22/11/2019
Opinión

En el nombre del padre

A los 37, Macri sentía que su padre no lo valoraba, que tenía que hacer algo por sí mismo. Su elección ha derribado el mito de que solo el peronismo podía ganar elecciones en Argentina

Martín Caparrós - 04/12/2015 - Número 12
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En el nombre del padre
Mikel Jaso
Son raras las razones por las que las personas hacen cosas. Si su padre lo hubiera tratado mejor, seguramente hoy Mauricio Macri sería un millonario fabricante de coches o el patrón de la basura en Argentina. Porque dicen —todos dicen— que, cuando empezó a buscar la luz pública, lo que buscaba era sacudirse la sombra de su padre, Franco, un self-made empresario nacido en Italia que, con la ayuda de gobiernos militares y civiles, se había convertido en uno de los mayores industriales argentinos. Su hijo Mauricio ya tenía 37 años —había estudiado ingeniería, bailado bastante, engendrado varios hijos, trabajado siempre en la empresa de papá— cuando decidió probar sus alas: sentía que su padre no lo valoraba, que debía hacer algo por sí mismo. En 1995 se presentó con gran refuerzo de propaganda y mercadeo a las elecciones del Club Atlético Boca Juniors; las ganó, se volvió conocido. Dos o tres años después estaba al borde del naufragio: el equipo, pese a los nombres rutilantes que el joven presidente había comprado —Maradona, Caniggia, Bilardo—, no ganaba nada. Le quedaban pocos meses de gestión —y una derrota segura en las siguientes elecciones— cuando se le ocurrió contratar a un entrenador menos famoso, un tal Carlos Bianchi: a partir de entonces, Boca ganó todo y Macri despegó.
 
Desde ahí —a la Berlusconi, a la Bush— derivó a la política. Formó Propuesta Republicana (PRO), un partido que entroncaba con la vieja derecha, pero se pretendía moderno y gerencial. Era, además, la primera vez que los ricos argentinos aceptaban las reglas del juego democrático en lugar de robarse el gobierno vía golpes militares o volteretas peronistas.
 
En 2003, la primera vez que se presentó para alcalde de la ciudad de Buenos Aires, su presencia consiguió que su rival, un joven abogado progre, uniera todos los votos anticonservadores y le ganara. La segunda, en 2007, habría pasado lo mismo si no fuera porque Néstor Kirchner, entonces presidente, dividió esas fuerzas: Macri le resultaba un adversario demasiado conveniente para desperdiciarlo. Le servía para dibujarse: si su adversario era cuna de oro, colegio religioso, gran empresa, liberal, proamericano, él podía postularse como lo contrario. Así que los

Los Kirchner lo construyeron como un enemigo. Parecía lo más astuto hasta que se quedó con el poder

presidentes Kirchner lo construyeron como su enemigo: parecía de lo más astuto hasta que, hace unos días, se quedó con el poder que ellos, vueltos ella, imaginaron suyo para siempre.
 
Un gran político español —sabio en gobiernos y derrotas— dijo hace poco que, en estos tiempos de programas pobres, la mayoría de las elecciones no las gana la oposición: las pierden los gobiernos. Hace tres meses nadie, digo: nadie, dudaba de que el peronismo ganaría las elecciones. La sorpresa se fue haciendo de a poco: en la primera ronda Mauricio Macri recibió cinco millones y medio de votos, un 34,33%; para completar el 51,4% que lo llevó a la presidencia, tuvieron que votarlo más de siete millones de argentinos que no lo habían elegido. Por eso, también, no tendrá mayoría propia en el Congreso y tendrá que negociar todas las leyes.
 
Macri ganó, más que nada, porque el gobierno Kirchner se había hecho insoportable para muchos: sus engaños, su autoritarismo, su soberbia, su explotación de un discurso político que su práctica nunca sostenía, su actitud de constante enfrentamiento. Así que actuó —o sobreactuó— la conducta contraria: insistió mucho en el diálogo, en la concertación, en la amabilidad, en la descalificación de “las ideologías”. Lo eligieron un domingo y festejó hasta tarde, con bailes y champaña. Su primer gesto de presidente electo, el lunes a la hora del lechero, fue ofrecer una conferencia de prensa —que la futura expresidenta no daba nunca—.
 
El cambio en las formas de regir la política argentina será muy apreciado los primeros días; después, Macri va a precisar tanto más que eso. Ya está claro que empezará por trastocar el sistema de alianzas en la región: va a situar a la Argentina más cerca del centro liberal de Chile, Colombia y Estados Unidos, más lejos de la derecha populista de Venezuela o Ecuador. Pero el problema principal será la economía, con las arcas del Estado vaciadas por el peronismo. Todavía no se sabe qué hará su equipo económico para unificar el precio del dólar sin fogonear una inflación que este mes ya supera el 3%, ni cómo reorganizarán un sistema de subsidios que favorece más a los ricos que a los pobres, ni cuál es su idea para recuperar las economías regionales aplastadas por los controles cambiarios.

Macri tiene un mérito raro: sabe que no sabe y le gusta rodearse de gente que supuestamente sí. Acaba de anunciar su gabinete: incluye un rabino en Medio Ambiente, un editor en Cultura, una dirigente de la ONU en Relaciones Exteriores y un kirchnerista en Ciencia y Técnica, pero la mayoría son economistas y empresarios de grandes compañías. Su discurso siempre enfatiza la gestión y se apoya en una de las creencias más difundidas de estos tiempos: que la eficiencia y la honestidad “no son de izquierda ni de derecha” y benefician a todos. Está claro que la eficiencia y la honestidad son mejores que la incapacidad y el robo, pero toda acción importante de gobierno supone una elección que dejan sus vencedores y vencidos, favorecidos y perjudicados: cuando toca repartir, o los patrones se llevan más o se lo llevan los trabajadores.
 
Y existe la sospecha de que, cuando deba elegir, el gabinete Macri elegirá a los ricos. Quizá no sea cierto: el nuevo presidente parece menos principista que pragmático. Su ideología aparece con fuerza en muchos de sus actos, pero ya ha mostrado que es capaz de dejarla de lado cuando cree que no lo beneficia, como aquella vez que rechazó el pedido del cardenal Bergoglio de que

Macri tiene un mérito raro: sabe que no sabe y le gusta rodearse de gente que supuestamente sí

vetara la ley de matrimonio gay en la ciudad de Buenos Aires. Pero es probable que, en ciertas ocasiones, su formación patronal reaparezca con fuerza. Y eso, en la Argentina, suele pagarse caro.
 
Y enfrente tiene al peronismo. Su elección derribó uno de los dos mitos decisivos de la política argentina actual: que solo el peronismo podía ganar elecciones. Ahora queda el otro: que solo el peronismo puede gobernar. El viejo aparato de poder, alborotado por su primera derrota en mucho tiempo, está en plena lucha interna: cuatro o cinco osados tratan de coparlo. Algunos lo intentarán pactando con el nuevo Gobierno, mostrando que colaboran con él por el bien de la patria; otros, ofreciéndose como la oposición más bruta, mostrando que la patria se fragua en el combate.

Es la postura del peronismo kirchnerista: su única opción de supervivencia, ya separados del dinero del Estado, consiste en postular que con Cristina vivíamos mejor y que, por lo tanto, es preciso reponerla en su sillón. Para probarlo, claro, necesitan que la gestión Macri sea un desastre, así que deben crear cuanto problema puedan. Por lo pronto, ya empezaron a demonizarlo. Le atribuyen propósitos horribles, lo pintan tan oscuro que combatirlo parece inevitable —aunque no todos son tan bestias como ese actorzuelo, Gerardo Romano, que hace unos días lo comparó con Hitler—. Por ahora se encuentran con el desdén de millones de argentinos, que no ven a ese diablo por ninguna parte; habrá que ver qué pasa cuando empiece su Gobierno y todo lo que suceda sea su culpa.
 
Las opciones son muchas y diversas. Es probable que a la Argentina le toquen, como siempre, tiempos difíciles en que vivir. Pero al menos algo se abrió, que ofrece el atractivo de lo diferente. Mucho —quizá demasiado— depende de Mauricio Macri.
 
Simon Kuper publicó hace unos días una columna en el Financial Times donde contaba sus encuentros con él desde que lo conoció, hace más de 10 años, en una charla en Oxford. En el texto lo cubre de elogios, le desea lo mejor; solo agrega, en la última línea, que el exjoven puede haber convencido a muchos, pero que todavía le falta convencer a su padre. Y que el padre, dice Kuper, “me dijo que su hijo tenía la mente para ser presidente pero no el corazón” y que él también lo cree. Macri, ya casi presidente, sabe que su oportunidad es ahora o nunca.