23/6/2017
Internacional

Contra la mortalidad materna, bombín y bata blanca

Leonarda, una partera aimara, encarna tanto el problema como la solución a la epidemia que asola Bolivia: 206 muertes por cada 100.000 nacimientos, casi el triple de la media regional

Contra la mortalidad materna, bombín y bata blanca
Desde 2009, ninguna mujer ha muerto en el parto en Patacamaya. En la imagen, la partera doña Leonarda. J. Sauras

Bajo la luz mortecina de la sala de parto más inusual de América, una partera tradicional boliviana, un médico con experiencia internacional, una mujer indígena embarazada y su madre sopesan, en silencio, qué hacer con un bebé que no quiere abandonar por ningún medio el vientre materno. Cada minuto que se alarga el parto, más peligroso se hace para la parturienta, y ya ha pasado casi un día desde que la mujer ingresó en la clínica. En Bolivia, uno de los países con la tasa de mortalidad materna más alta de América Latina, este retraso es una amenaza. Pero la estadística juega a favor de la embarazada, porque la cama donde ahora sufre se encuentra en Patacamaya, una localidad aimara del altiplano a 4.000 metros sobre el nivel del mar.

Doña Leonarda, la partera, toma el pulso de la embarazada mientras trata de calmarla. La paciente no se siente cómoda en la clínica. La noche anterior su madre llamó a doña Leonarda desde La Paz y le pidió atender el parto de su hija de acuerdo a las costumbres aimaras. La partera aceptó, así que a pesar del avanzado estado de gestación, las mujeres se subieron a una furgoneta que las condujo de madrugada hasta Patacamaya. Ahora, sin embargo, en lugar de estar en el consultorio privado de doña Leonarda, madre e hija se encuentran atrapadas en la misma red de la que querían escapar: el sistema público de salud boliviano.

Hay jadeos, gemidos, lloros, alaridos, fluidos, tensión, humedad, olores... Y, finalmente, el milagro de la vida

Tumbada sobre su espalda, con los ojos abiertos de par en par, la futura madre parece aterrada. Una joven enfermera se dirige al doctor Henry Flores y le sugiere llamar a una ambulancia para que devuelvan a la mujer a La Paz y le hagan una cesárea. “No sería lo mejor,” responde el doctor. Tardarían más de dos horas en llegar a la ciudad y sería demasiado peligroso, un viaje quizá demasiado largo para la embarazada. El dolor cada vez se hace mayor y ella ya casi ha dilatado. Midiendo las contracciones, el doctor Flores le pide a la enfermera que prepare un suero intravenoso. “Son solo vitaminas,” dice doña Leonarda a la madre de la paciente, que solloza sobre la cama contigua. Flores mira el reloj por enésima vez y, decidido, se dirige a la partera: “¿Probamos de la manera tradicional?”. Doña Leonarda se desprende de su bombín y responde en un español roto: “Muy débil, pero creo que puede.”

La manera tradicional

La madre, la partera, el doctor y la enfermera extienden una colchoneta verde sobre el suelo de la habitación y ayudan gentilmente a la embarazada para que se coloque encima de ella. Arrodillada, con la cabeza apoyada contra los muslos de su madre y su falda larga recogida por doña Leonarda, la mujer le da la espalda al doctor Flores. Van a practicar un parto vertical, la manera tradicional de parir en esta región andina, peligrosamente ignorada en las universidades bolivianas. Es un método que el doctor ha aprendido con la práctica, junto a los curanderos y las parteras del altiplano. Hay jadeos y gemidos, lloros y alaridos, fluidos, tensión, humedad, olores... Y, finalmente, el milagro de la vida.

Para Leonarda Quispe —o doña Leonarda, como la conocen en la comunidad—, es el último trabajo del día. Pero no tendrá mucho descanso. Unas horas antes, mientras esperaba un plato de ch'arki con chuño (carne de llama y patata deshidratada) frente a un puesto callejero, el teléfono móvil sonaba con insistencia bajo los pliegues de su pollera, la falda tradicional. “Otro paciente”, dice después de colgar. La visita está programada para las cinco de la mañana.

“Primero acuden a mí y yo les llevo al hospital, con los médicos”, explica, superando la barrera del idioma. Doña Leonarda es una de las parteras más estimadas de su localidad y todos los días comienza a recibir visitas desde antes del amanecer. Junto a ella, su marido Vitaliano Vásquez hace de ayudante, chófer e intérprete. Don Vitaliano también es médico tradicional, kallawalla, parte de una estirpe de curanderos itinerantes famosos por su habilidad en la preparación de jarabes y ungüentos desde los tiempos de los incas. Aimaras de todo el país acuden a su consultorio para ser atendidos conforme a sus creencias tradicionales.

"Ellas querían que solo yo las atendiera”, dice sobre la madre y la hija que han venido de La Paz. “Tenían miedo de las batas blancas, de que los doctores no les entendieran y les regañaran.” La fuerza de la medicina tradicional en Bolivia no se basa solo en la confianza de la población indígena en los remedios naturales, sino también en un crisol de costumbres culturales y en el pudor de las mujeres aimaras, que no quieren ser tocadas por un hombre que perciben como un extraño. La suma de estos factores explica por qué muchas mujeres eligen dar a luz en casa, a menudo en áreas remotas, en lugar de en los hospitales.

Parir en el altiplano

Doña Leonarda encarna tanto el problema como la solución a la epidemia de mortalidad materna que asola Bolivia: 206 muertes por cada 100.000 nacimientos, casi el triple de la media regional (en los últimos 25 años, más de 10 millones de mujeres han muerto en el mundo por complicaciones en el embarazo). Nacida en una pequeña localidad indígena aimara, lleva ayudando a dar a luz a otras mujeres desde que tenía 12 años, y nunca nadie ha muerto bajo sus cuidados, "ni una mujer ni un niño”, dice ella, lo que probablemente sea un récord en el país andino para alguien que afirma haber atendido más de 10.000 partos.

Las mujeres aimaras no quieren ser tocadas por un hombre que perciben como un extraño

Las parteras siempre se han encargado del alumbramiento en el altiplano boliviano, uno de los lugares mas pobres de Latinoamérica. Lejos de los servicios médicos, carentes de formación académica y marginadas del sistema público sanitario, ellas aportan la única ayuda que la mayoría de las mujeres obtienen al dar a luz. Pero sus esfuerzos no son suficientes. Cientos de mujeres mueren cada año durante el parto en una maldición que persigue a uno de los grupos más vulnerables de la Tierra: pobres, indígenas, procedentes de las zonas rurales, con bajos niveles de educación y alfabetización. Cuando en 2001 se puso al frente del hospital municipal, Flores estaba casi recién graduado. El doctor pertenece a una familia aimara pero, al crecer en la ciudad, la cultura indígena le resultaba exótica. Patacamaya, hogar de 20.000 personas en una región de campesinos y pastores de llamas, parecía un buen lugar donde cumplir sus anhelos. Sin embargo, al poco de poner un pie en la clínica se topó con un misterio. ¿Dónde daban a luz las mujeres embarazadas? Él era un médico bien formado, con cinco años de estudios en la mayor universidad de La Paz y un máster de posgrado en España. A pesar de ello, no podía imaginar por qué el ala pediátrica del hospital estaba siempre abarrotada si la sala de partos estaba vacía.

Fue entonces, con ayuda de la ONG Médicos del Mundo, cuando decidió llamar a la puerta de doña Leonarda. “Más del 60% de la población en Bolivia se identifica con uno de los grupos indígenas del país”, explica Flores. Los aimaras, más de dos millones, ocupan una posición de privilegio en las administraciones desde que Evo Morales llegó a la presidencia en 2006, pero en Bolivia hay también 2,2 millones de quechuas, 130.000 guaranís, 100.000 moxeños, 80.000 araonas y muchos más grupos. “Esto requiere que nuestro sistema de salud oriente su servicio a la interculturalidad.” En otras palabras, que las prácticas culturales de los pueblos indígenas se reconcilien con la medicina.

De acuerdo con su idea, Patacamaya tiene ahora un único tipo de servicio sanitario, adaptado a las necesidades aimaras. Las parteras son bienvenidas y los curanderos indígenas tradicionales tienen sus propias consultas, puerta con puerta con cirujanos especializados y especialistas cualificados. Doña Leonarda y su marido son parte del personal, y los médicos como Henry Flores a menudo acuden a ellos. Las salas de partos en la clínica de Patacamaya parecen pequeñas casas rurales: hay cocinas dentro de las habitaciones, junto a pequeñas ventanas de cortinas espesas, las paredes están pintadas en colores cálidos, el mobiliario de madera y las mantas marrones cubren el lugar y nada es blanco o brillante. A la entrada de las salas de parto, en rojo pálido sobre amarillo claro, hay un dibujo de una madre con un bebé próximo a un cartel que dice en aimara “salas de partos”, aunque en la clínica todos las conocen como salas de partos interculturales.

“Hemos convertido tradiciones en prácticas profesionales”, explica Flores. “Todo el mundo sabe que en las áreas rurales la mujeres demandan un tipo de atención diferente pero, durante años, la clase médica dirigente intentó negarlo. En Patacamaya, la actitud de la dirección marcó realmente la diferencia. “Hace 10 años nadie sabía con exactitud cuántas mujeres y niños estaban muriendo. A la mayoría de ellos los sepultaban en sus comunidades, a veces incluso en sus casas, y las autoridades no tenían ni idea de la verdadera magnitud de esta tragedia”.

Nuevas políticas

En 2009, el Gobierno introdujo un cupón sanitario (bono Juana Azurduy) para incentivar a las mujeres a visitar las clínicas. Ahora, cada vez que van al doctor para cuidados prenatales obtienen 50 bolivianos (7,2 euros), más otros 120 (17,5 euros) si dan a luz en una instalación sanitaria. Esto ha facilitado a los doctores identificar cuántos nacimientos hay al año en cada comunidad y cómo actuar de acuerdo con ello. “Las políticas gubernamentales han llevado a las madres e hijos hasta los doctores”, dice Flores. “Ahora podemos hacer que sigan viniendo o echarlas.”

El Ministerio de Medicina Tradicional e Interculturalidad, creado en Bolivia para lidiar específicamente con este problema, es una declaración de intenciones desde el Ejecutivo, pero como carece de recursos, tiene que pedir ayuda constante a las ONG y a las agencias internacionales de desarrollo. Esto da a Susy Vargas, coordinadora de la rama boliviana de Médicos del Mundo, cierta influencia sobre las instituciones. “Los gobernantes nos escuchan y estamos tratando de desarrollar alguna estrategia conjunta con ellos,” dice.

“Tenemos que convencer a las administraciones locales para que inviertan tanto en la formación de doctores tradicionales y modernos como en la adaptación de las salas de partos para dejar a los bolivianos escoger cómo quieren mejorar su sistema sanitario y para dejar a las mujeres decidir cómo quieren dar a luz. Esta estrategia se extrae de la experiencia en Patacamaya, pero es de más largo alcance.” Este principio es fundamental para cualquier iniciativa que busque replicar el modelo de Patacamaya.

Este reportaje forma parte de Mothers and Children First, un proyecto de periodismo interactivo sobre mortalidad materna y salud intercultural financiado por la Fundación Bill y Melinda Gates a través de las Innovation in Development Reporting Grants, ayudas gestionadas por el Centro de Periodismo Europeo y concedidas en concurso público.