14/10/2019
Internacional

Tres candidatos para gestionar la herencia del kirchnerismo

La situación económica de Argentina obligará al vencedor a renovar un modelo político en declive

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Tres candidatos para gestionar la herencia del kirchnerismo
Macri, Massa y Scioli, candidatos a las elecciones generales argentinas. J. MAMBROMATA / D. GARCÍA / AFP / Getty Images
Cristina Fernández de Kirchner transita sus últimos días como presidenta con el empeño de quien desafía la ley de la gravedad. Impedida por la Constitución para intentar otra reelección e incapaz de moldear un heredero de su gusto, se resiste a aceptar el final del proyecto político e ideológico que ha dominado Argentina durante los últimos 12 años y medio.

“Este camino es irreversible” es una de las frases habituales de los discursos que marcan su despedida. En esos monólogos larguísimos, a menudo transmitidos de manera obligatoria por todos los canales de televisión, alimenta la expectativa de que su liderazgo guiará al país desde el llano hasta que se cumpla el plazo legal que le permita volver al Gobierno. 

Pero dentro de unos días, en las elecciones generales del 25 de octubre, Fernández de Kirchner se arriesga a que su sueño muera incluso de éxito. El postulante de su partido y favorito en las encuestas, Daniel Scioli, ha sido desde hace años su contracara ideológica, audaz para cumplir con la férrea disciplina kirchnerista y al mismo tiempo ofrecerse sutilmente como el mejor candidato a desbaratarla. Los dos conocen la lógica fatal del peronismo, el movimiento al que ambos juran lealtad: el poder no se comparte y mucho menos se presta. 

Acostumbrados a razonar la política como un drama, los argentinos vislumbran antes de tiempo el conflicto que anticipa otra posible mutación del peronismo, que gobierna el país desde 1989 (salvo un periodo de dos años) con recetas que giraron de la ortodoxia neoliberal al estatismo populista afín al chavismo. La herencia del kirchnerismo ha acaparado la campaña electoral. El actual Gobierno deja una economía con infinitas luces de alerta. Los tres candidatos en condiciones de ganar asumen que se requieren cambios profundos, pero admiten también que deberán ejecutarlos con precisión quirúrgica para evitar costos sociales. 

El fomento del consumo y la montaña de subvenciones creada por Fernández de Kirchner —que incluyen desde energía a precio de saldo hasta la transmisión gratuita de los torneos de fútbol— explican en gran medida los índices de imagen positiva con que se retira del cargo, en el orden del 40%. Su popularidad resistió el escándalo por la investigación judicial de su fortuna y la conmoción que significó, en enero de 2015, la misteriosa muerte del fiscal Alberto Nisman, que la había acusado de encubrir a los autores del peor atentado terrorista que sufrió Argentina.

Para Scioli ese legado le da una base de votos y también le impone un techo. Su dilema es cómo conseguir los apoyos que le faltan para consagrarse sin que lo abandonen los incondicionales de la presidenta.

El principal opositor en liza, Mauricio Macri, vive la paradoja inversa. Necesita captar el favor de la amplia fracción social que rechaza visceralmente el kirchnerismo, pero decidió moderar sus propuestas de cambio para no espantar a votantes menos movilizados que temen perder los beneficios sociales vigentes. Su mayor problema es la dispersión opositora. 

Otro peronista, Sergio Massa, un exministro de Fernández de Kirchner que se volvió en su contra, retiene una importante intención de voto y se ilusiona todavía con forzar una segunda vuelta contra Scioli. 

Candidatos intercambiables

Aunque la campaña los vuelva enemigos, Scioli, Macri y Massa presentan una inusual semejanza política. Sacados del contexto serían casi intercambiables. Los tres tienden al centro ideológico y se presentan como dirigentes dialogantes. A simple vista son el polo opuesto de la actual presidenta, que se define como una política de izquierda y que en ocho años de gobierno jamás se reunió con un líder opositor.
“De alguna manera los tres hacen juego con una voluntad mayoritaria de la sociedad argentina, que reclama un estilo nuevo, con más diálogo y menos crispación”, sostiene Eduardo Fidanza, director de la consultora de opinión pública Poliarquía. 

Quizás ese rasgo de Scioli sea lo que más descoloca a los kirchneristas convencidos, que lo respaldan a regañadientes. Fernández de Kirchner lo eligió candidato de su Frente para la Victoria después de fracasar en el intento de encontrar a alguien que la representara de manera más cabal. Era inevitable: Scioli se mantuvo firme en las encuestas contra toda adversidad y nadie como él parecía capaz de seducir a votantes descontentos con el Gobierno. Ella se reservó el gesto final de nombrar como aspirante a vicepresidente a Carlos Zannini, su mano derecha. Un político con raíces maoístas y principal cerebro del kirchnerismo desde sus orígenes, a quien se le adjudica el papel de “guardián de la fe” en la próxima administración.

Aunque la campaña los vuelva enemigos, Scioli, Macri y Massa presentan una inusual semejanza política


A sus 58 años, Scioli encarna como pocos la elasticidad ideológica del peronismo. Hijo de un empresario, en los años 80 dedicó su juventud a competir por el mundo en carreras de motonáutica. Ganó campeonatos en Europa y durante años fue una figura de revistas del corazón, sin inquietudes políticas conocidas. Su vida deportiva terminó poco después de un accidente en 1989 en el río Paraná, en el que perdió su brazo derecho. 

Carlos Menem, entonces presidente y modelo latinoamericano del neoliberalismo, lo alentó a sumarse a la vida electoral. Lo convirtió en diputado y lo entrenó como un discípulo dilecto durante 10 años. Scioli cambió de acera en 2002, cuando otro peronista, Eduardo Duhalde, máximo enemigo de Menem, lo nombró secretario de Estado de Deportes y Turismo en el gobierno de emergencia que le tocó formar después de la gran crisis de principios de milenio. 

Un año después Néstor Kirchner le ofreció ser candidato a vicepresidente. Lo consideraba una figura popular sin capacidad de hacerle sombra. Juntos vencieron a Menem y le cerraron la posibilidad de volver al poder. En 2007 Kirchner y su esposa lo promovieron para la gobernación de la provincia de Buenos Aires (donde vive casi un 40% de los argentinos). Ganó y allí sigue. 

Dentro del kirchnerismo, Scioli siempre fue un organismo extraño, pero necesario. Su tibieza ideológica irrita a los militantes con aires revolucionarios de la influyente agrupación juvenil La Cámpora, guiada por el hijo de la presidenta, Máximo Kirchner. En cambio, tranquiliza a los barones del peronismo, tan obedientes al poder de turno como desconfiados de las derivas de izquierda. 

El sistema electoral argentino establece que todas las formaciones deben participar el mismo día en unas elecciones primarias en las que el voto es obligatorio. Los partidos suelen desnaturalizarlas, al inscribir tantos frentes electorales como sea necesario con tal de no permitir a los ciudadanos entrometerse en sus listas. Se convierten, eso sí, en una megaencuesta con decenas de miles de casos. El 9 de agosto Scioli obtuvo en ese ensayo el 38,6% de los votos. Macri lo siguió con el 30,1%, porcentaje en el que se incluyen los votos de sus aliados de la tradicional Unión Cívica Radical (UCR) y de la Coalición Cívica. Massa se quedó con el 20,5%. Son cifras que dejan abierta la disputa del próximo domingo 25. Según la Constitución, para ser elegido presidente en primera vuelta un candidato necesita el 45% de los votos o bien llegar al 40% y sacarle 10 puntos a su inmediato competidor. Las últimas encuestas muestran un escenario casi inalterado.

Escenarios electorales 

A Scioli le falta un puñado de votos para evitar el balotaje (segunda vuelta electoral). No quiere riesgos. Se negó a participar en el debate entre candidatos retransmitido por televisión, apenas da entrevistas y el eje de su mensaje es “construir sobre los sólidos cimientos” del actual Gobierno. 

Eso implicaría embanderarse con datos inquietantes: este año Argentina tendrá un 0% de crecimiento, una inflación del 25% y el déficit público se acerca al 9% del PIB. Las reservas del Banco Central se desinflan para mantener el nivel de gasto público, la sequía de dólares alienta un descomunal mercado paralelo de cambios y el horizonte internacional es sombrío, con la crisis de Brasil, el derrumbe de los precios de las materias primas y la desaceleración de China. El país sigue fuera de los mercados y a quien asuma la presidencia le toca resolver el conflicto con los fondos especulativos que forzaron el año pasado el impago técnico de la deuda. Scioli elogia al Gobierno en su campaña, mientras envía emisarios por el mundo que prometen una “normalización” de la política económica, el regreso al mercado de capitales y una reorientación de la diplomacia: menos Venezuela, más Estados Unidos y Europa. Es todo un desafío para el dogma kirchnerista, cuyos fieles lo imaginan apenas como un “presidente transitorio”.

El país sigue fuera de los mercados y a quien gane le tocará resolver el conflicto con los fondos especulativos


“El modelo económico está moribundo, no muerto. Llegará al cambio de gobierno, pero quien venga sabe que así no se puede seguir y que tendrá que aplicar correctivos”, resume el economista Roberto Frenkel, director del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES). Las estadísticas oficiales están intervenidas desde hace ocho años y ni el Gobierno cree en ellas. El paro, por ejemplo, está en el 7%, aunque se cuenta como ocupados a los beneficiarios de subsidios laborales. Los índices de pobreza dejaron de publicarse (mediciones privadas la cifran en el 30%). A Macri —ingeniero, 56 años— se le complica pescar en las contradicciones de su rival. Su origen liberal lo hace sospechoso de esconder un programa de ajuste. Es hijo del italiano Franco Macri, uno de los empresarios más ricos de Argentina, fundador de un imperio sostenido por los contratos con el Estado. Saltó a la fama a mediados de los 90 cuando se transformó en presidente de Boca Juniors, el club de fútbol más popular del país. Lo gestionó como una empresa y logró un rosario de éxitos deportivos. La inercia lo llevó a la política. Fundó PRO, un partido de centroderecha en el que conviven peronistas, radicales y novatos en el ambiente del poder. 

Es alcalde de Buenos Aires desde 2007 y este año se atrevió, después de algún amago fallido, a pelear por la presidencia. Se alió con la UCR y con la Coalición Cívica, que le aportaron a su frente electoral —Cambiemos— una pátina socialdemócrata y el discurso contra la corrupción. Su decisión de campaña más arriesgada fue excluir de ese pacto a Massa. Este dirigente peronista tradicional de 43 años venía en declive después de haber derrotado al Gobierno en las elecciones legislativas de 2013, un resultado que liquidó la ilusión de Fernández de Kirchner de reformar la Constitución para seguir otro turno en la presidencia. El antikirchnerismo quedó separado. Macri creyó que conseguiría unificar el profundo malestar que despierta la presidenta en al menos la mitad de la población, de acuerdo con las encuestas. Contra todo pronóstico, Massa —exalcalde de la ciudad de Tigre y actual diputado— siguió adelante. Tejió una candidatura con otros peronistas críticos y eludió la polarización. Correr desde atrás le permite ser el más arrojado de los candidatos. Combina promesas de inversión social para seducir a las clases desprotegidas y mensajes de mano dura contra la inseguridad, uno de los flagelos de la era kirchnerista.

Macri y Massa combaten para alcanzar el balotaje. Asumen que si pasan a la segunda vuelta —prevista para el 22 de noviembre— la resistencia al kirchnerismo les hará ganar. Scioli juega con la misma lógica: su obsesión es pasar el número mágico del 40%, que le permitiría consagrarse en la primera votación si sus oponentes siguen robándose votos entre ellos. De lograrlo, se revelará cómo es su versión del final de ciclo. Podrá diplomarse al fin de buen peronista y demostrar si tiene la habilidad de mudar de piel otra vez para seguir gozando del poder.