29/5/2017
Análisis

Hillary Clinton: Experiencia a falta de confianza

La amenaza de Sanders y los cambios demográficos han empujado a la izquierda a una candidata que promete a la vez cambio y continuidad y de la que muchos ciudadanos desconfían pese a su extenso bagaje político

Eduardo Suárez - 05/08/2016 - Número 45
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Hillary Clinton: Experiencia a falta de confianza
EL RETO. Aunque ha pasado por más cargos públicos que ningún otro candidato, los sondeos indican que muchos ciudadanos no se fían de la primera mujer que aspira a la Casa Blanca . NICHOLAS KAMM / AFP / Getty

En la primavera de 1971 conocí a una chica…”. Así arrancó Bill Clinton su discurso en la convención demócrata de Filadelfia. Esta vez su misión no era recordar los mejores momentos de su presidencia sino presentar a una mujer sobre la que casi todos en Estados Unidos se han forjado su propia opinión.

No era un papel sencillo. Al fin y al cabo, Hillary Clinton lleva casi cuatro décadas en la vida pública y su esposo no era el mejor para ese rol. Sus escándalos sexuales y los favores económicos a su fundación forman parte de la leyenda negra de la familia. Muchos podrían votar esta vez por Hillary a pesar de Bill.

El discurso, sin embargo, logró su propósito. No hubo menciones a Irak o a Monica Lewinsky y sí detalles que trazaron un retrato íntimo de la candidata como una persona trabajadora y empeñada en combatir injusticias desde su juventud.

Bill hizo un repaso de las causas menos conocidas por las que había luchado su mujer. Mencionó al pastor metodista que había llevado a Hillary a escuchar a Martin Luther King en un parque de Chicago y a su madre Dorothy, más progresista y menos conformista que otros miembros de la familia.

"¿Quién iba a votar por mí?"

Hillary se crió como republicana, pero  se fue del partido espantada por su oposición a los derechos civile

Hillary se crió como republicana y llegó a hacer campaña a favor del conservador Barry Goldwater y el moderado Nelson Rockefeller. Pero abandonó el partido espantada por su oposición a los derechos civiles y empezó a trabajar contra la segregación racial.

Hillary incluso viajó a Alabama y se hizo pasar por un ama de casa en una escuela segregada para confirmar lo que era un secreto a voces: que varias escuelas donde solo podían matricularse niños blancos estaban recibiendo subvenciones del Gobierno federal.

Es uno de los episodios que recordó su esposo, que mencionó otros detalles de la juventud de Hillary: los días en que viajó a Texas para registrar como demócratas a los hijos de inmigrantes mexicanos o su trabajo en Massachusetts a favor de los niños con discapacidad.

El propio Bill creyó que era Hillary quien debía lanzarse a la política, pero según recuerda, ella le dijo que no con una pregunta: “¿Quién iba a votar por mí?”.

El relato del expresidente en Filadelfia pasó de puntillas por los momentos más difíciles del matrimonio. Apenas habló de su primera derrota en Arkansas en noviembre de 1980 y no dijo nada del escándalo Whitewater o de sus infidelidades con Gennifer Flowers o Paula Jones. No era una biografía sino un discurso de campaña. Nadie dijo que fuera a a ser un retrato imparcial.

Hillary no fue una primera dama al uso. Su papel durante el escándalo Lewinsky la convirtió en un activo imprescindible para su esposo, que al final de su segundo mandato la escogió para impulsar una reforma sanitaria que los republicanos se negaron a aprobar.

Unos meses después, la jubilación de Daniel Patrick Moynihan abrió un escaño en el Senado y Hillary se lanzó a hacer campaña en el estado de Nueva York. El abandono prematuro de Rudy Giuliani facilitó su triunfo y la llevó al Capitolio unos días antes de dejar la Casa Blanca en manos de George W. Bush.

Nadie dudaba que aquella campaña al Senado era el anticipo de una carrera presidencial. Lanzarse en 2004 parecía prematuro, pero la derrota de John Kerry dejó vía libre a su candidatura cuatro años después.

Muchos en el entorno de Hillary daban por hecho que le aguardaban unas primarias sencillas. Nadie contó con la irrupción del joven senador afroamericano de Illinois.

El consultor David Axelrod, que trabajó como asesor de Obama durante las primarias de 2008, explica que los Clinton menospreciaron al candidato desde el principio y recuerda el momento en el que todo empezó a cambiar.

Ocurrió en la pista del aeropuerto de Des Moines a finales de noviembre de 2007. Uno de los responsables de la campaña de Hillary en New Hampshire había dicho unas palabras ofensivas sobre Obama y el entorno del candidato recibió un mensaje: la senadora estaba en el aeropuerto y quería acercarse un momento para disculparse.

Allí, bajo el ruido de los motores de los aviones, Clinton ofreció su disculpa, pero justo después reprochó a su rival algunos de los mensajes de su campaña. “Por primera vez en esta campaña vi el miedo en sus ojos”, dijo Obama antes de despegar.

Fue el principio del fin de la campaña presidencial más esperada de la historia. También el principio del mito de Obama, que derrotó a la favorita en Iowa y la fue desgastando en una carrera que no terminó hasta principios de junio y que parecía no tener fin.

“Hillary es como Freddy Krueger en ‘Pesadilla en Elm Street’. ¡Sencillamente no morirá!”, le dijo Axelrod a su colega David Plouffe después de la derrota de Obama en las primarias de Texas y unos meses antes de que la candidata reconociera la derrota y pidiera el voto para su rival.

Hillary quería volver al Senado, pero Obama tenía otros planes: le dijo a su equipo que le gustaría que fuera su secretaria de Estado.

“Éramos amigos antes de ser adversarios”, dijo el presidente electo ante las miradas escépticas de sus asesores. “Es muy inteligente, es dura y creo que será leal si está dentro del equipo. Tenemos una crisis económica que me va a consumir mucho tiempo al menos durante este primer mandato. Necesito alguien que la gente reconozca y respete en todo el mundo. Allá donde vaya, la gente sabe quién es y no pensará que he enviado a alguien de segunda división.”

Así alcanzó Hillary la jefatura de la diplomacia de Estados Unidos y así reparó su imagen como mano derecha del hombre que le arrebató su ambición presidencial.

Hillary abandonó Washington en 2013 y todos interpretaron ese gesto como el inicio de una segunda carrera a la Casa Blanca. Su esposo había hecho campaña por Obama hasta la ronquera unos meses antes y entre los demócratas a priori no había ningún candidato mejor.

Madurez y desconfianza

Aspirantes como Andrew Cuomo, Cory Booker o Deval Patrick enseguida dieron un paso atrás por temor a la maquinaria de los Clinton. Pero Hillary se encontró con una amenaza inesperada: el discurso radical de un senador septuagenario que atrajo a las urnas a cientos de miles de jóvenes y complicó una carrera que parecía ganada antes de empezar.

Aunque Sanders no llegó a amenazar su triunfo, ha logrado presentarla como un peón del establishmen

Bernie Sanders nunca llegó a amenazar el triunfo de Hillary, pero le infligió un daño más sutil. Presentó a la candidata como un peón del establishment y recordó sus discursos pagados para las entidades de Wall Street.

Ese argumentario alimentó los peores estereotipos sobre la candidata demócrata y no se esfumó del todo al final de las primarias. Así se percibe en los sondeos, que indican que muchos ciudadanos no se fían de Hillary. Una percepción que apuntala el escándalo de sus correos electrónicos y la reprimenda pública del director del FBI.

La confianza no es un asunto menor en unas elecciones presidenciales. Los ciudadanos entregan al ganador un maletín con los códigos que permiten lanzar un ataque nuclear. Cuatro décadas después de sus primeras apariciones públicas, muchos aquí no se fían de Hillary por más que la alternativa sea Donald Trump.

LAS DUDAS. La popularidad de Hillary se dispara cuando permanece al margen del debate político y se hunde cuando entra en campaña. Simpatizantes demócratas en Filadelfia. r. BECK / AFP /Getty

Los demócratas creen que una posible solución es humanizar a su candidata, pero no es sencillo. Sus años como primera dama, senadora y secretaria de Estado han moldeado una imagen pública que oscila según su responsabilidad. Sus cifras de popularidad se disparan cuando permanece al margen del debate político y se hunden cuando se sumerge en una campaña electoral.

Su porcentaje de aprobación fue muy similar al de Trump durante la primavera. Una circunstancia difícil de comprender en una mujer que ha pasado por más cargos públicos que ningún otro aspirante a la Casa Blanca y que conoce muy bien el trabajo que le va a tocar hacer. Esta vez la experiencia es quizá menos importante y el equipaje pesa más que en cualquier otra carrera presidencial.

Contradicciones

El punto débil de su campaña se resume en una contradicción: promete cambio a la vez que defiende su legado

El punto débil de la campaña demócrata se resume en una contradicción: su candidata promete cambio mientras hace campaña con Barack Obama y promete ahondar en su legado en asuntos como la economía o la inmigración. Es un dilema que en su día afrontaron Bush padre y Al Gore y que resolvieron de forma distinta. El primero abrazó a Reagan y ganó. El segundo se apartó de Clinton y perdió por la mínima por una decisión judicial.

Según la firma Gallup, un 82% de los ciudadanos cree que el país no va en la dirección correcta. Es una cifra extraordinaria si tenemos en cuenta los datos macroeconómicos: el déficit está por debajo del 3%, el paro es inferior al 5% y las acciones alcanzan máximos históricos en Wall Street.

El mejor aliado de la candidata demócrata es su rival republicano, cuyas diatribas siembran dudas entre sus votantes y abren una vía que el entorno de los Clinton empieza a intentar explotar.

LOS GUIÑOS. La convención demócrata estuvo llena de guiños a los republicanos moderados. Obama citó a Ronald Reagan y a Teddy Roosevelt en su intervención en Filadelfia. ROBYN BECK / AFP / Getty

La convención demócrata estuvo llena de guiños a los republicanos moderados. Obama citó a Ronald Reagan y a Teddy Roosevelt, y se dirigieron a los delegados dos republicanos: un general condecorado y un millonario que ganó como independiente la alcaldía de Nueva York.

Conjurada la amenaza de Sanders, Hillary cree que puede atraer el respaldo de los votantes moderados de estados como Ohio, Florida o Pensilvania que otras veces votaron republicano y que no se sienten cómodos con la candidatura de Trump.

La mejor prueba de esa estrategia es la elección de Tim Kaine como aspirante a la vicepresidencia.

Atraer a los moderados

LA ESTRATEGIA KAINE. Centrista, católico e hispanohablante, l a elección del senador Tim Kaine (izq.) como aspirante a la Vicepresidencia busca atraer a los votantes moderados . Gustavo Caballero / Getty

Centrista, católico e hispanohablante, Kaine fue gobernador de Virginia durante cuatro años y ejerce como senador desde 2013. Nació en Minnesota y se crio en un suburbio de Kansas donde su padre abrió un pequeño negocio como soldador.

Son detalles que podrían atraer a algunos votantes moderados, que podrían valorar también su carácter afable, sus meses como misionero en Honduras y su oposición al aborto, que nunca ha interferido en su trabajo como senador.

Otro punto a favor de Kaine son sus conexiones en el Capitolio. Varios senadores republicanos han elogiado en público su elección. Su amistad con alguno de ellos podría ayudar a Hillary a construir una relación distinta con los republicanos del Capitolio. Aunque es pronto para saber qué tipo de partido emergería de una derrota de Trump.

Muchos han reprochado a Obama su incapacidad para llegar a acuerdos durante estos años y han señalado los logros de Bill Clinton, que pactó con el republicano Newt Gingrich la reforma del Estado del bienestar. Pero los legisladores republicanos han girado más a la derecha en las últimas dos décadas empujados por sus votantes, que no quieren que lleguen a acuerdos con el partido rival.

“A Hillary le será más fácil atraer a los donantes y a las élites de los republicanos que a los votantes del partido”, dice Larry Sabato, director del Center for Politics de la Universidad de Virginia. “Trump es un tipo insufrible para quienes financian al partido y para figuras como Romney o como los Bush. Pero vivimos en un mundo muy polarizado y Trump va a ganar entre un 80% y un 90% de los votantes republicanos. La inmensa mayoría no soporta a Hillary y casi todos se taparán la nariz y votarán por Trump”, concluye Sabato.

El carácter de Hillary no es el único detalle que hace difícil que cambien de opinión los votantes republicanos. El otro es el giro progresista de los demócratas en asuntos como el control de las armas de fuego, el aborto, el comercio, el gasto público o la inmigración. La amenaza de Sanders y los cambios demográficos han empujado a la candidata a la izquierda de su esposo y la han enfrentado a su legado en asuntos como los acuerdos de libre comercio, que defendió como senadora y a los que se opone en 2016. Esas contradicciones y el rechazo que suscita aún podrían volver a dejar a Hillary fuera de la Casa Blanca. Pero por ahora lleva ventaja y su arma más mortífera es el carácter errático de su rival.

Eduardo Suárez es periodista y coautor de Marco Rubio y la hora de los hispanos (Debate, 2016)