21/1/2022
Literatura

Como una gabarra por el Rin

Lluís Foix ha escrito una crónica personal del periodismo

Tomás Alcoverro - 13/05/2016 - Número 33
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Como una gabarra por el Rin
Edificio de ‘La Vanguardia’ en 1956, en la calle Pelayo de Barcelona.
El diario ha sido como aquellas gabarras que bajan por el Rin, cargadas de productos diversos que trasladan hacia el mar, por toda la Europa central. De vez en cuando hacen sonar su sirena, grave y rotunda, advirtiendo sobre su paso. Siempre van por el medio de la corriente. Saben que si se escoran quedarán trabadas en una orilla.” Con esta metáfora del estilo barojiano de algunos de sus Elogios, Lluís Foix empuja la puerta giratoria, Aquella porta giratòria que había dado tantas vueltas en la redacción de La Vanguardia de la calle Pelayo 26, hasta que un día su propietario Javier Godó decidió trasladar la redacción a la avenida Diagonal.

No podría haber elegido Lluís Foix una mejor imagen para describir un tiempo de su historia y de nuestra generación periodística. Él ingresó en el periódico en 1969 tras dos tentativas de ser recibido por el director Horacio Sáenz Guerrero, quien, al final, a altas horas de la noche tras revisar las páginas del cierre del diario, consintió en encargarle un trabajo eventual de traductor de inglés en la sección de internacional del diario.

Ganador del premio Josep Pla 2016, el libro está hecho con emociones y recuerdos, no con fichas de archivo

Abundando en el tema de su arte de navegar, insiste en que La Vanguardia “ha servido a todos los partidos y regímenes, en todas las épocas y circunstancias y ha dependido siempre de la dirección de los vientos políticos. Una cierta cobardía pactista que ha caracterizado a muchos catalanes durante los últimos siglos ha quedado perfectamente reflejada en las páginas de este diario centenario”. Es palmario que su calidad periodística y su adaptación a las circunstancias le han permitido sobrevivir.

Historia de un periódico

Lluís Foix llevaba este libro, esta historia de La Vanguardia personal y de su tiempo, en sus entrañas. Se han publicado otras, como la oficial de Josep Maria Casasús, o la de Gaziel editada en Francia en 1971. Pero Aquella porta giratòria, ganadora del premio Josep Pla 2016, es una criatura literaria hecha con emociones, recuerdos, nostalgia, no con investigaciones o fichas de archivo.

Uno de los aspectos que más llama la atención es que en aquellas “décadas prodigiosas”, como diría Terenci Moix, la empresa era muy rumbosa, ganaba dinero a espuertas —a dojo, en catalán, como escribe varias veces Foix—. En la década de los 70 el diario tenía cerca de 1.700 empleados, alcanzaba 300.000 ejemplares en su edición dominical, y su redactores en plantilla sentían que habían conseguido un trabajo para toda la vida. Su redacción, con la sala de espera de la mesa redonda, en la que Lluís Foix, como todos en aquella época, esperaba impaciente a ser recibido por el director, Santiago Nadal, el que fuera redactor jefe de internacional, que abrió a tantos periodistas las puertas de La Vanguardia, el ABC y Destino, con sus solemnes despachos, su noble biblioteca y sus largos pasillos que le daban un aire de sede ministerial. Los ordenanzas, omnipresentes, trajinaban papeles de las mesas de los redactores a la imprenta.

Un alevín del oficio

Foix ha sabido transmitir su primera mirada, sus recuerdos de “alevín” de periodista, como diría Antonio Carrero, uno de los personajes de la sección de internacional, con Santiago y Carlos Nadal, sus colaboradores, y los vespertinos y nocturnos visitantes como Albert Manent, Manuel Jiménez de Parga, el gran escritor en periódicos Álvaro Ruibal, que firmaba con el seudónimo de ERO sus magníficos artículos.

Es mucho más que una nostálgica estampa de un tiempo, de una cierta confianza y alegría picaresca

Aquella porta giratòria es mucho más que una nostálgica estampa de un tiempo, de una cierta confianza y alegría picaresca, que se expresaba por ejemplo en la frecuencia de improvisados ágapes nocturnos en las mesas. Refleja cómo la empresa familiar marcaba las relaciones con la redacción y la administración, pero también las intrigas del poder, el miedo a la censura o la incertidumbre de los puestos directivos. Cuando Foix, que era corresponsal en Washington, fue convocado en 1982 a Barcelona para encargarse de la dirección del periódico sintió que se acercaba a un “nido de avispas”.

Los últimos capítulos, después de los dedicados a retratos de personajes de la redacción, tratan de sus estancias y viajes por el extranjero y concluyen con la intención de completar su relato sobre las peripecias de su breve etapa de director.

“En periodismo —escribe en el ultimo párrafo— los cargos tienen una importancia relativa sobre todo cuando se pierden por razones inesperadas. La escritura y la profesión siempre te salvan.”

Aquella porta giratòria
Aquella porta giratòria
Lluís Foix Carnicé
Grup 62, Barcelona, 2016, 243 págs.