18/11/2019
Internacional

La reunificación de Corea, un sueño que envejece mal

Los jóvenes surcoreanos ignoran las amenazas nucleares de Kim Jong-un y no comparten los traumas de la guerra de sus mayores

Guillermo D. Olmo - 24/06/2016 - Número 39
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La reunificación de Corea, un sueño que envejece mal
En la competición "space-out" en Seúl, los participantes no pueden hablar, dormir, comer ni usar aparatos electrónicos. JUNG Yeon-JE / AFP / Getty
A los jóvenes no les importa la reunificación de las dos Coreas”, dice el anciano guía del Memorial Nacional de la Guerra en Seúl. Kim San-gon sirvió toda la vida en el Ejército de Corea del Sur. Ahora se gana la vida explicando a los visitantes los detalles de la contienda que dividió la península. Aquello fue un trauma para su generación y la de sus padres, muchos de los cuales murieron en el campo de batalla por el sueño de un país unido. De ahí el tono de reproche hacia los jóvenes, cada vez menos interesados en la herida de un pasado que conocen solo por manuales escolares.

Como resultado de la guerra librada entre 1950 y 1953, hoy hay dos estados coreanos. Uno capitalista, avanzado y próspero en el sur. Un peculiar régimen comunista con armamento nuclear en el norte que, según las ONG y los organismos internacionales, viola sistemáticamente los derechos humanos. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, los coreanos, que resistían desde 1910 la cruel ocupación japonesa y buscaban su independencia, se encontraron con que la rivalidad entre Estados Unidos y la URSS provocaba una escisión entre la república instaurada al norte por Kim Il-sung y el sur de Syngman Rhee. Corea del Norte invadió el sur, dando inicio a una guerra civil e internacional. Washington y sus aliados apoyaron al sur, y la China de Mao Zedong al norte. Tras tres años de combates que arrasaron el país, ambos bandos firmaron un armisticio que trazó en el paralelo 38 la actual frontera. Así nació la herida de la partición, que pervive como recuerdo doloroso en la mentalidad colectiva de los mayores. Pero el tiempo lo va borrando.

La tradición budista y confuciana de Corea se ha diluido y su visión es similar a la de los jóvenes de EE.UU.

Esa historia les suena lejana a los surcoreanos que hoy tienen entre 20 y 30 años. Conocidos como yishipdae (los veinteañeros), no sufrieron los horrores del conflicto ni las privaciones posteriores. Crecieron en un país democrático, occidentalizado a marchas forzadas y con una de las economías más pujantes de Asia. La Corea que ellos han vivido es la del éxito de multinacionales como Hyunday o Samsung, una sociedad de consumo frenético, en las antípodas del hermetismo y el atraso de Corea del Norte. Yoon Na-young, estudiante de 23 años, explica por qué el tema de la reunificación no está tan a flor de piel para la gente de su edad: “No experimentamos en nuestras propias carnes la división, por lo que no nos implicamos personalmente”. Cuenta que su abuelo escapó del norte durante la guerra y, como tantos otros, dejó una familia allí. El hombre llora todavía hoy cuando ve en televisión alguna película sobre el conflicto. “Los jóvenes no tenemos esos lazos emocionales”, señala Yoon.

Cuando el pasado octubre un acuerdo entre Seúl y Pyongyang permitió que 400 ancianos surcoreanos se reencontraran con los familiares de los que la guerra los separó hace tantos años, muchos rompieron a llorar. Una reacción tan emotiva es impensable entre los jóvenes. Otra universitaria, Sangshin Yi, apunta: “Sabemos que hay muchas familias divididas que sufren, pero es un tema de nuestros mayores más que nuestro”.

El mensaje no cala

Este distanciamiento juvenil muestra los límites de la política oficial. Para el Gobierno de Seúl la reunificación es un objetivo estratégico en el que invierte grandes recursos políticos y económicos. Destina millones de wons a ayuda humanitaria al norte, a cuyos habitantes considera nacionales pese a que, como admite en privado personal de la Administración, no siempre puede controlar en qué invierte Pyongyang esos fondos. Existe además un ministerio específico de la reunificación y desde la escuela se intenta inculcar ese ideal. Joohyun Hong recuerda a sus 24 años que “de niños cantábamos canciones y pintábamos dibujos sobre el tema, pero suele quedar al margen en la vida adulta”.

El Gobierno de Park Geun-hye ha intentado relanzar el proyecto de asimilar al norte, pero su mensaje no cala en la juventud. La presidenta creó incluso una comisión a su cargo para impulsar lo que en una visita a Alemania en 2014 definió como “iniciativa para la reunificación pacífica”. Esa comisión ha recibido muchas críticas, entre ellas la del director del Centro de Estudios Norcoreanos del Instituto Sejong de Seúl, Paik Hak-soon, que acusa a la mandataria de intentar sacar tajada política de sus trabajos. El cariz neoliberal de la gestión de Park Geun-hye, hija del dictador Park Chung-hee (asesinado en 1979 por el director de la Agencia Central de Inteligencia Coreana), es otro de los factores que explican el desapego de las nuevas generaciones a unas consignas reunificadoras que muchos asocian a una ideología que no comparten.

El Ejecutivo del derechista partido Saenuri impuso una reforma laboral que provocó multitudinarias protestas de los sindicatos contra la precarización del empleo de los jóvenes, obligados ahora a apañárselas con contratos a tiempo parcial. Es lo que le pasa a Yoon Na-young, que cuenta que muchos amigos suyos “sufren porque no encuentran trabajo”. Sin duda, es una de las causas de la inesperada derrota de Saenuri en las elecciones legislativas de abril. En contraste con lo que sucede en las páginas de los periódicos conservadores, ese es el tema de conversación de los veinteañeros en los cafés de Seúl o Busan, y no las bravatas nucleares de Kim Jong-un.

Hay otras urgencias. La economía ha perdido fuelle lastrada por el frenazo chino y, si en 2010 crecía al 6,5%, en 2015 se quedó en un 2,5%. Lo peor es que todos los análisis pronostican un estancamiento. Así, unos jóvenes hipercualificados temen mucho más al paro, que ha escalado hasta el 10,9%, que al arsenal de Pyongyang. “Sus amenazas no son más que un farol”, desdeña Sangshin Yi.

“Si nos unimos, lo que es seguro es que la carga caerá sobre mi generación”, dice una universitaria

Jooohyun Hong tampoco ve razones para temer y se ríe con ternura del kit de emergencia en caso de ataques atómicos que su padre guarda en un cajón. Mientras intercambia fotos por el móvil con alguno de los extranjeros para los que trabaja como intérprete, asegura que “los de fuera tienen más miedo que nosotros”. En realidad, la diferente percepción de este asunto no es sino otra cara de una brecha generacional que los estudios sociológicos detectaron hace tiempo, y que afecta a los más diversos aspectos de la vida social. Las nuevas generaciones escuchan las pegadizas melodías del K-pop, superventas en toda Asia, viven permanentemente conectadas a internet y visten a la moda occidental. La milenaria tradición budista y confuciana de Corea se ha diluido, y su visión del mundo se asemeja más a la de los jóvenes estadounidenses que, por supuesto, a la de los aislados norcoreanos.

Una nación distinta

Aunque todavía siguen algunos patrones heredados, como la censura de vivir en pareja sin haberse casado, la generación yishipdae ha construido una identidad nacional diferente a la de sus mayores. Su patriotismo se exalta más con los éxitos internacionales de sus deportistas que con el batallón de élite que vigila la zona desmilitarizada en el límite con el norte. Según un informe publicado por el ASAN Institute For Policy Studies en 2015, creen que los norcoreanos no tienen su misma sangre y los perciben como una nación distinta. Por contra, la versión oficial y los veteranos de guerra a los que todavía les queda aliento reivindican que las dos Coreas son un solo país.

Los jóvenes surcoreanos, con todo, no están en contra de la reunificación. Solo tienen otras prioridades. “Muchos piensan que hay que atender primero el crecimiento económico y la justicia social”, señala Minjeong Kwak, de 28 años. Mientras la ansiedad por la incertidumbre económica crece día a día en el sur, el hermetismo impuesto por la dictadura del norte impide calibrar realmente el abismo entre ambos polos. Pero las diferencias son enormes en lo ideológico y, sobre todo, en lo material. Tanto que, si remite el sentido de pertenencia a un mismo pueblo, cuesta ver para qué unirse a un país atrasado que presumiblemente requerirá una inversión infinitamente mayor a la que Alemania hubo de hacer en la RDA.

Sangshin Yi vaticina: “Compartiremos muchas cosas si nos unimos, pero lo que es seguro es que la carga caerá sobre los hombros de mi generación”.