26/11/2020
Literatura

Semprún. Los años comunistas españoles

Con su alias, Federico Sánchez, Jorge Semprún fue “el hombre más buscado” de España por las autoridades franquistas

AHORA SEMANAL - 06/05/2016 - Número 32
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Semprún. Los años comunistas españoles
editorial debate
La biografía de Jorge Semprún (Madrid, 1923 - París, 2011) que llega ahora a las librerías se titula Ida y vuelta y es obra de Soledad Fox Maura. Quizá no haya un título mejor para el hombre que fue de la Resistencia francesa y agente del PCE en España. Publicamos un extracto del libro, el comienzo del capítulo centrado en los años españoles en la clandestinididad. 
 
El regreso clandestino de Semprún a España inauguraría la que quizá fue la etapa más feliz de su vida . Acababa de cumplir treinta años y se le ofrecía la oportunidad de desempeñar un papel significativo en el país del que su familia se había visto obligada a huir hacía diecisiete años.

Debido a la naturaleza secreta de su vida y de su trabajo, intentar formarse una idea clara de sus verdaderas motivaciones e impresiones es todo un reto. Dividía su tiempo entre París y Madrid,entre el francés y el español, dualidad que únicamente reforzó su capacidad para reinventarse a sí mismo y para compartimentar sus identidades. Tenía a sus espaldas años de práctica haciendo frente a nuevas situaciones aterradoras: la enfermedad y muerte de su madre, el nuevo matrimonio de su padre, el estallido de la Guerra Civil, el exilio en Francia, Suiza, Holanda y, finalmente, Francia de nuevo; la Resistencia y Buchenwald.

Carrillo quedó impresionado por su sinceridad y el entusiasmo de su compromiso militante

Volver a España como agente para ejercer su influencia sobre el estudiantado era un juego de niños en comparación con todo lo que ya había pasado. Un juego que se le daba bien. En Madrid nadie podía imaginar cómo era su vida en Francia, y viceversa. Francia y España eran países vecinos geográficamente, pero muy bien podían haber estado en distintos planetas. Semprún estaba excepcionalmente equipado para moverse en ambos, y cada vez que cruzaba la frontera se independizaba completamente de quienes dejaba atrás . Los líderes comunistas españoles, Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri, no podían regresar a España, por lo que se convirtió en su hombre de confianza. No parece que Colette, su mujer, tuviera demasiado interés en España y tampoco hablaba nada de español. La vida de Semprún en Madrid no tenía nada que ver con ella, y el nivel de vida parisino de la pareja estaba muy por encima del de sus camaradas españoles. Semprún preservó su individualidad, aislado de todo el mundo, e incluso se las arregló para mantener un perfil bajo ante las autoridades francesas y españolas sin sacrificar su imagen sofisticada. Su alias, Federico Sánchez, era “el hombre más buscado” de España, pero, lejos de cultivar un look de topo, se mantuvo fiel a su estilo cosmopolita. El hecho de que fuera un agente clandestino muy bien vestido refleja su confianza en sí mismo y su astucia. Podría haber tratado de pasar desapercibido entre las multitudes desaliñadas de la España de principios de 1950, pero eligió no hacerlo. Vanidad aparte, sabía que tener un aire chic en realidad podía ayudarle a esquivar la ley. Las autoridades españolas no iban buscando agentes comunistas con aspecto elegante. Dentro del mundo social franquista, clase y política eran indivisibles: los “rojos” eran harapientos, pobres y detestables, mientras que la gente bien iba pulcra y almidonada, cuando no de uniforme. El pequeño porcentaje de individuos adinerados y con estilo era una élite poderosa, con la que la policía no se metía. Por todo ello, fue astuto al elegir una tercera opción: luchar por su ideología marxista vestido como un aristócrata. Las apariencias no eran un tema frívolo en la clandestinidad. Ninguno de los dos sucesores que lo siguieron en su puesto clandestino en España tenía su estilo ni su sofisticación, y no tardaron en ser detenidos. Sin embargo, a él, el más buscado de todos, nunca lo apresaron. Nadie sabía que era comunista. Nadie podía imaginar que había luchado en la Resistencia y sobrevivido a un campo de concentración nazi. La leyenda dice que ocupaba los mejores asientos en las corridas de toros en Madrid y que una vez disfrutó tranquilamente el espectáculo a pocas butacas de Franco. Aprendió a esconderse a plena luz y a seguir los partidos de fútbol para adaptarse a la cultura popular española (y acabó siendo un aficionado apasionado para el resto de sus días). Sin duda, tenía una vena torera y le gustaba tentar al destino.

Juan Goytisolo recuerda cómo le llamó la atención el estilo distinguido de Semprún cuando lo conoció a finales de 1950 en Madrid: “Me procuraron una cita y me encontré con Jorge en un café de la Castellana, vestido con gran elegancia, estaba allí muy desenvuelto y muy, en fin… Nadie podía sospechar que era el dirigente que estaban buscando… Daba sus citas en lugares elegantes”.

¿A qué se dedicaba realmente en España? Existe una vastísima documentación sobre sus años en la clandestinidad. Gran parte de ella procede de la correspondencia oficial del partido o de las memorias disidentes del propio autor, en las que revela y reformula los hechos de forma selectiva y reniega también de su pasado comunista. A partir de estas fuentes, unidas a los testimonios de sus amigos y colegas españoles y franceses, podemos componer un retrato de su vida durante los años de la clandestinidad y explorar la evolución de su compromiso, y de su relación estrecha y conflictiva, con su jefe, Santiago Carrillo.

Santiago Carrillo y Jorge Semprún eran una extraña pareja . El dirigente comunista tenía ocho años más que el escritor, era asturiano y llevaba trabajando desde la adolescencia. Su padre, Wenceslao Carrillo, fue un conocido líder del PSOE, y él estuvo implicado en las Juventudes Socialistas hasta que se hizo comunista al estallar la Guerra Civil en 1936. Carrillo también mantuvo una relación conflictiva con su progenitor que se rompió definitivamente en 1939, cuando el padre participó en el golpe de Casado contra Juan Negrín.

Parte de su misión consistía en ser los ojos y oídos del PCE en territorio español y redactar informes

Carrillo y Semprún se conocieron en París poco después de la Segunda Guerra Mundial. Carrillo quedó impresionado de inmediato por la sinceridad y el entusiasmo del compromiso militante de Semprún. También entendió el valor excepcional del personaje para el partido: un nieto de Antonio Maura e hijo de un político republicano, veterano de la Resistencia y superviviente de Buchenwald. Todos estos factores hacían de él un recluta irresistible. Las viejas reglas de la Komintern, que indicaban que solo podían ser miembros del partido los obreros, habían quedado obsoletas, y Carrillo no vio ningún obstáculo para incorporar al carismático exiliado, joven, multilingüe, burgués y culto, al redil. Todos los dirigentes del PCE lo valoraban y lo consideraban un estalinista acérrimo. Como contaba Carrillo: “Tenía todos los tics del militante comunista de la época y era tan estaliniano como el que más”. Carrillo llegó a ser para Semprún algo más que una figura paterna profesional: fue también un amigo y un aliado. En 1956, a propuesta de Carrillo, fue elegido por unanimidad miembro del Comité Central del PCE. Los jefes del partido tenían un mes pagado de vacaciones de verano cada dos años, por lo que el nuevo recluta, su mujer, Colette, y la hija de esta, Dominique, pasaron dos veranos en Sochi y Crimea, respectivamente, en compañía de Carrillo y su familia.

Carrillo y Semprún trabajaron juntos para infiltrarse en el pequeño y creciente ambiente intelectual antifranquista español. Su centro de operaciones era el piso donde el escritor vivía con Colette en el boulevard Saint-Germain. Ella, montadora de cine, era, según Carrillo, “amable y discreta”, y durante años les permitió usar el apartamento. Tener un espacio como aquel a su disposición fue especialmente importante porque el PCE había sido ilegalizado en Francia en 1950, así que no era fácil encontrar lugares para reunirse. Por aquella casa pasaron abundantes intelectuales y escritores españoles, y era allí donde se planeaban los siguientes pasos en el “interior”. Para el PCE, España siempre fue “el interior”, y Francia y el resto del mundo, “el exterior”.

Como ya era habitual para él, la vida cotidiana de Semprún en estos años era paradójica. Su militancia no le exigía renunciar a un cierto elemento de glamour que nunca le rondaba muy lejos. Incluso como agente secreto en Madrid, donde se alojaba en pisos del partido y pensiones baratas, su vida nunca fue austera, aburrida ni gris. Llegaría a conocer a toda una serie de personas de todos los estratos sociales, desde el escritor Ernest Hemingway hasta Luis Miguel Dominguín, el legendario torero y amante de la actriz Ava Gardner, que también vivió en la España de la década de 1950.

Por su naturaleza clandestina, las actividades del PCE durante el franquismo siguen llenas de incógnitas. Las preguntas más relevantes son: ¿qué esperaban conseguir los líderes del partido? ¿Una verdadera revolución, o la apertura hacia un futuro cambio pacífico de poder? ¿Fueron realistas sus metas? ¿Fueron eficaces sus métodos? ¿Cómo evolucionaron a medida que pasaban los años y las décadas? Existe una extensa bibliografía sobre el tema, y el lector no especializado puede desanimarse fácilmente al ver las interminables listas de nombres y siglas desconocidos, las luchas internas y los laberínticos procedimientos burocráticos . Sin embargo, la historia del Partido Comunista de España (PCE) en aquellos años es fascinante. ¿Cuál fue, dentro del panorama general, el papel concreto de Jorge Semprún? ¿Qué arriesgó como agente del PCE, qué ganó y qué perdió? ¿Cuál fue el precio que pagaron, él y otros, por entregarse al PCE?

Parte de su misión consistía en ser los ojos y oídos del PCE en territorio español y redactar informes periódicos que se enviaban en secreto a la cúpula del partido en París. Estos informes son documentos importantes que revelan sus primeras impresiones acerca de las transformaciones que había sufrido España desde la Guerra Civil, y durante los trece años de pobreza y estancamiento económico de la posguerra.

Sus años clandestinos no suponen un paréntesis en su vida de escritor ni de parisino

En los relatos del autor hay dos cosas que se ven claramente de inmediato: estaba encantado de estar de vuelta en casa, sin importar- le en qué condiciones, y estaba profundamente comprometido con la lucha antifranquista. Sus descripciones y análisis nos dejan ver la mente de un lúcido observador y la pasión de un escritor novato pero con talento. En estos informes, su estilo está muy lejos de su primera escritura abiertamente propagandística. Las circulares internas del partido que debía enviar desde España le habituaron a escribir con regularidad. Una vez que empezó, nunca se detendría. Sus años clandestinos no suponen un paréntesis en su vida de escritor ni de parisino. Son el principio de la integración de sus identidades española y francesa, hasta entonces geográfica y radicalmente separadas debido a las circunstancias políticas. Este no fue un período exclusivamente “político” sin crecimiento literario. Al contrario, Semprún fue forjando su identidad como escritor a partir de su papel político a medida que definía —con gran independencia— su papel en el partido y la imagen que daba. En sus informes se hace un uso esporádico del lenguaje en clave, a todas luces con la intención de esquivar la censura; pero, por lo demás, habla con bastante franqueza acerca de la situación en España y a veces utiliza los nombres reales de las personas. El temor de que sus informes pudieran caer en manos equivocadas parece más pronunciado durante su primer año en España, en 1952, cuando denomina al partido como “el negocio” y a los compañeros como “accionistas”. Describe las actividades comunistas en terminología capitalista, y parece disfrutar del ejercicio de creatividad que implica este disimulo: “Aquí todo bien. Buen tiempo y buen desarrollo de los negocios […] La junta de accionistas de aquí y de provincias la celebraremos […] para mediados de marzo […] Lo de los estudiantes sigue surtiendo efecto”.

En el transcurso de varios años, más de una década, el militante clandestino se labró un camino ascendente hasta la cima del PCE. Empleó su encanto, su autodisciplina, su imaginación y su paciencia, y llegó a escribir unas obras literarias serias e ideológicamente correctas. Llevaba demostrando su valía como escritor afincado en el núcleo del PCE desde 1946, año en que escribió la obra teatral Soledad, sobre un grupo de estudiantes antifranquistas, pieza en la que “todos esos temas tenían un carácter utópico, quiero decir que se articulaban en torno a un porvenir imaginario, aunque deseado y aceptado de antemano”. Es más, Santiago, el protagonista de Soledad, “era en cierto modo la primera encarnación imaginaria de Federico Sánchez. Era un ente de ficción que preparaba mi acceso a la realidad —también cargada de rasgos ficcionales, sin duda— de Federico Sánchez. O sea, Federico Sánchez, eso se demuestra luminosamente en aquella obra antigua y olvidada, no iba a ser un puro azar de mi existencia, un avatar circunstancial, sino que expresaba una querencia muy profunda”.

Esta obra y otros escritos fueron fundamentales para su posterior carrera literaria, y con ellos se ganó credibilidad y consideración entre los compañeros del partido. La mayoría de sus camaradas no tenían ni la educación, ni el talento, ni la voluntad necesarios para ser escritores. Soledad, sus odas a la Pasionaria y Stalin y su obra de teatro de 1953 ¡Libertad para los 34 de Barcelona! son ejemplos de su propaganda creativa. La banda sonora de ¡Libertad! no podría haber sido más apta: era el himno comunista “La Internacional”.

Ida y vuelta. La vida de Jorge Semprún
Ida y vuelta. La vida de Jorge Semprún
Soledad Fox Maura Debate
Barcelona, 2016,
348 págs.