18/9/2019
Literatura

Lo sublime y lo grotesco del periodismo

Dos cronistas escribieron sendas piezas de eventos deportivos: McPhee, de un partido de tenis y Hunter S. Thompson, de una maratón

Jaime G. Mora - 13/05/2016 - Número 33
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Verano de 1968. En el año más recordado de la década que cambió Estados Unidos, cuando asesinaron a Martin Luther King y Robert F. Kennedy y cuando Richard Nixon ganó las elecciones, dos tenistas semiprofesionales se enfrentan en las semifinales del primer US Open de la historia. Eran Arthur Ashe y Clark Graebner, ambos nacidos en 1943 y se conocían desde los 13 años.

John McPhee, mientras seguía el partido por la CBS, decidió proponer un reportaje a The New Yorker, a la que se acababa de incorporar. Con la autorización del director, William Shawn, consiguió la cinta el mismo día que iba a ser borrada del archivo y empezó a trabajar en Los niveles del juego (Dioptrías, 2015), una crónica perfecta. Un libro que, entre el primer y el último punto del partido, retrata aquellos EE.UU. agitados por la conquista de los derechos civiles sin hacer una sola referencia a ellos.

“Ashe cree que el juego de Graebner se debe a que es un blanco conservador de clase media; Grabner cree que la forma de jugar de Ashe se debe a que es negro.” Cada frase en este libro publicado en 1969 es como los puntos de un partido de tenis: son frases cortas, directas y potentes, sin adornos florales ni imposturas. “Las bolas nuevas suponen una ventaja considerable para quien sirve, algo así como un suministro de balas”, escribe McPhee.

La escritura gonzo del más rebelde resulta gastada, el clasicismo y el rigor de McPhee todavía brillan

El maestro de la no ficción estadounidense —por sus clases en Princeton han pasado algunos de los mejores cronistas de las últimas décadas— despliega en Los niveles del juego una colección de recursos asombrosa. De la narración aséptica de los puntos pasa a reproducir los pensamientos de los tenistas, que mientras juegan el partido más importante se despistan con sus comidas favoritas o se lamentan por el último tiro de su rival. Solo es posible conseguir tal nivel de detalle con horas y horas de entrevistas con los personajes.

McPhee cuenta el número de veces que botan la pelota antes de sacar, lo importante que es para Graebner mirar a su mujer en la grada o el tamaño de los callos que tiene en sus manos. Pero también cuenta los orígenes de los dos tenistas: Ashe, demócrata y de clase trabajadora; Graebner, protestante, republicano, con una fotografía firmada por Nixon en su despacho.

McPhee practica la escritura fáctica. Ese concepto de nuevo periodismo que proclamaron Tom Wolfe y compañía no es más que “etiquetar por etiquetar”, dijo a The Paris Review el autor de Los niveles del juego. Nada que no hubieran hecho periodistas de la generación anterior. McPhee ha publicado una treintena de libros, todos ellos con la editorial Farrar, Straus and Giroux. En ninguno aparece su fotografía. “Nunca tuve ningún interés en hablar sobre mí mismo.”

La maratón de Honululú

En la primavera de 1980 la revista Running le pidió a Hunter S. Thompson, otro reportero de la generación de McPhee, que cubriera la maratón de Honolulú, que redujera “a unas cuantas líneas lo que potencialmente podría ser un ladrillo”. La publicación le prometió un sueldo excelente y pagar todos los gastos. “Querido Ralph: Creo que esta vez nos ha tocado un pardillo —le dice el escritor a un viejo amigo—. Un gilipollas al que apellidaron Perry en Oregón nos quiere regalar un mes en Hawái, por Navidades.”

Dicho y hecho. En La maldición de Lono (Sexto Piso, 2016), publicado por primera vez en 1983 en una pequeña tirada, Thompson despacha la maratón en unas pocas páginas. ¿Por qué corren esos mierdosos?, se pregunta. ¿Por qué se castigan de un modo tan brutal, si no hay premio alguno? Pero el fin de semana se ha acabado y no buscará respuestas. “El periodismo es un billete para la atracción”, dice. Y la de Thompson consistía en beber y drogarse para contar una alucinación detrás de otra. En escribir bajo los efectos de cualquier sustancia salvo la marihuana, la única droga incompatible con la escritura, según él. Es el periodismo gonzo: llegar hasta donde el nuevo periodismo de Wolfe no se atrevía. “El problema de Wolfe es que es demasiado frágil como para participar en sus propias crónicas”, decía Thompson.

“La maratón —ya lo advierte el autor desde el principio— solo iba a ser una parte de mi historia: el resto tendría que ser el propio Hawái”, donde durante el tiempo que allí pasa Thompson se celebra la fiesta de Lono, el dios de la paz y la abundancia. Este es el otro hilo narrativo del libro: entre un capítulo y otro cuela fragmentos de El último viaje del capitán James Cook para explicar sin demasiado éxito la importancia de la leyenda del dios entre los habitantes.

Al final Thompson dirá que se ha reencarnado en Lono: “El que han estado esperando durante todos estos años. El capitán Cook solo fue otro marinero borracho que tuvo suerte en los mares del Sur”. Una provocación a las creencias de la ciudad que lo volverá a poner en peligro, aunque a esas alturas resulte imposible temer por él. Un amigo le había advertido de que en ese ambiente, con tanta “tensión”, solo se podía acabar como un “chiflado”.

Una maratón y un partido de tenis. La escritura gonzo del más rebelde de los nuevos periodistas, que un día fue transgresora, hoy resulta gastada y grotesca. El clasicismo y rigor de McPhee brillan como el primer día.

Los niveles del juego
Los niveles del juego
John McPhee
Traducción de Carlos Cerdeña de la Rosa
Dioptrías, Madrid, 2015, 172 págs.
La maldición de Lono
La maldición de Lono
Hunter S. Thompson
Traducción de Jesús Gómez Gutiérrez
Sexto Piso, Madrid, 2016, 208 págs.