25/8/2019
Ciencia

Explicar la ciencia. Cómo hablar claro de cosas complejas

La divulgación científica no tiene prestigio. Sin embargo, hay que darle la importancia que tiene y merece

Javier Ozón - 24/06/2016 - Número 39
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Explicar la ciencia. Cómo hablar claro de cosas complejas
patricia bolinches
Que la ciencia es un pilar de la civilización contemporánea es un hecho admitido, un motivo de consenso que, no obstante, la élite política española ha obviado con negligente obstinación, como si ese fabuloso patrimonio, fruto de siglos de esfuerzo colectivo, se hubiera producido por combustión espontánea. Fuera de eso, a nadie en su sano juicio se le oculta que el porvenir de la ciencia depende de una educación universal y otros factores, entre los que destaca la divulgación. Bajo esta premisa, el cometido de la divulgación va más allá de la difusión del conocimiento científico.

El antropólogo Robin Dunbar revela en El miedo a la ciencia (Alianza editorial, 1999) las claves de la congénita desafección que la especie humana ha sufrido por la práctica científica. De este modo, compete a la divulgación transmitir a las siguientes generaciones ese prurito llamado vocación científica, además de persuadir a la opinión pública y, por tanto, a la clase política gobernante, de su incumbencia, es decir, de la trascendencia de invertir públicamente en su desarrollo. El sector privado que sufraga proyectos de investigación lo hace a cambio de resultados —de bienes o servicios con un precio en el mercado—, premisa que contradice el principio elemental de independencia científica. Bajo el imperativo de la rentabilidad, ni Newton, ni Maxwell ni Einstein hubiesen culminado sus revoluciones científicas.

La divulgación debe discurrir entre dos extremos: tiene que ser comprensible y eludir la banalización

La divulgación goza de escaso prestigio en los círculos académicos. El autor de ese tipo de texto es, por lo común, un periodista —y en menor medida un escritor: Bill Bryson, David Foster Wallace— o un experto. En el primer caso, el trabajo suele recibirse con reticencia, como si se confiara un tesoro a un intruso. En el segundo, el recelo es de otra índole: se interpreta como un frívolo o, cuando menos, estéril pasatiempo. Si se pregunta, es probable que nadie acepte su indiferencia, pero en la práctica solo ejerce la divulgación un reducido porcentaje de científicos profesionales.

Aparte de esa falta de prestigio, la divulgación no resulta inmune a la dificultad del género. Un artículo divulgativo ha de resultar claro y poseer sentido y coherencia. Si pretende alentar la pasión por la investigación, el divulgador debe conducirse con el rigor propio del método científico. Y sin olvidar que, con frecuencia, el primer destinatario de sus textos es un experto en otra especialidad.

La divulgación debe discurrir entre dos extremos. En primer término, tiene que ser comprensible, tarea nada desdeñable, puesto que no siempre es fácil entender lo que se quiere explicar y, además, resulta sencillo confundirse y dar por sabidos conocimientos que el lector ignora. La habilidad de tener presente lo que sabe o no sabe el interlocutor es condición obligada en el arte de divulgar. En segundo término, el divulgador debe eludir la banalización: lo que cuenta ha de tener consistencia, ir más allá del barniz, la anécdota o el destello conceptual. Es un empeño dificilísimo, pero no imposible, como han demostrado algunos excelsos divulgadores.

Contra la afectación

Seis piezas fáciles (Crítica, 1998) de Richard P. Feynman, uno de los más importantes físicos del siglo XX, es un libro compuesto por seis de los capítulos de menor aparato teórico de sus Lecciones de física, tomo que a su vez recoge y amplía las clases que Feynman dictó a los alumnos de los dos primeros cursos del Caltech en la década de los 60 y que inmediatamente se convirtió en un título de referencia. Tanto el original como su extracto, Seis piezas fáciles, son libros magníficos, riquísimos en hallazgos e ideas y, por eso mismo, de una notable densidad conceptual. No es de extrañar que esas lecciones supusieran un inmediato éxito entre los alumnos de posgrado y los compañeros del autor, así como un considerable fracaso —como el propio Feynman admitió siempre— entre los estudiantes de los primeros cursos a quienes estaban destinadas originalmente y que, en general, preferían otras fuentes bibliográficas, acaso menos abundantes en matices pero de mayor encaje pedagógico. Feynman, en definitiva, había elevado demasiado el tono o, si se prefiere, se había confundido de público.

Como colofón a las citadas competencias divulgativas, es recomendable evitar la afectación o pedantería, esa constante universal de resultar oscuro con la esperanza de resultar muy inteligente. Aunque el respeto reservado a los científicos e intelectuales incapaces de expresarse con claridad —“hay espíritus”, escribió Nietszche, “que enturbian sus aguas para hacerlas parecer profundas”— sea tan antiguo como la humanidad, carece de fundamento. Recíprocamente, debe convenirse con el Diccionario de las artes (Planeta, 1999) de Félix de Azúa en que “la claridad de la exposición es una señal inequívoca de la solidez del pensamiento”, dictamen que Arthur Schopenhauer preludia en Parerga y Paralipómena: “Nada es más fácil que escribir de manera que no haya quien lo entienda, igual que nada es más difícil que expresar pensamientos de peso de modo tal que nadie pueda decir que no los entiende. Lo ininteligible está emparentado con la carencia de inteligencia y, en todo caso, es infinitamente más probable que esconda una mistificación que un pensamiento muy profundo”. Todo esto, traducido en términos cervantinos, puede decir así: “Llaneza, muchacho, y no te encumbres, que toda afectación es vana”.

Paul Davies refiere en la introducción de las Seis piezas fáciles de Feynman un episodio de gran valor simbólico. Tras haberle pedido un miembro del claustro del Caltech que explicara por qué las partículas con espín igual a 1/2 —no se preocupe si esto le suena a sánscrito— obedecen la estadística de Fermi-Dirac, Feynman respondió: “Prepararé una lección sobre ello para estudiantes de primer año”. Al cabo de unos días, Feynman regresó y reconoció: “Sabéis, no pude hacerlo, no pude reducirlo al nivel de un estudiante de primer curso. Esto significa que realmente no lo comprendemos”. Dicho en otros términos, la incapacidad de expresar con llaneza un concepto, según Feynman, es sinónimo de que no se entendió con suficiente profundidad, lo que, en otro campo, reitera el veredicto de Schopenhauer. Lo oscuro suele abrigar con mucha mayor frecuencia una impostura que una profunda reflexión.

La consistencia del texto

Fuera de eso, ¿qué significa que un texto tenga consistencia o solidez? Esto, que resulta difícil de determinar, puede condensarse en un principio general: un artículo no debe constituirse mediante una arbitraria superposición de ideas, defecto del que adolece un elevado porcentaje de la literatura divulgativa. La yuxtaposición de dos conceptos debe producir un tercero. Visto de otro modo, el documento divulgativo ha de seguir un hilo conductor: presentación, nudo y desenlace. En ciencia, estas partes reciben el nombre de introducción, desarrollo —entre otros títulos— y conclusiones, y suelen acompañarse de una sección de líneas futuras, puesto que se entiende que el progreso de la investigación no tiene fin.

Como ilustración de las anteriores acotaciones merecen un elogio especial los libros de matemática recreativa de Martin Gardner, editados en español por Alianza, así como la celebérrima Una breve historia de casi todo (RBA, 2005) de Bill Bryson y las referidas Seis piezas fáciles de Feynman. Fuera de esos títulos canónicos, acaso el más sobresaliente volumen publicado los últimos años sea Los códigos secretos (Debate, 2000) de Simon Singh, que es una historia de la criptografía, es decir, de la transmisión de mensajes cifrados —y por tanto ininteligibles para quien no conozca la clave de su lectura— a través del tiempo, disciplina íntimamente vinculada con la guerra y el espionaje. Singh, que es un maestro de la divulgación capaz de exponer con elocuente erudición tanto el sentido de sus crónicas como sus fundamentos teóricos, es autor de otras dos cumbres del género: El enigma de Fermat (Planeta, 1998), en el que relata el titánico pulso que Andrew Wiles mantuvo con la más célebre conjetura de la historia de las matemáticas, el último teorema de Fermat, hasta su brillante desenlace; y Big Bang: el descubrimiento científico más importante de todos los tiempos (Ediciones de Intevención Cultural, 2008). Más recientemente, Singh ha publicado Los Simpson y las matemáticas (Ariel, 2013), amenísimo compendio de curiosidades numéricas relatadas al hilo de la célebre serie de animación.

Lo oscuro suele abrigar con mucha mayor frecuencia una impostura que una profunda reflexión

Los casos de Gardner, Bryson, Feynman o Singh constituyen felices excepciones dentro de un género en que no es frecuente encontrar títulos memorables. Sobre uno de los tomos más celebrados durante la última década, La música de los números primos (Acantilado, 2013), del matemático británico Marcus du Sautoy, puede afirmarse que es un deslumbrante recorrido por la historia de los números primos —aquellos que solo son divisibles por sí mismos y la unidad— hasta que, a mitad de trayecto, el autor se pierde en un laberinto ameno pero vacío de contenido. El texto incurre en uno de los errores comunes de la divulgación: no explica todo lo que propone en sus primeras secciones. No es un caso aislado. La misma incoherencia puede encontrarse en otro elogiado tomo, La proporción áurea (Ariel, 2006) de Mario Livio, así como en un posterior volumen de Marcus du Sautoy, Los misterios de los números (Acantilado, 2012), que vulneran por añadidura una premisa del género: la obligación de rubricar cada uno de los capítulos en que se divide el texto. Con esto no pretende decirse que sea preciso despejar todos los interrogantes de la disciplina —objeto con frecuencia irrealizable—, sino que cuando se formula una cuestión y no se responde ha de especificarse por qué no se resolvió. O, cuando menos, apuntarlo. La edición española de Los misterios de los números abunda además en errores, tanto tipográficos como de contenido, defecto que resulta particularmente censurable en un texto matemático dado que no solo convierte una porción de sus páginas en un incomprensible galimatías sino que contraviene uno de los fundamentos de la materia: la consistencia lógica.

Marcus du Sautoy impartió una conferencia en Barcelona. La tarde del acto, un breve vistazo al anfiteatro de CosmoCaixa evidenciaba que el público se componía en su práctica totalidad de matemáticos, físicos o ingenieros, singularidad que Sautoy, que es investigador, no pudo dejar de percibir. El autor, sin embargo, no alteró su planteamiento e impartió una lección preparada para un público lego. Fue, en síntesis, una brillante e infructífera conferencia, como si hubiera recitado el alfabeto ante un congreso de académicos de la lengua. En este caso el autor cometió otro error común: aburrir al público con lo que constituye una obviedad para él.

El ensayo científico

Existe, por otro lado, un conjunto de libros que, sin merecer sensu stricto el calificativo de divulgativos, cumplen idéntica función. Sobresale en este capítulo el ensayo científico, destinado a un público general, en el que un destacado experto alterna contribuciones propias con aportaciones de otros autores. Norbert Wiener, Murray Gell-Mann, Roger Penrose, Steven Pinker, Richard Dawkins y más recientemente Nate Silver y Yuval Noah Harari —si es posible catalogar De animales a dioses dentro del género científico— han cultivado con distinta fortuna dicho campo, en que despuntan las figuras del citado Robin Dunbar y de Malcolm Gladwell. Gladwell, que no es científico sino periodista, combina en sus textos un notable volumen de información académica —sustraída en su mayor parte de revistas especializadas— para dar forma y contenido a ilustradoras tesis sobre la conducta humana. La clave del éxito (Taurus, 2007), Inteligencia intuitiva (Taurus, 2005) y Fueras de serie (Taurus, 2009) —no se deje confundir por los desafortunados títulos en castellano— constituyen gozosas cimas de la literatura científica contemporánea.

En ese terreno cabe contrastar dos publicaciones recientes: Incógnito: las vidas secretas del cerebro (Anagrama, 2013), de David Eagleman, y Subliminal: cómo tu inconsciente gobierna tu comportamiento (Crítica, 2013), de Leonard Mlodinow. Con los consabidos matices, ambos autores defienden la misma hipótesis: la mente oculta, llamada inconsciente, rige la vida consciente de los individuos. Tras un tentador preámbulo que ocupa los capítulos iniciales, David Eagleman se enreda en una difusa disertación especulativa carente de método. Leonard Mlodinow, que no da respuesta a todas y cada una de las incógnitas de la disciplina —objeto fuera del alcance de la ciencia actual—, deja de lado el marco teórico y construye su relato sobre casos particulares, que es en donde las tesis que defiende se hacen visibles y, por tanto, inteligibles. Mlodinow ofrece una crónica de mucha mayor sustancia conceptual y didáctica que la de David Eagleman.

En un campo próximo destacan El prisma del lenguaje (Ariel, 2011) de Guy Deutscher, persuasivo ensayo sobre el lenguaje y la percepción, así como Las trampas del deseo (Ariel, 2008), de Dan Ariely —que describe la posibilidad de predecir patrones irracionales del comportamiento humano—, y el monumental Pensar rápido, Pensar despacio (Debate, 2015) del Premio Nobel de Economía Daniel Kahneman, publicado con el afán de convertirse en referencia bibliográfica de su disciplina, a la que —lo mismo que Dan Ariely— se refiere como economía conductual. Estos dos últimos títulos, siendo notables, resultan a la postre imperfectos: el primero adolece de un entramado irregular —unos capítulos se imponen por encima de otros— y el segundo no siempre resulta inteligible debido a un innecesario envaramiento retórico. Puede aducirse que la propia complejidad del género requiere un vocabulario técnico específico, pero en Inteligencia intuitiva Gladwell expone los mismos argumentos que Kahneman con proverbial llaneza.

Novelas y ciencia

No hay que desdeñar el papel desempeñado por ciertos títulos de historia de la ciencia, así como por determinadas crónicas, biografías o autobiografías de grandes científicos, algunas noveladas. Entre ellos, Hacia los confines del mundo (Salamandra, 2007) de Harry Thompson, que relata la circunnavegación terráquea de Charles Darwin a bordo del Beagle, o El mundo es uno (Ediciones B, 1996) de Arthur C. Clarke, sobre el despliegue en 1858 del primer cable transoceánico de comunicaciones —episodio que Stefan Zweig recoge en Momentos estelares de la humanidad—, así como, a pesar de su sintética brevedad, Momentos estelares de la ciencia de Isaac Asimov y la conmovedora Autobiografía de Darwin o las desopilantes memorias que Richard Feynman dictó a Ralph Leighton, ¿Está usted de broma, Sr. Feynman? (Alianza, 2003), la biografía de Basil Mahon sobre James Clerk Maxwell, uno de los más grandes científicos de la era moderna, bajo el epígrafe de The man who changed everything (2003), los episodios clínicos del neurocirujano inglés Henry Marsh, Ante todo, no hagas daño (Salamandra, 2016), o un curiosísimo libro sobre Princeton: ¿Quién ocupó el despacho de Einstein? (Anagrama, 1992) de Ed Regis.

Pero por encima de todo sobresalen dos títulos de Oliver SacksEl hombre que confundió a su mujer con un sombrero (Anagrama, 2004) y Un antropólogo en Marte (Anagrama, 2006)— así como El siglo de los cirujanos (Destino, 2005) de Jürgen Thorwald, que es el relato de una vibrante epopeya moderna: el nacimiento de la cirugía. Si un día flaquea su confianza en el género humano, no desfallezca y busque refugio en sus páginas. En el peor de los casos se habrá obsequiado con unos consoladores instantes de alivio, dicha y reparación.