14/12/2018
Ciencia

El ecólogo escéptico

Ken Thompson hace en este ensayo una incisiva crítica del pensamiento ecologista en general y del conservacionismo en particular

Oculto bajo el inocente título ¿De dónde son los camellos?, el biólogo británico Ken Thompson (1954) ha lanzado un cóctel molotov en forma de libro contra la sede central de Greenpeace. A pesar de ser ecólogo de profesión (o quizá por eso mismo), hace una aguda e incisiva crítica del pensamiento ecologista en general y del conservacionismo en particular. Como remarca Thompson, la ecología (a diferencia del ecologismo) es una ciencia, no una ideología, y no debería actuar como una suerte de autoridad moral que fomente una visión de la naturaleza en detrimento de otras. Esta declaración debería ser innecesaria, pero es cada vez más pertinente en unos tiempos en los que el falaz argumento de autoridad se hace pasar por realidad incontrovertible, en la forma de “consenso científico mayoritario”.

La apelación al consenso científico siempre es sospechosa, porque implica la existencia de una minoría crítica cuyos argumentos (científicamente legítimos) se ahogan bajo el peso de la opinión mayoritaria. Pero las verdades científicas establecidas no son (o no deberían ser) opinables. La ciencia es una empresa eminentemente “antidemocrática”, que busca la solución única, absoluta y definitiva de los problemas que se plantea. Las opiniones y escuelas alternativas solo tienen sentido cuando los problemas no están resueltos del todo, a falta de mejores datos o teorías que permitan descartar todas las opciones menos una. Y en esta situación (habitual en filosofía, pero indeseable en ciencia) lo razonable es prestar atención a todas las posturas, siempre que estén científicamente fundadas, en lugar de intentar acallarlas o descalificarlas.

El autor procede a desmontar lo que para él son los cinco mitos ecologistas persistentes

Como señaló el filósofo Karl Popper, las tesis científicas, a diferencia de los teoremas matemáticos, no son verdades lógicas: solo puede demostrarse su falsedad (cuando los datos no se ajustan a la teoría), mientras que su verdad solo puede establecerse más allá de toda duda razonable (lo cual deja siempre cierto margen para la duda irrazonable). Las verdades científicas establecidas siempre son, en última instancia, consensos. Pero, por poner un ejemplo, a ningún biólogo en su sano juicio se le ocurriría poner en duda la realidad de la evolución (aunque en las últimas décadas hayamos asistido a la moda pasajera de poner en duda la teoría de la evolución).

Salvo cuando se imponen los prejuicios o sesgos ideológicos, los científicos suelen estar de acuerdo en lo que todos dan por verdadero, incluso los que no están satisfechos con las teorías al uso y buscan explicaciones alternativas. Por eso las disidencias que niegan realidades científicas bien establecidas son tratadas como lo que son: posturas excéntricas y anecdóticas que no representan una crítica científica digna de consideración.

Una voz a contracorriente

El peligro de los consensos científicos mayoritarios es que se conviertan en una ortodoxia que nadie cuestione aunque carezca de una base científica sólida. Hasta mediados del siglo pasado, el consenso científico mayoritario era que algunas razas humanas están “más cerca del mono” que otras, una creencia no sustentada en ninguna realidad biológica objetiva y que hoy en día no suscribiría ningún científico bienpensante (aunque sigue estando presente en la cultura popular).

El cambio climático antropogénico es otro de esos consensos devenidos en ortodoxia y cuyo fundamento científico ha venido siendo cuestionado por una minoría significativa de díscolos que no se han dejado arrastrar por la corriente dominante. Uno de los más conocidos (y vilipendiados) de estos críticos es el danés Bjørn Lomborg, exmiembro de Greenpeace y autor de El ecologista escéptico, un libro donde ponía en duda la evidencia científica en la que se basa el actual consenso mayoritario sobre el cambio climático. La virulencia de los ataques a Lomborg es una expresión palmaria de la componente ideológica de este asunto, que a menudo impide el debate estrictamente científico. Lomborg tenía razón al menos en parte, y su crítica obligó a revisar y extremar el rigor de las mediciones de gases atmosféricos de efecto invernadero como el CO2, cuyo incremento a lo largo del último medio siglo se sustenta en una evidencia más sólida que nunca.

Arremete contra la idea de que todas las especies “invasoras” son malas porque compiten con las autóctonas

Cuando la polvareda levantada por El ecologista escéptico (Espasa, 2003) ya se había asentado y hasta el propio Lomborg había vuelto al redil (hace poco declaró que el calentamiento global es uno de los principales problemas a los que se enfrenta el mundo), irrumpe un ecólogo británico arremetiendo contra otro consenso científico que es una piedra angular del conservacionismo ecologista: la idea de que todas las especies “invasoras” son indeseables porque compiten con la fauna autóctona, perturban los ecosistemas locales y deben erradicarse a cualquier precio. Lo que viene a decir Thompson es que el conservacionismo tiene mucho de conservadurismo, y que este sesgo ideológico impide tratar el problema de la introducción de especies foráneas de manera auténticamente científica y efectiva. En el libro Thompson procede a desmontar lo que para él son los cinco mitos ecologistas persistentes: 1) Las invasiones de especies extrañas merman la diversidad y funcionalidad de los ecosistemas; 2) Las especies introducidas nos cuestan una fortuna; 3) Si algo va mal, la culpa es de los que vienen de fuera; 4) Estas especies invasoras acabarán por destruir nuestros ecosistemas si no hacemos nada para evitarlo, y 5) Los forasteros son los malos de la película y los nativos, los buenos. El libro de Thompson es provocativo y deliberadamente provocador. Como muestra de este talante, no me resisto a citar su respaldo a la irreverente propuesta del ecólogo Chris Thomas de convertir Gran Bretaña en un refugio para especies ibéricas amenazadas como el águila imperial, el lince ibérico, el desmán de los Pirineos y unas cuantas mariposas y escarabajos acuáticos endémicos.

El mensaje principal de ¿De dónde vienen los camellos? es que, en muchos casos, las especies invasoras no son tanto el problema como el síntoma de un problema ecológico más profundo, que es donde debería buscarse la solución más efectiva (una idea que puede aplicarse a otros ámbitos de la gestión ecológica, como la cuestión del incremento del CO2 atmosférico, que se intenta contrarrestar con la dudosa política de reducir las emisiones de este gas, cuando el problema real reside en la pérdida acelerada de la biomasa forestal planetaria). El ensayo de Ken Thompson irritará a muchos. Pero es un libro valiente que viene a sacudir un consenso científico tan mayoritario como acomodado, lo cual siempre es saludable para el progreso de la ciencia. Si no existieran científicos como él, habría que inventarlos.

¿De dónde son los camellos?
¿De dónde son los camellos?
Ken Thompson
Traducción de Dulcinea Otero-Piñeiro
Alianza Editorial,
Madrid, 2016,
360 págs.