19/7/2018
Literatura

Ian McEwan. La mente delicada de una jueza

La ley del menor indaga en la psicología de un adolescente y la mujer que debe juzgarle

Gonzalo Torné - 16/10/2015 - Número 5
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Ian McEwan. La mente delicada de una jueza
Murdo Macleod / Polaris /Contacto

Buena parte de la suerte (afortunadísima) que ha corrido la obra de Ian McEwan se debe a su capacidad para componer escenas sutilmente ambiguas: la del globo en Amor perdurable (1998), la de la fuente en Expiación (2002), la de los adultos subidos a los árboles en Niños en el tiempo (1999). Son escenas de apariencia realista, pero que escapan deliberadamente a una lectura clara, pensadas para abrirse a distintas interpretaciones, capaces de cambiar el significado de la novela. En sus primeras obras (de textura onírica, por momentos macabra) estas escenas funcionaban como una suerte de aglutinador, de clave interpretativa. De Amor perdurable en adelante, introducen una ráfaga de extrañeza que amenaza con desestabilizar el progreso y el sentido de unas ficciones de corte clásico.

Los otros dos elementos claves en la suerte de McEwan son su fascinante capacidad para demorar o acelerar el tiempo y los eficaces juegos con lo que no se ve.

En La ley del menor no falta la decisiva escena ambigua. Adam Henry es un joven, sensible y vitalista, al que acaban de diagnosticar leucemia. Si no se le realiza una transfusión inmediata de sangre está condenado a una muerte dolorosa. Pero Henry y sus padres se oponen a la intervención a causa de sus creencias religiosas: son testigos de Jehová. Si Henry fuese mayor de edad podría oponerse a la transfusión, si fuese menor el hospital podría pasar por encima de su voluntad. El chico tiene 17 años y unos cuantos meses, parece maduro y consciente, está suspendido entre la mayoría de edad y la edad de la inocencia. ¿Sabe lo que está en juego? El caso es tan enrevesado que tendrá que decidirlo un juez. 

Fiona Maye, toda una vida dedicada al derecho de familia en el Tribunal de Justicia, concienzuda y humanista, una mente tan sensible como trabajadora, está al frente del caso. McEwan cumple con su trabajo con una profesionalidad apabullante: el lector tiene la sospecha de que trata con un novelista que se ha pasado la vida entre juzgados.   

Hacia el final de la novela el autor recupera la clase de escena, ambigua y determinante, que caracteriza su poética: un beso fugaz y decidido entre Fiona y el joven Henry, en una casa victoriana, muy lejos de sus respectivos hogares. 

A estas alturas del libro se necesita ser un gran amante de las historias bien contadas y de los dramas jurídicos para que la suerte de Henry concentre un interés que se ha ido desplazando hacia el otro relato de la novela: el principio de separación entre la jueza y su amor de toda la vida, Jack, que ha desestabilizado y puesto al descubierto la vulnerabilidad de Fiona. 

McEwan es un aventajado discípulo de Virgina Woolf, tanto en sus experimentos con el tiempo como en el registro de la conciencia. En Sábado (2005) alcanzó la maestría en una de las artes más sutiles a las que puede aspirar un novelista: los movimientos de una mente en un periodo de tiempo breve. Como los mejores discípulos, no copia ni imita, sino que desvía sutilmente los logros de su maestra en dirección a sus propios intereses, pero la impronta de Woolf es evidente: los cambios de humor, las leves alteraciones de los objetivos, la convivencia de los sentimientos establecidos con la exploración de emociones hipotéticas, los caprichos de la memoria… todo está ahí, aunque en un tono más sosegado que las abruptas oscilaciones de Woolf.

McEwan no logra con la mente de Fiona algo tan extraordinario como con la del protagonista de Sábado, pero aun así se trata de un trabajo soberbio. La precisión con la que registra los movimientos de la conciencia de Fiona (sus vacilaciones, la volubilidad de su carácter, sus vetas de irracionalidad, sus conjeturas, sus pequeños placeres, sus recuerdos, sus expectativas…) es delicadísima. 

De manera involuntaria o deliberada (con McEwan nunca se sabe) el drama íntimo de la separación de dos cónyuges curtidos termina eclipsando el gran tema que da título al libro. Tanto es así que parece que La ley del menor es poco libro para el personaje de la jueza, y que le gustaría disponer de un campo más amplio, de más y más páginas, para seguir observando lo que da de sí la conciencia de la jueza Fiona Maye sometida al estrés de un amago de separación.

A quienes en su momento pensamos que, pese a su éxito y su popularidad, pese a la supuesta desvirtuación fílmica de sus novelas, pese a las lecturas conformistas y los elogios automáticos, Expiación y Sábado eran logros indiscutibles del arte literario, no nos queda otro remedio que reconocer (como el amigo que demuestra su lealtad por la incómoda vía de mantener la exigencia) que La ley del menor es el resultado de una ambición un tanto estrecha. Pero cuánta delicadeza cabe en este estrecho margen de ambición. 
 

La ley del menor

Ian McEwan 

Traducción de Jaime Zulaika

Anagrama, Barcelona, 2015, 
216 págs.