21/2/2019
Libros

Errores y excepciones en los años de plomo

Fontana mezcla hechos históricos con ficción para contar dos historias: la de un padre partisano y la de su hijo fiscal

AHORA / Zita Arenillas - 24/06/2016 - Número 39
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Errores y excepciones en los años de plomo
La estación de Bolonia tras el atentado del 2 de agosto de 1980. AFP / Getty
El 29 de enero de 1979 la organización armada Primera Línea asesinó al magistrado Emilio Alessandrini cuando se dirigía al Palacio de Justicia de Milán. Unos meses antes se había arrestado al terrorista Corrado Alunni. En su escondite se habían encontrado fotos de Alessandrini. El 19 de marzo de 1980 la víctima fue el también magistrado y profesor de criminología Guido Galli. Le dispararon frente al aula universitaria en la que acababa de impartir una clase. Son todavía los anni di piombo en Italia.

Alessandrini y Galli inspiraron a Giorgio Fontana (Saronno, Lombardía, 1981) para la creación del protagonista de Muerte de un hombre feliz (Libros del Asteroide, 2016). Giacomo Colnaghi, como se llama el personaje, es un fiscal que trabaja en Milán. Lidera un equipo de investigación sobre un grupo terrorista escindido de las Brigadas Rojas llamado Formación Proletaria de Combate —esa célula no existió realmente—. Al inicio de la novela le acaban de asignar el caso del asesinato de Vissani, del ala de extrema derecha de Democracia Cristiana.

La novela mezcla hechos históricos con la ficción, y ha sido galardonada con los premio Campiello y Arturo Loria. Forma un díptico, como dice el autor, con Per legge superiore (no traducida al español), protagonizada por Roberto Doni, otro fiscal que aparece en Muerte de un hombre feliz y que heredará las ideas de Colnaghi sobre la justicia.

Muerte de un hombre feliz es una apasionante reflexión, muy bien ambientada, sobre qué es la justicia

Fabulosamente ambientada (quien haya vivido en Italia sentirá la nostalgia por comer en un circolo ARCI), Muerte de un hombre feliz es una apasionante reflexión sobre qué es la justicia. Mejor dicho: a lo largo de su lectura se asiste a las cavilaciones de Colnaghi para responder a esa pregunta. Ha elaborado una cartografía de todos los grupos terroristas; “se sentía pintor. Estaba pintando al fresco una pared con una escena de guerra cuyos detalles eran todavía imprecisos, pero que pronto iban a revelar todo su sentido”.

Tiene un lema (él lo llama “muletilla”): “Excepciones, siempre; errores, jamás”. En él reside la idea de que “las normas no se han fijado de una vez para siempre”. Pero la posibilidad de las excepciones implica ser consciente de que cabe equivocarse, lo que supondría encarcelar a un inocente. Ahí está la dificultad de hacer justicia: en mantener ese equilibrio. Colnaghi decidió iniciar la carrera del Derecho para combatir el dolor, pero es consciente de que “la justicia nunca está a la altura del agravio”. Por eso él necesita la fe en dios. La violencia genera deseo de venganza, la venganza trae más violencia. Es el círculo del odio que obsesiona al fiscal, y la manera de romperlo la encuentra en la fe católica, en poner la otra mejilla.

Entre los hechos históricos presentes en la novela está el asesinato, antes mencionado, de Guido Galli. Giacomo Colnaghi recuerda ese día. Su rabia solo se vio apaciguada con las palabras del magistrado Generoso Petrella: “Recordad —dijo—. Nosotros no debemos ser los hombres de la ira”. Colnaghi rechaza en varias ocasiones llevar escolta: “[...] después de la muerte de Aldo Moro se había dado cuenta de que las escoltas solo sirven para poner en peligro otras vidas”.

Pero Muerte de un hombre feliz esconde mucho más. La historia de Giacomo se alterna con la de su padre, Ernesto, partisano muerto a manos de los fascistas cuando su hijo era muy pequeño. Tanto el padre como el hijo se sacrifican en aras de un Estado mejor.

Tanto el padre como el hijo se sacrifican por un Estado y un futuro mejor que sus respectivos presentes

Sin embargo, el juego especular es más complejo. Estando solo en un bar, el fiscal se pregunta cómo habría sido su vida si su padre hubiera estado a su lado. Y, sobre todo: “¿cómo lo habría juzgado si hubiera regresado del reino de los muertos para tomarse un vaso de tinto? ¿Un beato y un servidor de los patrones o un hijo del que enorgullecerse?”. Ernesto murió por liberar a Italia de un régimen fascista; Giacomo morirá por luchar contra los terroristas que querían cambiar el Estado nacido tras ese régimen fascista. Ernesto aceptó la violencia como medio para hacer justicia; Giacomo considera que la violencia no es un medio aceptable, y aunque cree que el Estado debe ser mejorado, no puede sino condenarla.

La paradoja interna de Colnaghi es lacerante: entiende la elección de su padre, pero no la de los terroristas. La idealización de la figura paterna se desnuda en una escena clave: el interrogatorio a Gianni Meraviglia, responsable del asesinato de Vissani. Colnaghi pide quedarse en la habitación solo con él. Quiere entenderle, desentrañar los motivos de sus actos. Cuando este insinúa que su actividad es como la de los partisanos, el fiscal le grita: “¡Ustedes no son partisanos!”.

Muerte de un hombre feliz, además de una novela sobre qué es la justicia, sobre errores y excepciones, es un libro sobre el sacrificio, del padre y del hijo, por un futuro mejor que sus respectivos presentes.

Muerte de un hombre feliz
Muerte de un hombre feliz
Giorgio Fontana
Traducción de Pepa Linares
Libros del Asteroide, Barcelona, 2016
264 págs.