13/11/2019
Internacional

Mujeres: el mapa de la desigualdad

Su situación ha mejorado muy poco en la cuenca sur del Mediterráneo en estos años

Guillermo D. Olmo - 11/12/2015 - Número 13
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Mujeres: el mapa de la desigualdad
Una joven escribe en un cartel en una manifestación en El Cairo. Alfredo D’Amato / Panos / Contacto
El joven frutero tunecino Mohamed Bouazizi se quemó a lo bonzo el 17 de diciembre de 2010. Nada volvió a ser igual tras aquel gesto desesperado que
inauguró la Primavera Árabe, hace ya cinco años. En las protestas que se adueñaron de lugares emblemáticos como la plaza Tahrir de El Cairo participaron muchas mujeres que vieron en aquel estallido una oportunidad para conseguir la igualdad. Pero todavía hoy se mantiene lo que la jurista tunecina Sana Ben Achour describe como “un modelo tradicional de violencia patriarcal”. Y cada vez más activistas culpan de ello a la corriente política islamista que actuó como catalizador de las revueltas. “El islam político no ha prestado ningún servicio a los derechos de las mujeres”, sentencia la bloguera egipcia Dalia Ziada. Según Unicef, el 91% de las niñas egipcias ha sufrido la mutilación de sus órganos genitales, y ONU Mujeres estima que el 72% de las mujeres del norte de África y Oriente Medio son analfabetas. 

Pese a todo, hay quien ve motivos para la esperanza. El profesor Rafael Ortega, de la Universidad de Granada, recuerda que “el auge de las ciudades, el incremento de la escolarización, el acceso al mundo laboral y a los métodos anticonceptivos han permitido progresar desde 1940, aunque se hace a diferente ritmo en función de los países”. Existe consenso en considerar a Marruecos, Túnez y Argelia como los que más han avanzado hacia la igualdad antes y después de 2011 por la temprana escolarización en el Magreb. 
Pero de la mano de las fuerzas islamistas han llegado nuevas amenazas, sobre todo en materia de igualdad política. Las representantes de partidos que copaban el poder antes de la aparición de los islamistas, como el marroquí Al Istiqlal, denuncian que asignaturas pendientes como el analfabetismo y la pobreza de las mujeres han pasado a la cola en las prioridades de los gobernantes. 

La ONU estima que el 72% de las mujeres del norte de África y de Oriente Medio son analfabetas

Túnez siempre ha sido considerado como el paraíso de las mujeres musulmanas. El Código del Estatuto Personal aprobado en 1956 las protegió frente a los matrimonios forzados, el repudio y otros abusos habituales en sus vecinos. Túnez es además el único país islámico donde está explícitamente prohibida la poligamia. Con todo, la Encuesta Social de Violencia de 2011 (tras la caída de Ben Alí) reveló que un 47% de las encuestadas había sufrido la violencia machista y un 15% había sido forzada sexualmente. En el Túnez rural la violación dentro del matrimonio es frecuente, y el castigo a este tipo de conductas es laxo, cuando no inexistente. Como denuncia Ben Achour, “la represión de la insubordinación de la mujer está reconocida legalmente y un violador puede casarse con su víctima para evitar la condena”.

Empujadas a autoexcluirse

Saida Ounissi, diputada de los islamistas moderados de Ennahda, cree que “desde la revolución se ha avanzado mucho en Túnez”. Entre las tareas pendientes destaca la de conseguir que las mujeres participen en la política en la misma medida que los hombres. El problema es que el clima social las empuja a autoexcluirse. “Nos encontramos con muchas que participan como militantes en la vida política de los partidos, pero cuando deben luchar por los primeros puestos en las listas electorales no se presentan”, cuenta Ounissi. 

Para Souhayr Belhassen, expresidenta de la Federación Internacional de Derechos Humanos, realidades así dejan claro que  “la batalla se ha ganado en los textos pero no en la mentalidad”. Lo mismo ocurre en el mercado laboral. El desempleo femenino casi duplica al masculino, y un 40% de las tituladas universitarias tunecinas no tiene trabajo. 
Marruecos representa otro caso muy particular. Allí la contestación popular de 2011 no alcanzó la magnitud de otros países islámicos ni tuvo sus mismas consecuencias. El jefe del Estado sigue siendo el rey Mohamed VI, que se vio impelido por el ascenso electoral de los islamistas a aceptar una apertura política que culminó en una reforma constitucional que debía hacer más transparente el régimen.Pero la profundización democrática que presagiaba la nueva Carta Magna no cristalizó. 

Para las mujeres no ha habido avances y sí algunas señales alarmantes. Naima Ben Yahia, diputada del partido marroquí Al Istiqlal, carga frontalmente contra el jefe del Gobierno, el islamista Abdelilah Benkirán. “Con él pasamos de tener cinco ministras en 31 ministerios a solo una”, denuncia. Ortega recuerda que “los progresos de las mujeres siempre se han intentado frenar desde las estructuras religiosas, pero solo consiguen ralentizarlos”. En Marruecos, como en todo el Magreb, Ortega percibe que progresan hacia la igualdad en “una tendencia imparable”. Sin embargo, perviven todavía visiones arcaicas que el primer ministro Benkirán no ha tenido reparos en abrazar públicamente. Son lo que Ben Yahia ha llamado “declaraciones un poco tontas” de un gobernante que declaró públicamente que “el lugar natural de la mujer está dentro de su casa”.

Una cuestión política

La mejor vacuna frente a tentaciones machistas está en la movilización política de las feministas, que en el reino alauí ya tiene años de recorrido. Tras una salida de tono de Benkirán, un grupo de diputadas se plantó frente a su escaño exhibiendo pancartas que aludían al reconocimiento constitucional de los derechos de las mujeres. “Las mujeres están muy alerta ante lo que supone esta nueva ideología”, explica Ben Yahia.

Pero Benkirán es solo el dirigente más destacado que defiende planteamientos discriminatorios. Otros muchos responsables en niveles institucionales inferiores y en las administraciones locales los comparten y dificultan con ello el camino hacia la igualdad real. Son una de las causas que explican que, con un 17% de diputadas sobre el total de escaños en el Congreso, Marruecos esté todavía lejos de la paridad política que consagra su texto legal fundamental. Una realidad que da sentido a las palabras de la activista egipcia Nawal al Saadawy: “La cuestión de las mujeres no es una cuestión sexual, es una cuestión política”. Saadawy procede de un país donde los sueños de igualdad de las mujeres siguen chocando con la terca realidad. 

Al poco tiempo de caer el régimen, “sentimos que los hombres nos expropiaron la revolución” en Egipto

Los problemas en Egipto empezaron el día después de caer Hosni Mubarak.  “La revolución fue épica. Hombres y mujeres estuvimos juntos y conseguimos algo único”, recuerda la bloguera Dalia Ziada, una de las muchas mujeres que se sumaron a las protestas. Una gesta en la que, por primera vez y gracias en gran medida a internet, sintió que sus compatriotas hombres no se fijaban en su género sino en sus ideas. Fueron unas semanas en las que se cumplió la máxima de Saadawy: “Las personas no se distinguen por sus órganos genitales, sino por lo que piensan”. No duró mucho. Al poco de caer el régimen, dice Ziada, “sentimos que los hombres nos expropiaron la revolución”. Entonces las redes se llenaron de vídeos con escenas de acoso sexual a las mujeres que participaban en las multitudinarias manifestaciones. El triunfo de los Hermanos Musulmanes de Mohamed Morsi supuso “cambiar a un hombre para poner a otro hombre y la revolución no fue más allá”, resume Saadawy. 

La llegada de los Hermanos Musulmanes truncó las esperanzas de progreso del arraigado movimiento feminista egipcio. “Los Hermanos tienen una visión tradicional y discriminatoria del papel de la mujer en la sociedad”, señala el profesor Ortega, si bien “a finales de la década de los 90 se abrió un debate interno sobre esto”. También en el seno de la ahora prohibida organización “hay mujeres que buscan encontrar un papel femenino dentro de la sociedad que encaje con su tradición; su idea de la liberación de la mujer es muy distinta del concepto occidental”, advierte Ortega. A las militantes laicas proderechos de las mujeres el resultado de ese debate no les satisfizo nada y no olvidan que cuando Morsi gobernaba “si planteábamos nuestras demandas era como si habláramos contra dios”.

Luces y sombras en el Nilo

En general, se considera que la situación de las mujeres en Egipto es mejor que en la mayoría de los países de su entorno —en particular si se compara con las monarquías de la península arábiga—. Pero la realidad empeora a medida que se aleja de los principales núcleos urbanos. El verdadero agujero negro es la península del Sinaí, escenario de una guerra abierta entre las fuerzas de El Cairo y los yihadistas locales adheridos a Estado Islámico. En este conflicto, denuncia Ziada, “sufren especialmente las mujeres”. En las sociedades beduinas ellas viven sometidas a un modelo de familia patriarcal. No tienen siquiera un nombre, se las conoce como la esposa de, la madre de, la mujer de, etc. Así, cuenta Ziada, “tienen la doble presión de un ser humano en peligro y ser responsables de una familia sin la que ellas no significan nada”. 

Egipto ha cambiado mucho y muy rápido. Mursi cayó el verano de 2013 tras el golpe de Estado que lideró el hoy presidente Abdelfatah al Sisih. Muchos dentro y fuera del país sostienen que el nuevo régimen ha abrazado el autoritarismo y liquidado la democracia en su afán de imponer el orden. La tunecina Ounissi enuncia un principio que el actual Gobierno egipcio no parece compartir: “Tener más democracia no significa tener que aceptar más terrorismo”. El férreo control político que ejerce Al Sisi —al que, sin embargo, muchas activistas reconocen como el único antídoto posible contra el machismo en el Egipto actual— se asienta sobre una sociedad compleja en la que la ablación es todavía una práctica extendida y que recientemente ha visto cómo los jueces han condenado a dos bailarinas por “incitación al libertinaje”. Dos ejemplos de que también en el país del Nilo queda mucho por hacer en una causa que, como dice Saadawy, “no es la de las egipcias ni la de las musulmanas, sino que ha de ser la de todas las mujeres del mundo”.

 

Adiós a la voz de la emancipación

Guillermo D. Olmo
Con la muerte el pasado 30 de noviembre de Fátima Mernissi se apaga una de las voces más lúcidas y combativas en pro de la igualdad entre hombres y mujeres en la comunidad islámica. Nacida en Fez en 1940, se graduó en Ciencias Políticas y sus estudios sirvieron para empujar la causa del feminismo en Marruecos a través de la palabra. Sus trabajos le valieron en 2003 el premio Príncipe de Asturias de las Letras junto a otra pensadora comprometida, la estadounidense Susan Sontag. En obras como Sexo, ideología e islam o El harén político. El profeta y las mujeres revisaba el rol femenino en la tradición islámica. Mernissi estudió el papel de las esposas de Mahoma para probar que el profeta nunca las concibió como compañeras postradas y excluidas, al contrario de lo que pretenden inculcar los patriarcas de los estados árabes contra los que Mernissi alzó la voz. Mucho antes de que las revoluciones llegaran al Magreb, ella ya habló de la necesidad de que las mujeres hicieran la suya. En Marruecos a través de sus mujeres trazó una radiografía de las trabajadoras de su país en una colección de entrevistas que llaman a la acción y a la conquista de derechos. A la vista de incidentes como el vivido por la actriz Loubna Abidar, agredida por interpretar a una prostituta en el celuloide, el mensaje de Mernissi sigue siendo necesario.