22/7/2019
Análisis

La Argentina posKirchner, entre el cambio y la continuidad

A largo plazo existe la duda sobre el papel que jugará la política en relación con la economía

Lucía Álvarez - 16/10/2015 - Número 5
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La Argentina posKirchner, entre el cambio y la continuidad
Cristina Fernández y Néstor Kirchner en la sede del Congreso en Buenos Aires. JUAN MABROMATA / AFP / Getty Images
Argentina es un país acostumbrado al vértigo. Su democracia es estable, pero su vida política tiene una dinámica intensa. De vez en cuando, incluso, sufre sacudidas que llevan al límite las reglas de la gobernabilidad. Quizá por eso, esta transición presidencial parece novedosa: porque, a diferencia de los últimos 30 años, se llega a la elección con un recambio obligado, pero sin un clima de crisis ni el anhelo de empezar, otra vez, todo de cero. Después de tres mandatos de un mismo signo político, uno de Néstor Kirchner y dos de Cristina Fernández, los principales candidatos a sucederlos organizan sus propuestas en relación a un difícil equilibrio: explicar cuánto de cambio y cuánto de continuidad suponen. 

Los candidatos evitan hablar de economía en la campaña, pero se sabe que el fin del boom de las commodities obliga a realizar modificaciones en este esquema de gobierno. Porque el kirchnerismo puede definirse de muchas maneras, y una de ellas es esa: como un modo particular de administrar las posibilidades que generó la subida de los precios internacionales de la soja. 

Durante 12 años, la obsesión del kirchnerismo fue la inclusión. Primero de las mayorías, a través del fortalecimiento del mercado interno y del consumo, la recomposición del mercado laboral y la extensión de las coberturas sociales y de las pensiones. De minorías históricamente rezagadas después, con medidas específicas como el estatuto del peón rural, la inclusión de las trabajadoras de casas particulares, el matrimonio igualitario o la Ley de Identidad de Género.  

El kirchnerismo fue un modo de administrar las posibilidades que generó la subida de los precios de la soja


Desde 2003, se han creado en Argentina 5,5 millones de puestos de trabajo. El restablecimiento de las paritarias anuales permitió que el salario mínimo tuviera un crecimiento del 2.390% (nominal, sin tener en cuenta la inflación) entre 2003 y 2015. La Asignación Universal por Hijo (AUH), el principal programa de transferencia condicionada de ingresos, hoy alcanza a 3,5 millones de beneficiarios, y otros 2,5 millones de adultos mayores accedieron a la jubilación mínima que además tiene dos actualizaciones al año. También se ampliaron la cobertura educativa —sobre todo en el nivel superior y gracias a un presupuesto del 6% del PIB— y la cobertura en salud, con un 20% más de afiliados a obras sociales. 

Sin embargo, el kirchnerismo tuvo peores resultados en los aspectos que no dependen del mercado laboral: calidad educativa, relación subsidios-infraestructura, fragmentación y desigualdad en el sistema sanitario. También mostró más debilidad en la prevención de ciertos delitos, la concentración de la tierra y la efectividad de las políticas de vivienda y de regulación del precio del suelo.

Agotamiento del modelo

Con sus luces y sombras, ese modelo muestra hoy signos de agotamiento. Como algunos de sus vecinos, Argentina tiene un pobre crecimiento del PIB y dificultades para crear empleo. Aunque la tasa de desocupación se mantiene en 7%, la informalidad laboral no baja del 30% en el que se estancó hace años. Es difícil saberlo con precisión porque faltan cifras oficiales, pero existe cierto consenso sobre un aumento de la pobreza desde 2012 y una inflación anual mínima del 20%. A ese panorama se suma una caída en las reservas, una situación judicial compleja con los fondos buitre y altas tasas de financiación internacional.
    
Por eso, la inquietud ante el futuro más inmediato está vinculada a la amenaza de una devaluación o un ajuste que el kirchnerismo se puede jactar de haber evitado durante más de una década. Pero en el largo plazo, la pregunta es qué lugar ocupará la política en relación con la economía. Porque la política también fue una protagonista indiscutible de este tiempo.

En la narrativa oficial, Néstor y Cristina Kirchner fueron quienes recuperaron la palabra, la decisión y la soberanía presidencial. Los que sacaron a la política del subsuelo de descrédito al que había llegado en 2001, cuando las clases medias empobrecidas y los pobres que luchaban por la subsistencia salieron a las calles pidiendo “que se vayan todos”, incluido el presidente de la nación. 

Después de la supremacía de los técnicos durante los años 90, Néstor y Cristina Kirchner defendieron una política “de salto sin red”; o en palabras de algunos menos entusiastas, una política que combinó audacia y cálculo. De ese modo, durante años definieron los temas de la agenda pública y despertaron discusión e interés incluso entre quienes nunca se sintieron atraídos por ellos. También estimularon la militancia de miles de jóvenes, muchos de ellos cuadros del actual Gobierno, que con el kirchnerismo conocieron en vivo el peronismo de izquierda. Un peronismo que, en ese momento, parecía ser solo una cita del pasado. 

La inquietud ante el futuro más inmediato está vinculada a la amenaza de una devaluación o un ajuste 


Sin embargo, no lo hicieron los dos del mismo modo. Néstor Kirchner estuvo especialmente interesado en recuperar la autonomía de la política para regir el curso de la economía así como en construir un modelo de conducción centralizado, pero capaz de contener demandas de distinta naturaleza. De él se recuerda que “se sentaba con todos”: dirigentes de segunda línea, líderes territoriales, empresarios, gremialistas, Madres de Plaza de Mayo y algún que otro intelectual. 

Kirchner montó sobre la estructura del Partido Justicialista —con sus gobernadores y sus intendentes y sus viejos líderes sindicales— una fuerza progresista en lo social y lo cultural que penetró fuertemente en el sentido común de la época. Una encuesta de Flacso-Ibarómetro realizada en 2013 mostró, por ejemplo, que el 70% de la clase media argentina estaba de acuerdo con la existencia de un “Estado activo sobre la economía”. Y más de un 50% creía que “la esencia de la democracia es buscar igualdad”.

Ocho años de confontación

El Gobierno de CFK nació, en cambio, marcado por la confrontación. De la crisis con el campo en 2008 y la derrota electoral de las elecciones legislativas de 2009 se recuperó reforzando su apuesta. En solo dos años avanzó con la estatalización de las jubilaciones, una nueva ley de medios, la creación de la Asignación Universal por Hijo y la aprobación del matrimonio igualitario. En esos combates el kirchnersmo puso siempre el poder del otro lado: en los grupos económicos, los monopolios mediáticos y la justicia corporativa. Eso le imprimió a su forma de gobierno una idea de batalla permanente, no sin costos para su propia construcción, a la vez que le permitió neutralizar durante años a todas las fuerzas opositoras. 

La batalla no se disputó solo en los hechos. A diferencia de su antecesor, CFK estuvo desde siempre más interesada en la dimensión ideológica de la política. Si Néstor Kirchner había sintonizado con un clima de época, CFK entendió que era necesario consolidar lo hecho en un relato. A ese ejercicio le puso un nombre: lo llamó batalla cultural. Con ella ganaron protagonismo la retórica pública y los megaeventos. La clase media se volvió un interlocutor prioritario, como aliado y como rival. Pero el énfasis en el mensaje fue tal que se terminó convirtiendo en fuente de todas las respuestas. Ante la vuelta de las restricciones económicas, sirvió además como refugio para los errores propios.  

Por eso hoy se habla de “un exceso de la política” y de un deseo de tranquilidad, moderación, templanza. Algunos prefieren pronosticar una “política del hombre común”, que los tres candidatos presidenciales hoy buscan representar.

Queda todavía pendiente saber qué pasará con la intensidad de estos años y dónde se alojará el kirchnerismo cuando ya no esté en el poder: si en una intendencia, un sindicato o en las calles; como sentido común o como derecho; si será una minoría intensa, una nueva promesa de futuro o una identidad política de otro tiempo.