiría en apostar por la inclusión, dentro de las políticas públicas de promoción y contratación, de las compañías que muestren capacidades altas de gestión, favoreciendo al mismo tiempo el desarrollo de consultorías a las que puedan acudir las empresas. En sexto lugar, la armonización de las normativas de mercado en todo el territorio nacional, clausurando espacios locales y regionales privilegiados para algunas compañías. Por último, el apoyo firme a la internacionalización y a la innovación. Aunque estas actividades dependieran sobre todo de la calidad de la gestión empresarial, esta se vería incrementada de forma indirecta si las empresas se vieran obligadas a hacer más complejo el universo tecnológico y de mercados en el que se desenvuelven. Las estrategias públicas en Alemania de impulso de la internacionalización con las Mittelstand deberían ser un ejemplo a seguir.