2/12/2020
Europa

Atrapados en tierra de nadie

Más de 180.000 refugiados han atravesado Eslovenia, un país de dos millones de habitantes que ha comenzado a vallar la frontera

Boštjan Videmšek - 13/11/2015 - Número 9
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Atrapados en tierra de nadie
Al menos 4.000 personas esperan para cruzar la frontera en Šentilj, Eslovenia. Jure Eržen / DELO
Era una historia anunciada y estaba condenada, fuera como fuera, a suceder. Cualquiera que siguiera el fenómeno de los refugiados, aunque fuera pasivamente, tendría que haber sabido lo que ocurriría, y aun así su inmenso flujo ha tomado al pequeño país alpino completamente desprevenido. Política, social y logísticamente. Durante los primeros 10 días —especialmente en la frontera con Croacia— fuimos testigos de muchas escenas caóticas y de una casi completa ausencia del Estado. Refugiados exhaustos, sedientos y hambrientos tuvieron que andar 13 kilómetros antes de llegar al primer centro de recepción en Brežice o Dobova. Todos estaban abarrotados. No había suficiente ayuda humanitaria. El transporte era dolorosamente lento. 

Los primeros días de la crisis estuvieron marcados por un estado de confusión causado por la ineptitud y la lenta respuesta de la Administración eslovena y por la ausencia de políticas europeas sostenibles para los refugiados y la inmigración. Después de 10 días de sufrimiento humano, las cosas empezaron a mejorar. Finalmente, el Gobierno hizo lo correcto, habló con Croacia y dejó que los trenes llegaran directamente a la primera estación de ferrocarril de Eslovenia, Dobova, y desde allí directamente a Šentilj, en la frontera austriaca. Allí, a pesar de que el número de refugiados que cruzaban la frontera entre Eslovenia y Austria era el más alto desde el inicio de los desplazamientos, las cosas son incomparablemente mejores que en la frontera entre Croacia y Eslovenia, donde el Gobierno ha comenzado a construir una valla.

La ineptitud y la lenta respuesta de la Administración eslovena generaron un estado de confusión

La semana pasada, cuando los policías austriacos finalmente se hicieron a un lado y permitieron que 3.000 refugiados entraran en tierra de nadie, el viejo paso fronterizo entre Eslovenia y Austria se convirtió en un caos. Muchos de ellos casi echan a correr.

No era raro. La amenaza de las barreras austriacas que impedían el paso hasta la Unión Europea había sido una completa sorpresa para algunos de ellos. La información de la que disponían los refugiados era, en el mejor de los casos, parcial. Una de las muchas tristes verdades de su estado actual es que casi nadie, ni en las fronteras, ni en los centros de acogida ni en los transportes, se dirige a ellos y les dice lo que deberían saber.

Problemas de coordinación

A medida que entraban en tierra de nadie, un representante de ACNUR les pedía que relajaran el paso y se movieran con orden para proteger a las muchas mujeres, niños y ancianos que había entre ellos. Con las prisas, una niña perdió el paso, cayó y se golpeó con fuerza la cabeza. Gritó de dolor. Los miembros del ejército esloveno —que fue enviado a la frontera por decisión del Parlamento— la sacaron de la estampida y la llevaron a un lugar seguro junto a su madre. Las sentaron cerca de unas escaleras y llamaron a los técnicos de urgencias del centro de atención primaria de Maribor.

Me topé con un conocido que se había incorporado a ACNUR como voluntario. “Bueno —dijo encogiéndose de hombros, con ironía—, la coordinación aquí no es todo lo buena que podría ser; a veces esto se vuelve bastante caótico, pero en general las cosas parecen estar funcionando. Es mucho mejor que en el sur. La situación ha mejorado en los últimos días. Las condiciones en el centro de acogida son decentes, aunque los refugiados todavía no están siendo procesados con la rapidez necesaria. Esto crea problemas que deberían ser perfectamente evitables. ¿Por qué los trenes no van directamente de Croacia a la frontera austriaca? Eso ahorraría muchísimos problemas, sería lo mejor para todos. También los austriacos deberían espabilarse y hacer cruzar la frontera mucho más rápido.”

Muchos refugiados se han separado de sus seres queridos por exigencias burocráticas y trámites de seguridad

La ambulancia de Maribor finalmente apareció y se llevó a la niña y a su madre. Varias personas más esperaban atención médica. Los austriacos pusieron a 3.000 refugiados en autobuses y dejaron a 1.000 de ellos en el lugar. No habían llegado suficientes vehículos para acomodar a todo el mundo.

Fue otro momento tenso para los que se quedaron. Se percibía una tremenda oleada de decepción entre una muchedumbre que acababa de darse cuenta de que iba a pasar otra gélida noche a la intemperie o en tiendas sin calefacción instaladas por las autoridades austriacas. Muchos de ellos estaban claramente a punto de colapsar por el cansancio; otros estaban nerviosos o enfadados. Unos pocos adolescentes trataban de encaramarse a la valla, pero los policías se lo impedían por la fuerza. En su largo viaje hacia un lugar seguro y un futuro decente, muchos de los refugiados se han separado de sus seres queridos por exigencias burocráticas y los llamados protocolos de seguridad, en muchos casos completamente innecesarios. 

“Llevamos ya 15 días viajando —me dijeron unos jóvenes sirios después de cruzar hasta tierra de nadie—. Lo peor fue en Lesbos, donde tuvimos que pasar tres noches durmiendo bajo la lluvia. La frontera entre Croacia y Eslovenia también fue horrible. Nos trataron como a criminales. Como a animales. Con mucha violencia. Las cosas son mucho mejores aquí. El centro de acogida en el lado esloveno de la frontera fue el primer lugar caliente en el que hemos estado en las dos últimas semanas. Ahora tenemos que seguir, tenemos que seguir…”, me dijo Abdul Akul, de 24 años y procedente de Idlib. Había abandonado su país junto a su hermano para escapar de la mortal combinación de milicias islamistas, atrocidades del régimen y bombas rusas.

La policía eslovena le separó de su hermano. En ese momento le buscaba frenéticamente, pero se había quedado atrapado en tierra de nadie. Parecía que tendría que esperar a la mañana siguiente para que le permitieran seguir su viaje. Como la mayoría de los refugiados, tenía miedo de que justo antes de poder llegar a la tierra prometida las autoridades austriacas levantaran un muro. Ese temor no parecía ni mucho menos injustificado. Sin duda era compartido por los soldados, policías y voluntarios eslovenos: la mayoría de ellos eran conscientes de las consecuencias que ello tendría dado el caótico estado de la frontera sur.

No hay futuro para los jóvenes

“Vengo de Kabul, donde me licencié en Ciencias Sociales —me dijo Muzafer Sultani, de 23 años, en el centro de acogida del lado esloveno de la frontera. Muzafer es uno de los más de 180.000 refugiados que hasta ahora han entrado en Eslovenia, un país de dos millones de habitantes—. No huí de Afganistán solo por la guerra. También me fui porque allí no hay futuro para los jóvenes con estudios. Estoy de camino a Suecia. Antes de marcharme hice una lista de todas las universidades en las que podría conseguir una plaza. Estoy seguro de que hay un lugar para mí en alguna parte, aunque ahora, con todos estos rumores sobre el cierre de la frontera austriaca, me está entrando miedo de no conseguirlo. Por ahora no tengo más opción que esperar aquí.”

Esperar en las fronteras y seguir órdenes se ha convertido en una mera rutina para estos hombres y mujeres

Los soldados y los policías estaban preparándose para la llegada del siguiente grupo, de unas 1.500 personas en total. Acababa de ser transportado por un tren especial procedente de Dobova. Delante de la entrada principal del centro, los refugiados formaron una larga fila; obedientemente, con una disciplina conmovedora, casi como si se hubieran entrenado para hacerlo. Y en cierto sentido, lo habían hecho. A pesar de los abrumadores niveles de estrés, esperar en las fronteras y seguir órdenes se ha convertido en una mera rutina para estos hombres y mujeres. Para ellos y para la policía. Hace menos de un mes, procesar estas cantidades antes inimaginables de migrantes fue un inmenso shock cultural para muchos de los policías eslovenos. Ahora también para ellos es una rutina.

“Ya casi me he acostumbrado a que no me den la bienvenida —me dijo Muzafer mientras dábamos un paseo nocturno alrededor del centro de acogida—. ¡Estaba tan entusiasmado cuando llegué a Europa! ¡Me obsesiona la filosofía griega! Grecia es el lugar en el que nació el humanismo. Y el humanismo era lo que más echaba de menos en Afganistán. Después de 35 años de guerra, queda tan poca empatía. Pero al llegar a Lesbos me decepcioné.”

Muzafer salió de Turquía hacia Grecia en un grupo de cinco pequeños botes de goma. En cada uno de ellos iban entre 45 y 50 personas. Se vieron sorprendidos por una inmensa tormenta en mar abierto y dos volcaron. Algunos de los pasajeros —Muzafer no sabía cuántos— murieron. “Dime —exclamó—, ¿pondrán una valla también ahí? ¿Crees que Eslovenia me acogerá?.”