27/5/2020
Ideas

Contra la violencia. Ni ejecutores ni víctimas

El filósofo iraní Ramin Jahanbegloo expone la necesidad de aparcar los deseos de venganza en favor del perdón, ese proceso de la educación moral de la humanidad

Ramin Jahanbegloo - 13/05/2016 - Número 33
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Contra la violencia. Ni ejecutores ni víctimas
Mikel Jaso
Los recientes ataques terroristas en París y Bruselas ya han suscitado muchas preguntas sobre el lugar de la venganza y los modos de contraatacar en nuestro mundo. Nuestro siglo ha estado caracterizado, no sin razón, como un siglo vengativo. No podemos captar la esencia de la violencia en el mundo contemporáneo sin reconocer que la venganza y el resentimiento aún son capaces de causar crueldades innombrables. El mundo actual no enfrenta problema más importante que el caracterizado por la idea de no violencia. Con todo, en el momento en que empezamos a pensar y cuestionar la naturaleza de este problema y su respuesta, empezamos a darnos cuenta de lo difícil que es encararlo, tanto filosófica como políticamente. Filósofos, escritores y reformistas se han pasado siglos explorando la verdadera naturaleza de la venganza y el resentimiento y la posibilidad de que el perdón sea la respuesta adecuada. Por desgracia, la humanidad no ha dejado de ser vengativa en sus pensamientos y acciones. Es cualquier cosa menos una novedad reconocer que el odio engendra odio y que la acción vengativa viola nuestras nociones fundamentales del bien y del mal. En 1773, Samuel Johnson escribió: “La venganza es un acto de la pasión, el desquite es justicia”. Estas palabras del famoso ensayista, moralista y lexicógrafo británico parecen ahora darse por sentadas, y la venganza y el desquite se ven como formas honorables de violencia para eliminar el deshonor infligido a la religión o la nación de uno.

Perdón y venganza

Así las cosas, el nivel de violencia de nuestro mundo presente obliga a hacerse preguntas sobre los valores comunes que mantienen unida nuestra civilización. La violencia es frecuentemente el resultado de una pasión humana por desquitarse, pero también de una curiosa percepción de lo que Francis Bacon llamó “justicia salvaje”, que se supone que debe borrar la deshonra sentida por el yo, la familia, la tribu o la nación. Si esa “justicia salvaje” se da por sentada, como es el caso en nuestro siglo, es la perfecta expresión del intercambio de mal por mal. Comprender la violencia en el mundo contemporáneo significa no solo comprender el mal sino también arrojar luz sobre la dialéctica de víctimas y ejecutores. Cuanto más nos acerquemos al mal en respuesta al mal, más se convertirá nuestra vida cotidiana, individual o colectiva, en la vida de un ejecutor, que o bien responde a la emoción personal del odio y la venganza o bien sigue una orden en nombre de una autoridad superior y legítima. Así, una víctima vengativa es un ejecutor que se niega a entender al otro y se percibe solamente como una víctima de la violencia. El dolor de la víctima con frecuencia se convierte en ira y venganza y los conceptos de bien y mal, justo e injusto, se abandonan. Pero un nuevo ciclo de violencia no es necesariamente el resultado de sufrimientos pasados. Se han producido profundos cambios en la historia humana, particularmente aquellos que nos han sacado del ciclo de la violencia. Cuando se piensa sobre el fin de la violencia, no es suficiente considerar la dialéctica de víctimas y ejecutores, por importante que sea. Se debe mirar más allá de la ontología de la violencia, incluyendo sus dimensiones colectivas, y tratar de devolver vida a un sistema roto. Hace falta mucha fortaleza ética y sabiduría política para ser capaz de no olvidar el mal pero perdonar a quienes lo cometen.

El resentimiento político aparece cuando lo público es despojado de sus fundamentos éticos

¿Pero cómo puede un individuo o una nación reconocer la barbarie de una acción y llamar a trascender moralmente un acontecimiento trágico? Aquí, el fin de la violencia significa el fin del espíritu de venganza y desquite. También significa proteger a las víctimas de una sensación de miedo que puede convertir sus heridas históricas en armas políticas de tiranía. Como se ve a lo largo de la historia humana, la venganza es siempre una forma de castigo o represalia. Por decirlo simplemente, la venganza es como arañar a un gato porque el gato te ha arañado. Es una moralidad de ojo por ojo que multiplica la violencia en lugar de restaurar la justicia y la legitimidad. Es una forma negativa de reciprocidad marcada por el rechazo y la destrucción del otro. El perdón, en tanto que opuesto a la venganza, es un noble sentimiento de mutualidad acompañado por una noción de empatía y compasión. Se caracteriza por una serie de cambios que tienen lugar en un individuo o una nación afrentados por otra persona u otra nación. Es la llamada del corazón, especialmente en su relación con la otredad. El perdón es con frecuencia una elección o acto político de carácter individual que consiste en abandonar la venganza y el resentimiento y sustituirlos por la reconciliación y la tolerancia. Se cita con frecuencia a Oscar Wilde: “Perdona siempre a tus enemigos; nada les irrita tanto”. El perdón es redescubrir una dimensión humana del intercambio y la armonía que suma para el futuro sin cambiar el pasado.

Aprendemos de la historia que la humanidad nunca puede mirar hacia el futuro si el pasado no está en manos del perdón. Si la humanidad pretende ganar la carrera por medio del perdón, debe seguir luchando contra su propia invención maligna: la venganza. La historia demuestra que ni los vengativos ni los fanáticos pueden traernos la paz y la no violencia. En lugar de eso, nos traen, a nosotros y al mundo, mezquindad; abandonan el legado de perdón y responsabilidad. El emblema de responsabilidad de nuestro mundo es la disposición a buscar el camino del perdón, un camino difícil. Pero el objetivo del perdón, hoy y mañana, debe dar forma a nuestras obligaciones e inspirar nuestros objetivos. Con frecuencia se dice que Cicerón nos advirtió: “Nada es tan digno de alabanza, nada muestra tan claramente un alma grande y noble, como la clemencia y la disposición a perdonar”.

A diferencia de lo que puedan pensar muchos en Europa y Estados Unidos, no hay salida al terrorismo si se le responde con la demonización y la humillación. La demonización se alimenta del miedo y el odio. Y cuando la demonización se vuelve aceptable, como parte del discurso público mayoritario, crea un clima que es propicio a la violencia. ¿Por qué los individuos o las naciones se demonizan? Porque se temen. Y, como dijo Martin Luther King Jr., “se temen porque no se conocen, no se conocen porque no se comunican”. No es una sorpresa que la lucha de King contra la segregación en la sociedad estadounidense fuera de la mano con un énfasis sobre el amor y la superación del miedo. La concepción de King de una sociedad reconciliada no parece dejar espacio para un bien individual que puede oponerse al bien común. En otras palabras, el yo no puede ignorar de veras a los demás en el seno de su comunidad. Esta idea se basa sobre todo en el hecho de que el reconocimiento mutuo y la reconciliación encarnan no solo una idea de inclusión sino también de dependencia mutua entre los miembros de la comunidad. Es interesante señalar que la noción de inclusividad de King es un imperativo intercultural en lugar de una sensación monocultural de pertenencia. King afirmó: “Todos los hombres son interdependientes. Todas las naciones son herederas de un vasto tesoro de ideas y trabajo al que han contribuido tanto los vivos como los muertos de todas las naciones”.

El individuo y la masa

El resentimiento político cobra ser por razones específicas. Lejos de ser producto de oscuras fuerzas satánicas, aparece cuando y donde el reino público es despojado de sus fundamentos éticos. Por lo tanto, debemos enfrentarnos a la política de la venganza donde más importa: en las masas. Para algunos ha quedado claro que existe una fina línea entre las masas y la violencia, quizá porque las masas, una vez cobran consciencia de sí mismas, afirman saber dónde están el bien y el mal. Y siempre es en el nombre del bien y el mal y lo correcto y lo incorrecto como las masas de todo el mundo son capaces de hacer correr la sangre. Según afirma Gustave Le Bon en La psicología de las masas (1895), “las masas son algo así como la esfinge de la fábula antigua: es necesario llegar a una solución de los problemas ofrecidos por su psicología o resignarnos a ser devorados por ella”. Tenemos que tener consciencia del modelo de política que se basa en los números de las masas y no necesariamente en la inteligencia de los individuos. La mayoría de las grandes tragedias y crueldades políticas ha sido resultado de la dominación de los números sobre el espíritu. Kierkegaard, el filósofo danés, opone la manera “dialógica” de ser a lo que llama el modo de existencia “numérico”. Para él, el individuo siempre está contra la masa. “La masa es incierta”, proclama Kierkegaard en la dedicatoria a Ese individuo, porque la masa destruye la capacidad del individuo de tomar decisiones y la hace completamente irresponsable.

La idea de venganza atrae a una masa entusiasta. En muchos países hay interés por las ejecuciones públicas. Estas, las acciones sociales más crueles, inhumanas y degradantes, perpetúan la cultura de aceptación de la violencia. Es decir, la pena de muerte es una forma legal de banalizar la violencia por medio de un acto de venganza. Es derramar la sangre de un malhechor por su efecto disuasivo sobre futuros malhechores. La pena de muerte no es la justicia de los rectos sino la venganza de la barbarie contra la civilización.

En este contexto, la psicología de masas puede ser considerada el principal generador de hostilidad y violencia política. Hay muchos ejemplos de psicología de masas en la era moderna y contemporánea. La bárbara historia de linchamiento de masas en EE.UU. es la historia de venganza y en ocasiones desquite cometida fuera de los cauces debidos por una masa frenética. La palabra linchamiento procede del nombre de Charles Lynch, un terrateniente de Virginia de finales del siglo XVIII que con frecuencia celebraba juicios ilegales en su propiedad y daba latigazos al acusado. Con el tiempo, el linchamiento sirvió para referirse a todas las formas de vigilantismo ciudadano violento. La masa no solo no presenciaba el acto sino que actuaba como juez y como perpetrador de la violencia. Las víctimas, normalmente negros, eran apaleados, azotados, quemados, desmembrados y colgados.

En su primera película estadounidense, Furia, de 1936, Fritz Lang muestra a un hombre inocente, Joe Wilson (Spencer Tracy), que es casi linchado por una masa airada. Lang no está interesado en reproducir la realidad de la violencia en la sociedad estadounidense. Por el contrario, como cineasta visionario, descubre el instinto de venganza en la masa y en la víctima. Tracy, que al principio de la película es un hombre amable y considerado, sale de su experiencia cercana a la muerte como un hombre consumido por el resentimiento y la venganza. Los principales perpetradores son llevados a juicio por asesinato y Tracy está decidido a hacer que quienes intentaron asesinarlo paguen. Pero, atormentado por la conciencia y persuadido por su novia, Katherine Grant, Joe entra en el tribunal y descubre su aptitud moral en oposición a la tiranía de la masa. Afirma: “No tengo el menor interés en salvarlos. Son asesinos. Sé que la ley dice que no porque yo sigo vivo. Pero eso no es culpa suya. Y la ley no sabe que muchas cosas que eran muy importantes para mí, cosas pequeñas, quizá, como una creencia en la justicia y una idea de que los hombres eran civilizados y una sensación de orgullo de que este país mío era distinto de todos los demás… La ley no sabe que esas cosas ardieron hasta morir esa noche”. La narrativa de venganza de Joe Wilson es vencida por su conciencia y sentimiento de culpa. Huye de sus ganas de venganza con una sensación de culpa que alumbra su camino hacia el futuro.

Más que un simple acto

Fritz Lang muestra en Furia que la venganza, en lugar de arreglar los asuntos, destruye todo lo que toca. En las tragedias de venganza de Shakespeare, los asesinos y los tiranos son siempre vencidos por un sentimiento de culpa. La locura motivada por la culpa de Macbeth le lleva a desmoronarse y morir. Y la intensidad de la culpa de Lady Macbeth, revelada en el grito “¡Lejos de mí esta horrible mancha!”, permanece incluso en su extrema confusión y delirio. En la culpa, como en la vida, toda venganza tiene una reacción igual y opuesta. Al final, el vengativo siempre cae.

La pena de muerte no es la justicia de los rectos sino la venganza de la barbarie contra la civilización

Pero lo que no aparece en todos estos acontecimientos e historias es la idea de empatía. La empatía es más que una simple percepción de las mentes y las vidas de otros seres humanos, es también una manera de coextender la capacidad humana para criticar la barbarie. La capacidad humana para la empatía, pues, es lo que permite a la raza humana luchar contra su capacidad para ejercer la violencia. Porque, en tanto no domemos esta violencia, no habrá un horizonte moral común que compartir entre los seres humanos. Lo que quedará, pues, son las víctimas de violencia, por un lado, y los practicantes de la violencia desnuda, por el otro. Necesitamos salir del juego de suma cero de ser o víctimas o ejecutores. Si hay una lección que la historia de los últimos 100 años nos ha mostrado es que responder a un horror con otro no pone fin a los sufrimientos de individuos y naciones. Es ya muy tarde para preguntar: ¿qué futuro emerge de la venganza? No hace falta decir que si utilizamos la violencia y adoptamos una actitud vengativa hacia nuestros enemigos, nuestra dignidad y nuestra libertad quedarán aminoradas. Si no creamos una duradera armonía común, puede llegar el día en el que ninguno de nosotros esté seguro de un infinito ciclo de resentimiento y venganza. Debemos actuar, por lo tanto, no solo por nuestros propios intereses y para superar nuestro sentimiento de venganza, sino por todos nosotros. Esa es la razón por la que el perdón es más que un simple acto. Es un cambio de paradigma hacia una nueva mirada de los asuntos humanos. El perdón es el proceso de la educación moral de la humanidad. Ese proceso educativo no es posible sin la transformación de las culturas de la violencia en nuestras sociedades. Pero el intento de superar las culturas de la violencia cotidianamente implica la no violencia como contracultura.

Traducción del inglés de Luisa Bonilla