20/6/2019
Música

Léo Ferré. Poner música a la poesía

Se cumplen 100 años del nacimiento del prolífico autor de la chanson française políticamente comprometido, no sin contradicciones, con su tiempo

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Léo Ferré. Poner música a la poesía
Léo Ferré. CiSFR / Dalle 2013 / contacto

Barrio Latino, septiembre de 1946. Un no ya tan joven Léo Ferré (Montecarlo, 1916 - Castellina in Chianti, 1993) se instaló en París para buscar fortuna en el mundo de la canción. Fueron los interminables años de la bohemia y del cabaré, de las caves à chansons de la capital (Les Assissans, L’Ecluse, La Rose Rouge, Aux Trois Mailletz, Le Trou). Años de precariedad y trabajo intermitente en los que Ferré se vio obligado a buscarse la vida, a galérer, que dirían los los franceses.

Esta época de apuros y privaciones le costó su primer matrimonio, con Odette Shunck, a quien dedicó uno de sus temas más bellos, “La vie d’artiste” (1950), en el que se reivindica como artista y salda cuentas con ella.

Visto este periodo con perspectiva, es evidente que las penurias y la pertinacia del que se entrega a su vocación contribuyeron a forjar la personalidad de un creador fuera de lo común. Paso a paso se hizo un nombre en los pequeños círculos y, como la piedra lanzada al estanque, su popularidad se fue amplificando. La suya es una trayectoria de largo recorrido y el alcance al gran público tardó en llegar.

En 1953, firmó con la prestigiosa discográfica Odéon y, no mucho después, dio el salto de los cabarés de Saint-Germain-des-Près al music-hall, ofreciendo un recital en el Olympia en marzo de 1955. Después vinieron otras salas importantes, como el Alhambra y, principalmente, Bobino, su escenario favorito, como lo fue también de Georges Brassens.

En 1960 entró en el sello Barclay. Su relación con esta discográfica duró hasta 1974. De sus fuertes diferencias con el patrón, Eddie Barclay, queda, editada por la propia casa, “Monsieur Barclay” (1965), canción en la que se mofa de las ambiciones, más comerciales que artísticas, de este. Durante esos 14 años publicó 17 álbumes, entre los que se encuentran muchos de los mejores de su producción (Paname, Les chansons d’Aragon o Amour Anarchie).

En los años 60 era ya considerado, junto a Brassens o Jacques Brel, uno de los grandes de la canción francesa. Precisamente de 1969 data una interesante entrevista a tres —Brassens, Brel, Ferré— en la RTL (Radio Télévision Luxembourg) en la que esta espléndida terna intercambia opiniones sobre música y política.

Anarquismo ‘sui generis’

Hay dos aspectos de su legado sobre los que merece la pena detenerse: su afán por divulgar la gran poesía francesa y su compromiso político. Respecto a este último, Ferré se declaró durante toda su vida anarquista. Un anarquismo sui generis por el que el monegasco confesó haberse sentido fascinado desde niño, tras consultar en un viejo Larousse la primera acepción: “Negación de todo principio de autoridad”.

Sobre esta escueta definición se asentaron sus creencias y su actitud frente a la vida. Pero en el fondo late también el trauma de haber sido dejado por su madre, a la que adoraba, en el internado católico de Saint Charles de Bordighera (norte de Italia), de férrea disciplina y en el que fue víctima de abusos por parte de algún prelado. De ahí también su anticlericalismo. Allí pasó recluido desde los 9 hasta los 17 años. Lo relata él mismo en la novela Benoît Misère (Robert Laffont), suerte de ficción autobiográfica que publicó en 1970 sin pena ni gloria.

Sin embargo, se da la particularidad de que Ferré no participó  en los acontecimientos de Mayo del 68, a pesar de que el 10 de ese mes, primera noche de barricadas en el Barrio Latino, actuaba en la Mutualité para la Federación Anarquista, como por otra parte hacía cada año desde 1948.

Semanas antes se había separado, de manera nada amistosa, de su segunda compañera, Madeleine Rabereau, tras 18 años de convivencia. Esta, según la contestada versión de Ferré, en un ataque de celos —el cantautor estaba desde marzo con la que se habría de convertir en su tercera y definitiva esposa, Marie-Christine Diaz—, había ordenado ejecutar a todos los animales que había adoptado la pareja, entre los que se encontraba Pépée, una chimpancé que era como una hija para Léo. De ahí surgió “Pépée” (1969), elegía y nuevo ajuste de cuentas conyugal. Y “Avec le temps” (1970), su tema más reconocido, versionado hasta la saciedad y del que se jactaba de haber compuesto en dos horas.

Ciertos sectores gauchistes le fueron hostiles y boicotearon varios de sus conciertos

Aunque no estuviera en Mayo del 68, Léo Ferré llevaba más de dos décadas “desadoquinando” la playa, escribiendo letras subversivas y críticas con el sistema: “Les anarchistes”, “Ni dieu ni maître”, “Thank you, Satan”. A pesar de ello, y apoyándose en la contradicción de que alguien de izquierdas amase la fortuna lo suficiente como para poseer un castillo, ciertos sectores gauchistes le fueron hostiles, hasta el punto de boicotear varios de sus conciertos entre 1971 y 1974.

Una perfecta conjunción

Dejando a un lado la cuestión política, lo que sin duda resulta incontestable es su trabajo de difusión de los poetas. Tanto es así que, en numerosas ocasiones, se mostró orgulloso de haber popularizado la poesía culta y haberla hecho llegar a gentes que de otra manera no se habrían acercado a ella. En sus más de 40 años de carrera, Ferré puso música a Rutebeuf, Villon, Baudelaire, Verlaine y Rimbaud, Apollinaire, Aragon o al italiano Pavese.

En el caso de Louis Aragon, el resultado es particularmente brillante. En estrecha colaboración con el poeta, un Ferré en estado de gracia logró una perfecta conjunción entre música y texto. El propio Aragon quedó encantado, y llegó a afirmar: “Habrá que reescribir la historia de la literatura de manera algo diferente, debido a Léo Ferré”. El álbum Les chansons d’Aragon es uno de los grandes clásicos de la canción francesa.

Léo Ferré murió el 14 de julio de 1993 en su retiro de la Toscana. Es curioso que naciera en el aniversario de la masacre de Saint-Barthélemy y falleciera en el de la toma de la Bastilla, Día Nacional de Francia.

Desde 1990 hasta su muerte, concluía todos sus recitales con “Avec les temps”, pidiendo que no se aplaudiera

Desde 1990 hasta su fallecimiento, Ferré concluía todos sus recitales con “Avec le temps”, pidiendo al público que no aplaudiera, haciendo mutis por el foro entre el silencio, sin bises. En 1986 había rechazado el Grand Prix de la Chanson Française, así como renunciado a ser nombrado Commandeur des Arts et Lettres o invitado de honor en las primeras Victoires de la Musique en 1987.

Después de su muerte llegaron, inevitables, los honores. Una plaza en el distrito XII de París, mediatecas y escuelas en provincias. Este año del centenario, un Cabaret Léo Ferré en la Comédie-Française y una exposición en Beaune (Borgoña). En su paradójica condición, entre el rechazo al establishment y su querencia por llegar a todos, ¿le hubiera agradado tanto homenaje?