14/12/2018
Ciencia

El cambio del clima nos cambia

Las soluciones al calentamiento global se toman sin tener en cuenta los datos científicos que explican una parte sustantiva de sus causas y consecuencias

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El cambio del clima nos cambia
GALLARDO
Vivimos en una sociedad consciente de la necesidad de relacionarse de forma armónica con la naturaleza. El discurso social propugna la búsqueda de modelos sostenibles de uso de los recursos naturales y que las actuaciones que afecten a nuestro entorno se realicen sin que se produzcan impactos ambientales no deseables. Es difícil encontrar a alguien que no sea consciente de que el cambio climático puede dar lugar a problemas importantes. Los notables (y loables) esfuerzos de la comunidad científica relacionada con los estudios sobre el clima han hecho que la lucha contra el cambio climático esté en todas las agendas políticas, y en muchas de las agendas corporativas, lo cual nos debe alegrar. Pero esto, como casi todo, también tiene efectos secundarios.

En ciencia, como en otras esferas de la actividad humana, existen modas, y estas tienen efectos secundarios. Propician que, ante problemas debidos a causas múltiples y complejas, se adopten posturas basadas en una sola de esas posibles causas, no necesariamente la más importante. En el caso de las distintas manifestaciones del cambio global, resulta habitual (¿y conveniente?) atribuirlas al cambio climático. Es una explicación sencilla y fácilmente aceptable a nivel social, y la responsabilidad del problema recae en un ente difuso, la comunidad internacional, a la que no se puede interpelar de manera directa. Además, parece haberse olvidado que lo verdaderamente preocupante no es el calentamiento global y el cambio climático asociado, sino los efectos del mismo.

El discurso social propugna la búsqueda de modelos sostenibles en el uso de los recursos naturales

Por suerte o por desgracia, forma parte del “orden natural de las cosas” que no haya soluciones mágicas que resuelven todo, ni actuaciones que sean todo ventajas, sin consecuencias reales o potenciales no deseables. Esto es especialmente cierto en el caso de las acciones que afectan al medio ambiente. Por eso conviene no incurrir en la falacia de pensar que es posible actuar sobre nuestro entorno (incluso vivir) sin producir cambios en el mismo, incluyendo algunos que podemos considerar negativos o perjudiciales. Es importante que desde el ámbito científico se traslade el mensaje de que las decisiones sobre las acciones que afectan al medio natural se han de basar en una consideración de los inevitables pros y contras de las mismas, apoyada en los datos y el conocimiento existentes y no en creencias u opiniones con frecuencia sesgadas por intereses.

De manera general, se aceptaque en la ciencia médica, por ejemplo, hay incertidumbres y también que cualquier solución implica ventajas e inconvenientes. Por ello, ante un tratamiento que afecta a nuestra salud sopesamos las consecuencias de las diferentes alternativas, incluyendo la de no actuar, que también las tiene, y decidimos.

Cuando se traslada esto al campo de lo ambiental la actitud es muy diferente. Ante una posible actuación (tratamiento) no hablamos de efectos secundarios, sino de impactos ambientales, sintagma que conlleva una carga semántica negativa. Consecuentemente, se exige una solución que asegure que no se van a producir. Pero el funcionamiento de la naturaleza, al igual que el de nuestro organismo, incluye reacciones ante estímulos o influencias externas. Aplicando el conocimiento y las técnicas existentes se pueden reducir de manera muy considerable las consecuencias no deseadas de las intervenciones (médicas o ambientales), pero no es realista pensar que se pueden eliminar totalmente.

Casos concretos

Puede verse con el caso concreto del aprovechamiento de la energía eólica (sin entrar en los aspectos económicos). Entre las ventajas principales de esta se señala su contribución a la reducción del uso de combustibles fósiles (y, por tanto, de las emisiones de CO2 y de contaminantes) y de la dependencia energética. Por otro lado, numerosos grupos se oponen a la instalación de parques eólicos basándose sobre todo, aunque no exclusivamente, en el impacto visual y en los efectos sobre ciertas especies voladoras, aves y quirópteros sobre todo. Estos impactos son indudablemente ciertos, si bien se pueden reducir (pero no evitar completamente) seleccionando emplazamientos adecuados y aplicando determinadas soluciones técnicas. Tampoco se pueden eliminar del todo los efectos no deseables de la no actuación. La energía que no se genere por este medio se generará por otro, y también causará impactos ambientales. Una decisión fundamentada en este ámbito de la política energética debería incluir el análisis de las ventajas e inconvenientes de las posibles alternativas y buscar el equilibrio. Pero no nos engañemos ni llevemos a engaño a otros: no es posible obtener algo a cambio de nada.

Se ha conseguido que la lucha contra el cambio climático esté en todas las agendas políticas

El movimiento conservacionista (en el que me incluyo desde hace más de cuatro décadas) parece haberse convertido en una religión del no cambio, con dogmas que no se discuten y que establecen una división del tipo justos/pecadores. La naturaleza cambia, a escalas temporales y espaciales y con magnitudes muy diferentes. Siempre lo ha hecho y lo seguirá haciendo. Los cambios no son buenos o malos porque sean de origen natural o estén provocados por los seres humanos, sino por las consecuencias que produzcan. Para abordar dichos cambios y, si fuera necesario mitigar sus efectos, es esencial apoyarse en el conocimiento científico, que aunque no sea siempre todo lo completo que desearíamos, es una base más sólida que las creencias o las preferencias de personas o grupos. Las interpretaciones, predicciones y propuestas de soluciones deben basarse en datos y en la aplicación de modelos/hipótesis contrastados a partir de evidencias independientes.

Algunos ejemplos concretos, aunque sean obviedades, permiten ilustrar esto. Una colada volcánica o un deslizamiento de tierras pueden producir el represamiento de un río y crear un nuevo lago (natural, por supuesto). El resultado final no es muy diferente del obtenido por medio de un embalse (artificial). ¿La diferencia de origen es suficiente para aceptar uno de buen grado y oponerse al otro? Parecería más razonable analizar, en cada caso, las ventajas e inconvenientes de que existan o no dichos lagos en los lugares correspondientes.

En los últimos años han desaparecido en Santander, por procesos naturales, dos rasgos geológicos singulares que eran parte de las señas de identidad de la ciudad: los arcos de roca La Horadada y El Puente del Diablo, lo que ha supuesto la pérdida de elementos del paisaje altamente apreciados. En ambos casos habría sido posible prevenir esa pérdida o reconstruirlos. Si se hubiera debido a una acción humana, probablemente ya se habrían acometido acciones para revertir ese daño ambiental. Pero lo esencial no es tanto si hay o no hay un pecado de origen, sino si se estima o no deseable que esos elementos del patrimonio natural sigan existiendo.

Calentamiento del clima

El calentamiento del clima es una de las manifestaciones del cambio global (habitualmente etiquetado como cambio climático) y puede tener (de hecho, está teniendo ya) una serie de consecuencias negativas. Que haya una conciencia generalizada de los problemas que esto puede causar y que se estén tomando medidas (o, sobre todo, se esté hablando de tomar medidas) es sin duda positivo, pero no debemos olvidar otras facetas del cambio.

En 2008 tuvo lugar un simposio internacional, organizado por la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y la Fundación Areces, titulado “Análisis crítico del cambio climático: una perspectiva científica”. Con motivo de dicho simposio los científicos participantes emitieron una declaración de la que entresaco algunos párrafos:

“La probabilidad de que los gases de efecto invernadero (GEI, debidos principalmente, pero no exclusivamente, al uso de combustibles fósiles) sean la causa del calentamiento es superior al 90%. […]

”Otros cambios, no debidos al clima sino a transformaciones del territorio y uso ineficiente de los recursos, están produciendo efectos similares, pero en ocasiones de magnitud muy superior a los debidos al calentamiento. Entre otros, se señalan: problemas de disponibilidad de agua, por contaminación y demanda creciente; erosión y retroceso de playas y deltas, degradación de humedales, aumento de desastres debidos a inundaciones y deslizamientos, degradación de tierras agrícolas, pérdida de hábitats y especies, etc.[…]

”Hay que tomar medidas de adaptación a cambios que parecen inevitables. También se debe reducir el consumo energético (España tiene una dependencia energética del 85%) y las emisiones de GEI. Pero igualmente hay que atajar otras causas no climáticas de los importantes cambios ambientales detectados, relacionadas con procesos mejor conocidos y más fáciles de gestionar (por ejemplo, la disponibilidad de agua está más afectada por su gestión y por los usos del suelo que por el cambio climático). Las medidas contra el calentamiento han de aplicarse a escala global para que produzcan resultados, pero las otras son controlables a escalas nacional y local, y sus efectos se dejarán sentir de manera más inmediata, en el tiempo y en el espacio”.

El nivel del mar

Esto se une a lo que el pasado enero, en su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias, puso de manifiesto Caridad Zazo en relación con la elevación del nivel del mar y sus efectos en las costas. El nivel del mar depende, por supuesto, del aumento de la temperatura y la concomitante fusión de los hielos, pero también de factores tales como variaciones espaciales y temporales del geoide, ascensos o descensos del continente debidos a masas de hielo, movimientos verticales del borde continental, por procesos tectónicos o cambios en la columna de agua, compactación y subsidencia de sedimentos no consolidados. Algunos de esos procesos afectan a zonas amplias y otros son de ámbito local. Las tasas de variación debidas a algunos de ellos pueden ser de centímetros por año, en comparación con unos 20 mm de ascenso en el último siglo.

Los datos sobre lo sucedido en el actual periodo interglaciar indican que en un pasado no lejano hubo tasas de ascenso de hasta 3 cm/año (por supuesto, sin intervención humana), en comparación con unos pocos mm/año actuales. Tampoco muestran un acoplamiento claro entre aumento de temperatura y del nivel del mar. Por ejemplo, los seis periodos de acusado cambio climático identificados durante los últimos 11.700 años no parecen corresponderse con las consiguientes variaciones de nivel del mar.

Es, pues, dudoso que podamos hacer extrapolaciones fiables sobre el nivel del mar en este siglo, a partir solamente de modelos climáticos basados en el aumento de gases de efecto invernadero (GEI). En el clima global influyen además otros factores, como ocurrió con el calentamiento al inicio del Holoceno (hace algo más de 11.000 años), e igual ocurre con el nivel del mar. Los modelos climáticos son una herramienta muy útil, pero para comprender lo que está ocurriendo y hacer previsiones sobre el futuro, es más que conveniente analizar también lo que ocurrió en el pasado en circunstancias grosso modo comparables.

Las interpretaciones y propuestas de soluciones deben basarse en datos y en hipótesis contrastadas

Hay evidencias científicas claras que muestran, a lo largo del último siglo y medio, la relación entre actividad humana, calentamiento global y ascenso del nivel del mar. Pero los datos sobre cambios pasados plantean importantes dudas sobre la cadena emisión de GEI- calentamiento global - elevación del nivel del mar como única o principalísima explicación de esa manifestación del cambio actual. Una, que en periodos interglaciares pasados el aumento de temperatura precedió al aumento de concentración de GEI. Otra, la importancia relativa del aumento global del nivel del mar debido al calentamiento y de las variaciones regionales o locales achacables a otras causas. Estas pueden ser bastante superiores a la anterior y dar lugar, en distintas zonas costeras, a desviaciones muy considerables con respecto a las previsiones más recientes del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), entre 30 y 90 cm para finales de siglo.

El aumento del nivel del mar puede provocar erosión y reducción de playas y deltas, anegamiento de humedales costeros y otros efectos. Pero eso se está produciendo ya, con magnitud bastante superior, por otras actuaciones humanas relacionadas con el uso del territorio. Dos ejemplos: a la erosión de las costas, contribuye de manera decisiva la disminución del aporte de sedimentos por construcción de embalses en los ríos. Y los humedales costeros han sufrido en el último siglo reducciones de >50% en muchos casos.

La magnitud relativa de los efectos del calentamiento global y efectos similares debidos a otras causas se pone también de manifiesto en otros ámbitos. Por ejemplo, la propagación de especies invasoras o de vectores de enfermedades. Es cierto que el cambio climático está propiciando un desplazamiento de especies, pero la causa principal de esto es el gran incremento en el tráfico de personas y mercancías a través de las redes de transporte. Igualmente, el cambio climático puede representar un problema para la supervivencia de algunas especies, pero su extinción obedece en la actualidad esencialmente a otras acciones humanas.

Hay que intensificar el estudio de los cambios ambientales pasados para conocer mejor sus causas y efectos

De particular interés me parece el aumento de los desastres debidos a inundaciones y deslizamientos de tierras, con frecuencia considerado consecuencia del cambio climático. La explicación tiene lógica: ambos procesos se producen por lluvias intensas, si estas aumentan habrá más inundaciones o deslizamientos. Eso es verdad, pero no toda la verdad y posiblemente tampoco la parte más importante de la verdad. Las inundaciones y deslizamientos se deben a la interacción entre un agente desencadenante (la lluvia) y una serie de factores condicionantes de la superficie terrestre (naturaleza del suelo, topografía, cobertura vegetal, etc.). Es cuando menos científicamente poco cuidadoso limitarse a considerar solo una de las variables intervinientes. Ese aumento se producirá también si no cambian las lluvias pero sí los factores condicionantes, y hay datos que sugieren que eso está ocurriendo.

El árbol no deja ver el bosque

Podría ser que el árbol del calentamiento global/cambio climático no nos esté dejando ver el bosque de los cambios globales no debidos al clima. Me recuerda —y perdón por la burda analogía— a las personas que, tras una comida de fabada, cordero asado y tarta de chocolate piden: el café, por favor, con leche desnatada y sacarina.

Es importante combatir el calentamiento global, pero no debemos basar nuestras políticas de mitigación solamente en eso. Debemos intensificar el estudio de los cambios ambientales pasados a través del registro geológico para conocer mejor sus causas y efectos. Los factores condicionantes varían mucho de unas zonas a otras, y no es científicamente aconsejable basar las evaluaciones solo en modelos generales, de gran utilidad pero que presentan una imagen simplificada de cada realidad concreta. Podremos así validar mejor los modelos, afinar los pronósticos e incrementar nuestra capacidad de mitigar los efectos no deseables de los cambios y de aprovechar las consecuencias favorables, que también existirán.