30/11/2020
Cine

El cine del reciclaje

Como si fuera una seña más de la posmodernidad, el cine busca entre los materiales ya usados la creatividad perdida

Carlos Reviriego - 04/03/2016 - Número 24
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El cine del reciclaje
‘La leyenda de Rocky’. METRO GOLDWYN MAYER (MGM) / WARNER
Hemos visto un mundo en el que James Bond se enfrenta a su jubilación porque los espías han sido sustituidos por drones o se ocultan en las redes cibernéticas (Spectre, Sam Mendes, 2015). Hemos visto también a Han Solo y a la princesa Leia tratando de dignificar su tercera edad en un nuevo capítulo de Star Wars determinado a resucitar dramas, androides y personajes viejos (Star Wars VII. El despertar de la Fuerza, J. J. Abrams, 2015). También hemos sido testigos de cómo Rocky Balboa esta vez se liaba a golpes contra el cáncer en su último combate, retratado como un irónico fantoche que ya no puede subir las escaleras del Museo de Arte de Philadelphia (Creed. La leyenda de Rocky, Ryan Coogler, 2015). Lo que todos estos personajes tienen en común, aparte de haberse convertido en iconos de la cultura visual contemporánea, es que son vestigios, ruinas, de los heroísmos que hace 30 y hasta 50 años representaron y que en el siglo XXI quieren seguir representando.

Muchos más personajes y universos han llegado, y otros llegarán, reclamando a gritos una nueva vida en la gran pantalla, aunque sea en su vejez. Forman parte de ese cine de Hollywood que encuentra en la noción del reciclaje la vindicación de un cine vintage adaptado a los nuevos espectadores. Para ese revival ni siquiera hace falta ya esperar mucho tiempo —al menos lo razonable para estimular la nostalgia—, como ha puesto de manifiesto el Derek Zoolander de Ben Stiller apenas 15 años después, con resultados, dicho sea de paso, realmente catastróficos (Zoolander 2, 2016).

Una película como Tron: Legacy (Joseph Kosinski, 2010), que pasó sin pena ni gloria por las pantallas, vendría a aglutinar las esencias de este pulso por recobrar el tiempo perdido. Principalmente por dos motivos: porque su argumento giraba en torno a la canibalización del mundo físico por el universo virtual (analogía frente a digitalización) y porque hacía realidad el viejo sueño de la eterna juventud al enfrentar a un jovencísimo Jeff Bridges, reconstruido digitalmente a partir de la película original (Tron, Steven Lisberger, 1982), al Jeff Bridges con arrugas de hoy. La misma idea la trasladó poco antes Abrams a la resurrección cinematográfica de Star Trek (2009) cuando el Spock viejo (Leonard Nimoy) se encuentra con su versión joven (Zachary Quinto) en la paradoja temporal.

Elogio de la chatarra

Lo de la crisis de creatividad en Hollywood es un mantra que ha dejado de ser útil para analizar sus maniobras industriales. La fiebre de las franquicias que se apoderó de los grandes estudios a principios de siglo ante el sumidero inacabable de los superhéroes —con DC Comics y Marvel al frente—, propulsada por la euforia de explorar las posibilidades del fotorrealismo digital, no va a remitir mientras siga llenando las salas de cine de todo el mundo con sus dosis de espectáculo, perpetuando unos códigos estéticos en permanente mutación que ahora se han hecho fuertes en la ficción televisiva.

Y el fenómeno del remake se ha convertido en algo demasiado maleable y borroso como para acotar sus dominios, pues está presente tanto en las precueles, secuelas o reboots como en cualquier regreso a los géneros clásicos y sus lugares comunes. El remake en su sentido riguroso (que significa “rehacer”) lo llevaron a su extremo Gus Van Sant y Michael Haneke. El primero replicando Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960) plano a plano, segundo a segundo, solo que en color y nuevos actores (Psycho, 1998); y el segundo entregando 10 años después una fotocopia exacta de su película austriaca Funny Games (1997) pero con actores de Hollywood. Ni siquiera le cambió el título.

El fenómeno del remake se ha convertido en algo demasiado maleable y borroso

Podría parecer que todo esto pertenece a la cultura de la posmodernidad, a sus contorsiones y fetichismos, a la certeza de que ya todo está contado y solo podemos aspirar a hacerlo de otra manera y con materiales de derribo. Es la condena a la repetición y la prisión de la mitomanía. Podría decirse también que el cine (no solo el de Hollywood) siempre ha estado alimentándose de sí mismo, de los éxitos, las narrativas y las formas del pretérito, especialmente a partir de los años 70, cuando puso al descubierto sus mecanismos.

Pero en películas como Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015) y Carol (Todd Haynes, 2015) se puede detectar precisamente una reacción a los postulados que han conducido a la sensación de que “todo vale”, como por ejemplo que la literatura de Jane Austen conviva con la mitología de George Romero (Orgullo + prejuicio + zombis, Burr Steers, 2016). Es como si ahora, modernizadas las franquicias y alcanzados los puntos sin retorno, el cine necesitara mirar hacia atrás con nostalgia y recuperar un cine que ya no existe, como si recolectara entre la chatarra lo susceptible de uso para darle una nueva utilidad, otra vida. El entrañable robot de WALL-E (Andrew Stanton, 2008), una de las mejores y más olvidadas películas de Pixar (probablemente su melancolía conectó más con los adultos que con los niños), es una metáfora perfecta de la idea del reciclaje cultural y tecnológico.

‘Zoolander2’.  PARAMOUNT PICTURES / RED HOUR FILM

El elogio a la chatarra no es baladí. Es en lo que ha quedado cierta cultura de masas tras la crisis del posmodernismo. De hecho, la chatarra es uno de los motivos nucleares en las nuevas entregas de Star Wars, de Mad Max e incluso de las de Rocky Balboa, que pasea su cuerpo oxidado como si fuera un saco de piezas rotas que ya no puede ser golpeado. Son películas que hablan de un mundo que se resiste a perecer, que se plantean el modo de reciclarlo, limpiarlo y reactivarlo. Los androides y las naves de Star Wars —sobre todo C3PO, R2D2 y el Halcón Milenario— tienen que ponerse a punto de nuevo para resucitar de su hibernación, al igual que Han Solo y su amada princesa. El espíritu del villano Darth Vader se recicla en Kylo Ren y la Estrella de la Muerte en una de proporciones colosales.

El filme de Abrams comparte con Mad Max: Fury Road que también el australiano George Miller ha apostado por hacer un uso minimalista de los efectos generados por ordenador, en busca de una corporeidad que parece desde hace años relegada al cine del pasado. El carácter artesanal de prácticamente el 80% de los efectos especiales en ambas películas tiene por propósito que se pueda oler la gasolina en el desierto (porque el fuego es real) y sentir el rugido de las máquinas, transmitir en definitiva que todo escenario posapocalíptico puede alumbrar nuevas formas con piezas usadas.

Reciclar personajes y relatos, reciclar decorados y músicas, reciclar una mitología que necesita nuevos espectadores. A lo mismo se han dedicado las franquicias de Misión imposible o de Fast & Furious, verdaderas puntas de lanza del blockbuster hollywoodiense, que aparte de basar sus desafíos en proponer cada vez más imposibles a sus especialistas, encuentran en la filosofía del reciclaje el mantra de su existencia. El James Bond de Daniel Craig, cuerpo y alma de la serie de películas más memorables de la saga —Casino Royale (Martin Campbell, 2006), 007: Quantum of Solace (Marc Foster, 2008),
Skyfall (Sam Mendes, 2012) y Spectre—, representa la version más vulnerable y humana del agente 007, y por tanto la más susceptible a la obsolescencia. El tiempo no es piadoso con él: su recorrido es el del espía que muere y renace, el que juega en los casinos, bebe vodka con Martini y conduce deportivos. Pero en la era post-Snowden ya no tiene más remedio que reciclarse en el anonimato de los sistemas de control informáticos.

Los mitos no están libres de la jubilación, aunque Hollywood siempre encontrará alguna forma de mantenerlos en activo. La saga por excelencia de Pixar, Toy Story —que a lo largo de sus tres entregas ha ejercido una gran influencia sobre los espectadores del siglo XXI—, se construye precisamente sobre la base de que los juguetes (los mitos) tienen vidas secretas y no deben arrinconarse en el ático, sino pasar a otras manos de generación en generación, seguir vivos en un continuado espíritu de reciclaje.

De desechos a recursos

Reciclar consiste en transformar materiales usados, que de otro modo serían simples desechos, en recursos muy valiosos. En Hollywood no hay lugar para los desechos (sobre todo si han tenido éxito), solo para los nuevos usos (que proporcionarán nuevos éxitos). Cuando Todd Haynes intenta dignificar el melodrama de mediados del siglo pasado creando un nuevo glamour no lo hace tanto para ejercitarse en el estilo de sus maestros —de Douglas Sirk a Vincent Minnelli— sino para exponer aquello que en los años 50 no podía ser dicho. Cuando Alejandro González Iñárritu recupera bajo el síndrome de la grandilocuencia la figura mítica de Hugh Glass, el trampero que sobrevivió al ataque de un oso, está reciclando con una supuesta trascendencia espiritual la hazaña de supervivencia que ya nos contó muy bien El hombre de una tierra salvaje (Richard C. Sarafian, 1971), como si la película del mexicano fuera un remake no confeso y ahogado en su pretensión. Puro reciclaje sin pudor a la hora de ocultar sus fuentes, es decir, los materiales que la preceden.

Parece que la industria necesita mirar hacia atrás con nostalgia y recuperar un cine que ya no existe

Los hermanos Coen, maestros y emblemas del posmodernismo en la cultura cinematográfica, han regresado en ¡Ave, César! (2016) con un pastiche en torno al circo del viejo Hollywood, donde caben homenajes y farsas de los géneros clásicos, desde el wéstern de serie B al musical, pasando por el melodrama, el cine negro y el péplum. Al volver la vista al cine de unas décadas atrás y sus delirantes formas de producción, los Coen hacen cada vez más explícita su vinculación con el cine pretérito, aunque sea para parodiarlo, del mismo modo en que pusieron en escena el reverso dramático y las fantasmagorías de un clásico del cine del oeste, Valor de ley (Henry Hathaway, 1969), en su anterior largometraje.

El wéstern es de hecho el género que, en los últimos tiempos, más puentes ha tendido entre el cine de hoy y el del pasado, el que mayores cambios en su capa más visible ha precisado en sus protocolos de reciclaje. El revival en manos de cineastas como Tommy Lee Jones (Deuda de honor, 2014), John Maclean (Slow West, 2014) o Kristian Levring (The Salvation, 2014), todas ellas grandes películas, encuentra su culminación en las salvajadas (algunos dirán que blasfemias) de Quentin Tarantino.

Un caso aparte

Tarantino es por supuesto un caso aparte. No hay ningún otro director que ejemplifique mejor en todo su trabajo las virtudes y contradicciones de esas lábiles fronteras entre el posmodernismo y el cine reciclado. Desde sus primeros proyectos ha trabajado con un ingente material que funciona en su memoria a modo de ecléctica herencia. Junto a Kevin Smith o Robert Rodriguez forma parte de esa generación de los 90 que aprendió a hacer cine en un videoclub, o al menos ess es la leyenda que ha sobrevivido. En Django desencadenado (2012) mostró su particular visión del spaguetti western para conceder justicia poética a un pistolero negro en la era del esclavismo en EE.UU. En Los odiosos ocho (2015) subvierte el género de John Ford emponzoñándolo en un festín sangriento más propio de Sam Raimi y John Carpenter. La hibridación del wéstern y el fantaterror la lleva más lejos, y con mejores resultados, S. Craig Zahler en la magnífica Bone Tomahawk (2015), también protagonizada por Kurt Russell y que llega ahora a pantallas españolas.

En el universo del reciclaje cinéfilo, resulta bien curioso cómo el clasico de John Ford Centauros del desierto (1956), que ahora cumple 60 años, actúa como punto de partida de varios wéstern actuales. Se puede comprobar en las pantallas tanto en Bone Tomahawk como en Les Cowboys (Thomas Bidegain, 2015). El año pasado el argentino Lisandro Alonso tomó como inspiración la épica de Ethan Edwards (John Wayne) en la excelente Jauja (2014), protagonizada por Viggo Mortensen. Bone Tomahawk es la historia del rescate de una dama —la doctora del pueblo Bright Hope— en manos de los indios, que encarnan el salvajismo llevado al extremo: caníbales de aspecto fantasmagórico que habitan en una cueva donde descuartizan y conservan a sus presas humanas. Les Cowboys se presenta como un remake francés de Centauros del desierto en el que la joven abducida a una familia belga no a va a parar a los indios, sino a los yihadistas. El salvajismo toma otra forma. Cosas del reciclaje.